lunes, 21 de abril de 2014

La ley de inversión extranjera



Se ha manejado tan bien la información nacional por los medios difusivos oficialistas que por ahí anda la gente, el pueblo de a pie, contento y esperanzado con la nueva ley de inversión extranjera.
Hay hasta quienes piensan que a partir de la implementación de esta nueva “apertura” el pueblo de Cuba recibirá beneficios millonarios, que el nivel de vida individual superará el de cualquier haitiano y que podremos tener carros propios, casa confortable y viajar al exterior producto de nuestro propio peculio.
Pero las cosas no son tan bellas como esa gente cree. En primer lugar el negocio y sus beneficios son, como muy bien se titula la ley, para extranjeros. ¿Qué pinta un cubano natural, un obrero simple y llano, esperanzándose con participar en este supuesto pastel de cumpleaños? Y cuando se menciona la persona cubana, es la persona jurídica estatal, o sea, instituciones gubernamentales del Estado envueltas en el celofán de la palabra “persona”, para que los ingenuos crean que se trata del ciudadano individual.
Nada que ver con nosotros. A nosotros se nos emplearía en esas compañías como simples trabajadores asalariados. Pero no asalariados con moneda convertible como se manejarán los frutos de las utilidades de dichas compañías, sino con el peso nacional que vale cuatro centavos.
¿Y si algún ciudadano de a pie recibe de un familiar suyo en el exterior una remesa capaz de crear una empresa, abrir una shopping, o simplemente participar como inversionista en una compañía mayor, puede aplicar a esa ley? ¿Y si el inversor extranjero escoge a un amigo o familiar residente en este país y delega en él para director de su empresa, lo permite la ley? ¡Claro que no! Los cubanos insulares no tienen derecho a capitalizar, ni a ser ricos, según palabras de altos funcionarios del Gobierno. ¿Entonces, cómo podemos catalogar a la ciudadanía nacional, o sea, al pueblo? ¿Cuál es el calificativo que realmente le corresponde?
Claro que la respuesta soterrada de ese pueblo está allí, implícita en su conducta. Es esa respuesta sin palabras, que no sale por los medios difusivos, pero que la presiente, tanto el Estado como la ciudadanía culta y moral que permanece en la Isla: la desobediencia a leyes injustas, la fechoría en cualquiera de sus aristas, la constante perturbación al orden público y tantas otras que hicieron confesar al presidente del país meses atrás que suman 191 formas negativas del pueblo. Y la peor de todas, la emigración multitudinaria, solo refrenada por la frontera marina y por la negativa al visado en múltiples embajadas radicadas aquí.
Es mi criterio, mi triste y quejumbroso criterio, que si el Gobierno del pueblo de Cuba no hace cambios profundos y funcionales –y al parecer, muy pocos deseos tiene de llevarlos a cabo –la nación cubana se difuminará por el mundo como las gotas de lluvia que caen en el océano.

Pedro Armando Junco

lunes, 14 de abril de 2014

De la Feria del libro y otros hechos



La Feria del libro es un pequeño bálsamo económico para los escritores provincianos. Una vez al año, en el mes de marzo, en la capital de cada provincia se implementa una actividad cultural literaria que aglutina a escritores noveles y veteranos, miembros o no miembros de la UNEAC y la AHS, y a todo aquel que le venga en ganas, para la presentación y venta de libros y revistas, conversatorios ensayísticos, recreaciones infantiles y muchas diligencias más dentro del abarcador mundo de nuestra cultura.
La idea, si mal no me explicaron, fue de Abel Prieto cuando era ministro de Cultura. Y debo reconocer que fue una magnífica idea de Abelito –así le llamamos cariñosamente por su ejemplar trayectoria al frente de este gabinete –, que se ha pegado al público. Las ferias de libros son siempre esperadas con entusiasmo tanto por el más infante como por el más caduco de nuestra ciudadanía. Y son precisamente los pequeños quienes reciben las mejores ofertas con todo tipo de libros de cuentos, de dibujos para colorear, de aventuras fantásticas y poesías infantiles compuestas para ellos por la inmensa mayoría de los escritores y poetas del patio: porque son los niños no solo la esperanza del mundo, como nos dejara escrito José Martí, sino también seres inocentes que todavía se dejan llevar por la fantasía de los cuentos de hadas.
Los menos privilegiados en estas cuestiones son los adultos ilustrados que llegan a los kioscos en busca de literatura profunda, rica en ideas sociales novedosas, que enriquezca su acervo cultural y los proyecte al siglo XXI, y tiene que regresar a casa con un libro de cocina que le pone al corriente de las preferencias culinarias de los cinco héroes.  
Cierto es que en Cuba no hay libros prohibidos, pero carecemos de promoción y venta de libros cuyos autores no son simpáticos, como es el caso de Vargas Llosa, Cabrera Infante, Reinaldo Arenas y muchos más allende el mar, incluyendo la constreñida venta de autores residentes como Pedro Juan Gutiérrez y Leonardo Padura. ¡Qué feliz me sentiré el día que todo el asistente a una feria pueda llevarse a su casa La fiesta del chivo! ¡Qué bueno sería que todo cubano adquiera y lea El hombre que amaba a los perros!
Sin embargo, hablar de la Feria no era mi propósito original. Quería decir de ella que es un pequeño bálsamo económico, porque tanto el Instituto del libro, como la UNEAC y la AHS, pagan con cheques las numerosas actividades que nos ofrecen. Cierto que no es el escritor quien puede solicitar la presentación al público del libro que desee, ni la compensación sea emitida en  CUC sino en la moneda nacional.
Y el caso es que en la UNEAC salió electo hace solo semanas como presidente de la filial de escritores, el amigo Jorge Santos Caballero. Y a él correspondía distribuir las actividades remuneradoras a cada uno de los 22 escritores miembros de la Asociación. No está de más acotar que Jorgito –como cariñosamente le llamamos –es un tipo con deseos de crecer, de elevarse; y goza de una disposición, jovialidad y dinamismo que poco tienen que ver con su edad y su estatura. Así que, desde mucho antes de las elecciones me dijo en reiteradas oportunidades: “te puse varias actividades para la Feria”. Sé que lo hizo con el propósito altruista de agradarme; y se lo agradezco.
Pero el caso es que a la hora de cobrar los cheques, el mío, como el de Yoan Pico y seguramente los de la mayoría de los otros escritores, vinieron con 380 pesos solamente, mientras el suyo alcanzó un monto que cuadruplicaba el nuestro. Todavía, como si esto le resultase poco remunerativo, cobró 480 pesos más por medio del Instituto Cubano del Libro. O sea, una amasada que deja mucho por decir del altruismo de un directivo de la Asociación y que parece ser una tendencia consuetudinaria en esa persona.
Esto me ha puesto a reflexionar acerca de nuestra querida Institución: modelo para muchas otras por su nivel intelectual, su independencia, su igualitarismo justiciero. La UNEAC es una asociación donde TODOS tenemos los mismos derechos, una Asociación No Gubernamental al margen de toda injerencia externa (se supone), y donde deba primar la voz de cualquier miembro a la hora de emitir una queja o una propuesta. Un ejemplo de entrega y honradez es la de su actual presidente Sergio Morales Vera, que a pesar de llevar sobre sus espaldas el peso y a responsabilidad de las cinco filiales, efectúa actividades culturales todos los meses y no cobra un centavo por ninguna de ellas.
Vale recordar que hace algunos años un antiguo directivo de la filial convocó a un concurso remunerativo con amplia gama de premiaciones en “metálico” y cuando los jurados comenzaron a abrir las plicas y repartir premiaciones, a ese funcionario pudieron contársele siete galardones para él solito. Al correr del tiempo el voto libre y anónimo se encargó de despojarlo de sus funciones, pues mucho se habló de aquel desfasaje que, evidentemente, fue un acto de oportunismo.
Quiero, con este hecho, llamar la atención a la directiva superior de la Asociación en la provincia y, ¿por qué no? a su administración, para que se tomen las medidas profilácticas necesarias a tiempo, no sea que nuestra siempre muy defendida UNEAC, se contamine con esa corrupción tan tristemente generalizada que invade otros sitios en el país.

Pedro Armando Junco


miércoles, 9 de abril de 2014

La crisis del agua amenaza no tener fin en el casco histórico de Camagüey.


 
Es totalmente paradójico que luego de la remodelación de las vías conductoras con tubos nuevos y de gran capacidad, cuando las lluvias de este último período han sido prolíficas, sea ahora el momento en que falte el agua por largos períodos a la población.
Un amigo me comentó al respecto:
–Nunca te asombres de las contradicciones de esta sociedad. Cuando se dice que vamos a tener abundancia de algo es cuando primero se acaba. Recuerda la papa: estaba racionada a 30 centavos la libra; la pusieron por la libre a un peso y ahora para empatarte con una librita, tienes que desembolsar ocho o diez veces su precio.
Aunque los presentes se echaron a reír por la jocosidad, el problema del agua es terriblemente peligroso. Puede faltarnos la electricidad –que de hecho falta muchas veces –y sobrevivimos como en el siglo XIX. Pero el agua es tan vital como el alimento. Es más, con algo que llevar a la boca, aunque no sea de la mejor calidad, sobrevivimos –de hecho queda demostrado en nuestra sociedad actual –; pero si no bebemos agua nos deshidratamos, y como sin ella no hay pulcritud, nos invaden enfermedades mortíferas, que ya abundan.
Pero en esta oportunidad no seré yo quien lance la piedra, sino que voy a dejar la exposición a un grupo de vecinos de mi barrio, quienes redactaron y reprodujeron diez copias de una carta que llegará en breve a manos de diversos dirigentes y diferentes medios de comunicación.

Camagüey
Año 56 de la Revolución
De: Vecinos de la calle Carmen, entre General Gómez y Medio. Ciudad

Los vecinos que habitan en los lugares arriba mencionados están preocupados por la carencia de agua en esta zona de la ciudad que es bastante alta. Hace días que no entra una gota de agua y nadie explica el porqué. Precisamente, en este lugar hay tres enfermos encamados de ochenta y noventa y pico de años, a los que obligatoriamente hay que mantenerles la higiene, además de niños pequeños cuya ropa de cama y demás utensilios, hay que lavar diariamente.
Como es conocido el agua es vital para todo, desde que uno se levanta hasta que se acuesta. Usted, como todos, conoce los altos precios de la comida y demás productos necesarios para vivir, por lo que los salarios no le alcanzan a nadie. No hay dinero suficiente para comprar diariamente las tanquetas de agua de 20 litros a tres ($3.00) pesos, o pagar un camión-pipa que cuesta cien ($100.00) pesos como mínimo.
 Sin higiene no hay salud. Este es un lema muy repetido. Todos nos podemos enfermar pero, reiteramos, nadie dice nada ni hace nada, ¿hasta cuándo vamos a estar así? Nos encontramos en medio de una situación de salud difícil, alarmante, porque se sabe que hay dengue, cólera, por mencionar solo estas dos enfermedades entre muchas otras que existen en la ciudad actualmente y que a pesar del gran esfuerzo que día a día realiza Salud Pública, no ha sido posible erradicar todavía estas epidemias.
Para cocinar hace falta agua, cuando sentimos sed tenemos que tomar agua. Tenemos que bañarnos diariamente. Sabemos que hay agua suficiente en Camagüey. ¿Entonces, qué está ocurriendo? Existe indolencia por parte de algunas personas responsables de abrir la llave de los registros. ¿Es que también hay que pagarles dinero extra para que abran esas llaves. Es urgente que se conozca que en algunas casas de la ciudad están conectando mangueras a la tubería maestra. ¿Es que esto está permitido por el Gobierno en la provincia?  ¿Es que los dirigentes desconocen lo que está sucediendo? Como se sabe, una vez rota la calle aun cuando se tape el hueco, la calle no queda igual. Verdaderamente esto da pena después del gran esfuerzo realizado para saludar  el 500 aniversario.
El lema higiene es salud se repite mucho, pero lamentablemente a algunos individuos poco les importa y solo se preocupan por su buena vida.
Esperamos que esta lamentable situación se resuelva por los niveles superiores y por los que trabajan en Recursos Hidráulicos. Evitemos más enfermedades y como consecuencia un mayor número de personas hospitalizadas.

En espera de su segura atención quedan de usted, revolucionariamente,

vecinos de las calles antes mencionadas.


Pedro Armando Junco

jueves, 3 de abril de 2014

Peripecias de un día cualquiera



Esta mañana salí de mi casa con un listado de cuestiones a resolver en mi agenda. Siempre es igual. Los asuntos pasan de un día para otro y se acumulan y nunca podemos decir: “mañana es un día sin problemas a resolver, así que podremos escribir tranquilos”.
Cuando subí a la editorial, mi cheque estaba listo, pero la muchacha que lo entrega, muy preocupada me aconsejó:
–Ve a cobrarlo ahora mismo, porque ha salido una nueva resolución que prohíbe que en el texto del documento donde se indica la cantidad a cobrar, aparezca la palabra “pesos”. Y estos cheques fueron emitidos con anterioridad a esa resolución.
Salí volando de allí hacia el banco indicado. Mas de poco me sirvió el apremio, pues al intentar pasar al local, un custodio colocó su mano en mi pecho y espetó:
–No puede pasar, compañero. No estamos trabajando. Se fue la “corriente”.
No había electricidad en la calle República, el nuevo bulevar que estrenamos en el 500 Aniversario. Pero la gente llegaba, recibía el desplante, viraba la espalda y se iba, sin protestar siquiera. Hubo quien hizo un mohíno con la boca, pero nadie protestó: ¿para qué? Todos conocen que habría sido inútil elevar una crítica al pobre custodio que tiene la obligación de atajar a la gente como los peones de ganado atajan a las reses que intentan saltar la talanquera.
¿Es culpa del custodio, del empleado de la caja, del administrador del banco? ¡Claro que no! Si hurgáramos hasta la raíz de la cuestión aparecería un solo culpable: el Dueño de la ciudad.
Regresé a la casa bastante molesto. Fui a ducharme, pero no había agua. Se me había olvidado que en el Casco Histórico de Camagüey, donde acaba de celebrarse con bombos y platillos su 500 Aniversario, hace cuatro días que no entra agua y que los habitantes de esta zona privilegiada por los cinco siglos de existencia tienen que “inventar”, hacer maravillas del ahorro, comprar botellones de 20 litros a 3 pesos cada uno, o conseguir un camión-pipa por la izquierda, clandestinamente, al precio exorbitante de 100 billetes, para luego callar su infortunio, porque no conocen el nombre del dirigente a quien pueden encauzar una queja, porque no conocemos el nombre del Dueño de la ciudad.
Salí otra vez a realizar otras gestiones pendientes más allá del puente de La Caridad. Cuando iba cruzando frente a lo que fuera la casa de la familia Agramonte, hoy palacio de los matrimonios, iba a realizarse una boda. La gente curioseaba. Y yo pertenezco a esa gente y me detuve. Lo único que me diferenció de los otros mirones es que pensaba para qué se casan y gastan tanto dinero en esa fatuidad social, si al cabo de un tiempo, muchas veces demasiado corto, tienen que volver por allí, sufrir una cola y sacar el certificado de matrimonio que suscribieron aquel día, para divorciarse.
Cuando echan sobre la escalera de la entrada la enorme alfombra roja que llega hasta la calle, es porque están esperando el carro Ford del año 1926 que, adornado con globos de colores y cintas de terciopelo, pasea primeramente a la “afortunada” para luego desmontarla allí y entregarla al impaciente novio de traje, cuello y corbata.
En mi curiosidad me fui introduciendo entre los invitados, porque me llamó mucho la atención el novio en espera. Era un hombre añoso, blanco en canas, alto y rubicundo en extremo, que apenas hablaba español. Por fin pude indagar con una señora del séquito, que el hombre era canadiense. Cuando el Ford llegaba salí hasta la acera para ver a la novia de cerca. Era una de nuestras lindas jovencitas trigueñas, orgullo de la cubanía. Una de esas criaturas de apenas poco más de veinte años que tropezamos diariamente, aunque cada vez menos, caminando por nuestra amada ciudad. Estaba sonriente. Sus padres estaban sonrientes. El pequeño mulatico de unos cuatro años que la acompañaba con traje, cuello y corbata, también estaba sonriente y orgulloso de que su joven “mamita” dejara a su padre mulato y sin solvencia económica aquí en Cuba y marchara a Canadá casada con un extranjero que apenas conocía, para que más tarde pudiera reclamarlo y sacarlo a él, y de ser posible a sus abuelos. ¡Todos estaban contentos, felices! Que el nuevo esposo fuera tan longevo como su abuelito no era problema suyo, sino de su mamá que, seguramente, sabrá cómo resolverlo.
Yo no pude esperar el evento. La falta de agua y de electricidad que tan estoicamente había soportado, vinieron a mi memoria como el último copo de nieve que rompió la ramita del cuento. La concienciación de la poca autoestima del pueblo cubano común, la falta de ética de la gran mayoría del ciudadano de a pie que, acostumbrado ya a no tener voz ni voto, ni aspiraciones propias, se deja llevar por la corriente como la medusa marina, golpeó mi corazón. Me fui a la esquina más próxima y frente a una tapia me viré de espaldas a la calle. Entonces escuché cuando una mujer que pasaba le decía a su compañera:
–Mira, Josefa, ese hombre está llorando.

Pedro Armando Junco

jueves, 27 de marzo de 2014

Que salten de alegría los trabajadores de la salud



Hace acaso un mes, un destacado dirigente de alto nivel expresó –más o menos con otras palabras –que se estaban formulando tácticas para obtener del trabajador cubano mayores bienes de consumo. O sea, utilizar una estrategia de estímulo que pusiera a trabajar de verdad a la gente. Eso fue lo que pude dilucidar del discurso, porque cuando ese compañero comparece frente a cámaras, su disnea crónica, el alto vuelo técnico de sus palabras y el revoloteo de sus brazos para que le veamos el hermoso reloj que cuelga en su muñeca, roba mucho la atención y nos deja fritos.
Y cuando se habla de estrategias desde allá arriba, inmediatamente pensamos en qué nuevos trucos se están gestando contra el ciudadano de a pie. Porque si de algo estamos convencidos es de que cuando se ofrece un novedoso beneficio a manera de anzuelo, detrás viene el batacazo violento que lejos de mejorarnos, nos aplasta más y más.
No obstante, me atrevo a proponer a esa personalidad de las altas esferas ministeriales, una fórmula más sencilla si se quiere conseguir que el cubano de a pie, el cubano obrero y campesino trabajen y produzcan riquezas: en primer lugar brindarle un sentido de pertenencia transparente y real: que lo suyo sea suyo, con garantía de que mañana no aparezca un decreto y se lo confisque. En segundo término no poner reparos a sus ganancias; y que estas ganancias sean contantes y sonantes con una moneda que tenga valor adquisitivo verdadero, que le permita adquirir hasta la última novedad confortable para su hogar y su familia. Por lo tanto me atrevo a garantizar a ese funcionario que en un espacio de tiempo, no muy extenso, todo irá tomando un camino de éxito económico en la ciudadanía. Más claro aún: si las entidades gubernamentales dejan que cada individuo eleve su patrimonio hasta donde su capacidad, su inteligencia y su laboriosidad se lo permitan tal a como lo planteara Carlos Marx, y sientan muy en serio el sentido de lo propio, todo irá de perillas y se saldrá del hueco financiero donde está enclavado el pueblo de Cuba.
Claro que la infraestructura laboral de Cuba es el primer gran obstáculo. Habría que comenzar por desenredar la maraña que se ha tejido durante medio siglo con la aniquilación de todo negocio productivo particular y tantos puestos de trabajo que no producen riquezas, sino las consumen. “Darle hacia atrás al casete” para decirlo en buen cubano y reconocer que aquellas medidas lapidarias de los años sesenta fueron el tiro de gracia a la economía nacional. Y habría, como señalé más arriba, que multiplicar el valor absoluto de las riquezas creadas por el individuo, invitando así a que aquellos que no la producen, marchen hacia donde puede ser originada. Previo a esto habría que eliminar todo tipo de ventajas y prebendas a dirigentes, a militares, custodios, mosquiteros, etc., –hijos bobos de la economía interna – y veríamos entonces, en poco tiempo, como estos y muchos inútiles más, marcharían en pos de un puesto de trabajo productivo.
Pero entonces aparece el mayor de todos los problemas: ¿dónde existe el sitio generador de riquezas en un país donde la infraestructura industrial está casi en cero? He allí la gran disyuntiva de grandes e inteligentes economistas como Juan Triana Cordoví, por citar solo a uno de ellos. La inversión extranjera en gran escala, cuya esencia ideal sería la norteamericana, tropieza con el embargo –en Cuba error etimológico al llamarlo “bloqueo” –y está lejos aún de poder implementarse mientras se atraviesen en su camino las cuestiones políticas fundamentalistas que aún hoy perduran.
Al parecer, el primer paso a ejecutar por aquel personaje que mueve mucho la muñeca para enseñar su reloj, es duplicar el salario al personal de salud dentro y fuera de la Isla. A nadie le es ajeno que una de las mayores entradas de divisas al Gobierno cubano está en alquilar decenas de miles de personas de este gremio a diferentes países, sobre todo en Latinoamérica. Según cifras oficiales, el 64% del total de servicios en el exterior. Pero con las últimas medidas restrictivas indirectas, como es la imposibilidad de comprarse un carro al regresar a la Patria luego de varios años de dolorosa odisea alrededor del mundo, debido a los exorbitantes precios que les han impuesto y la inutilidad de una carta que anteriormente facilitaba la prebenda de adquirirlo a un precio asequible para sus ahorros, ha sido mucho el desencanto de los galenos “internacionalistas” y, ni qué decir de los que dentro del patio sobreviven con salarios miserables que nos les alcanza ni para comer.
Debo reconocer que muchos de estos nuevos beneficiarios del nuevo decreto están dando saltos de alegría. El Consejo de Ministros, fiel escucha del hombre del reloj de lujo, ha conseguido entusiasmar a muchos –a pesar de ser un personal intelectual universitario –que no tienen puesta la luz larga hacia el porvenir y al parecer ignoran, en primer lugar, que la duplicación del salario de un profesional todavía es una menudencia si se le compara con ese cargo suyo en el extranjero, ni en la injusticia de este “privilegio” que traerá respuesta inmediata en otros muchos sectores gremiales que pondrán el grito en el cielo, y por último, que una inflación galopante acelerará sus pasos como los del gigante de las siete leguas y reducirá a la mitad cuando menos el valor adquisitivo del duplicado salario.  
Por primera vez en 55 años hemos sido informados de la cifra real de caudal financiero que recibiría Cuba en el 2014 por su rebaño internacionalista: dos mil ochocientos millones de pesos convertibles (CUC). Al tomar la calculadora cualquier ciudadano de nivel elemental y dividir esa cifra entre 11 millones de cubanos y luego multiplicarla por 25 –que es el valor real de esa moneda frente a la que se le paga al trabajador –cada cubano percibiría 18 636 pesos y 36 centavos al año incluyendo desde el recién nacido hasta el más longevo. O sea, 1553 pesos mensuales per cápita, cifra que nadie percibe en nuestro país. Si a este caudal sumamos el de las remesas familiares que van a parar a manos del Estado, las exportaciones en renglones tan importantes como el ron, el tabaco y el pescado, los frutos de la TRD (Tiendas recaudadoras de divisas) y el turismo, más el capital en moneda fuerte de ETECSA, la aviación civil y tantas fuentes más de entrada financiera al país, cada cubano y cubana pudiera vivir como Dios manda.
Los cubanos de hoy no poseen la ingenuidad de las dos generaciones anteriores. Los golpes han abierto los ojos a la población y para nadie es secreto que el total de la fortuna acumulada en el país se va por otras vertientes nada propicias para el pueblo. Inventar nuevas fórmulas para que el cubano trabaje es buscar la cuadratura del círculo o la circunferencia del cuadrado sin el número pi.
Después que se paguen los nuevos salarios al personal médico cubano y transcurran algunos meses, tendremos mucho que contar sobre la euforia de los afortunados y el desánimo de los maestros, profesores, abogados, intelectuales en general y los siempre arrinconados obreros simples y campesinos, si no se les tiene en cuenta en este “regalo”. Y si se les tiene en cuenta, tendríamos que ser profetas para predecir el precio de una malanga en el mercado.

Pedro Armando Junco

martes, 18 de marzo de 2014

Mujer


Hace algunos días, de visita en la casa de un matrimonio amigo, debatíamos sobre la mujer antes y después del “59”. Este matrimonio, septuagenario y con más de medio siglo de unión familiar, es uno de los pocos que ha llevado la carga conyugal durante toda la vida. Y de esos pocos, casi todos son anteriores al “59”.
Al comentar la facilidad con que asumen los matrimonios de hoy la ruptura conyugal, casi siempre acometida por la mujer, la esposa de mi amigo me respondió lacónica: “Es que hay mujeres… y mujeres”. Y mi viejo camarada acotó: “En un matrimonio de toda la vida, el que se va primero es el más dichoso”.
¡Hermosa escena de ternura en dos viejecitos que para ellos el amor dejó a un lado los apetitos genésicos que acaso un día fueron motivos de la unión, pero que hoy se han transmutado en cariño verdadero!

Cuando triunfó la Revolución el Primero de enero de 1959, quemó todos los prostíbulos. Ese mismo día se arrancaron las cadenas de peaje que recaudaban fondos para mantener en buen estado los caminos vecinales. Y se llevaron a cabo muchas acciones más, en nombre del pueblo. Pero yo recuerdo estas dos primeras solamente porque era un niño de apenas once años.
Las prostitutas fueron recluidas en centros de rehabilitación: les enseñaron artes manuales: fabricar jabas, tejer sombreros de yarey, coser a máquina, etc. Fue un proceso de reivindicación muy arduo para aquellas mujeres que se ganaban la vida con una parte de su cuerpo que no eran las manos precisamente. Al parecer el más viejo oficio de la mujer quedaba fuera de lugar en una sociedad con altas miras de altruismo y moralidad.
Meses más tarde, emancipadas de su mácula, las devolvieron a una sociedad nueva, cuya proclama mayor era la igualdad plena de los seres humanos: todos seríamos iguales: negros, blancos y mulatos; pobres y ricos; hombres y mujeres. Y los caminos vecinales estarían libres de impuestos para que todo el mundo pudiera cruzar por ellos sin pagar un centavo.
La mujer asumió su autonomía con todas las de la ley. Aquellas jovencitas que esperaban vírgenes el hombre que las desposaría y con el cual estarían unidas el resto de la vida, pasaron al anacronismo más deplorable. La virginidad era rezago de una burguesía enfermiza y el matrimonio una atadura social injusta y –¿por qué no? –discriminatoria, porque la religión superpone al hombre como cabeza de familia y hasta la religión tuvo su parte de castigo por anticuada y fanática. En lo adelante la mujer estaría libre para irse a estudiar a la Unión Soviética y perder el himen con el primer ruso que le gustara, mientras las del patio marcharían a la vanguardia soldadesca como milicianas a perder el suyo dentro de una trinchera antimperialista, o dentro de algún plantón de caña de azúcar en plena cosecha azucarera, sin tener en cuenta aquellas premonitorias palabras martianas de que el niño nace para caballero y las niñas para ser madres.
¡Se acabaron las putas! gritaba el entusiasmo callejero. Se acabó el reino de la burguesía, con sus ricos encopetados y autosuficientes. Se acabó la propiedad privada en todas sus aristas y dimensiones. Se acabó el compromiso matrimonial al que solo llegan hasta el final los que se resignan. Llegó la hora de la libertad absoluta.

Sin embargo, han transcurrido más de 55 años desde aquel Primero de enero. Pudieran saturarse hasta el colmo bibliotecas completas que recojan las crónicas de los resultados obtenidos por aquellas disposiciones revolucionarias. Los caminos vecinales, las carreteras, las calles de cualquier sitio en Cuba, incluyendo las viviendas de hasta la última ciudad y el último pueblito, fenecen y se convierten en intransitables los primeros e inhabitables las últimas.
Y nuestras jóvenes de hoy, no importa si nietas de las muchachas alegres del burdel o de las más rancias familias otrora burguesas, indefectiblemente si profesionales o simples campesinas, han asumido la liberalidad de su sexo, unas como jineteras a ver cómo sobreviven o las saca del país un extranjero; otras como “internacionalistas”, y ¡al diablo con el compromiso matrimonial! La política gubernamental de los últimos años ha sido la de alquilar personal calificado a otros países donde no se puede ir acompañado por su pareja; trayendo esto como resultado, el aniquilamiento de los matrimonios en casi todos los casos.
¿Y qué de los hijos de padres separados? Porque, puede que sea cierto que el matrimonio socava la libertad de la pareja en materia genésica. Y puede agregarse además que esos matrimonios que vemos hoy –muy pocos y casi todos anteriores a la proclama de la “igualdad de la mujer” –han tenido que resignarse a una vida conyugal monógama –salvo los deslices secretos que no dejan de ser otra realidad –pero han conseguido llegar a viejos al lado de una persona que es la sustituto del padre o de la madre que por ley natural ya ha desaparecido.  ¿Que han tenido que soportar espinas y escollos de todo tipo? Es cierto. Pero estas limitaciones llevadas a una balanza emocional ¿pueden compararse a las sufridas por el matrimonio o los matrimonios deshechos en cadena que colocan a los hijos en una encrucijada altamente dolorosa?
A los que aseveran que el matrimonio es una esclavitud social, puedo responderle que sí; pero que hay esclavitudes sociales mayores –porque la sociedad en sí, a no ser la utópica de Rosseau – acarrea siempre esclavitudes muy difíciles de reconocer, pero que no por ello dejan de ser sometimiento abyecto y brutal, sin que precisamente el matrimonio lo sea tanto. Puede que el casamiento exija una buena dosis de resignación, de consenso, de limitaciones. Pero es una esclavitud amable cuando se halla en ella esa otra mitad que desde los remotos tiempos socráticos se viene hablando.

Pedro Armando Junco
      

martes, 18 de febrero de 2014

El museo de la carne


            
Camagüey regresa a su tranquilidad habitual. Ya pasó la vorágine del aniversario 500. Muchos lugares quedan por visitar, pero la rutina se apodera de uno como pulpo abrazador. Recorremos el Casco Histórico, a pie, como lo han diseñado los dueños de la ciudad y percibimos innumerables obras sin concluir, casi todas; la suciedad, el olor a polvo seco  persisten, como persisten el dengue y otras epidemias que ni siquiera tienen nombre. Algunos obreros continúan, apáticos, las obras inconclusas, porque la fiebre ya ha pasado. Siempre sucede lo mismo. Lo advertí desde un año atrás: que en Cuba se trabaja en maratones de última hora. Ha sido una costumbre revolucionaria de siempre: la propuesta de una meta a cumplir, mucha cobertura propagandística, el alud entusiasta de dar por hecho lo que no se ha comenzado, la fachada cosmética del último día y… ya no importa, la fecha llegó.
Debo reconocer que algunos sitios volvieron a la vida. Como el ave Fénix, después de medio siglo de catarsis, lugares tan populares como el café El Chorrito, el teatro Avellaneda, el cine Encanto, el emblemático edificio La Popular alcanzaron una resurrección milagrosa a pesar de una culminación apurada y falta de detalles. Y yo pregunto ¿por qué murieron? ¿Quiénes los dejaron morir? ¿Qué hay de los otros sitios fallecidos que no han alcanzado la resurrección? ¿Por qué, si mi amada ciudad al triunfo revolucionario tenía una docena de cines funcionando, hemos de gritar hosannas a la recuperación de solo dos o tres de ellos?
Pero hubo creaciones. Muchas creaciones nuevas: todas en divisas. El pueblo estaba entusiasmado esperando el dos de febrero. La gala fue un éxito. Una gala para limpiar los ojos a los mediocres. La mejor de Camagüey y una de las más esplendorosas de toda Cuba. Fue televisada para todo el país y para el exterior. Fue un derroche de arte, de belleza… y de dinero. Al siguiente día todos salimos de nuestras casas para visitar los nuevos establecimientos, pero: ¡sorpresa! Ninguno brindaba servicios en nuestra moneda. Un niño haló por el pantalón a su papá cuando cruzaban frente a la recién creada Casa del chocolate. ¿A qué niño no le gusta un bombón de chocolate? Y el padre, zafando la manecita del pantalón, le respondió bajito al continuar bajando la calle: “No podemos entrar, Rolandito, es por divisas”.
En la Casa de los Beatles dicen que una cerveza cuesta tres y media  jornadas de labor de un hombre honrado. Del hombre honrado que nos habla Martí desde la Edad de Oro y del hombre humilde para el que se hizo esta Revolución. Y así, a lo largo de toda la calle República no encontré un nuevo establecimiento que ofertara productos de valor en moneda nacional. El colmo fue en la tienda La Palma, casi frente a la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, a solo unos pasos de la Plaza del Gallo. Es la carnicería insigne de la ciudad: hay de todo. ¡Hasta la carne de res, vedada al pueblo de Cuba desde hace medio siglo, está allí libremente ofertada! Allí está a la venta el bacalao, que desde los remotos tiempos de Batista no lo veíamos; que era comida de pobres: arroz con bacalao. Están los pargos enormes, los ricos camarones y las colas de langostas que son la razón de ser de los registros bochornosos a que nos someten en el punto de control del kilómetro seis cuando viajamos desde Santa Cruz del Sur en un tosco camión de pasajeros. Allí vi, dentro de una nevera moderna, un pavo de once y medio kilogramos, que en la moneda que cargo en mi bolsillo, tiene un costo de 1760 unidades. Serían necesarios casi siete meses de trabajo de aquel hombre honrado –del mismo que nos habló Martí y del mismo para el que se hizo esta Revolución –para llevar a la mesa de su familia este suculento pavo.
Lo más triste fue la respuesta casi amenazante del administrador cuando le dije que iba a tomar una foto para sacar por Internet:
–Tenga en cuenta que esta es una tienda para turistas.
Sí; es verdad. Muchos que se han marchado ahora regresan como turistas y pueden pagar los exorbitantes precios de esas mercancías, porque el dinero que traen es el que vale, y las adquieren para ofrecerlas a los familiares que vienen a visitar, que no pueden alcanzarlas con sus salarios para agasajar al visitante.
Ese triste funcionario vestía el uniforme del establecimiento. Pero su cara no me pareció ser la de un extranjero. La razón por la que respalda este desfase social seguramente es la misma de aquellos que tienen otros medios para solventar las perentorias necesidades básicas de su hogar porque, de seguro, este ciudadano no es el común y corriente ciudadano de a pie que compone la mayoritaria sociedad cubana de hoy.   

Sin embargo, ya el pueblo mudo, el pueblo que no tiene posibilidad de gritarlo en los medios de difusión masivos, le ha colgado el nombre a la carnicería La Palma: con una sonrisa de dolor en el rostro, el pueblo de a pie ha dado en llamarla EL MUSEO DE LA CARNE.

Pedro Armando Junco