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martes, 1 de octubre de 2013

Una exposición de Elpidio Huerta


Signos lejanos

En la tarde del pasado jueves 26 de septiembre, la sala Julián Morales se vistió de fiesta con la exposición REENCUENTRO del pintor camagüeyano Elpidio Alberto Huerta. La sede de la Organización (UNEAC) se llenó de selecto público: podría asegurarse que todos los artistas plásticos de la provincia, salvo muy pocas excepciones, asistieron a la muestra de casi una veintena de obras del pintor, abarcadora del extenso período de 1977 hasta la actualidad.
Y no fueron solo los artistas plásticos quienes se interesaron en apreciar aquellos cuadros de pintura abstracta de Elpidio, sino también escritores, periodistas, fotógrafos e intelectuales en general, deseosos de saludar a este señor de guayabera y barba que, con la misma sencillez que su esposa, saludó una tras otra a las casi doscientas personas asistentes.
La curaduría del evento estuvo a cargo de Pavel Alejandro Barrios Sosa, quien en su discurso de presentación brindó a la concurrencia un eximio elogio de las obras, muchas de ellas pertenecientes a colecciones particulares, amablemente facilitadas por sus dueños para la muestra.
La pintura, debo confesarlo con franqueza, no es mi fuerte. Y menos aún cuando se trata, como el caso al que me refiero, de pintura abstracta. Mucho se habla de esta vertiente del arte gráfico, hasta de la manera más hilarante y burlesca posible. Sin embargo, en los cuadros de Elpidio, cuando se penetra en su espíritu, aparece una razón real y hermosa que estremece y hace sentir una vez más que el arte verdadero no tiene explicación concreta, pero se intuye.
En el ciclo que abarca la última década del siglo veinte, en extenso cuadro, asoman en yuxtaposición, algo muy parecido a un cielo oscuro con nubes opacas y elementos extraños y deformes debajo, pero encima de aquella lobreguez aparece otro cielo: azul intenso con celajes alegres, bañados por el color marino que se impone y cubre toda la parte superior del paisaje. El título sugiere con franqueza: Paisaje posible.
Aunque no aparece en el catálogo, mi obra preferida fue Signos lejanos, un paisaje abstracto impresionista, lleno de luz propia, que trajo a mi escueto conocimiento de este arte, el nombre de Velázquez. Signos lejanos es luz, mucha luz, inconmensurable manantial de luz y de colores vivos, muchas veces sangre. Es como si el artista vislumbrara en él, a un mismo tiempo, el abismo de la destrucción y la salvación del mundo.   
Pero lo más relevante en la presentación del pasado jueves es que Elpidio Alberto Huerta, vive en Miami hace treinta años. A Pavel se le permitió encomiar la obra, pero le “sugirieron” no sacar a colación la trayectoria residencial del pintor. Mostrar el tejido, pero obviar el tejedor. Como si en cada uno de aquellos trabajos no estuviera presente el talento de aquel hombre que se fue de Cuba, quién sabe por qué razones, pero nunca dejó de ser cubano.
Está claro que todavía existen elementos retrógrados que prefieren mantener el inmovilismo cuando hoy es noticia que hasta los peloteros pueden salir del país a ganarse sus pesos… –perdón, sus dólares –y regresar a la Patria y participar en los torneos sin que nadie pueda echarles en cara ser apátridas, traidores, gusanos, desertores y otras tantas palabras injuriosas de que fueran objeto los que se iban y que, además los imposibilitaba de regresar a Cuba ni de visita.
La exposición de Elpidio fue exitosa por dos razones: 1) porque su obra es valedera y 2) porque ha demostrado una vez más que las puertas se abren a pesar de que algunos todavía pretendan mantenerlas cerradas.

Pedro Armando Junco

martes, 4 de junio de 2013

Si de Camagüey se trata II parte


 
El domingo, a eso de las cuatro de la tarde, el profesor G... entró en bicicleta a la cochera de mi casa más rojo que un tomate maduro. Sudada la camisa, la respiración intensa y con los ojos muy abiertos me dijo:
–¡Acaban de bombardear a Camagüey!
Le sonreí la ocurrencia. Pero continuó:
–Esta ciudad se parece a Berlín a finales de mayo de 1945 .
Y vinieron a la mente los pavorosos documentales de aquella fecha. Al momento me percaté de lo que insinuaba y me eché a reír:
–No, profesor –le respondí –. Es que el Historiador la está reestructurando para saludar el 500 aniversario de su fundación con una ciudad nueva, modernizada; algo así como un París tropical.
Cierto es que ahora todo se le achaca al Historiador de la Ciudad. No importa la calle que cierre, el parqueo que elimine, la avenida que rompa, todo viene a dar al sitio donde nos dimos el golpe. Y el Historiador, o como dije antes, la Oficina de Historia de la Ciudad, sirve de aguantador y carga la culpa de esta destrucción casi generalizada que sufre el Casco Urbano de la ciudad. Pero el verdadero cerebro –entiéndase en plural –elucubrador de las tremendas barbaridades no muestra el rostro.
El cerebro elucubrador está dejando a Camagüey sin parqueos para automóviles. De hecho, el parqueo de la Plaza de la Merced, hoy Plaza de los Trabajadores, ya no existe. Luego de haberlo asfaltado recientemente, han devastado, hasta la tierra firme, todo ese último cometido y ahora, cuando llueve, los transeúntes tienen que atravesar a pie un lodazal muy parecido a un corral de ordeño. Este lugar, que es el centro financiero de la ciudad y la provincia, tiene que llevar sus vehículos a la estrecha calle Astillero y mantener guardias permanentes para su cuidado. Hasta a los carros de Trasval (traslado de valores) se les ha dificultado su funcionabilidad.
La calle República, principal arteria de la ciudad –más conocida como la Calle del Comercio –, que desde hace algunos años fue cerrada a los vehículos automotores, ahora está cercada frente a la iglesia de La Soledad por la reconstrucción de un edificio de varios pisos que se comenta va a convertirse en otro hotel más para turistas. Entre las mayas pirle y la puerta de la iglesia, en un trayecto de varios metros, el transeúnte tiene que atravesar un estrecho pasillo donde apenas caben, rozándose, dos personas para darse cruce. Si tenemos en cuenta que República, hoy convertida en bulevar, aglutina centenares de personas por minuto, es de imaginar la permanente trabazón humana al cruzar por aquel estrecho: caldo de cultivo y lugar idóneo para los carteristas.
La demolición de la calle Estrada Palma –hoy Ignacio Agramonte –con una flamante máquina de martillo (el martillo que no aparecía cuando el hueco de la calle San Martín) desde República a la Plaza de los Trabajadores, cuando se le miran los enormes y puntiagudos escombros, trae reminiscencias del Berlín de 1945, como dijo mi amigo. Esta fue una calzada de firme concreto y se mantenía en buen estado, como pocas. El motivo de su destrucción lo desconoce el pueblo, porque a la ciudadanía ni se le informa ni se le exhorta  a opinar.
Después de todo lo planteado, una vez más se pone de manifiesto que las personas que tienen en sus manos el poder de determinar acciones de gran envergadura, para nada toman en cuenta el bienestar de la población. Y eso pude corroborarlo una vez más hace solo tres días, cuando tuve que llevar a la madre de mi esposa para someterla a una operación de urgencia: el trato de los médicos fue maravilloso a pesar de que los cirujanos Abel Romero, Yoandry Guerava y Luis Ernesto posiblemente tienen que viajar desde su domicilio en bicicleta hasta el hospital para tomar el bisturí en sus manos. La operación fue un éxito. Pero cuando en el postoperatorio trasladamos a mi suegra hasta la sala y hubo necesidad de ir al baño, se me cayeron las alas del corazón. Al parecer, aquellos que intentan remozar el Casco Histórico de la Ciudad para atraer el turismo no conocen el desastre de los baños del más importante hospital de Camagüey.
Al parecer, lo que más incomodó al profesor G... fue, al intentar el cruce desde el reparto La Vigía hasta el centro de la ciudad que la calle San Ramón está cerrada debido a los trabajos de instalación de una nueva tubería de agua que acometen en la red hidráulica de la localidad. ¡Por fin una obra encomiable! Pero al llevar a cabo ese trabajo en una de las calles de mayor afluencia automovilística sin previa coordinación con las ya mencionadas obras restrictivas al tráfico, crea embotellamientos, incomodidad, pérdida de tiempo, desvíos con adicional consumo de combustible y mucho malestar en la población.    
Imagino que los tanques pensantes que elucubran estas grandes obras hayan incluido en el proyecto de la Plaza de los Trabajadores un urinario capaz de ofrecer servicio a los cientos de personas que se aglutinan allí en los actos públicos, para que el desventurado callejón Mojarrieta deje de ser el receptor de los desechos humanos en que lo han convertido y se pueda cruzar por él sin tener que tapar la nariz con el pañuelo.
Dios permita que esos tanques pensantes hayan ideado por qué lugar cruzarán las esperadas carrozas de los carnavales este mes. Dios permita también que haya oídos receptivos que acepten discutir ideas y rebatir proyectos absurdos antes que se acometan.

Pedro Armando Junco


martes, 28 de mayo de 2013

Si de Camagüey se trata

Cuando me senté a escribir esta crónica sentí el peso del abanico de vertientes que pueden converger en este mismo tratado; nada fácil de hilvanar en solo dos o tres cuartillas. Pero la necesidad de brindar una panorámica real y actualizada de esta localidad a los que siguen mi blog porque sufren la añoranza del terruño natal, o sencillamente porque, sin haberla visitado nunca, se interesan por conocer las más sencillas nimiedades de la amable Ciudad de los Tinajones, me obligo a tomar este escabroso sendero. Por eso, para quienes deseen conocer a Camagüey un poco más de cerca, de su geografía, su gente y el estado actual de su infraestructura, voy a escribir el siguiente comentario.
Ciudad Camagüey, situada en el centro de la provincia de su mismo nombre, en la parte centro-oriental de la isla de Cuba, ocupa un área de 79 kilómetros cuadrados y su altitud es de apenas 110 metros sobre el nivel del mar aunque dista más de 70 kilómetros de ambas costas; quiere esto decir que Camagüey es una llanura inmensa en el centro de nuestra paradisíaca Provincia.
En Camagüey hasta los ríos se deslizan apacibles, porque no existen elevaciones montañosas de gran envergadura. Nadie teme a volcanes; y pocas veces se ha sentido en la región alguna pequeña convulsión telúrica. Su temperatura raramente supera los 33 grados Celsius en el período de mayor estío, y solo excepcionalmente baja a más de 18 grados en la época de invierno.
Sus 309 mil 174 moradores –según la Dirección Municipal de Estadísticas en el 2008 –alcanzan una densidad poblacional de 3 mil 913 habitantes por cada kilómetro cuadrado. Y dentro de este compacto mar de sujetos heterogéneos respira una ciudadanía ávida de progreso y esperanzada en mejorías urgentes.
La ciudad de Camagüey está rodeada por una carretera de alrededor de 30 kilómetros de circunferencia, conocida como Circunvalación, aunque algunos de sus principales repartos –La Yaba, El Lenin, Tagarro, Santayana y muchos otros –escapan del círculo que la rodea y cada vez más se expande hacia fuera del arco.
No hablaré hoy de nuestros más ilustres personajes: omitiré elogios superfluos para Ignacio Agramante Loynaz el inmaculado de los héroes patrios; para Carlos Juan Finlay el mayor de los científicos del país y Pasteur de América; para Gertrudis Gómez de Avellaneda la más excelsa de las poetizas cubanas.
Hablaré de las calles, de los sitios, de los adoquines que pisan nuestras plantas. Hablaré, sobre todo de la remodelación que se está llevando a cabo por la Oficina del Historiador de la Ciudad con vistas a los 500 años de su fundación.
Pero he allí cuando tropiezo con las tres primeras objeciones que pueden dilatar este trabajo: en primer término, quiero presentar mi oposición al nombre de esta Oficina, ya que Joseíto es el director de dicha institución, pero no un verdadero historiador de la ciudad. El historiador de una ciudad es aquel personaje casi invisible que hurga en todos los vericuetos, archivos públicos y privados, rastrea el último detalle de un hecho histórico de modo imperceptible, hasta concluir el análisis, para luego plasmarlo en unas cuartillas de papel y más adelante darlo a conocer públicamente; pero nunca el dirigente que ordena y manda. El dirigente que administra los pasos a seguir dentro de la infraestructura de una ciudad, salvo pocas excepciones, se nombra alcalde, gobernador, intendente, o de muchas maneras diferentes, menos historiador de la ciudad. Por lo tanto soy de la opinión que dicha Oficina, muy bien pudiera llamarse Oficina de Historia de la Ciudad, sin darse como pertenencia a un funcionario en particular; y esto, si se limitase a investigar cambios, modificaciones y hechos históricos ocurridos en ella desde el mismo comienzo de su fundación. Mas no sucede así. Esta institución ha irrumpido como el brazo más poderoso del Gobierno a la hora de ejecutar atrevidas restricciones de tráfico y giros infraestructurales inesperados, sin tener en cuenta el consenso poblacional que ya he señalado en otras semblanzas.
Mi segunda objeción es sobre la fecha de instalación de los pobladores en este sitio el Día de Reyes de 1526, cuando los habitantes de la villa original fueron trasladados en masa hasta el lugar que hoy ocupamos. De esta manera podemos aceptar que la villa original fuese fundada allá por la costa norte, a orillas del mar, el 4 de febrero de 1514, pero nuestro Camagüey, el que actualmente pisamos, demorará todavía algo más de un decenio para celebrar su quinto centenario.
Mi tercera objeción responde al intento de resucitación del viejo nombre ultramarino que nuestros padres fundadores cambiaron por Camagüey en 1903. Apenas institucionalizada la República, el título colonial Santa María del Puerto del Príncipe –nombre hermoso, por cierto, para una época de reyes y emperadores –fue sustituido por el de Camagüebax, personaje real y autóctono, cacique aborigen, jefe supremo del asentamiento indo-cubano en este lugar desde la época precolombina. ¿Por qué ese empeño en reinstalar el título obsoleto y colonial, representativo de un gobierno que combatieron a fuego y sangre nuestros héroes y mártires?
Pero dejemos a un lado estas inquietudes que difícilmente han de ser tomadas en cuenta por la dirección de la provincia y el país. La próxima semana entraré de lleno en las remodelaciones actuales.

Pedro Armando Junco

Continuará…



lunes, 13 de mayo de 2013

Entre campesinos

Fue en una de esas tardes bucólicas, cuando coincidimos tres o cuatro campesinos pensantes en una fiestecita familiar. La conversación del cubano, no importa la impronta que la inicie, siempre viene a parar en lo mismo: “lo dura que está la situación en general” para inmediatamente caer en “lo cara y difícil que está la comida”.
La diversidad de opiniones, hasta en reuniones familiares como a la que voy a referirme, se verá lastrada todavía por el miedo, por la ignorancia, o por la condición privilegiada de alguno de los elementos que constituyen el panel de debate. Estas tres condiciones son una constante en la opinión pública cubana y no debemos olvidarlo nunca. Mientras existan cobardes, ignorantes y privilegiados, la opinión pública siempre se mantendrá parcializada hacia la posición oficial.
Y sucedió que uno del grupo, libre de estas tres predisposiciones hizo una pregunta:
–¿Qué sucedería si el Gobierno decretara en el país la invalidación penal para cualquier actividad productiva, de transportación, negociación y venta de cualquier elemento que se considere comestible o beneficioso para la ciudadanía?

La réplica oficialista no se hizo esperar, pues el talón de Aquiles de las restricciones alimentarias es el “sacrificio de ganado mayor”.

–Se acabaría el ganado en Cuba.

Sin embargo, como estábamos “en familia”, la mayoría meneó la cabeza por la duda, hasta que el más viejo del grupo acotó:

–Antes de la Revolución el que tenía su vaca podía comérsela. Hasta el más pobre, con sus ahorros, podía obtener una vaca. Y no se necesitaban tantos papeles y controles. Un hierro en la nalga del animal, y ya. Y ni esto era preciso, pues todo el mundo respetaba lo ajeno y nadie temía que vinieran una noche y la robaran. Yo no dije que impere la impunidad delictiva, sino todo lo contrario. Al que robe una vaca, o cualquier producción que el campesino honrado haya sido capaz de crear, ¡20 años de cárcel con él! Pero al que haya reproducido el rebaño, que pueda comerlo, negociarlo, hacer con él lo que le venga en ganas, porque es suyo.

Yo quedé sorprendido ante el poder de síntesis de aquel campesino entrado en años. Había resumido en unas pocas palabras nuestra carencia de libertad de propiedad y la corrupción en que el país está sumido actualmente. En aquellas palabras el hombre aludió, quizás sin pretenderlo, a la cantidad de tránsfugas y delincuentes que invaden hoy nuestros campos y ciudades: aquí el estafador, el carterista, el asaltante, el ladrón de bicicletas, el violador de domicilio, etc. Allá, en las otrora fértiles tierras ganaderas, el matador de ganado que se juega largos años de cárcel y no tiene escrúpulos a la hora de perpetrar su delito en asestar el golpe al animal menos indicado.
Pero la discusión no se detuvo allí. El campesino octogenario continuó la réplica:

–Para mí es una falta de respeto a la inteligencia ciudadana la forma en que las altas esferas del poder nos tiene en cuenta. Es como si para quienes gobiernan el pueblo fuera una partida de retrasados mentales, rebaño impensante, incapaz de razonar los puntos de vista más elementales. ¿Pueden ser creíbles unas “elecciones” donde el individuo no tenga facultad para escoger en directo sus dirigentes ni para el más insignificante cargo municipal en el Gobierno? ¿Cómo puede hacérsele creer a un hombre o una mujer en plena facultad mental que esa amplia gama de embutidos que se le brinda a la población es carne? Porque, ¿quién se come la carne de la reses que solo llegan a la venta de la población las patas, los riñones y la panza? ¿En qué país del mundo civilizado puede duplicarse el precio a los productos de primera necesidad –incluyendo la tarifa eléctrica –sin elevar equitativamente los salarios y no esperar una huelga inmediata?

La conversación se fue poniendo cada vez más candente. Al parecer, al defensor de los postulados gubernamentales no le gustó el punto de vista del viejo cascarrabias; enrojeció como un tomate y se marchó del grupo. Solo la seguridad que el actual Presidente del país ha dado en permitir que hablemos con total libertad, aunque no guste lo que se diga, ofreció un marco de seguridad en el grupo. Es cierto que anteriormente teníamos que tragarnos estas verdades evidentes, pero los tiempos cambian a despecho de aquellos que pretendieron también momificar al tiempo.
Y así me percaté de que la sagrada ley de la propiedad privada todavía echa raíces en la mentalidad de los cubanos; que aquella anacrónica teoría de que íbamos a ser un pueblo en el que solo sería propiedad particular de una persona el cepillo de dientes, ha fenecido junto a los falsos preceptos de que todo el pueblo es capaz de pensar de la misma manera, defender hasta la muerte los mismos postulados y creer axiomáticamente lo que desde la escuela primaria se le enseña.
Se habló también de la prohibición de los subproductos ganaderos: la leche y el queso. Y se aludió a los productos del mar: sus apetitosos mariscos y peces mayores. Alguien aseguró que la ansiedad del cubano por comer langostas y camarones tiene su génesis en la prohibición a consumirlos.

–La cosas, mientras más caras y difíciles, más llaman la atención a la gente. Cuando no se persiga al pescador privado que sufre las vicisitudes del mar para extraerle una riqueza que nada tiene que ver con el Estado, más se multiplicarán los botes en la plataforma marina y decrecerá el ansia de preferir langostas o camarones a un delicioso pargo o una jugosa cubera. ¿Por qué a las pescaderías de la ciudad solo llegan pescados de agua dulce si Cuba está rodeada de mar por miles de kilómetros?  

Hasta hubo quien aseguró, categóricamente, que abrir completamente la producción y comercialización de alimentos, acabaría el hambre en Cuba: ¡el mayor flagelo del pueblo cubano en estos momentos! Que todo negocio productivo iría tomando su lugar en la economía, y que, sin control estatal, el trabajador reclamaría el verdadero valor de su producción y se vería impelido a incrementar su rendimiento por un mejor nivel de vida. El día que el trabajador se sienta seguro y pueda tener la aspiración más ambiciosa, trabajará más y producirá más, porque el ser humano necesita estímulos, motivaciones, para seguir adelante.
Hasta un chistoso agregó:
  –Los puntos de control policiales en las carreteras secundarias podrían cerrarse y licenciar a miles de uniformados que ganan altas mensualidades para confiscar en esos puntos a la entrada de la ciudad, los alimentos que la gente rastrea por la campiña cubana; con ese excedente laboral podría otorgársele a cada policía licenciado una finca, para enriquecerla con el mismo celo con que confisca a la ciudadanía las jabitas que trae con un poco de leche, un queso o un marisco y para enriquecerse con su trabajo honesto. Le cambiaríamos la pistola por un machete y su salario se le multiplicaría con una producción ilimitada y libre de la persecución que él ejercía con los ciudadanos.

Todos reímos el chiste, aunque alguien acotó que dejáramos en tranquilidad a los policías, porque jugar con fuego es peligroso. Y a partir de allí escuché intervenciones muy interesantes.
 Llovieron las críticas. Aunque a veces caíamos en repeticiones perniciosas, me dio por pensar que la verdadera sabiduría está en el pueblo. Que el motivo mayor de los fracasos gubernamentales estriba en que las ideas solamente han salido de un solo hombre, o cuando más de un grupo muy reducido de asistentes burócratas a los que el pueblo –razón de ser del Gobierno –les importa un bledo.
El colofón lo puso un ama de casa: la reciente subida de precio del jabón de baño de 5 pesos a 11 pesos y la libra de espaguetis de 10 pesos, ahora a 15 pesos.
–Y los salarios, ¿que? –dijo indignada.
Si Tetis hubiese sostenido a Aquiles por sus dos talones a la hora de sumergirlo en la Laguna Estigia, este sería el otro talón de la economía ciudadana: la no correspondencia de salarios y productos estatales de primerísima necesidad. El distanciamiento que existe entre el pueblo y ese llamado “comité de finanzas y precios” que dispone siempre a favor del Estado y contra el bolsillo del pueblo. En el orden de los servicios, el control para la rebaja de precios a los productos particulares debería estar supeditado a la abundancia y a la competencia –tantas veces vilipendiada en las mentalidades oficialistas –; y en el orden estatal, a un mínimo aumento a su precio de costo. .
Yo les prometí escribir esta crónica. Sé de antemano que ninguno de ellos podrá leerla por carecer de acceso a Internet. Uno del grupo señaló que hasta en eso está presente la segregación y el desprecio.
Eran campesinos. Todos éramos campesinos. Nadie vaya a creer que el campesino cubano no piensa, porque se equivoca por completo.

Pedro Armando Junco




jueves, 1 de noviembre de 2012

El huracán Sandy


En la madrugada del 26 de octubre, según los reportes noticiosos nacionales, el huracán Sandy devastó la ciudad de Santiago de Cuba. Árboles caídos encima de los techos, casas totalmente desmanteladas, las redes de electricidad y comunicación derribadas y nueve personas fallecidas, es parte del saldo de un huracán caribeño de categoría 2, según la escala internacional.
Acá en Camagüey nos mantuvimos a la expectativa, pues Sandy, siendo todavía una simple Tormenta Tropical, despegó desde las profundidades del sur del mar Caribe –parecido a como Usain Bold lo hace en sus carreras de campo y pista –con vertiginosa velocidad de traslación rumbo directo hacia nosotros. Por fortuna para Camagüey, su proyección hacia el norte tuvo una ligera inclinación hacia la derecha y nos soslayó por completo.
Sabemos que los ciclones del hemisferio norte giran contrario a como lo hacen las manecillas de un reloj y que su mayor poder lo ejecuta el ala derecha en su trayectoria. Para quienes hemos vivido fenómenos como este, conocemos por experiencia que los vientos sostenidos, ayudados por rachas superiores en intervalos continuos, son capaces de levantar árboles de cuajo y voltear automóviles. Y como si esto fuera poco, las enormes crecidas de los ríos se convierten en peligro vital para personas y animales.
La ciudad de Santiago de Cuba es la segunda del país por habitantes. Enclavada dentro de montañas y aledaña a una espaciosa bahía, conforma el valle más caluroso del país. Pero sus habitantes, por idiosincrasia local, son los más amistosos y solidarios de la Patria. Y mi preocupación estuvo centrada, principalmente, en la integridad de las personas que radican allí.
Cuál no sería mi sorpresa al ver por el Noticiero Nacional de la Televisión la devastación de la parroquia de San Antonio María Claret, destruida hasta sus cimientos que, entre aquellas ruinas, solamente quedaban salvados El Cristo del altar mayor y las campanas que llamaban a misa.
La institución de Misioneros Claretianos desde hace aproximadamente una década ha sido mi mayor punto de apoyo literario y de cuya revista Viña Joven me enorgullece ser un afortunado colaborador. En ese lugar radican las más preciadas de mis amistades santiagueras, entre ellas Mirta Clavería Palacios, directora de la Revista y el padre Carlomán, misionero colombiano que desde mis primeros pasos amistosos dirige el destino de tan preciada institución. A tantos días del desastre aún no he podido contactar con ellos. Mis llamadas telefónicas no son respondidas y el correo electrónico tampoco funciona, pues todo indica que sus líneas también quedaron destruidas.
La Defensa Civil cubana es un organismo creado precisamente para prevenir los grandes desastres naturales. Sin embargo, a no ser la preservación de vidas humanas y algunas riquezas materiales en el acto del desastre, poco está al alcance de salvamento por esta institución cuando la Naturaleza lanza contra nosotros temblores de tierra o huracanes. Y debido a esto, me da por pensar que si el ciclón Sandy hubiera embestido a Camagüey de igual manera como a Santiago de Cuba, miles de hogares de nuestra ciudad habrían sido arrancados de cuajo o intensamente promovidos. Habría sido la consecuencia no solo del poder destructor del meteoro, sino también, y en mucho, la del abandono en que se encuentran actualmente muchas ciudades del país –en su mayoría –debido al deterioro paulatino sufrido por el tiempo, las limitaciones de recursos por sus altos precios y las objeciones burocráticas que el Estado cubano practicó durante medio siglo.
Todos conocemos que los inmuebles, tanto estatales como particulares, llevan un mantenimiento continuo y permanente si se pretende evitar un deterioro progresivo que los debilite y los haga propensos a colapsar. Hasta hace muy poco nuestras viviendas no eran nuestras. ¿Paradójico, verdad? Un poco por el exiguo sentido de pertenencia y un mucho por el alto costo de los materiales y las restricciones de restauración y ampliación a particulares, el hogar cubano fue quedando relegado a un “mañana, si se puede” por sus propietarios. 

Como algo adicional –y pienso que esto también sucede en Santiago de Cuba por ser una de las primeras villas fundadas por los españoles –está el intento de la Oficina del Historiador por preservar intactas las estructuras antiguas de las viviendas cuando ni siquiera el cemento existía. Pudiéramos conjeturar, además, que mucho tiene que ver la poca calidad de las construcciones actuales. Un corredor de viviendas me comentó recientemente que cuando un comprador le solicita un apartamento, le hace hincapié en la fecha de fabricación del inmueble:
“Pregunta, ante todo, si es una edificación posterior o anterior a 1959. Y contrariamente a toda lógica, las casas antiguas suscitan más interés y conservan mayor valor monetario que las construidas en el período revolucionario”.
Y por colofón, no perdamos de vista la migración rural hacia las principales ciudades del país debido a las restricciones y el abandono –sobre todo alimentario –que han venido sufriendo en las últimas décadas. Estos beduinos criollos, marginados y a solo un paso de la indigencia que no publica la prensa oficial, están llenando de “favelas” cualquier barbecho abandonado en las márgenes de muchas ciudades del país, sobre todo en las de mayor contenido poblacional.

Téngase presente que un huracán es capaz de ocasionar daños hasta en la ciudad mejor construida del mundo; pero no se pierda de vista que gran parte de la destrucción de viviendas en las nuestras al paso de un meteoro como este, se debe a la poca capacidad de resistencia de las mismas.

Pedro Armando Junco

martes, 23 de octubre de 2012

Nuevas aperturas migratorias

 
“El diablo son las casualidades” decía con frecuencia mi madre. Recuerdo aquella crónica del mes de agosto del año pasado que intitulé Preguntas infantiles.
Pues la casualidad me hizo tropezar hace solo unos días, en plena calle, con los dos amigos antagónicos que tuvieron a punto de entrarse a puñetazos por diferencia de criterios políticos. Mi niña no estuvo presente en esta ocasión.
–Ahora, con la eliminación de las restricciones migratorias, puedes marcharte de Cuba cuando te venga en ganas –me atacó el ultra-conservador revolucionario.
–Yo no me voy de Cuba hasta que no arreglemos esto… –le respondí.
–Entonces no te irás nunca –terció el otro –, porque a “esto” no lo arregla nadie.
Todo parecía ir en el mismo camino de aquella vez, cuando mi amigo opositor le había soltado al otro “que los niños de este país están prisioneros en una cárcel muy grande que se llama Cuba. Y cuando un padre o una madre salen del país de paseo o a cumplir una misión del Gobierno, no pueden llevar a sus hijos, que permanecen como rehenes en la patria”.
Pero, como no había argumentos esta vez para esa idea, el amigo revolucionario arremetió acalorado:
–¡Esta reforma a la ley migratoria está muy, pero que muy, muy buena!
Y entonces no pude más que acudir a la dialéctica socrática:
–Si como tú dices: “esta reforma a la ley migratoria está muy, pero que muy, muy buena”; antes de la reforma esta ley estaba muy, pero que muy, muy mala, ¿no es cierto?
El amigo desafecto se echó a reír a carcajadas y el revolucionario nos dio la espalda y siguió su camino rumbo a una reunión preparatoria para las “elecciones” del domingo.
Este tema sobre el que acabo de contar, es la comidilla del pueblo cubano dentro y fuera de la Isla en estos momentos. Muy pocas personas esperaban algo así, aunque me enorgullece pertenecer al grupo de los que esperábamos cambios como este y aguardamos aún por otros que vendrán más adelante a medida que el país vaya asimilándolos paulatinamente. Todos hoy se quedan boquiabiertos con la noticia: ¿Es posible salir de Cuba sin permiso y llevar los niños, para regresar, si es que deseamos regresar, cuando nos dé la gana sin perder el derecho a nuestras propiedades? Alguien me comentó, muy seriamente, que es una ironía del destino.
Estas restricciones, hoy derogadas, fueron puestas en vigor desde 1961, hace más de cincuenta años; por eso nos sorprende su abolición tanto como debió sorprender a los negros esclavos de La Demajagua la sorpresiva libertad el 10 de octubre de 1868. Por ello, ciertamente, algunos pueden pensar que es “una ironía del destino”.
No obstante, queda cierto escepticismo en la población: Hay quienes aguardan una mueca postrera que revierta el optimismo generalizado y limite las representaciones que cada cual ha originado en sus cabezas. De hecho, el inciso D del artículo 23 plantea que los ciudadanos cubanos residentes en el territorio nacional no pueden obtener pasaporte corriente cuando razones de Defensa y Seguridad Nacional así lo aconsejen. Este pequeño detalle, suelto al descuido dentro del decreto liberador, escamotea el sentido general de la intención ya que, gracias a dicho acápite, se le puede impedir a un ciudadano cualquiera la expedición de su pasaporte basándose en una acusación subjetiva. 
Tampoco los profesionales pueden abandonar el país con entera libertad. Y aunque en eso la razón pertenece al Estado, puesto que en Cuba los estudios son gratuitos hasta en las Universidades, no es gracia para nadie que luego de formar un médico, un abogado, un arquitecto, etc., emigre a servir en otro país donde esa carrera alcanza un costo de miles de dólares.
Pero mirémoslo con optimismo, por el lado bonito, como habría dicho mi madre. Porque es también el mejor tapaboca a los detractores de los cambios. Es el cese de la violación al inciso 2 del artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Es el fin del por qué nuestros hermanos se ahogaban en el Estrecho de la Florida. Es la mejor manera de hacer ver a aquellos que pretenden encontrar en otros suelos la felicidad que aquí no perciben, que no hay mejor lugar en el planeta que este pedacito de terreno donde los lugareños se solidarizan con premura y conviven en un ámbito excepcional que todos llaman cubaneo, al margen de las limitaciones y la miseria. Para aquellos que van a viajar ahora, no solo queda el reto a encontrar otro país que los reciba, sino la batalla espiritual que sienten los emigrados del mundo, “el gorrión” de la nostalgia, el de menos que se echa hasta por la piedra mal colocada en el camino con la que tropezábamos a diario.
El Gobierno cubano ha puesto en jaque, en la legislación estadounidense, a La ley de Ajuste Cubano. Ahora, seguramente, inventarán desde allá, esos legisladores pequeños, como hicieron con la inhumana reforma de “pies secos y pies mojados”, una nueva estrategia para detener el éxodo. El Gobierno de Cuba ha lanzado el guante de la paz al Gobierno de los Estados Unidos, ha ofrecido la señal que el actual Presidente norteamericano estaba pidiendo. Sin embargo, el presidente Obama tiene que actuar con cautela al pronunciarse sobre este hecho bajo la presión de las cercanas elecciones, porque la Florida es un Estado clave a la hora de alcanzar un segundo mandato. Si Obama gana su reelección, vislumbro un futuro de paz promisorio para nuestra Patria; si las pierde, volveremos a la perenne rivalidad que siempre viene a dar la estocada en lo más sagrado de los seres humanos: la familia.
Dicho todo lo anterior, continúo pensando que la solución está en todo lo contrario al ofrecimiento de la nueva apertura: la solución radica en que no se marche nadie. El éxito se halla en que ningún cubano renuncie a la Patria cuando nada le impida abandonarla.
El procedimiento que deben seguir los inconformes es prodigar un poco de altruismo: olvidar rencores y revanchas, empañar el borrón y: ¡cuenta nueva!; incorporarse en cuerpo y alma a la reconstrucción del País. Para los que gobiernan en tener más en cuenta al individuo, que en su conjunto es el verdadero “pueblo” al que tanto se le ensalza: mayor libertad económica y menor restricción alimentaria. Erradicación definitiva de la doble moneda y eliminación de tantos elementos parásitos que nada producen.
–Si nos sobran inspectores, dirigentes y policías, tierras quedan todavía, perdidas en marabú, que hay que poner a producir. –me dijo hace poco un campesino viejo.
¡Claro que falta mucho camino por recorrer! Quedan muchos otros pasos concretos por dar. Cuando se convoque a elecciones presidenciales por voto directo y secreto y haya al menos, un candidato de oposición con plataforma propia y libre retando al oficialista, ya nadie podrá decir que en Cuba rige un Gobierno totalitario y habremos alcanzado, pacíficamente, la soñada meta.
Y, entonces, le terminaré la frase a mi amigo:
–Yo no me voy de Cuba hasta que no arreglemos esto…¡y después, menos todavía!
Pedro Armando Junco

jueves, 23 de agosto de 2012

Aquellos inolvidables 70


Fue por aquella década, después del rotundo fracaso de Los diez millones. Trabajaba por contrato en el distrito cañero número 4 del central Haití, en uno de sus Planes, como ayudante computador. La oficina radicaba en Macuto Dos, uno de los seis bateyes con ese nombre, que antaño la compañía norteamericana había fundado para los haitianos emigrantes, rastreadores de trabajo mejor remunerado que en su tierra natal. Pero la Compañía Macareño había sido confiscada por el Gobierno Revolucionario y cambiado su nombre por el de Haití. Por cierto, muy poca gracia sentían los lugareños cuando algún chistoso le colocaba el nuevo gentilicio.
Me parece estar mirando aquellas tierras negras y las exuberantes cañas de varios metros de altura que allí crecían. Recuerdo con nostalgia a mis amigos de entonces: rústicos, pero sinceros y agradecidos; a las campesinas despampanantes que desarrollaban, acaso por la fertilidad de los terrenos, los pechos y traseros más voluminosos y diamantinos que he visto.
Entre las muchachas recuerdo a Madelaine, la más perfecta estructura de mujer que he conocido: una Venus de Milo, pero más bronceada y sin la carencia de los brazos; a Clara, erótica e impulsiva; a Nirvia, la quinceañera incapturable. Entre los amigos encontré a René, el mecánico que atendía cualquier dificultad en mi viejo Chevrolet de los años cincuenta. A Pablo, el jefe de oficina, que en vez de indicarme el quehacer diario, me preguntaba a donde iríamos en esa jornada; a Bady el más compinche de todos. Fueron tantos los amigos buenos y las hembras hermosas que, de citarlos a todos, convertiría en monótona estas reminiscencias.
Pero mi objetivo es contar cómo sobrevivíamos en aquellos años cuando los soviéticos lo facturaban todo. Éramos, al decir de un veterano amigo, “el barrilito de pólvora de los rusos”, porque después de la Crisis de los misiles, los soviéticos se plantaron en Cuba como para no irse jamás. Era la contrapartida histórica de escapar de la dependencia norteamericana para caer de lleno en la dependencia soviética. Sin embargo, nadie hacía caso del peligro y vivíamos felices a cambio de ser mantenidos, en el constante riesgo de desaparecer como Hiroshima en caso de una guerra atómica entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Fue el cierne, el prólogo de lo que luego convertiría a la población cubana en mantenida, para finalmente transformarla en corrupta.
Pienso que estábamos en el período más guevariano de la Revolución. Lemas como “el que no trabaja no come” se encontraban escritos hasta en las paredes. Sin embargo, todo nos llegaba por la “libreta”, por igual y en austera abundancia; así que, con solo un poquito que se “luchara” por la izquierda del salario, se cubrían las sencillas expectativas obreras. Se había creado una conciencia proletaria a base de prometer alcanzar los más altos niveles de vida en poco tiempo con el simple requerimiento de que esperáramos sentados y tolerantes las miserias presentes. Un futuro promisorio llenaba la mente de hasta el más humilde jornalero. De hecho, ya sus hijos se desarrollaban gracias a las becas, muchas de ellas extraterritoriales, y se transformaban en graduados universitarios.
Los artículos superestructurales del hogar solo se conseguían por bonificaciones especiales, según los méritos de cada trabajador. Recuerdo la vez que gané el derecho a comprar una radio VEF 206: era lo último en el confort soviético, básico proveedor de toda mercancía junto a los países euroorientales. Una radio de esas solamente costaba 200 pesos; estaba cara, es cierto, pero como todo lo demás se recibía muy barato gracias a la cuota subsidiada, ahorrando un poco, en dos meses a lo sumo ya podía adquirirse.  
Por bonificaciones se obtenían también los viajes a la playa con cabañas semanales y cuota de víveres extra. Hasta las bicicletas venían por concesiones, firmadas por los dirigentes de entonces, que eran más concienzudos y robaban menos que muchos de los actuales. A los médicos les vendían carros Ladas y Moskovic, y se veía hermoso el parqueo del hospital “Manuel Ascunce” cuando los galenos descendían de sus automóviles con la elegancia que les correspondía.
Disfrutábamos de bonos para comprar gasolina. A los propietarios de automóviles expedían un talonario con cuatro tiques de a cinco galones todos los meses. Un galón de gasolina costaba solo 60 centavos. Existían, además, bonos para solventar el consumo en los restaurantes. Estos bonos los suministraban a los chóferes y funcionarios que tuvieran que salir de su área de trabajo a cumplir determinado encargo y tuvieran necesidad de hospedarse a comer alejado de su casa o del comedor de su empresa. Pero lo mejor de todo esto era que no había un control austero a la hora de repartirlos y a veces los conseguíamos para nuestras juergas, pues servían como cheque al portador.  
El Jefe del Plan cañero era un campesino rústico, de apellido Fall, que me quería muchísimo. Quizás no alcanzaba un alto grado de escolaridad, pero tenía agallas de buen dirigente y un equipo subalterno que respondía muy bien a sus necesidades. Recuerdo la vez que requirió al subalterno jefe del área cañera porque había limpiado las malas yerbas dentro del cañaveral descuidando la parte externa que se veía desde el camino:
–¡Coño, Quintana: primero hay que lavarse la cara aunque nos quede el culo sucio!
 El jefe del Distrito, llamado César Guerra, sí era completamente analfabeto. Cuando la batalla por el sexto grado me tocó impartirle clases, sobre todo enseñarlo a firmar. Era buenazo, pero totalmente estúpido. Se había ganado el cargo a base de sacrificios, pues en tiempos de zafra hasta dormía en los centros de acopiar la caña. Lo más que logré con él fue que firmara, lo suficientemente inteligible la palabra “Cesor”.   
Año tras año, antes de comenzar cada zafra azucarera, se traían tractores nuevos de paquete, acabados de bajar de los barcos soviéticos y se efectuaba un acto político en el que hablaba con euforia futurista un dirigente del Partido y se festejaba por todo lo alto el comienzo de la zafra. Las piezas de repuesto, las cajas de tornillos, tuercas y todo implemento necesario para los equipos, se hallaban tan abundantes como la gravilla de las canteras. No olvido la vez que, en el taller, estaban echando un piso de concreto y por descuido del proyectista, faltó solamente una carretilla de material, pero la gravilla se había agotado. El concreto no es cosa que espera mucho para fraguarse; así que, ante los ojos atónitos de los presentes, alguien acarreó una caja enorme, con miles de tuercas nuevas, y la vació donde se confeccionaba la mezcla, para suplir a la piedra. Así el piso quedó perfectamente terminado.
El combustible llegaba en camiones pipas que reabastecían sin medida alguna, hasta la boca, los tanques de los tractores y camiones. Mi carro también se reabastecía de aquellos tanques, porque al poco tiempo de trabajar en la oficina, me utilizaron más como mensajero que como computador de papeles cañeros. Puse el carro a disposición del Distrito y hasta cambié el rin de los neumáticos por uno similar al de las carretas de transportar la caña; a partir de entonces siempre caminé con gomas nuevas.
Vivíamos en el país de Jauja, pero lo ignorábamos por completo. Nos pervertíamos a lo manso, pero nos sentíamos felices, y aplaudíamos por unanimidad. Es cierto que la libertad de opinión estaba restringida por completo y proferir una queja política o social equivalía, como en los tiempos de Lenin, a ser catalogados de “gusanos”, porque un pueblo que nunca fue educado para ser libre pocas veces lucha para alcanzar esa categoría. El problema de hoy radica en que aprendimos a vivir de lo lindo, de lo que nos regalaban los soviéticos y nunca pensamos en las fábulas de Esopo, hasta que en 1989 con el derrumbe del “campo socialista” se achicó la ubre que nos había enseñado a vivir del cuento del maná del cielo con solo repetir consignas revolucionarias. El pueblo aprendió a creer tan ciegamente en lo que decían por la radio y los periódicos, que el 10 de octubre de 1976, toda Cuba en masa votó una nueva Constitución sin leerla siquiera.
Ahora, 40 años más tarde, cuando ya estamos viejos y cansados, cuando René, Pablo, Fall, César y tantos otros han dejado de existir; cuando a Madelaine nada le queda que haga recordar la perfección de su figura, Clara es una ancianita desdentada y Nirvia ha corrido más aventuras que El llanero solitario; cuando Bady, parecido a mí, sobrevive comercializando viandas en una carretilla que explota todavía un poco más a un prójimo urgido de los alimentos que antes echábamos por la borda; cuando las arengas del futuro promisorio suenan todavía en los medios difusivos pero llegan a nuestros oídos como campanadas de madera; ahora que se permite decir a medias lo que anteriormente no se podía expresar ni a cuarto, solo queda vivir de los recuerdos, del nostálgico proverbio de que “todo tiempo pasado fue mejor”.

Pedro Armando Junco

lunes, 13 de agosto de 2012

Cruzada literaria


Esta semana fui invitado a participar en una Cruzada literaria. Muchos se preguntarán qué elementos constituyen la razón de este nombre un poco medieval y otro tanto moderno. Así que puedo responder que una Cruzada literaria a lo camagüeyano, no es más que el intento de transferir nuestra cultura a los rincones más remotos y difíciles de llegar, cuyas angostas comunidades pocas veces consigue gozar el “privilegio” de mirar de cerca a un escritor, a un trovador, a un artista, y hasta poder conversar con él de tú a tú.
El proyecto no es malo, y sus intenciones pueden catalogarse de hasta cristianas, en la acepción más humanista metafórica del término. Es algo parecido a lo que hicieron los antiguos misioneros jesuitas hace cinco siglos, intentando llevar el cristianismo a las comunidades indígenas del nuevo continente.
Cierto es que en Cuba ya no existen indígenas –también en el sentido más puro de la expresión –, pero a veces uno se asombra al descubrir personas que apenas aciertan a articular algunas cuantas palabras. Y es allí –pienso yo –donde radica la preocupación del Ministerio de Cultura por llevar el arte a esas comunidades. Hace algunos años participé en una cruzada en un pueblito con casas de mampostería, incluso, en el que la gente, huyuya y esquiva, nos miraba con similar asombro a como seguramente percibieron  a Colón los aborígenes de Bahamas en 12 de octubre de 1492. 
La palabra cruzada, por antonomasia nos remonta a la lucha de un grupo de “caballeros cristianos” en Tierra Santa, asesinando sarracenos en el nombre de Jesucristo. ¡Vaya barbaridad que guarda la historia! El proyecto de nuestros cruzados de hoy es luchar por enriquecer la cultura que subyace en los empobrecidos pueblos rurales. Ahora, inclusive, se lleva hasta las cabeceras municipales de la provincia. Esto da por pensar que la  incultura que se persigue desmantelar está ganando terreno.
El sitio escogido para esta visita fue Santa Cruz del Sur. El grupo lo conformó una veintena de personas, entre ellas una periodista, un escritor, varios trovadores y músicos y un camarógrafo de la televisión. Viajamos en ómnibus moderno y cómodo. En el embalaje no faltaron las cajitas para el almuerzo y los bocaditos para la merienda. Desde luego, la actividad es gratuita totalmente, tanto para los que la reciben como para los que la representan.

El municipio Santa Cruz del Sur es mi terruño natal. Viví hasta mis cincuenta años en una zona rural distante unos 30 kilómetros del pueblo cabecera. Visitar este poblado fue parte de mi cotidianidad.
Cuenta la historia que en el mes de agosto de 1826 unas 30 familias, en su mayoría carboneros, se instalaron sobre un promontorio de terreno paralelo a la costa y fundaron Pueblo Nuevo, que poco después se llamaría Santa Cruz del Sur. Al paso del tiempo, 106 años después, ya el pueblo abrigaba más de 5000 habitantes. Y por esa fecha, el nueve de noviembre de 1932, un huracán categoría 5 lo destruiría en su totalidad y arrancaría la existencia a más de 3000 habitantes. Hoy se reconoce este suceso como el desastre natural de mayores pérdidas humanas que ha sufrido Cuba.
Luego de la explosión informativa de los días subsiguientes, solo en fechas conmemorativas anuales, algún periódico presentaba fotos y palabras de recordación a las víctimas del ciclón. Y es entonces que tomo en mis manos la tarea, 52 años más tarde, de realizar entrevistas a sobrevivientes del desastre y, en dos años apenas, conformar el libro La furia de los vientos, que obtiene el premio David en 1987 y sale por primera vez publicado dos años más tarde.
El visitante que llega a Santa Cruz, como seguramente sucede en los sitios donde han ocurrido grandes hecatombes, lo primero que hace es preguntar en qué sitio específico ocurrió el desastre, dónde se haya el monumento a las víctimas y quiere llegar hasta allí; que anécdota perdida sobrevive en la memoria popular y si alguien ha escrito sucesos particulares sobre la tragedia y se interesa por encontrar el libro. De manera que nadie mejor para intervenir en una cruzada cultural en este pueblo que el escritor del compendio que sacó a la luz los hechos al detalle, contados de primera mano por los que sufrieron la desventura, pero lograron escapar con vida. El libro saldrá reeditado por cuarta ocasión a principio de noviembre de este año y presentado en Santa Cruz del Sur el día 9, en la fecha que guarda los 80 años de la catástrofe.

Ya en el pequeño pueblo sureño nos recibió una Promotora Cultural, que es la encargada de organizar en cada zona cualquier evento de este tipo Las actividades, cuando no aparece un local público techado: círculo social, teatro, etc., se ejercen al aire libre, bajo el radiante sol caribeño que tuesta hasta las pestañas. Y ese fue el caso, pues en la llamada Zona de Desarrollo, lugar donde el Gobierno ha construido una comunidad aledaña al pueblo octogenario, no apareció sitio bajo techo y a pleno sol se habló, se cantó y se recitó. Más de dos horas, desde las once de la mañana hasta pasada la una de la tarde, ejecutamos una presentación artística lo suficientemente variada como para colmar las expectativas. Lo único que empobreció el evento fue la escasez de público, pues a no ser una decena de madres que cubrieron sus asombrados niños bajo sombrillas y mantos, nadie más prestó el oído a los altoparlantes que se colocaron a toda voz en medio del poblado. Al parecer, los organizadores del evento no tuvieron en cuenta que un jueves, la población que labora en uno de los mayores Combinados Pesqueros del país, faltaría a la cita. Por desdicha, a los organizadores cubanos siempre les falta algo para que las actividades mejor pensadas, les salgan bien.  
Mi niña recitó Los motivos del lobo de Rubén Darío. Algunos trovadores invitados de Baracoa, Ciego de Ávila y otros lugares dejaron escuchar sus voces. Otra niña cantó una melodía clásica de lo popular. A mí me toco decir algo y anuncié la próxima presentación del libro que no solo ha servido para sacar de la oscuridad el cataclismo santacruceño, sino para darle un sentido ambiguo, poético y metafórico a este blog que, amigo lector, tienes frente a ti en estos momentos.

Pedro Armando Junco