domingo, 20 de julio de 2014

Ahora sobre los cerdos

En el Periódico “Adelante” de esta semana, en su sección Catauro, el periodista Eduardo Labrada escribe lo siguiente:

 

Llama la atención que ahora, con la intensa campaña de saneamiento en nuestra ciudad, aparecen corrales y crías de cerdos en cualquier vivienda, a pesar de que se conoce que las heces fecales de estos animales son en extremo agresivas. Por decreto ley se encuentra prohibido desde hace muchos años la cría de tales animales en las áreas urbanas, esté o no limpio el corral o el patio donde se encuentre, en eso el mandato legal es riguroso. Muy bien. ¿Y entonces qué hicieron y por qué lo permitieron por meses y años la miríada de inspectores, supervisores, fumigadores, trabajadores sociales, técnicos de Salud que visitan nuestras viviendas cada semana y cada mes?  

 

Esto es lo que se hace llamar “periodismo crítico revolucionario –entiéndase oficialista” –. Es poner el dedo sobre la llaga con pretensión de curar la herida. Pero no nos llevemos a engaños. Mi amigo Labrada, uno de los periodistas de mayor prestigio en el semanario provincial, a pesar de mantener ese espacio con el propósito de ventilar las quejas de la población, no puede pasar de allí con su crítica, porque en el periodismo oficialista, hasta ahora, se permite jugar con la cadena siempre que no se le toque un pelo al mono.

Y es allí a donde quiero llegar. Porque hay “disposiciones” que bajan desde el cielo que ni el mismísimo Primer Secretario del Partido puede enmendar. Como ejemplos más evidentes se puede citar la penalización del sacrificio de ganado mayor, la prohibición de comerciar mariscos, el desequilibrado precio entre salarios y artículos de primera necesidad, entre otros.

A Labrada solo le está permitido echar su descarga a inspectores, supervisores, fumigadores, trabajadores sociales y técnicos de la Salud, pero no puede bajar a las raíces del problema: ¿por qué la población cría cerdos hasta en las bañeras de sus casas?

De todas formas la crítica es válida. Inclusive desenmascara un tanto a los fumigadores, cuya tarea, según se dice, no es husmear cómo se vive dentro de las casas. Y si alguien faltó por amonestar es a la otra miríada de policías que invaden las calles mientras las indisciplinas sociales continúan en pleno desarrollo.

Ahora bien. Hay que ir a la raíz de la cuestión como aconseja Martí. La gente cría cerdos dentro de sus casas a pesar del mal olor que invade los recintos, a riesgo de contraer enfermedades infectocontagiosas, a despecho del decreto ley que lo prohíbe, porque la necesidad los obliga. Cuando no se tiene otra carne a la que acceder –pues ninguno de los engrudos que se ofertan tienen sus características –, cuando la que pudiera suplirla está totalmente prohibida y altamente penalizada, cuando el salario promedio de un trabajador es tan desproporcionado al enfrentarlo a una libra de bistec de cerdo, que puede llegar hasta a 3 jornadas de trabajo, el ciudadano de a pie no tiene otra opción que criar sus puerquitos dentro de las viviendas.

Permítase a los productores de carne de res comercializarla como la de cerdo o la de ovino, de la misma manera que en cualquier país de este hemisferio, incluyendo a los hermanos ideológicos; elévese el salario no solo a los trabajadores de la salud, sino a todo el que trabaja y se tendrá un resultado inmediato, porque el ser humano necesita un estímulo para crecer, para saberse y sentirse persona. Pero aún mejor, colóquese en las carnicerías estatales la carne de cerdo a precios aceptables para cualquier bolsillo y, sin necesidad de esa miríada de inspectores, supervisores, fumigadores, trabajadores sociales, técnicos de la Salud y policías, nadie cometerá la torpeza de criar un puerco dentro de su hogar.

Para nadie es un secreto que las epidemias que hoy afectan a Cuba son un producto de las indisciplinas sociales, muchas de estas provocadas por las limitaciones en que la sociedad se encuentra inmersa. Pero, como muy bien señala el periodista Eduardo Labrada, aunque todo está legislado, la falta de sentido de responsabilidad y pertenencia, coadyuvan a que el desastre de salubridad sea todavía mayor.

 

Pedro Armando Junco

 

Pueden responder y comentar a:

pjunco@pprincipe.cult.cu

 

 



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domingo, 13 de julio de 2014

Camagüey y su crisis de salubridad

             La Biblia es el libro de referencia más completo que ha tenido el hombre desde los primeros tiempos de la civilización. Y una vez más podemos tomar como reseña las crónicas del Pentateuco cuando narra en el Éxodo aquella crisis política sufrida por el Faraón en su empecinamiento por mantener esclavo al pueblo de Israel: las diez plagas de Egipto.

Actualmente puede tomarse como referencia, en el lenguaje más literal posible, lo que Camagüey sufre hoy de manera análoga al Egipto milenario –no se tiene información sobre el resto del país –: probablemente la más grande pandemia de que se tenga memoria en sus 500 años de fundada.

Acaso no sean diez las plagas que azotan, pero algunas de ellas se repiten en la empobrecida ciudad: la plaga de los Mosquitos y los piojos (3ra plaga) con su muy conocido dengue, que ahora se ramifica en diferentes sintomatologías: una de ellas termina en Salpullido (6ta plaga), El Cólera o La peste (5ta plaga), y la Muerte (10ma plaga) que, sin ser precisamente de primogénitos, se está llevando a muchas personas.

Si nos dejásemos conducir por el fatalismo, no estaría errado esperar que las aguas se conviertan en Sangre, (1ra plaga), porque ya muchos aseguran que es tanta la contaminación de las fuentes potables del mineral, que en algunos sitios el líquido vital se está convirtiendo en M…

La plaga de Animales silvestres (4ta plaga), tampoco queda al margen de esta alegoría, puesto que la ciudad padece el azote de roedores, felinos y perros callejeros como nunca antes se haya tenido noticia. Los perros callejeros, silvestres y sin dueños, que para sobrevivir corroen los desperdicios en los basureros urbanos y defecan en medio de las aceras y las calles, son portadores de garrapatas, pulgas, piojos y chinches, todos estos insectos transmisores de enfermedades arto conocidas; el perro, además, ha sido siempre el principal transmisor de la rabia, afección mortal casi en el ciento por ciento de sus víctimas. Las ratas, portadoras también de la rabia, cuando son picadas por un tipo de pulga, adquieren la enfermedad de Las Rocosas, que transmiten al hombre de igual manera que la Leptospirosis y la fiebre Cuartana.

La plaga de la Oscuridad (9na plaga), hoy 10 de julio de 2014, precisamente, cuando se escribe esta crónica, también se ha sufrido durante varias horas.

Solo la plaga de las Ranas no ha hecho acto de presencia en la ciudad, aunque quizás resultaría beneficiosa, ya que estos pequeños batracios son el látigo de los mosquitos, cuestión inversa por completo a las brigadas de uniformes grises. La plaga de Granizos tampoco cuenta en estas conjeturas, junto a la plaga de Langostas que, si esta última, en vez de análoga a la de Egipto fuera de la que empacan en el Combinado Pesquero de Santa Cruz del Sur para el turismo y no para el pueblo, ¡sí la esperaríamos con júbilo y se haría innecesario traer los paquetes escondidos entre los calzoncillos!

 

¡Hasta aquí la jarana! Porque la situación no está como para lanzar al ciberespacio chistes negros. La situación en la ciudad es de emergencia. Pero no se debe descartar que se lance una ofensiva gubernamental conminando a la población a que coopere, porque se deba suponer que es el pueblo el principal causante del problema debido a sus múltiples indisciplinas sociales. Tampoco se puede descartar la posición fundamentalista de alguien que eche la culpa a los yanquis, como tantas veces se ha hecho.

Sin embargo, la verdad hay que buscarla con un análisis imparcial y objetivo: sin aprensiones. Un análisis más allá de lo que le guste escuchar a los directivos de la provincia y del país.

Lo primero que salta a la vista ante estos problemas son dos factores básicos: la higiene y la nutrición poblacional. Una buena higiene es el paredón principal capaz de detener la proliferación de enfermedades infectocontagiosas; una adecuada alimentación es el anticuerpo ideal para luchar contra ellas cuando penetran y atacan el cuerpo humano.

Si se analiza el factor higiénico, aparece como primer causante de la proliferación pandémica la falta de agua potable. En estos últimos meses Camagüey ha venido padeciendo cortes de agua que han durado semanas completas. Se ha dicho que todos los pozos de la ciudad –y son miles de ellos –están contaminados. Si la población carece del abasto de agua por la red estatal, está obligada a recurrir al agua de pozo que, aunque en diferentes lugares de la ciudad se expende como agua bebible, al llevar una muestra al laboratorio puede resultar séptica; y esa agua es la que consume la población sin hervir, confiada en su patentización como saludable.

Para exacerbar más aún la incómoda situación, se llevaron a cabo los carnavales en secano. ¿Cómo se entiende que en una crisis de salubridad como la que se padece haya a quien se le ocurra efectuar festejos públicos?

Otro factor clave en la contaminación son los vertederos. Una ciudad con más de 300 mil habitantes no puede carecer de medios receptores de residuos públicos y hogareños. Cuando el ciudadano común no encuentra dónde botar la basura, la echa en cualquier sitio, menos dentro de su casa. Pero esta indisciplina social –que no deja de serlo –es producto de una necesidad básica de la comunidad cuando vive bajo un régimen social determinado. Y es a ese régimen social –entiéndase Gobierno –a quien corresponde cubrir esa importante necesidad comunitaria. ¿Por qué en Camagüey no se distribuyen de manera permanente en las esquinas, donde se cruzan las estrechas calles de la ciudad, latones plásticos con tapas, para que la población APRENDA a depositar allí los residuos hogareños?

Alguien dirá “porque no hay recursos económicos” y otro alguien “porque se los roban”. Al primero se le puede responder con otra interrogante: ¿Y la recaudación de la ONAT, tan cantaleteada que es para estas necesidades; y la moneda dura que deja el turismo; no serían suficientes para comprar un contenedor plástico con tapa para cada esquina de esta villa? Aún, si este dinero fuese poco, con cambiarle el Lada por una bicicleta a esa enorme cantidad de directivos improductivos que abarrotan las calles –incluso los domingos –, solo en ahorro de combustible sobraría el dinero. Como respuesta al segundo “alguien” se puede asegurar que tomando medidas severas contra aquel que se le compruebe haber sustraído un contenedor público de basura, no habría un segundo intento, pues en cualquier país del mundo, menos en Cuba, las leyes contra el bien público son extremadamente severas, y la población las acata y las defiende.  

Imaginando que ya el agua pública cubra las necesidades de la ciudad, que todos los tragantes del alcantarillado hayan sido reconstruidos y descongestionados, las jaurías sin dueño recogidas y los carretones de caballos, proveedores de estiércol y de orina fétida sustituidos por otro tipo de vehículo menos contaminante; imaginando que en toda esquina de la villa se encuentre un contenedor de basura en perfecto estado, entonces se podría pasar a la ofensiva contra la pandemia. Se pondría a la venta en todas las bodegas a precios razonables toda variedad de desinfectantes: Pinaroma, Creolina, Flit y otros insecticidas con sus respectivos equipos de aplicación; se expendería venenos para ratas, cucarachas, moscas y mosquitos. Con el salario y dotaciones que hoy se malgastan en las infuncionales brigadas de traje gris, si se las elimina, se podría hasta utilizar determinados recursos financieros para campañas mediáticas que promuevan y enseñen a la población el uso de estos productos insecticidas y antibacterianos, para que cada familia se haga cargo de combatir los vectores por su cuenta.

El segundo factor coadyuvante a la pandemia es la mala nutrición poblacional. En Cuba no hay hambre –de la gorda, que es cuando se muere de inanición –, pero el pueblo no come ni lo que quiere, ni lo que más saludable le puede convenir. Al margen de la venta liberada y los vendedores por cuenta propia, ya sea en carretillas, puntos cooperativos o agromercados particulares, el Estado entrega una cuota básica insuficiente una vez al mes, y fuera de “la libreta” ofrece al consumidor picadillo de soja, masa de croqueta, masa de hamburguesa, masa cárnica, masa de chorizo, mortadella, etc., mezclas de productos que ni el mago Merlín puede adivinar de qué materiales están confeccionados. Con mucha suerte los domingos, tras sofocantes colas acordonadas por la policía, la población puede adquirir costillas y huesos de res, cuyas masas ya han ido a parar no se sabe a dónde. ¿Puede alguien explicar de qué están hechos los subproductos arriba mencionados? Cierta vez, en una conversación con un obrero que trabajaba en la fábrica de esos embutidos, este confesó: “Yo trabajo allí, pero eso no lo como…”.

A lo largo de estas casi seis décadas, la mejor carne factible para la población de a pie ha sido la de cerdo. No es secreto para nadie que la carne de cerdo es una de las más sabrosas, pero también de las más dañinas. Hoy la población cubana tiene uno de los mayores índices en hipertensión arterial e infartos de miocardio. ¿Es solo el estrés?

Una parte de la población ha buscado escapar de las severas condiciones de vida mediante los vicios, encabezando la propensión a los hospitales, sobre todo al oncológico. A esos mendigos alcohólicos –que es a quien se hace referencia –incapaces de alcanzar el valor adquisitivo para beberse una botella de ron del más barato, se le oferta “chiva prieta”, bajo el eufemístico nombre del “cubalibre” de aguardiente con miel de abejas que bebían los mambises, pero que para nada tiene que ver el uno con el otro. Y cuando no aparece el “chiva prieta” cuelan alcohol de bodega –que contiene petróleo –y fabrican el casero “chispetrén”.

Los fumadores empedernidos tienen que acudir a cigarrillos “tupamaros”, también de fabricación casera e inescrupulosa, elaborados con el desperdicio de la hoja del tabaco y envueltos en un papel cualquiera.

Todos estos factores de peligro se han venido ramificando e incrementando durante años hasta conformar un árbol cuya genealogía tiene su génesis a mediados del siglo pasado. La crisis de valores fue tomando fuerza poco a poco y, sin haber querido ahondar hasta las raíces del problema, ahora ataca directamente a la salud y a la vida.

A un pueblo no se le puede manejar eternamente como a un niño pequeño. Porque hasta los niños, cuando crecen, buscan su independencia. A los pueblos, igual que a los hijos, se les educa, se les muestra el camino con el ejemplo, y raramente alguno se sale del trillado.

Si en el plato del hijo se acostumbra a poner bazofia, apenar él esté en condiciones, ofrecerá bazofia a su prójimo. Si no mira a diario limpiarse los dientes, a los veinte años tendrá la dentadura putrefacta. Si observa, a modo de supervivencia, llevar a cabo conductas ilícitas, porque de la única posibilidad de sobrevivir en un lugar donde todo lo bueno es delictivo o caro, desde la alimentación hasta los vicios, se convertirá en un mal alimentado o un vicioso degradante.

Es preciso decir que el cambio de mentalidad que hoy se propone debe estar basado no solo en combatir esta amplia gama de problemas que existen. Hay que retomar el camino de la razón, de la lógica, de la justa y equitativa manera de conducir al pueblo y abandonar el sendero tortuoso y equivocado que ha llevado a estas disfunciones que se evidencian en el país.

La falta de higiene en las calles, en los servicios públicos; el irrespeto a elementales normas de una sociedad civilizada como defecarse u orinarse en cualquier sitio, es otra de las indisciplinas sociales que hay que erradicar, porque también esos malos hábitos son caldo de cultivo de las múltiples enfermedades que hoy azotan a Camagüey y quizás a toda Cuba. A esos mendigos alcohólicos que, igual a perros callejeros deambulan por todas partes, se alimentan de desperdicios y duermen en los parques, hay que buscarles sitio para recluirlos.

Camagüey, cuna de la literatura cubana, ciudad de curiosas calles: estrechas y sinuosas; de plazas y plazuelas originales frente a cada iglesia; ciudad de arquitectura religiosa y vista aérea de barro escarlata que, entre otros muchos méritos valieron para que, hace seis años –el día 7 de julio de 2008 –una parte de su Centro Histórico fuera declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad, no tiene ni puede por qué fenecer ante las epidemias y el abandono. ¡Salvemos, pues, esta ciudad!

 

Pedro Armando Junco

 

 

 



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miércoles, 2 de julio de 2014

Imaginando el futuro

Es admirable cómo los ideólogos del Partido utilizan, de manera subliminal, los medios difusivos del país para lograr que el pueblo adquiera conceptos afines con lo que se pretende doctrinar.

En estos momentos la palabra “opositor” es considerada entre las capas más excluidas y menos cultas –que son las más –un calificativo degradante. Opositor se considera, hoy que la peyorativa “gusano” ha pasado de moda, una palabra perversa, símbolo de un ente capaz de romper las reglas morales de la sociedad, ofrecer escándalos públicos o garabatear consignas obscenas en las paredes. Por ejemplo: cuando una muchacha desnuda caminó por la calle República en señal de protesta por algo, el pueblo la consideró, más que una demente, una “opositora”.

Así este calificativo, para nada desfavorable ni diabólico en realidad, ha sustituido al de “gusano”, hoy fuera de uso por la asimilación positiva de una ciudadanía que se lo adjudicaba hasta con gracia desde cuando el éxodo de Camarioca en 1966: valga la redondilla:

 

Con mi maleta en la mano
y un torniquete en la boca
yo me voy por Camarioca
aunque me digan gusano.

 

El epíteto, lejos de molestar caía en gracia, como les sucedió a los españoles cuando quisieron denigrar a nuestros patriotas del siglo XIX con la palabra “mambises”, que se convirtió en distintivo nacional y ha llegado hasta nosotros con orgullo. Esa es la razón principal por la que se omite, aunque hay muchas otras que han sacado a “gusano” de la palestra pública.

También está el adjetivo “disidente”. Pero este es un denominador más sofisticado, más culto, más fuera de alcance del pueblo común. Además, cuando se le busca en el diccionario, éste nos lo explica como un “grave desacuerdo de opiniones”, y significa “separarse de la común doctrina, creencia o conducta”. Por eso, para ser disidente, primero se ha tenido que ser afín a esa doctrina común, como es el caso de Yoani Sánchez o Eliécer Ávila, por citar dos jóvenes nacidos en la Revolución. Pero hasta ahí el calificativo no presenta fisura inmoral. No hay por dónde agarrarlo para denigrar a aquellos a quienes se les endilga. Oswaldo Payá Sardíñas fue un disidente que, sin lugar a dudas, fue también un opositor, y no ofrecía escándalos públicos, no escribía obscenidades en las paredes, no salía desnudo por las calles. Todo lo contrario: lanzó una propuesta cívica de altos valores humanos que lo hizo acreedor del Premio Sájarov por su Proyecto Varela.

Ahora anda por ahí un autocalificativo: “oposición leal”. Pero hay mucha paradoja en lo que se pretende expresar puesto que, cuando alguien se opone a una doctrina, se le ha de tornar muy difícil ser leal a esa misma doctrina. ¿Cómo se entiende?  

Y en todas estas cuestiones pensaba yo hace solo unos días, cuando me vino a la mente el compromiso político que representa lanzar al ciberespacio, gracias a los blogs, múltiples ideas que pueden ser útiles a la sociedad, al país, al Gobierno y hasta a los ideólogos del Partido, aunque fusionado a estas, nos acecha el peligro de caer en el grupo de los opositores, que para la gente menos culta a veces llega a ser sinónimo de “contrarevolucionario”.

Llevado a un análisis agudo este ardid de los ideólogos del Gobierno, sale a la superficie la manera sutil, pero eficaz, de satanizar a los críticos de las cosas mal hechas con el miedo blanco que envuelve a todos los que, ante determinada situación, expresan públicamente un desacuerdo. Entonces, a pesar de que Raúl Castro ha dicho categóricamente que todo ciudadano puede expresar con entera libertad sus criterios, las emisoras radiales y televisivas tanto como la prensa escrita, permanecen cerradas a todo aquel que propone cambios y medidas profundas. Y si a esto se une la marginación y satanización de que son víctimas dichas críticas y sus promotores, muy pocos se atreven a proponer transformaciones capaces de “cambiar todo lo que deba ser cambiado” porque la célebre frase de Fidel se ha quedado en el aire, sin pisar tierra firme, desde hace catorce años.

Los opositores y disidentes son personas que pretenden crear nuevos partidos independientes para, mediante ellos, establecer una batalla de ideas tangible y, mediante las urnas, discutirle al Partido gobernante la supremacía y el poder.  Pero no hay por qué calificar a los blogueros críticos con ningún tipo de epíteto, ni siquiera con el ambiguo de opositores leales. Somos ciudadanos cívicos que, sin importarnos nos expulsen de determinadas superestructuras, ejercemos un análisis afín a nuestros más sinceros criterios particulares, sin que las discrepancias de conceptos mellen un ápice la intención que nos hermana, porque el objetivo común es descubrir fórmulas que saquen adelante a esta sociedad que, dicho sea de paso, es sacarnos adelante a nosotros mismos.

Somos la voz de los que no la tienen. Porque todavía en nuestro país la mayoría carece de voz y, ¿por qué no?, de oídos, ya que estos post que colgamos en Internet no pueden ser leídos por la inmensa mayoría de cubanos en la Isla. 

Pero somos también cronistas de la época. Somos historiadores, mal que le pese a cualquiera que, con su título colgado en la pared de su casa, no se atreve a dejar para mañana las verdades que un tataranieto de mi nieta le explicará a su compañero de aula cien años más adelante.

Yo imagino a ese tataranieto de mi nieta en el 600 aniversario de la ciudad, arrellanado en un banco de mármol del Parque Agramonte –que espero esté allí todavía dentro de 100 años –cómo explicará a su amigo que el abuelo de su tatarabuela criticaba en su blog en 2014 que la calle Martí había sido cerrada por frente al Parque donde estarán sentados, sin contar con el criterio de la población, a pesar de haber sido una arteria vial de las más importantes en la ciudad. Fracturaron el ventajoso enlace oeste a este de la ciudad que ella establecía –le explicará –solo con el propósito de servir café al aire libre en moneda fuerte a los turistas, aunque por esos años los cubanos no obtenían ese tipo de moneda con su salario y no podían disfrutar del café que allí se dispensaba…

Imagino a ese amigo cómo abrirá los ojos de este tamaño, hasta que el tataranieto de mi nieta, cruzando una pierna sobre la otra en el banco del Parque le cuente que también el abuelo de su tatarabuela criticaba en su blog que aquel que tuviera el atrevimiento de sacrificar, para comer con su familia, una vaca propia, era condenado a una decena o más de años para la cárcel, porque matar una vaca en esa época, aunque fuera de su propiedad, era como asesinar a una persona… Y el joven interlocutor se pondrá de pie más colorado que un tomate maduro y ejecutará ademanes violentos. Pero el tataranieto de mi nieta lo obligará a sentarse con un gesto cortés y le contará que ciento veinte años atrás, al que cogían con un billete de a dólar en el bolsillo lo condenaban a cuatro años de cárcel; que ciento cincuenta años atrás a los homosexuales, desafectos del proceso político, o creyentes en Dios, se les llevaba a unos campos cercados con alambres de púas en esta provincia o se les enviaba, con el calificativo de “escoria”, para Estados Unidos, y que todo eso lo criticó en su blog el tatarabuelo de su abuelita…

El escucha del tataranieto de mi nieta se pondrá nuevamente de pie, furioso como Aquiles y calificará de mentiroso a mi ilustre descendiente, porque dentro de cien años la joven generación cubana no dará crédito a estos lamentables sucesos.

Pero la historia nos dará la razón. Por eso escribimos. Porque todas las demás fatuidades de la vida, como dijo el Apóstol, caben en un grano de maíz. Y solo la obra de la verdad, de la razón y de la justicia, engrandecen al hombre y consiguen que muchos años después de su muerte se le recuerde y se le respete.

No somos ni opositores ni disidentes. Aunque estos calificativos para nada son denigrantes. Es más, de la contradicción de los que se oponen –o mejor dicho –de los heterogéneos discernimientos de muchas personas –porque los seres humanos piensan de disímiles maneras –se pueden obtener o crear vías para el desarrollo, ya que hasta Carlos Marx aseguraba que de aquellos se generaba éste.

En la blogosfera, por hipercrítica que algunos la vean no se pretende cambiar de Gobierno, lo que se busca es que el Gobierno cambie: erradique a esos elementos perniciosos que se arrogan el derecho a pensar y actuar por sí solos, sin contar con lo que el pueblo quiere y necesita.

Ejercemos la crítica sin tener en cuenta seamos desatendidos y marginados en la época que nos ha tocado vivir. Aunque mejor sería que, sin pretensión de escamotearle a otros una fatua gloria, se nos escuchara con prudencia y se nos permitiera ayudar a que las cosas se hagan con mayor cordura, gracias a la apreciación de nuestros enunciados.

 

Pedro Armando Junco

 



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domingo, 22 de junio de 2014

Condicionando la futura presidencia del país

Leía en un blog hace poco, que un amigo del “gremio” asociaba la democracia con tres condiciones ideales para la máxima dirección del país. Si no recuerdo mal su enunciado, solo él creería en una verdadera democracia si el futuro presidente fuera mujer, negra y lesbiana.
Yo no pude menos que sonreír, pues quien dijo aquello es un hombre de talento y persona seria y de entera confiabilidad. Pero no puedo mantenerme callado al respecto, porque mediante una caja de betún negro nos está proponiendo a la candidata en el escenario. Por eso he preferido escribir este post de elemental análisis para hablar de esas tres condiciones.
Una mujer en la futura presidencia de Cuba no estaría mal. De hecho, ya varias féminas han asumido este rol en América Latina y ha sido exitoso. Yo admiro al sexo femenino, no solo porque las mujeres me encantan, sino porque ellas son –quizás por la excelsa virtud de la maternidad –mucho más humanas que los hombres. Rara vez aparece en la historia universal una mujer asesina; y cuando la encontramos, hay ocasiones en que hasta se las justifica. Y como gobernantes suelen ser más carismáticas e indulgentes que muchos hombres. Ahora mismo estoy buscando en mi memoria una mujer tirana y no la encuentro. Pero hombres… uf; ¡para qué tocar ese tema en estos momentos! Así que no está errado mi amigo al proponer para el porvenir de la Patria a una mujer presidenta.
El caso de que sea negra es también una cuestión baladí. A mí, por ejemplo, el color de la piel no me cuestiona el voto. Científicamente está muy bien demostrado que no existe disparidad en la dimensión intelectual de un negro y de un blanco. Eso pudiera ser lo únicamente objetable, pero no hay diferencia cerebral; no existe superioridad mental entre las razas humanas; la supuesta incapacidad de una bajo la otra es el pretexto que utilizan los racistas para excluir a los diferentes de color. Soy ferviente admirador de Martin Luter King. De hecho, gracias a él, el actual presidente de los Estados Unidos es negro y –quien no lo reconozca que puje –es un hombre muy inteligente y capaz. Nuestros Maceos eran negros. Fulgencio Batista, al margen de sus crímenes, era hijo de una negra. Si hoy en Cuba solo dos negros están en las altas esferas del Gobierno, no es a mí a quien corresponde explicar por qué, si la mitad de nuestra población es negra y mestiza, solo un ínfimo porciento es dirigente.
Pero llegado al tema del lesbianismo, si difiero mucho del bloguero antes citado. Primero, porque entiendo que la homosexualidad es una aberración de la naturaleza. Que deba respetárseles y no discriminarlos como ocurrió en las primeras décadas de la Revolución, estoy de acuerdo. Cada cual acuéstese con quien mejor le cuadre, que eso es libertad de la buena. Pero si ahora queremos remediar los abusos cometidos contra los homosexuales en los años sesenta y setenta y hasta mucho más acá, dándoles prioridad sobre los que no lo son, es una deslucida jugada de desquite que para nada va a borrar esos desmanes. Mucho se ha hablado de la condición “amanerada” de Ramón Grau San Martín; pero, al decir de mi madre, fue un presidente honrado. Mi inquietud estriba en que, de una mujer condicionada por lo que yo entiendo es un defecto de carácter, con la égida del poder entre las manos, pueden esperarse aberraciones significativas.
Por lo tanto apruebo al amigo bloguero si el próximo mandato presidencial, casi a las puertas, se realiza con elecciones directas, secretas y limpias, con absoluta garantía institucional para presentar una plataforma de gobierno a la población que llegue por todos los medios difusivos del país y con el tiempo necesario para ser asimilada por el pueblo. Una plataforma de gobierno diáfana y precisa, para que la ciudadanía cubana pueda optar por otorgarle los máximos poderes de la nación a una mujer negra, siempre que en ella se encuentren las capacidades y virtudes capaces de sacar a la nación de las grandes dificultades en que está sumergida. Sería bueno, además, oponerle otra persona, hombre o mujer, de piel blanca o negra o amarilla –no importa –para que también el pueblo pueda optar por una u otra… u otras. Y si el amigo bloguero me permite, ante el supuesto de una democracia y libertad plenas en derechos, sustituirle la categoría de lesbiana por la de disidente, desde aquí le envío mi apretón de manos. Y que el pueblo elija.

Pedro Armando Junco



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miércoles, 18 de junio de 2014

Opinando a ciegas II parte


Ya sabía yo que el último párrafo de mi post anterior iba a levantar comentarios. Y cito mis propias palabras:
Y si me permiten ofrecer mi criterio al respecto con toda la franqueza y consideración que merecen los censores, pero ante la indisoluble concatenación de estas dos tendencias sociales que se complementan entre sí, yo prefiero un capitalismo socializado a un socialismo capitalista. 
Algunos me han dicho que no he sabido explicarme bien; otros han calificado de un sentido ambiguo el criterio expuesto. Pero otros se han lanzado a escribir a mi correo particular, al correo de mi casa, para exponer sus criterios y mucho lo agradezco.
Para quienes “quedaron en el aire” cuando di mi preferencia al capitalismo socializado, puedo citar con nombres y apellidos unos cuantos gobiernos en el mundo que, a pesar de estar catalogados como capitalistas, han conseguido, a pesar de la tan sonada “explotación del hombre por el hombre”, que sus pueblos lleven de forma paralela una vida colmada de altos niveles económicos y absolutas libertades de expresión y movimiento en toda la ciudadanía. Al respecto, Rafael Barreto opina:
Es cierto que el capitalismo es explotador y es abusador y es opresor, pero da opciones para vivir una vida normal. Unos las aprovechan más, otros menos. Es el menor de los males. Winston Churchill dijo que no se conocía nada mejor. Y es cierto. Ni la Unión Soviética con su poderío económico lo logró, y tuvo que renunciar a ese sistema después de más de 70 años. Ya Cuba pasó de 50, probablemente después de 70 años nos suceda lo mismo. La diferencia es que la Unión Soviética mantenía un nivel de vida. Cuba a los 70 años va a estar en ruinas totalmente.
Cuando los compañeros tocan al capitalismo y los capitalistas, todo se viene abajo, porque el don de crear producción es de una minoría exigua. Creo que el caso de Cuba es más que relevante.
Rafael Barreto.
Y si, a propósito, tomamos como ejemplo al Reino Unido, por hallarse en islas como la nuestra y mantener uno de los sistemas capitalistas más recalcitrantes, nunca he sabido de balseros que, a riesgo de sus vidas, se lancen al Canal de la Mancha para escapar del régimen.
No obstante a ello, no pretendo para mi Patria el sistema inglés. Ya en el siglo XVIII estuvimos en sus manos y Pepe Antonio prefirió a España. Sería muy bueno debatir con algunos blogueros amantes de la disputa si Pepe Antonio estuvo errado o estuvo en lo cierto.
Pero existen ya en el siglo XXI gobiernos de América Latina que, sin dejar de ser capitalistas, han dicho “stop” a la neo conquista y, sin pelearse con el supuesto conquistador, están caminando por un capitalismo socializado benefactor del pueblo, que es, a mi modo de entender la política, el primero y único objetivo de un gobierno justo. Hasta cabe traer a colación aquella frase de Henry David Toreau: “El mejor gobierno es el que menos gobierna”.
Cuando a José Mujica le preguntaron, luego de su triunfo democrático en las urnas, cuál sería el ejemplo de gobierno a seguir por el suyo, decididamente respondió que el brasileño. ¿Por qué aquel hombre que en sus años jóvenes fue tan rebelde, ahora que alcanzaba la victoria electoral escogió como rector al gobierno de Lula y no al de Chávez, por citar solo un ejemplo donde aparecen varios?
A la hora de evaluar el nivel de vida y desarrollo de los gobiernos latinoamericanos, los capitalistas socializados ganan terreno, mientras que los socialistas obstinados en una férrea igualdad –por cierto, inexistente –van en declive económico vertiginoso y se han visto conminados a enfrentar opositores violentos por no ofrecer oportunidades reales de cambio a la disidencia.
¿Por qué no prefiero al socialismo capitalista del que China es su mejor exponente? Primero, porque China está del lado de allá del mundo, muy lejos de nosotros; en segundo lugar porque su idiosincrasia nada tiene que ver con la nuestra; en tercer término porque son 1200 millones de personas hacinadas en un territorio muy limitado. En cuarto lugar, y sobre todo, porque los chinitos que se lanzaron en Tian’anmen pedían libertad pacíficamente y los masacraron. Y ningún gobierno que masacre a su ciudadanía es un buen gobierno. Pero hay una quinta razón que me hace rechazar al sistema comunista chino: la explotación del hombre por el Estado. Los chinos trabajan doce horas diarias durante seis días a la semana y ganan solamente, a pesar de que sus productos abarrotan el mundo capitalista, 50 dólares al mes.
Lo que hoy llamamos “Socialismo del siglo XXI” tiene dos caras. O mejor: dos tendencias reclaman para sí su calificativo eufemístico. Unos son los que, tras haber conseguido abolir dictaduras endémicas, injusticas sociales y carencia de libertades civiles, toman hoy, paso a paso, el camino de la nueva descolonización sobre las bases productivas del capitalismo, pero a la vez ofrecen a sus pueblos los derechos humanos básicos con un ideal socialista realizable y para nada utópico; son capaces de poner freno a las ambiciones de los monopolios mediante leyes de consenso popular desde las mismas plataformas políticas que los llevaron a las urnas… ¡y triunfan! Otros, los que, enmascarando sus tendencias tiránicas vitalicias, pretenden tapar el Sol con el estrecho dedo de que solo ellos son los justos, los que piensan correctamente, los que hacen las cosas bien y son los buenos. Pero todo se les viene abajo, porque estos sistemas sobreviven gracias a una burocracia desmedida, carente de sentido de pertenencia, que es raíz y causa de la corrupción, de la improductividad y del abandono de la mayor parte de la ciudadanía.

Pedro Armando Junco

martes, 3 de junio de 2014

Opinando a ciegas

Andan por ahí comentarios sobre lo que Leonardo Padura dijo o dejó de decir en una entrevista. A estas alturas no he podido “empatarme” con la muy divulgada conversación en que, el más destacado escritor contemporáneo cubano residente en la Isla, ofrece  sus criterios. Pero, según se comenta en el mundillo de la blogosfera intelectual, el caso tiene sus raíces en que Padura “no habló mal de los americanos” –entiéndase: del gobierno estadounidense.
Esto ha levantado una polémica que ha envuelto a unos cuantos blogueros, incluyendo a mi siempre fraternal amigo Juan Antonio García. Y yo, desde afuera, corto puedo opinar por falta de información desde que el Comité Provincial de la UNEAC en Camagüey me condenó a un año alejado de la Organización y por ende, a un año de ostracismo en el salón de internet de la sede.
Pero, en los post de Juany, que me siguen llegando por correo electrónico, se habla de herejes y herejías, cuestión que me llega al pelo en estos momentos que se me condena con todo rigor por haber expresado criterios contra alguien que, por cierto, es merecedor no solo de la crítica que le hice, sino del castigo ejemplarizante al que me han condenado y mucho más. Y por eso, por utilizar siempre mi heterodoxia y mi libre albedrío a la máxima potencia, también me considero “hereje”.
Juany defiende con mucha valentía el derecho de todo ciudadano a la libre expresión de criterios y, más hermosamente todavía, su total ruptura con el concepto de “intelectuales” con que algunos escritorzuelos pretenden salirse del grupo poblacional:

La verdad es que yo prefiero a aquellos que sin ser intelectuales son capaces de acusar al rey de escándalo público por andar desnudo a este otro silencio militante. Prefiero el libre examen de todos los problemas que nos afectan, al establecimiento de límites a los debates, porque esos límites, no nos engañemos, los estará diseñando alguien o algunos de acuerdo a sus muy humanos intereses.
Si Leonardo Padura no quiso decir esto o aquello, es, sencillamente, su derecho. Ese afán perverso de querer comprometer a otro a que exprese como suyo lo que yo pienso que se debe manifestar, es una monstruosidad dictatorial impropia de seres pensantes y fuera de lugar en los tiempos que vivimos. Ese temor –o terror –que algunos incondicionales de sistemas de gobiernos dictatoriales sienten, y por ello piden a gritos “no saltemos al otro lado de la barricada”, está muy bien respondido por Juan Antonio cuando le replica:
La expresión “del lado correcto de la barricada” no pasa de ser una expresión de buena voluntad, que en modo alguno orienta a quienes a diario tienen que sobrevivir. ¿En esta parte de la barricada no citábamos hasta el cansancio al Che cuando decía que no se puede construir el socialismo con las armas melladas del capitalismo, y hoy lo actualizamos con varias de las recetas que propone ese sistema? ¿a qué llamamos entonces el lado correcto?
Por otra parte, considerar a la democracia más importante que la libertad no debe conducirnos a la disyuntiva de quién fue primero, si el huevo o la gallina, puesto que puede existir una democracia sin libertad –que como hechos la vemos a diario –pero solo la libertad es capaz de conducir a una auténtica democracia plural. O sea, primero la libertad; y a partir de ella la conquista de la democracia. Aquellos que piensan que la libertad conduce a la anarquía, no son más que retóricos que, temerosos de aquella, anteponen el supuesto a que se puede llegar con un exceso de la misma, para no admitir que la libertad debe estar regida por leyes éticas y de consenso social, que sirvan de muralla al libertinaje y a la anarquía.
Los que defienden a ultranza el socialismo deben abrir los ojos a la realidad de los días en que vivimos. Muy conocido es que hasta Albert Einstein admitía de modo preferencial al socialismo antes que al capitalismo. Porque del capitalismo todos conocemos sus injusticias sociales y su explotación “del hombre por el hombre”. ¡Pero, cuidado! Porque hasta la presidenta de Argentina dijo recientemente –con otras palabras, por supuesto –que muchos se tuercen tanto hacia la izquierda, que finalmente dan la vuelta completa y terminan en la derecha. Y entonces nos enfrentamos a la gran paradoja política de la pretendida igualdad, y aparece la “explotación del hombre por el Estado”, que a fin de cuentas es mucho más cruel que la capitalista, porque el Estado se ha convertido en un monopolio único y omnipotente que transmuta al ciudadano común en simples peones de ajedrez que maneja a su antojo.
Y si me permiten ofrecer mi criterio al respecto con toda la franqueza y consideración que merecen los censores, pero ante la indisoluble concatenación de estas dos tendencias sociales que se complementan entre sí, yo prefiero un capitalismo socializado a un socialismo capitalista.
Por eso quiero cerrar este post con otras palabras certeras de mi amigo Juany:
 Creo, Luque, que a ambos nos interesa la justicia social y que ambos tenemos claro que la solución para los males de la humanidad no es el capitalismo. Pero la diferencia tal vez esté en que antes de hablar de humanidad a mí me interesa indagar en la suerte del ser humano concreto, el de carne y hueso, el vecino que está a mi lado, no el que desde una oficina climatizada, o desde un modernísimo carro que le permite desplazarse con comodidad por todas las provincias dispone medidas según lo que piensa que es la realidad metida en su cabeza.

Pedro Armando Junco



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sábado, 24 de mayo de 2014

Un pedestal vacío

Recientemente se levantó un pedestal recubierto con lozas de mármol rosáceo, en la esquina donde convergen las calles General M. Gómez y Avellaneda. Era para erigir un busto de la poetisa principeña que, paralelamente a los 500 años de la ciudad, cumplía 200 años su natalicio. Pero una orden superior de última hora prohibió montar la escultura.

Es cierto que el 23 de febrero de 1814, nace en Santa María del Puerto del Príncipe la que sería poetisa insigne de las letras españolas en el siglo XIX. Hija de padre ibérico y madre criolla, la joven Tula radica en esta ciudad hasta los 22 años; luego, huérfana de padre y bajo la tutela de padrastro también español, parte definitivamente junto a su familia hacia la metrópoli.

Cuando a principios del siglo XX Cuba alcanza la independencia de España y nuestros mambises cambian el nombre a la ciudad por el de un cacique autóctono, ya Gertrudis Gómez de Avellaneda había muerto. Por eso sería erróneo manifestar que la Avellaneda es camagüeyana de nacimiento. Sin embargo, en el centenario de su natalicio y más acá del mismo, se le han tributado múltiples honores en esta ciudad y se le mantiene en referencia constante como una de las grandes letras femeninas del siglo XIX en España e Hispanoamérica.

Una calle y un teatro llevan su nombre. En el destacado mural aledaño a La Plaza de la Merced –hoy Plaza de los Trabajadores –su hermosa efigie, adornada con agraciada cabellera negra y convexo busto de mujer rolliza, muestran junto a la vigorosa mirada de los ojos altivos, un carácter esforzado y orgulloso.

Pero valdría el propósito preguntar quien fue verdaderamente la Avellaneda como persona, como mujer, como cubana y como criatura capaz de amar a un hombre.

Basta solo leer su Autobiografía y Cartas amatorias, compendio realizado por la editorial Ácana, para enterarnos por su misma voz de ese carácter recio y liberal que hoy muchos celebran como mujer adelantada a su época y otros tildan frío de amor y carente de entrega.

Sus apologistas se compadecen de ella por no haber encontrado reciprocidad en el amor de su vida: Don Ignacio de Cepeda, español ilustre que guardó como reliquia hasta su muerte más de medio centenar de sus estilísticas misivas. Sin embargo, cuando escudriñamos detenidamente esas cartas de requiebros amorosos, encontramos en sus confesiones, importantes argumentos para que un hombre enamorado, pero enérgico, no se dejara manipular por aquel carácter dominativo  y avasallador.

 Ignacio de Cepeda sentía celos. Estaba enamorado de ella por ser mujer hermosa, atrayente y joven; y la amaba como intelectual –que él también lo era –; ¿quien puede acreditar hoy cuánto le protestaría en sus diálogos íntimos por su liberalismo femenino, en una época donde todavía las mujeres se entregaban al hombre amado en cuerpo y alma? Ella era coqueta. En más de una oportunidad lo reconoce. Le gustaba sentirse adulada y pretendida por los hombres, mirándolos siempre desde una altura superior. Pero aún más que coqueta, hacía burla del hombre a quien supuestamente amaba, jugando al amor con otro cuya pasión nada le era atrayente y significativa:

 

El hombre que me interesaba se desviaba de mí, y el que no me agradaba redoblaba sus atenciones y asiduidades. El primero me causaba con su influencia en mi corazón serias inquietudes y me picaba con su indecisión; el segundo me lisonjeaba y me divertía con su amor de niño y me parecía bien poco peligroso.

Hice lo que me pareció más conveniente a mi tranquilidad y lo que supuse de menos consecuencia. Admití los afectos del uno y procuré sofocar los que el otro me inspiraba. ¡Ya está dicho todo! Ahora olvídelo usted. [i]

 

La Tula no era mujer para un solo hombre: característica –a mi entender –amenazadoramente liberal para cualquier ciudadanía, porque pone en peligro la estabilidad matrimonial de la familia, que es la base fundamental de una sociedad coherente. De hecho, en una sociedad como la nuestra que, en el caso que nos ocupa pretende estar a la altura de las más modernas del mundo, la ruptura matrimonial marcha a la par con el descarrilamiento familiar que sufre nuestra juventud y del que sería bueno estudiar cuánto tiene que ver en ello la inadecuada educación de los hijos de matrimonios separados.

La Tula odiaba a las mujeres hogareñas de su época, acusándolas de mojigatería y sumisión al esposo y se presentía “lastimada de continuo por esas punzadas de alfiler con que se venga la envidiosa turba de mujeres envilecidas por la esclavitud social.” [ii] Para ella sus “ligerezas” debían ser pasadas por alto por el amante, así como los pueblos deberían pasar por alto los errores y las faltas gubernamentales, según el criterio de aquellos que gobiernan. “Las ligerezas, las faltas mismas de una mujer, son males más remediables que la incapacidad de comprender aun las mismas virtudes, que acaso se practican.” [iii]

Pero no solo “coquetea” con otro a los ojos de Cepeda, sino pretende utilizarlo y conseguir de él documentación de un nuevo romance que ha tocado a sus puertas: Gabriel García Tassara: “¿Querrás hacerme un pequeño obsequio? Una persona desea, por motivos personales que sería largo explicar, saber cómo se llamaba el padre de Gabriel García Tassara, sevillano, que reside en ésta.” [iv]

La hipocresía, el mentís y la sátira envenenada están presente de continuo y de manera fácilmente comprobable a lo largo de todas estas cartas de amor: “Yo no me he casado ni me casaré nunca”[v], y, sin contar sus aventuras novelescas, estuvo casada en dos oportunidades. A pesar de que todo su epistolario está plagado de contradicciones y momentos irreflexivos, asegura a su amante que: “…desafío que se me pruebe que he sido alguna vez falsa o mezquina.” [vi]

Ignacio de Cepeda era dos años más joven que ella, condición que la hacía sentirse inferior a él a partir de la segunda juventud. En todas las cartas en que hizo referencia a su edad, escamoteó al menos un año de existencia. Y ya a los treinta y tres, resta dos a su fecha de nacimiento. Pero eso es aceptable de cierta manera en el género femenino, siempre receloso de la apariencia física, anzuelo primordial en su búsqueda de admiradores masculinos. Lo que sí no debemos perder de vista los cubanos es el desprecio que sentía hacia los que hoy pretenden erigirle un monumento en el mismo centro de nuestra ciudad. Así confiesa a Cepeda en su carta número XXXVI fechada en Madrid el Primero de agosto de 1947 cuando ya tenía bien cumplidos sus 33 años:

 

A propósito de matrimonio, te diré que a pesar de mis treinta y un años y de mi aspecto de ‘sepulcro de ilusiones’, un joven de veinticinco que diz que es muy rico, se empeña en hacerme contraer segundas nupcias. Es habanero, lo cual es para mí un gran defecto. (.) pero a mí solo me parece un pedante de cierto género, propio del país en que nació.[vii]

A sus 37 años, cuando seguramente conoció los pormenores del fusilamiento de Joaquín de Agüero y sus tres amigos, por los que las jóvenes principeñas se enorgullecían de ser criollas simpatizantes de los revolucionarios mártires, cuando hasta el Arzobispo español Antonio María Claret recurrió al Capitán General de la Isla, de apellido Concha, para evitar la pena de muerte a los insurrectos, Gertrudis Gómez de Avellaneda guardó absoluto silencio y ni siquiera se pronunció a favor de los cubanos cuando alcanzó a conocer, a final de su vida, los sangrientos sucesos de la Guerra Grande.

Cabe también preguntar: ¿Gertrudis Gómez de Avellaneda odiaba acaso al sexo masculino? ¿Sería algo así como un machismo del género opuesto que sin tener que ver con la homofobia ni la homosexualidad se ha dado en llamar “hembrismo” burdo y mal intencionado? Sus frustraciones amorosas, acaso dadas por cuestiones fisiológicas o, según todo indica, por su incapacidad de doblegar a un hombre llamado Ignacio de Cepeda, la arrastraron a confesar en una de esas cartas el criterio siguiente: “¿Sabes tú lo que es ‘un hombre’ a mis ojos?... Un hombre que no es para mí más que un hombre, ora tome el nombre de amante, ora el de amigo, profana entrambos nombres y me parece indigno de ellos.”[viii]

 

José Martí nunca pudo leer estas cartas íntimas de la poetisa, porque solo a la muerte de don Ignacio de Cepeda, por encargo expreso de él a su viuda, fueron publicadas ya en pleno siglo XX. Sin embargo, nadie como José Martí, escrutador profundo de los sentimientos más recónditos del ser humano a través de lo que han dejado escrito, para dibujarla por dentro. Al establecer un símil con otra de nuestras poetisas cubanas, el Apóstol la cuestiona al confrontarla con la sencillez y ternura de Luisa Pérez de Zambrana. Esa misma Luisa que humildemente la habría de coronar más de veinte años después de su partida, cuando colmada de fama literaria estuvo de visita en la capital de la Isla.

 

¿Son la grandeza y la severidad superiores en la poesía femenil a la exquisita ternura, al sufrimiento real y delicado, sentido con tanta pureza como elegancia en el hablar? Respondiérase con esta cuestión a la que de sí vale más que la Avellaneda, Luisa Pérez de Zambrana. Hay un hombre altivo, a las veces fiero, en la poesía de la Avellaneda: hay en todos los versos de Luisa un alma clara de mujer. Se hacen versos de la grandeza, pero solo del sentimiento se hace poesía. La Avellaneda es atrevidamente grande; Luisa Pérez es tiernamente tímida.

Ha de preguntarse, a más, no solamente cual es entre las dos la mejor poetisa, sino cuál de ellas es la mejor poetisa americana. Y en esto, nos parece que no ha de haber vacilación. No hay mujer en Gertrudis Gómez de Avellaneda: todo anunciaba en ella un ánimo potente y varonil; era su cuerpo alto y robusto, como su poesía ruda y enérgica; no tuvieron las ternuras miradas para sus ojos, llenos siempre de extraño fulgor y de dominio: era algo así como una nube amenazante. Luisa Pérez es algo como nube de nácar y azul en tarde serena y bonancible. Sus dolores son lágrimas; los de la Avellaneda son fierezas. Más: la Avellaneda no sintió el dolor humano: era más alta y más potente que él; su pesar era una roca; el de Luisa Pérez, una flor. Violeta casta, nelumbio quejumbroso, pasionaria triste.

¿A quién escogerías por tu poetisa, oh apasionada y cariñosa naturaleza americana?[ix]

 

Sin lugar a dudas, la Avellaneda ha sido una de las poetisas más grandes de la lengua española. La perfección en sus versos da crédito a una cultura extrema y cuidadosamente diseñada. Su soneto “Al partir” es de constante referencia entre los grandes sonetos de nuestra lengua. Sus méritos como escritora no merecen menos que Camagüey le haya colocado su apellido a una de las principales calles de la ciudad y a un emblemático teatro. No es menos merecedora de que su casa se conserve y se convierta en museo.

Mas la mirada devota de un pueblo agradecido, siempre ha de hallar mayores méritos en la conducta ética y los hechos generosos de sus personajes históricos que en la exitosa fortuna de las letras. Gertrudis Gómez de Avellaneda bien pudiera ceder su pedestal a otra camagüeyana que ni siquiera aparece entre las grandes personalidades de nuestra ciudad en el mural gigante de la calle Independencia, a las puertas de la Plaza de la Merced; a una camagüeyana que, de hecho, podemos catalogar como la esposa insigne de la Patria: Amalia Simoni de Agramonte. Aquella que, con sencillo enunciado, frente al oficial español que la instaba escribir una carta a Ignacio Agramonte para que entregara las armas, dejó para la historia palabras que sobrepujan los versos más caros y la cadencia más excelsa que se haya escrito por literata alguna: “Primero corte usted mi mano, antes de escribir a mi marido que sea traidor a la Patria”.

 

Pedro Armando Junco

 



[i] Gertrudis Gómez de Avellaneda. Autobiografía y cartas de amor. Editorial Ácana 2013. Pg.  39

[ii] Ibídem. Pg. 94

[iii] Ibídem. Pg. 97

[iv] Ibídem. Pg. 95

[v]  Ibídem. Pg. 96

[vi] Ibídem. Pg. 104

[vii] Ibídem Pg. 101, 102

[viii] Ibídem. Pg. 111

[ix]  Martí, José. Obras Completas, Editorial Nacional de Cultura 1963. Tomo 8. Pg. 310, 311