lunes, 25 de abril de 2016

El Puente

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Algunos me han sugerido escribir sobre la visita de Barack Obama a Cuba. Gran desafío luego de tantos criterios vertidos al respecto. Sin embargo, a pesar de mi sufrido bloqueo a la investigación internacional, me inclino por dos temáticas muy atrayentes –y hasta donde lo permiten mis facultades informativas–, muy poco tratadas: primero, el estilo oratorio del presidente norteamericano que, según comentan por ahí, "se echó al pueblo de Cuba en el bolsillo"; segundo, "el puente" entre los dos sistemas y sociedades, que ambos mandatarios trajeron a colación.

Sobre la oratoria no voy a detenerme mucho en la del General Presidente, teniendo en cuenta que él ha sido siempre militar, su longevidad extrema y su ya acostumbrada lectura de los textos. Ser o no ser un excelente orador nada tiene que ver con otras aptitudes del hombre; la oratoria es un arte, y el arte no se aprende, sino se trae desde la cuna y se perfecciona o no. Pero sí me propongo realizar un elogio a la retórica de Barack Obama, colocando como contraparte la de algunos cubanos contemporáneos del discurso en vivo.

No creo haya sido en Harvard donde el estadounidense aprendiera a lanzar aquellas saetas parlamentarias claras y precisas en forma de cortas oraciones; luego detenerse, apretar los labios y ponerles freno a las palabras que se desbordan, dispensarle tiempo al auditorio para digerir sus ideas y luego un parlamento tras otro, reiterando las pausas muchas veces con una sonrisa a flor de labios sin perder el hilo de la exposición, sin mirar siquiera el guion que lo orienta en el ascenso discursivo y alcanzar el término con la diáfana solidez de un profeta.

¡Qué diferente el estilo de algunos cubanos que echan su discurso a tropezones, rompiendo el parlamento como quien camina por un sendero de grandes peñascos a saltar, tomando aliento a mitad de frases consabidas, en busca de respiro ante el terror de equivocarse y exponer algo que pueda disgustar a quien le dictó la cartilla!   

Apreciamos el sereno movimiento de las manos del presidente Obama, siempre en ritmo cadencioso con la idea del parlamento. ¡Qué diferente al aleteo inmoderado de otros oradores del patio a quienes hay que despejar los alrededores de la tribuna de objetos ornamentales, no sea que en alguno de sus manotazos echen al suelo el micrófono o cualquier otro instrumento del set en el que habla!

El pueblo de Cuba vio a un presidente de carne y hueso que propone y convence, no al dios que le enseñaron a escuchar desde la mansedumbre de medio siglo atrás: omnipotente, impositivo, aleccionador sin réplica y siempre amenazante.

 

Pero entremos al detalle de el puente. Nada nos sorprende la temática, cuando desde hace mucho el joven cantautor guatemalteco Ricardo Arjona escribió y vocalizó una canción con ese nombre, cuyo video clip hace saltar lágrimas a los cubanos que sufren la separación de sus seres queridos. Esta vez la iniciativa surgió del presidente cubano: es fácil destruir un puente; lo difícil es volverlo a levantar: un símil escueto, pero conciso.

Por eso sorprende la ingenuidad del General Presidente al mencionar la soga en casa del ahorcado; y la condescendencia del mandatario norteño en su búsqueda de convergencia entre los dos gobiernos al no tomar la ocasión por los cabellos y hablar de una historia que de seguro conoce. Porque los primeros cimientos de ese puente lo echaron los norteamericanos junto a los mambises a finales del siglo XIX cuando lucharon juntos para echar de Cuba al colonialismo español. Hoy se alegan conceptos muy subjetivos sobre el móvil que llevó a los Estados Unidos a invadir Cuba, y se repiquetea sobre la semejanza de "la manzana madura". Sería bueno precisar hasta dónde llegaba la madurez de esa manzana con los dos principales próceres muertos en combate y la obstinada posición española por no abandonar nuestra Isla. Todavía en España, cuando algo sale mal a un ciudadano, busca consuelo en la frase lapidaria: "Más se perdió en Cuba". Así tan aferrados estaban a nuestra tierra los españoles que nadie es capaz de predecir cuántos años más de lucha y vidas humanas habría costado la independencia.

Empotrados en suelo firme los primeros montículos de el puente tras la emancipación de la metrópoli, se tendieron sus vigas horizontales cuando se trajo a Cuba la industrialización cañera, las grandes compañías de electricidad, teléfono y otras muchas; porque el 20 de mayo de 1902, al ser arriada la bandera estadounidense e izada la de Miguel Tourbe Tolón y Narciso López –nombres que apenas aparecen en las actuales cartillas de historia de nuestros escolares– la nación cubana contaba con 10 naturales por cada kilómetros cuadrado de patria.

Los gobiernos republicanos, a pesar de las tiranías de Machado y Batista, gracias a estrechas negociaciones con el vecino del norte asfaltaron el trayecto de el puente con la edificación del Capitolio, la Carretera Central, y los muros del Malecón habanero, a despecho de la aberración del Presidio Modelo en Isla de Pinos. Se construyeron hospitales, carreteras, caminos vecinales, se dio equivalencia a nuestra moneda con respecto al dólar, y Cuba se situó por encima de los otros países latinoamericanos en cuestión de desarrollo, gracias a una cuota azucarera de tasación privilegiada que se gestionó con los Estados Unidos. Inclusive, ya comenzaban los proyectos para una carretera de 160 kilómetros Habana-Cayo Hueso: un puente real y operable que uniría por tierra nuestra Isla al continente. De haberse concluido este proyecto, esas decenas de miles de compatriotas ahogados en el Estrecho de la Florida habrían podido realizar su viaje con mayor seguridad y acomodo.

Pero, ¿quién rompió el puente? ¿Quién dio pie a que Washington implantara un "bloqueo" al gobierno revolucionario por haber confiscado y negado la compensación de miles de millones de dólares norteamericanos invertidos en la Isla durante la República? ¿Quién destruyó la infraestructura agrícola y urbana de este desdichado país que hoy no tendrá otro pilar en que apoyarse si Venezuela deja de ser socialista? ¿Quién se aferra en no ver que sin cambios fundamentales hacia el capitalismo industrial y desarrollado los jóvenes de hoy continuarán el éxodo y quedaremos en esta tierra amada solamente ancianitos enclenques, incapaces siquiera de cavar la tumba de los que primero vayan muriendo?

 

domingo, 17 de abril de 2016

Patriotas, apátridas y chovinistas

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Pedro Armando Junco

 

Hay quienes afirman que la Patria, más que la tierra que nos ve nacer, es aquella que nos recibe con los brazos abiertos. El nacer es un acto fortuito, muy poco relevante en nuestro futuro. En la historia bélica de Cuba, a personalidades como Máximo Gómez, Narciso López, Henry Reeve y otros muchos patriotas, no les mermó un ápice su cubanía el hecho de haber nacido en otros sitios del mundo. Ellos fueron más patriotas cubanos que los nacionales "que al lucir el sol del Diez, con el español fueron, temblando, a formar"[1].

Por el contrario, Arthur Schopenhauer pensaba que el patriotismo es la más estúpida de las pasiones. Y hasta podría darse crédito a tal raciocinio si no encontráramos en el llamado patriotismo, mucho de particular. Me dejaría llevar de la mano por el pesimismo clásico y la filosofía antipatriótica de Schopenhauer, si no pensara que dicho móvil no es tal y como nos lo pintan los tiranos y los demagogos: un altar en el que debemos rendir lo mejor de cada uno –incluyendo la vida– a favor de un líder.

El patriotismo, a mi entender, en su esencia, es el resultado del rechazo de un ciudadano cualquiera a soportar humillación permanente por un extraño que lo despoja de su derecho a la libertad y a la justicia. Creo que es solo entonces cuando el hombre, justificadamente, se revela, conforma grupo con otros hombres de iguales intereses y se lanza a la lucha –incluyendo el riesgo de su propia vida– por quitarse de encima la bota que lo tritura; por lograr su libertad individual, que será por tanto, la libertad común; la soberanía de todos por igual sobre aquel lugar en el que conviven y por el que han batallado. No hay en la historia o la leyenda un ejemplo más fehaciente que Guillermo Tell en la obra de Schiller.

Los grandes próceres, los llamados y admirados grandes patriotas –no importa en qué lugar del planeta–, han partido siempre desde un acto de humillación, de segregación, de injusticia contra su propia persona; y a partir de ese momento encabezaron a otros menos decididos o menos aptos, pero tan perjudicados como él, y junto a ellos llevaron a cabo la maravillosa obra de la libertad.

Es precisamente allí, en ese instante en que el cabecilla alcanza la victoria –victoria que nunca debemos perder de vista pertenece a todos–, cuando el hombre, el caudillo, el líder determina ser un prócer, un hombre a venerar, o se habrá de convertir en tirano. Esta postrera determinación, aunque luego la historia se encargue de vituperarla, es la más atractiva; y todavía hoy en sus anales coloca dubitativamente los calificativos. 

Un hombre, un partido político, una ideología, incluso una Constitución cuando no contiene el consenso absoluto de la ciudadanía, no personifica a la Patria. La Patria es de todos por igual: de cultos e ignorantes, de jóvenes y viejos, de hombres y mujeres, de blancos, amarillos y negros. Son los chovinistas quienes hacen creer a las multitudes ilusas que son ellos quienes la representan y se la autoproclaman. Tratar de dividir a una nación postulando como patriotismo ideologías monolíticas construidas a capricho de un pequeño grupo de personas o de un solo hombre, es la más antipatriótica felonía.

 

Algo en el alma decide,

En su cólera indignada

Que es más vil que el que degrada

A un pueblo, el que lo divide.[2]

 

De igual manera, el intento de algunos politólogos por satanizar y llamar apátridas y traidores a los que se oponen pacíficamente a un sistema de gobierno que alcanzó el poder mediante una revolución sangrienta, es el bumerán que contradice y golpea sus postulados, ya que fueron ellos mismos quienes triunfaron como opositores del régimen anterior que los acorralaba. Perseguir y denigrar como a enemigos de la Patria a quienes levantan su voz de manera pacífica para exigir derechos civiles universales e inalienables, invierte los términos de apátridas y patriotas.

Hoy se levanta con más fuerza que nunca antes, aquel folleto intitulado La Patria es de Todos. Y si por alguna duda alguien se atreviese a contradecirlo, dejemos al Apóstol que responda:

 

¿Quién con injurias convence?

¿Quién con epítetos labra?

Vence el amor. La palabra

Solo cuando justa, vence.

 

Si es uno el honor, los modos

Varios se habrán de juntar:

¡Con todos se ha de fundar

Para el bienestar de todos![3]

 

 

 

 

 



[1] Martí José. Obras completas. Editorial Nacional de Cuba. La Habana, 1964. t. 16, p. 354

 

[2] Ibídem.

[3] Ibídem.

jueves, 7 de abril de 2016

Dentro del camión de pasajeros

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Siempre me ha gustado escuchar la opinión del ciudadano común, porque en el pueblo está la esencia de la sabiduría y la cultura del pueblo. Hay quienes en toda su vida no "disparan un chícharo". Pero otros, aunque sea una vez originan una idea brillante, cuya repercusión se perpetúa y repercute anónima en la memoria histórica de la sociedad. De allí ha surgido esa cantidad de aforismos populares repetidos de generación en generación, ocultando el génesis y el autor de la ocurrencia. "A tu tierra, grulla, aunque sea en una pata" le escuché decir a mi padre muchas veces, cuando alguien lo conminaba a marcharse del país –después del siquitrillamiento– en el primer éxodo multitudinario por Camarioca, a mediado de los años sesenta.  "No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista", ¿quién no ha escuchado estas palabras como bálsamo consolador para los desesperanzados?

Eso enriquece nuestro acervo cultural. Lo que sucede es que muchos de estos adagios públicos no suenan bien en oídos monolíticos de fósiles enemigos de la diversidad de criterios y del buen humor cubano. El cruce euro-asiático-africano de nuestros nacionales nos ha estereotipado de tal manera que nos reímos hasta de nuestra propia desventura.

Por eso me gusta viajar en camiones de transporte intermunicipal, soportar aquellos bancos de acero, unos muy elevados y otros muy bajos para permitir mayor capacidad  pasajera, y padecer con los intensos olores euro-asiáticos-africanos durante dos horas intensas, con tal de escuchar a las personas. A la gente le gusta ser escuchada; y nada más propicio que un camión de aquellos que hace medio siglo acarreaban reses y hoy en día son el transporte público comunitario. Luego que el conductor cierra el portón de hierro por la parte exterior, para quienes no padecen claustrofobia el momento es propicio para conversar en voz alta y obligar a todos los acorralados en la cama del camión a que lo escuchen.

En cada lugar, cada época sostiene una temática conversacional específica. Por eso, desde hace medio siglo las charlas en Cuba giran en torno a la alimentación y estados lastimosos, así como en Estados Unidos versan alrededor de empleos remunerativos. En estos días, sin detrimento de los anteriores temas, la cúspide piramidal de estas conferencias camioneriles se proyectan sobre la visita de Barack Obama. Y como es de suponer, siempre hay defensores a ultranza del modelo político actual que salen en defensa del editorial del día 9 de marzo del periódico Granma.

En mi último viaje la disputa comenzó sobre las prohibiciones alimentarias que sufre la sociedad en pleno. Sin embargo, un señor maduro, de guayabera blanca y vientre cicloidal obvió el eje de la discusión y trajo a colación el sistema de salud cubano: "único país en el mundo donde la salud es totalmente gratuita, incluyendo una intervención quirúrgica a corazón abierto, la colocación de aditamentos importados como marcapasos, equipos de primera generación, etc, etc, etc". Cuando el –seguramente– directivo terminó sofocado su discurso y se estiró la impecable guayabera, desde la otra esquina del camión se escuchó la frágil vocecita de un guajirito enclenque: "Eso es verdad. Vamos a morir de hambre, pero sanitos, sanitos".

El hombre de la guayabera no habló más, pero de alguna parte del camión alguien salió en defensa de su tesis asegurando que los cubanos deberíamos sentirnos orgullosos de una Revolución que había puesto muy alto el nombre de Cuba, no solo por el sistema de salud que "el compañero" acababa de citar, sino por la educación gratuita hasta el nivel universitario y el internacionalismo desinteresado que nos llenaba de gloria. ¡Es una gloria ser cubano! Pero se volvió a escuchar desde la esquina oscura del camión la fina voz del hombrecito campesino: Ven acá, tú; ¿y la "Gloria" se come?

Como es de suponer, al notar tierra fértil para el sembrado de la diversidad de criterios, un vecino de banco dejó caer la mentira de un acuerdo suscrito por los gobiernos de Cuba y Estados Unidos para realizar una consulta popular a manera de elecciones. A un pueblo inculto y mal informado se le puede hacer creer cualquier cosa; así que la mayoría de los asistentes a la reunión abrieron, así de grande, los ojos. Y continuó mi vecino de banco: "Se piensa celebrar elecciones a final de año. Los candidatos a la futura presidencia de Cuba serán Raúl y Obama. Ahora tendremos la oportunidad de escoger qué sistema social preferimos…" Y a medida que iba preguntando la gente se reía, pero nadie profirió siquiera un criterio. El camión se detuvo en la parada donde el campesino de los aforismos debería bajarse. Mi vecino no quiso desperdiciar la oportunidad de escuchar al hombrecito de campo y le soltó en voz alta:

–Qué, mi amigo: ¿por quién usted va a votar?

Para sorpresa nuestra, ya en el último escalón del carro, el flacucho pasajero miró hacia todos los rincones del camión, como buscando al de la guayabera y, luego de una intensa carcajada, se bajó sin responder la pregunta.    

¿Será la autocensura, esta posición conformista o temerosa de callar la mitad de lo que sentimos quien impida llevar a feliz término cambios sustanciosos en el sistema de gobierno cubano?

 

Pedro Armando Junco

jueves, 31 de marzo de 2016

Los huérfanos de la paradoja

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Aledaño a mi casa centenaria, hace ochenta años el viejo José Ramírez proyectó un edificio multifamiliar de siete apartamentos. A base de ahorros y limitaciones –muchos lo tildaron de tacaño– lo hizo construir de dos plantas, con tres apartamentos bajos y cuatro en el segundo piso. Lo céntrico y confluente del lugar hizo ver al EDIFICIO RAMÍREZ como uno de los más atrayentes habitables del centro histórico de Camagüey y, por lo tanto, con alto valor de rentabilidad. Su familia era numerosa; sin embargo, ya en la vejez tomó como negocio alquilar las viviendas de los altos con el propósito de pasar una vejez tranquila y sin tropiezos económicos. Así le marcharon de bien las cosas hasta que, en la década de los sesenta, la Ley de Reforma Urbana le confiscó los inmuebles arrendados. Esta ley revolucionaria prohibía a cada propietario nacional poseer más de una residencia. Vivir de la renta o el alquiler de una casa, quedó ex profeso como un negocio ilícito. Ante la oleada marxista de esa primera etapa revolucionaria, ganar dinero por cualquier motivo que no fuera el salario estatal, se veía tan pecaminoso –o más– como robar al prójimo.

De esa manera el señor Ramírez perdió todos los apartamentos alquilados y recibió a cambio una magra pensión vitalicia que caducó el día de su sepelio. Los inquilinos que en el momento de la confiscación habitaban los inmuebles traspasaron a su nombre los apartamentos, y de esa manera la Revolución ganó muchos simpatizantes por agradecimiento, mientras solo arrastraba el descontento del desposeído. Es una práctica milenaria de resultados matemáticos muy positivos para quienes ostentan el poder: regalar lo ajeno es considerado por los estudiosos de la política, como la fórmula más habilidosa de ganar adeptos.

Con la Reforma Agraria sucedería de igual manera para quienes habían tomado parcelas en arrendo; apareció la palabra "precarista", nunca antes escuchada por los campesinos pobres e iletrados, y se le extendieron títulos de propiedad en detrimento del verdadero titular de las tierras: otra medida provechosa en apariencia, si el futuro de esos campesinos hubiese llegado a ser un poco menos ilusorio. De idéntica manera la Revolución ganaba partidarios e invitaba a los "siquitrillados" a dar un paseo definitivo más allá del Estrecho de la Florida. Vale destacar que estos beneficios fueron muy escasos y tomados con pinzas, pues el grueso de las haciendas del país pasó directo al Estado. Con ellas se crearían las –solo recordadas por los más viejos– "Granjas del Pueblo" donde, a partir de entonces, el cubano del campo tuvo que continuar trabajando por un simple salario igual a como había hecho con los terratenientes. 

Y sucedió también por esa década la confiscación de todos los establecimientos y negocios particulares. Bodegas, cafeterías, salones de barberos, etc. Qué decir de las grandes tiendas, hoteles y esa infraestructura inmobiliaria de alto rango que del día a la noche pasó a manos del Estado. Todo pasó "a manos del pueblo". De esta manera los cubanos aprendieron a regocijarse cuando siquitrillaban al vecino poseedor de algo que él no había podido alcanzar. Así comenzó, junto a los grandes bosques de marabú que ocupan aquellos terrenos afectados por la ley agraria, la siembra de la envidia entre nosotros mismos. Hoy, a pesar de que la mayoría del pueblo ha abierto los ojos, muchos se alegran todavía cuando a un vecino le tronchan el negocio que prospera, sin detenerse a averiguar si lo que disfruta es producto de una industriosa y honrada gestión, o si lo recibió de algún familiar cercano, residente en el extranjero.    

Ha transcurrido medio siglo de aquellas confiscaciones. El país está en ruinas. En ruina económica y en otras ruinas que prefiero callar por el momento que me ocupa. Algunos de los que fueron grandes consorcios, ahora se rentan a particulares ricos, con la condición de que sean extranjeros, porque el nacional no tiene derecho a ser rico. Al cubano común y corriente de la ciudad se le permite arrastrar una carretilla de viandas por las calles para que sobreviva; al que habita en el campo se le presta un pedazo de terreno bajo estrictas condiciones de fiscalización, sin facilitarle un machete y un par de guantes a buen precio para que desmonte el marabú de aquellas tierras "del pueblo", hoy improductivas y ociosas, con el compromiso de que toda su producción sea vendida al Estado, al precio que este mismo Estado fije a su capricho y acomodo, sin tener siquiera un sindicato independiente que lo defienda.      

El colmo de la paradoja es que, después de tantos años transcurridos, los nietos del viejo Ramírez, residentes en dos de los apartamentos de abajo y ancianos ya, han visto cómo el propietario actual de un apartamento que fuera de su abuelo, coloca en la entrada del inmueble el anuncio de Arrendador en Divisas, a sabiendas de que por igual motivo el viejo José Ramírez murió siquitrillado; y ellos quedaron huérfanos de la herencia que por ley natural les pertenecía.

 

  Pedro Armando Junco

 

miércoles, 23 de marzo de 2016

¿Qué tiene que ver Obama con los problemas del pueblo cubano?

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Esta pregunta sonó como un puñetazo en mis oídos cuando una amiga la dejó caer con santa ingenuidad política. Más aún cuando ella pertenece a la raza negra y ha sido licenciada en humanidades. Lo del color de la piel pudiera justificarse por tantos años escuchando el sainete antiyanqui de que la sociedad norteamericana es altamente racista, si no lo desmintieran las últimas elecciones en las que el pueblo de ese país escogió a un negro como presidente. No obstante, la incapacidad de su licenciatura quedó al descubierto cuando me confesó desconocer por completo la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Habría algo de irónico en su interrogante si yo no conociera la transparencia de esta amiga, puesto que a otros presidentes del mundo les importa un bledo los problemas del cubano de a pie. Francia, por citar el último, quiere morder la tajada en las excelentes ofertas de negocios que ofrece la directiva de nuestro gobierno, y ni por asomo exige una mayor participación económica popular en el negocio. Por eso, otra cuestión que me sorprendió en esta licenciada fue su ignorancia etimológica de la palabra "empoderamiento", dicha y recalcada una y otra vez tanto por Kerry como por Obama al proponer como sujeto a los nacionales sin partido y sin cargos dirigentes.

¿Qué tiene que ver Obama con Cuba? Pienso que mucho. En primer lugar: el gobierno representado por él, es el principal receptor de los millones de compatriotas que se marchan de aquí en grandes oleadas migratorias, solamente refrenadas por noventa millas de mar embravecido y peligroso. Los "porqué" del éxodo son varios; pero todos tienen que ver con el sistema de gobierno que los convierte en seres incompatibles con el régimen. En segundo lugar el despojo de todas las propiedades multimillonarias de norteamericanos en la Isla después de 1959; no olvidemos que los capitalistas no entienden cuando de dinero se trata y por tal celo es que sus países se desarrollan y sus ciudadanos tienen que trabajar de verdad, pero alcanzan altos niveles de vida. En tercer lugar una nueva tierra que recolonizar, fértil para el cultivo de la caña de azúcar y grandes masas ganaderas, optima para cosechar el rico café de la montaña y el mejor tabaco del mundo, enriquecida hoy por inmensos bosques de marabú como antaño la fueron de los bosques vírgenes precolombinos…, y un pueblo en estado de inercia laboral, deseoso por emprender el desarrollo. En último lugar, el sitio idóneo para el refrigerio y el esparcimiento turístico, gracias a su clima y a la mansedumbre de sus habitantes.

Pudieran existir también en Barack Obama motivos humanistas, que ni por asomo pongo en dudas, debido a su cuna humilde y el historial que ha demostrado durante más de seis años de gobierno pacífico y armónico, junto a una fluidez política sin precedentes desde el triunfo de la Revolución cubana de 1959 hasta acá.

No es como para desaprovechar la oportunidad coyuntural de la situación gubernativa latinoamericana de estos momentos: las ubres que han mantenido al sistema de gobierno cubano se agotan; el actual presidente de Cuba se rodea de asesores inteligentes y no actúa a ciegas por capricho propio; las nuevas tecnologías de la información van quitando las vendas de los ojos a la ciudadanía –con exclusión de mi amiga, claro– y el pueblo está casi en condiciones de exigir libertad de prensa, libertad sindical, elecciones verdaderas, etc.

Esta sería mi respuesta para todo el que, como mi amiga querida, me pregunte qué tiene que ver Obama con los problemas del pueblo cubano.

 

Pedro Armando Junco    

sábado, 19 de marzo de 2016

Campaña anti Aedes

Tomado del sitio "Cubanos por el Mundo"

 

El General Presidente ha decretado un alerta masivo contra el virus Zika. Según notas oficiales sobre esta peligrosa enfermedad, Cuba tiene el privilegio de conocer casos muy aislados que mantiene bajo estricto control. Se dice de ella ser la potencial deformadora del proyecto fetal en las mujeres embarazadas. En lenguaje médico, se supone que el virus Zika es el causante de la microcefalia, deformación prenatal más inhabilitante que el síndrome de Down. Y solo es transmisible por el mítico Aedes Aegypti, causante del dengue, la fiebre amarilla y el chicungunya.

Se ha movilizado al ejército, a la policía y a las organizaciones de masas; se ha lanzado un llamado a la población –como es lógico– que, a fin de cuentas, es a quien va dirigido el amparo preventivo. Acá en Camagüey, como seguramente en toda Cuba, se autorizó el "Plan tareco", que es el consentimiento para que la ciudadanía eche fuera de su casa toda la basura y los escombros que durante un año o más se le ha venido acumulando. En efecto, las calles se hallan casi intransitables de tanta inmundicia acumulada durante tan largo período de tiempo. Escuché la ironía peyorativa de alguien: "La gente ha echado fuera de su casa a la mitad de Camagüey."

Al parecer, el mosquito Aedes no es tan escrupuloso como hasta hoy se ha dicho: que solo se reproduce en aguas limpias. De lo contrario no habría porqué temer a la insalubridad de las cloacas derramadas por tupición, a los desperdicios que la población arroja del hogar en javitas de nylon o a granel en cualquier esquina debido a la ausencia de contenedores de basura, a los huecos de las calles con charcas putrefactas. Si el dengue llegó a Cuba para quedarse, si ya es endémico, es muestra de la incapacidad que se ha tenido para eliminar este peligroso vector.

El pueblo cubano sufre una etapa epidemiológica atroz y sin precedentes en su historia. Por momentos aparecen epidemias, muchas de ellas sin nombres, que nuestros médicos no son capaces de clasificar con certeza y que simultanean con las transmisibles por el mosquito, pero que nada tienen que ver con él, como son el cólera, la H1N1, la lepra, la tuberculosis y muchas más.

Quizás por esto se realiza esta campaña de higienización en nuestras ciudades. Este ejercicio es magnífico. Y de cierto modo hasta resulta gracioso observar cómo algunos botan algún tareco viejo e inservible y al momento aparece otro que lo descubre, lo examina, lo recoge y se lo lleva para su casa. Entre las categorías del humor, existe también el humor negro. Es el apogeo de la miseria.

Pensar que esta campaña de higienización va a resolver el problema de las epidemias resulta pueril e ilusorio, porque ¿qué piensan las autoridades con esa multitud de perros sin dueño que defecan en medio de las calles, y esa otra multitud que sus dueños sacan a evacuar excretas también por las tardecitas en sitios públicos para que no le hagan la "gracia" dentro de sus hogares? ¿Qué piensan hacer con esos caballos que halan carretones de transporte urbano como en el siglo XIX cuando el acarreo motorizado no existía y las avenidas eran de tierra absorbente? Porque el asfalto no recicla la orina ni la bosta equina, sino la esparce por toda el área transitable y espolvorea la fetidez más allá de la ruta carretonera. Dentro de esa fetidez viajan los virus.

¿Por qué, haya o no escasez de agua en las represas, se le raciona el agua potable a la población? El agua es el fundamento de la higiene. Al reducirse su abasto se conspira contra la limpieza de la ciudad. ¿Acaso la costumbre de racionarlo todo, aunque haya abundancia, es un síndrome de la dirigencia nacional? ¿Por qué no se ofertan en las bodegas o farmacias, liberados y a precios aceptables, productos insecticidas y venenosos contra ratones, esta otra plaga que pulula en los hogares cubanos?

Y, ¿es posible obviar la inadecuada alimentación del pueblo? Un organismo humano mal nutrido es proclive a contraer más enfermedades que otro con dieta balanceada. ¿Cuándo un cubano de a pie consume pescado de mar a pesar de vivir en una isla con miles de kilómetros de costa y una plataforma insular privilegiada? Acarrear productos marinos, en la práctica, es una acción ilícita que implica el riesgo de la multa y la confiscación de mercancía. Consumir derivados vacunos es también una práctica subrepticia; portar carne de res es un delito sancionado con tanta severidad como el homicidio y peor que la tenencia de arma de fuego. La población cubana está obligada a comer vegetales –muy caros, por cierto– y esos engrudos misteriosos que ni los científicos han logrado descubrir sus orígenes. Si a esto sumamos la degradación monetaria de los salarios a poco menos que inútiles, la complexión física de un cubano de a pie invita a los virus para que la invada.

La solución, desde mi modesto criterio, no radica solo en perseguir al satanizado mosquito Aedes, sino en emprender caminos más realistas y funcionales con respecto al pueblo, acordes a la objetividad que los presenta para superar, porque cada día se incrementan con mayor arrojo el peligro de las epidemias.

 

Pedro Armando Junco

 

domingo, 6 de marzo de 2016

La Ciudad de Dios

Tomado de la revista La hora de Cuba

 

Me trasladaron a esta gran ciudad sin otra explicación que curarme. Es un lugar extraño, porque todas las mañanas amanece lloviendo, sin excluir la estación de sequía. Llueve a cántaros, y me despierto con el tintineo de la lluvia hasta que amanece; en aquel momento todo brilla de luz: las calles quedan limpias otra vez y secas como por arte de magia. Y surge el sol, radiante.

Por la mañana, apenas me levanto, ya está tocando a la puerta el enfermero con su pastilla. Y allí mismo, frente a la entrada de mi casa –como luego en la vivienda de cada vecino– nos obliga, con sonrisa sarcástica, a tomar la pastilla. Así que abro la boca, me pone la pildorita en la lengua y espera a que me la trague. Él mismo se ocupa de brindarme el vaso con agua, que ya trae a propósito en su mochila. Luego guarda el vaso otra vez en aquel bolso y me hace sacar la lengua, no sea la haya ocultado, sin tragarla, y luego la escupa. Casi se mete dentro de mi boca el muy perverso, y rastrea con el dedo debajo de mi lengua. Al comprobar que, efectivamente, ya tomé el medicamento, vuelve a sonreírme sin pronunciar palabra, y toca en la casa siguiente con una rutina escalofriante. La pastilla, muy ácida, no hace más que caer en el estómago y es como si, en vez del estómago, fuera a dar hasta mis testículos, pues siento un estremecimiento que me los oprime.

Esta ciudad es muy rara. A mí hasta me cambiaron el nombre. Tampoco existe la radio, ni la televisión, ni el cine, ni la prensa escrita. Las noticias las conocemos solo por un oficiante que llama al santuario todas las tardes, casi al anochecer, para informarnos. Toca a rebato las campanas de su templo y acudimos en masa, sin dilación ni pretexto, a escuchar la homilía. Entonces un clérigo, que nunca vemos porque pone un biombo delante del púlpito, predica y nos explica y ordena lo que haremos al día siguiente.      

Apenas amanece, cada ciudadano saca su perro o su perra a defecar en la calle. Es maravilloso ver este ritual, cuando los perros y las perras se cagan en las aceras del pueblo: orinando en cada poste del tendido eléctrico los machos y agachándose en las esquinas de las cuadras todas las hembras. Un rato después, los transeúntes se detienen delante de las plastas y se deleitan contemplándolas, y hasta les dedican una ligera inclinación de cabeza. Luego las esquivan y siguen su camino.

En las escuelas, las maestras y los maestros sostienen la vista fija en un retrato oscuro que hay sobre la puerta de entrada al aula. Encima del buró, junto al borrador y las tizas, hay un martillo enorme, casi una mandarria. Los niños llegan de la calle, impecablemente uniformados y en fila india, también con la vista fija –como les enseñan los docentes– sobre los adoquines. A menudo, contra la costumbre y ética que se les orienta, algunos se atreven a llevar a la escuela sus bolitas de cristal. Sobre todo en la época de invierno, cuando el año está por finalizar, esos niños se aparecen al aula con sus bolitas de cristal transparente, que en otras ciudades se les llama "ensueños", y dentro de ellas se pueden leer los versos que sobre princesas y milagros escribió una vez un poeta nicaragüense ya olvidado, o escenas navideñas con villancicos del nacimiento del Niño Jesús, o preferiblemente la llegada de los tres reyes magos del Oriente. Los niños entran con sus bolitas de cristal entre sus manecitas sudadas, estrechándolas contra sus pechos vivarachos. Pero antes de sentarse en sus pupitres, la maestra toma la mandarria y se las hace añicos una por una, dejando un reguero de vidrios sobre el piso, que los obliga a limpiar, porque esas fantasías destruyen la visión objetiva que deben tener sobre el futuro.

Algo muy curioso es que la gente ni ríe, ni llora en público; prácticamente tampoco habla. No sé si lo hacen dentro de sus casas, porque en este lugar nadie se visita para intercambiar opiniones sobre si la cuestión es de risa o es de llanto. Los jóvenes apenas se encuentran por la calle con la característica euforia propia de su edad, sino caminan tiesos como estacas plantadas.

Mi nombre era Serguei, un nombre ruso muy popular antes de la caída del socialismo, pero se pronuncia de una manera que hizo reír mucho al alcalde del pueblo y me pusieron Ernesto, que es más españolizado y patriótico; pues decía el alcalde, luego de estar media hora doblándose de risa, que la pronunciación de ese nombre en inglés significa algo muy parecido a "señor maricón". Y el alcalde se sentaba y se paraba, riéndose él solo porque, como he dicho anteriormente, aquí nadie se ríe a no ser el alcalde y sus acólitos. Él me explicó que era necesario cambiarme el nombre porque nuestros enemigos –esa gente del Infierno– podrían aprovecharse de eso y llevar a cabo una propaganda mediática y acusarnos de que estamos sometidos a una potencia extranjera. No obstante aproveché la ocasión y me quejé sobre determinados programas de este pueblo que no acaban de gustarme, y le supliqué cambiara o modificara un poco algunas formalidades, no sea que muramos de rutina. Y así fue como el alcalde dejó de reír y me explicó, muy serio, que todas esas rutinas que él impone se las ordena el alcalde superior a él, que a la vez lo hace porque a aquel también le llegan órdenes precisas de otro alcalde mucho más superior, y así se pierde esta cadena de alcaldes por categorías hasta el infinito, y nadie conoce, a fin de cuentas, quién es el que determina el comportamiento obligatorio que debe mantener toda la ciudad.   

Cuando salgo de paseo, a pie por los arrabales de esta villa, de cada piedra caliza surge la voz del oficiante que se oculta tras ella, machacando en sus lemas y el cómo debemos comportarnos, a quiénes tenemos que amar y quiénes son dignos de nuestro odio; como si el muy bromista estuviera escondido detrás de cada piedra blanquecina, plana y gigantesca de aquellas, propias para el anuncio a hurtadillas, sin tener que darnos la cara.

Me asombro de vivir en una ciudad donde nadie trabaja ni nadie hace por trabajar, aunque el monje suelta en sus panegíricos la ardua tarea de oración que llevan a cabo diariamente los alcaldes y sus asistentes.

A la hora del desayuno nos llega el pan nuestro de cada día. Me siento a la mesa a consumir aquel pan, y me sucede parecido a como con la pastilla; pero mejor, porque el pan no llega para aplastarme los testículos, sino que se me sube a la cabeza y me pone eufórico. No sé qué arte tiene el dichoso pan, que, por cierto, nada tiene de agradable al masticarlo; pero no hago más que tragármelo y ya estoy contento. Luego me acomodo en el balcón de la casa a mirar pasar las horas de formas muy extrañas. Algunas de las horas que pasan vienen disfrazadas de muchachas y muchachos muy jóvenes que me dicen adiós; y pienso que no es burla de ellos, porque nunca más vuelven a pasar frente a mi casa los mismos.

En el zoológico los monos, los leones y los antílopes son sagrados y se les rinde culto. Los monos deambulan a sus anchas, fuera de sus jaulas; ejecutan maldades tan imaginativas y nos hurtan y nos embroman con mentiras tan ocurrentes y originales, que ponen de relieve la teoría evolutiva de Darwin. Practican sus maromas impunemente mientras las arpías vuelan a su alrededor sin causarles daños. A los leones se les enseña a vegetarianos. Dice el director del zoológico que desde que los leones no prueban la carne, duran mucho más en sus jaulas; parece ser que la proteína animal no es conveniente a los organismos carnívoros. Por eso a los antílopes solo se les puede tocar con la mirada. Hay quienes dicen que los leones y los monos, a escondidas, se dan banquete con ellos, pero en lo que respecta a nosotros, es un anatema y una aberración probar de sus carnes. Aquel que ose lastimar un antílope debe estar preparado a sufrir las peores condenas. Yo le escuché decir al director del zoológico que así tiene que ser en el Paraíso, donde toda criatura viva en paz con las otras de la Creación.

Al mediodía cae el maná del cielo. Pero este alimento extraño que nos baja para el almuerzo desde un lugar ignoto –que en hebreo antiguo se hizo llamar maná–, aseguran mis vecinos, que en español se pronuncia "casualidad". Porque la casualidad resuelve la manera de mantenernos vivos y no morir de astenia. Por las tardes, a la caída del sol, después del sermón, sentados a oscuras a nuestras mesas, hacemos la plegaria vespertina; y acto seguido ingerimos la casualidad que nos quedó del almuerzo.

Ante todo este cúmulo de irregularidades me como a pellizcos. Mis brazos están llenos de cardenales por los pellizcos que me doy, a ver si despierto; aparecen la sangre y los moretones, pero no me logro avivar de esta pesadilla, que asegura el oficiante en sus sermones y en sus piedras calizas, no es tal, sino un sueño convertido en algo real y maravilloso.  Así que vivo feliz, en una ciudad creada por Dios para sus elegidos, donde nadie tiene que esforzarse ni siquiera en pensar, porque todo lo mejor para nosotros nos llega del cielo ya pensado.

Debería lamentar que no podré tener descendencia por mis testículos castrados, pero en la vida hay que resignarse a prescindir de muchas cosas superfluas…

 

Pedro Armando Junco