domingo, 9 de noviembre de 2014

Paquetes y más "paquetes"

La crisis de valores en Cuba es más que evidente. No solo de valores monetarios donde un peso natural se reduce a cuatro centavos y es con el que se le paga a la ciudadanía trabajadora, sino también de valores éticos y humanos.

Esto inquieta mucho a la dirigencia estatal aglutinadora quizás de un diez o un quince por ciento de la población cubana que no adolece de valores de consumo, pero sí está preocupada por un colapso político y social que pudiera relegarlos al bando de los miserables.

Les preocupa que sean muy escasos ya los productivos. El “cuentapropismo” ha echado a la gente a trabajar, sobre todo en el sector de los servicios, y esto se ha convertido en la “devoración” de los unos a los otros con el insuficiente metálico (¿puede llamarse metálico?) circulante. Porque en Cuba millones trabajan, pero muy pocos producen riqueza material. Hacer guardia nocturna, llevar papeles, dirigir organizaciones políticas, ser policía o militar son trabajos, pero nada productivos. Y desde la época de las cavernas, cuando Pedro Picapiedras llegaba a la cueva sin un pedazo de mamut, la familia no comía esa noche. Sin embargo, en aquella romántica etapa solo los perjudicados eran los Picapiedras. Ahora hay otro tipo de perjudicados: los burócratas que viven de la productividad colectiva de un país socialista.

Una evidente muestra de preocupación gubernamental son los Paquetes. Y no son precisamente los paquetes de mercancías que la comunidad cubana en el exterior envía a sus familiares mediante los “mulos”, quienes perturban el sueño a la dirigencia. No, señor. Son los paquetes audiovisuales que han invadido el territorio nacional con igual premura a como el Vesubio sepultó a Pompeya. Ya en Cuba se ve con mayor placer Sábado Gigante o Caso cerrado que el Noticiero Nacional. De la Mesa Redonda…, saque usted sus propias conclusiones.

La última gestión para detener el alud de lava hirviente fue convocar al FORO DE CONSUMO AUDIOVISUAL EN CUBA presidido por nada menos que Abel Prieto y Miguel Barnet junto a un grupo de intelectuales más que ofrecieron de manera “abierta” sus criterios. Entrecomillo la palabra “abierta” por razones obvias.

Me enteré de esto gracias a la generosidad de un amigo que me envía los enunciados de su blog regularmente, ya que en asuntos como este la prensa oficial no profundiza y el acceso a Internet me ha sido denegado en la UNEAC desde que me castigaron por decir aquí, públicamente, que un funcionario de allí era un oportunista que sustraía mediante subterfugios fondos de la Organización. Paradójicamente, en vez de expulsar a ese funcionario, me expulsaron a mí. Y así, una vez más se pone en evidencia la crisis de valores éticos en que está sumergida nuestra sociedad. Un burócrata puede aplastar a un ciudadano cívico con la misma facilidad con que se aplasta a un mosquito cuando está picando.

Pero volvamos al Foro. Mucho me gustó la declaración de Gustavo Arcos:

 

Donde quiera que exista un vacío, una necesidad o expectativa insatisfecha, será un espacio, llenado, ocupado por otros que pueden ser, y no, “nuestros enemigos”. Ocultar una información, censurar una obra, es hoy tarea de necios. Mientras más empeño pongas en ocultar algo a la luz pública, mayor interés despertarás en los espectadores por consumirla.

 

Muy bueno por Gustavo. No tuvo miedo enunciar una verdad que debe ser tomada en cuenta por los titulares del poder y abandonar la mentalidad de tiempos pasados, cuya ejecutoria, paulatinamente, ha originado estas crisis.

Hombres de criterio como Juan Triana no se cansan de aconsejar al Estado un acceso a Internet libre para todos. Si el cubano lo tuviera en su casa, ¡adiós paquetes! Claro que si este acceso tiene un costo mayor que el de los paquetes, estos sobrevivirían, porque una hora de Internet a más de cien pesos naturales es para millonarios, igual que la venta “liberada” de automóviles.

Por otra parte, los que conforman los paquetes se cuidan mucho de vender propaganda política “enemiga”, pornografía, o cómo se confecciona una bomba atómica. Solo es puro negocio. Es un negocio más que hasta podría legalizarse en la ONAT y pagar tributos. ¿A qué se le teme? Ah, bueno: se le teme a que nadie vea la televisión cubana con su insulsa programación. Pues yo aseguro que  a Pánfilo lo ve todo el pueblo. ¿Por qué? Porque Pánfilo es la realidad de Cuba. Háganse muchos Pánfilos y menos Mesas Redondas y mejorará la teleaudiencia nacional.

Si el temor a los paquetes es la penetración ideológica extranjera, hágase la ideología interna más transparente y veraz y beneficiosa para el pueblo, acéptese la crítica sin limitaciones y póngase en práctica el consenso nacional sin dictar desde los medios de qué manera debe ser cada individuo y cómo debe actuar.

La crisis de los Paquetes es solo una ramificación de la crisis general que vive Cuba en estos momentos. Existe una crisis de valores éticos y morales, cuyos ejemplos mostraré en próximos trabajos, pues necesitan páginas completas. Las cosas en Cuba marchan –como habría dicho mi campesina madre– “a manga por hombro”. El ejemplo más reciente fue el de ayer cuando un patrullero que se colocaba en la esquina de mi casa donde existe un pare de tránsito para multar infractores, cruzó sin la preocupación de frenar su moto.

En otro momento Gustavo Arcos recomienda:

 

Puede que mañana no exista el Paquete, substituido o superado por otro sistema o modelo de circulación y consumo alternativo. La necesidad humana de conocer y de acceder a las múltiples imágenes de este mundo ya sea para su conocimiento o placer, resulta un proceso indetenible. La preocupación del Estado por la avalancha de estos productos es legítima desde una perspectiva cultural e identitaria. Pero para que esa resistencia cultural tenga algún sentido deberán extirparse todas las rémoras de control ideológico, intolerancia y prejuicios que rodean las acciones artísticas. Superar los miedos al verdadero debate sobre los asuntos que preocupan a todos, sanear la economía y con ello mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, abrirse a las nuevas realidades, discusiones, interpretaciones, redes sociales y dinámicas que mueven el mundo. Ese  pudiera ser el camino, que tendría en el centro de todo, la educación ciudadana, clave de ese urgente proceso de transformación nacional y fortalecimiento cultural. 

 

 

Pero dejemos que sea Norberto García en la publicación dominical Vida cristiana de hoy 9 de noviembre, quien reafirme esta opinión tan generalizada acerca del programa Vivir del cuento popularmente conocido como “Pánfilo”, que viene como anillo al dedo sobre el tema que nos ocupa:

Con Pánfilo no hay paquetes

Durante el pasado y calurosísimo verano, me  encontré accidentalmente con un artículo publicado en un periódico de provincia y cuyo título era, más o menos, el que encabeza estas líneas. En mi opinión de lego, el escrito de dicho semanario me resultó sumamente acertado. El autor o autora, no recuerdo bien, señalaba cómo la teleaudiencia estaba expectante al programa de Pánfilo porque, además del sano y buen humor, se sentía identificada con la situaciones abordadas y los personajes encarnados por los artistas. Así las cosas, se infería del artículo que si abundaban las facturas televisivas estilo Pánfilo, disminuiría la demanda de los “paquetes” de telenovelas, series, Casos cerrados, Bellezas latinas, etc.; programaciones importadas que no siempre resultan constructivas pero que acaparan la atención de las personas por la factura glamorosa que ofertan y que, en nuestro contexto, devienen en un mercado apetitoso y lucrativo.

El mundo de la tecnología digital avanza exponencialmente y es casi imposible competir con las memorias flash, los DVDs, las computadoras, las “tablas”, las parabólicas y mil artilugios que el futuro, no lejano, nos muestra. Durante el verano muchas personas recurrieron a la televisión como casi la única opción de entretenimiento vacacional y… ¡qué decepción! La programación, salvo en contadas y honrosas excepciones, se comportó de forma aburrida, repetitiva, monótona y, como decía un vecino de la cuadra, como “más de lo mismo”. La oferta televisiva veraniega resultó ser un incentivo para la proliferación de los “paquetes” pero, como diría Pánfilo: “esa es otra historia, otra historia”   

 

 

Pedro Armando Junco

 



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domingo, 2 de noviembre de 2014

Robo con fuerza

Robo con fuerza

 

A César, mi vecino, le robaron el bicitaxi. Lo había preparado de manera muy original, a su modo y conveniencia. Le compró una casetera de automóvil con dos bocinas grandes para amenizar el tiempo que los usuarios lo montaran. El cojín de los usuarios era mullido y el del conductor lo ubicó reclinado, para conseguir manejarlo con mayor comodidad. Y era un joven relativamente feliz porque, padre de una hermosa niña de ocho meses, gracias a su rudo trabajo podía solventar las necesidades más urgentes del hogar, sobre todo en alimentación y limpieza..

Explico a quienes no conocen la nomenclatura criolla actual, que el bicitaxi no es invento criollo, sino una regeneración de los palanquines asiáticos en los que un chinito cualquiera lleva a remolque y a pie a los turistas por solo unas monedas. En nuestro país, ante la escasez de transporte urbano, sobre todo en ciudades como Camagüey donde las elevaciones de la vía tanto como el trabajo estatal bien remunerado brillan por su ausencia, surgió este tipo de vehículo medieval y tercermundista como fuente de trabajo dura, pero capaz de resolver las necesidades elementales de una familia. No es más que una bicicleta de tres ruedas en cuyo trasero se han instalado dos asientos para viajeros.

Con el paso del tiempo el bicitaxista –igual que a la totalidad de nuestro pueblo– ha desarrollado su inventiva y convertido a estos rústicos aparatos de comienzo de la crisis del transporte urbano, en verdaderas obras de arte. Les han colocado techo, cortinas laterales para que en caso de un aguacero el turista no se moje (aunque el conductor destile agua a la intemperie), les han multiplicado su capacidad de peso sustituyendo las gomas de bicicleta por gomas de moto o de automóvil, les han colgado adornos y banderitas por todas partes y, gracias a una batería de camión que algunos llevan debajo del cojín, como en el caso de César, se ha rascado el bolsillo para adquirir en las shopping luces de colores y una casetera con cintas de reggaetón y par de bocinas –a veces enormes–que alegran tanto la calle con su ritmo, como a veces molestan por su escándalo.

A pesar de ser el bicitaxista un tipo de proletario más por el hecho de ser “cuentapropista” –entiéndase trabajador por cuenta propia–, es mal mirado por los agentes del orden y estos, siempre que pueden lo multan o lo expulsan de áreas donde se sitúa a ver qué turista pesca. Pero, como diría Goethe en su inmortal Fausto:“poderosa es la ley, pero más poderosa es la necesidad”, el bicitaxista ni ceja en su propósito ni da tregua a los policías que lo acosa y en cualquier sitio encontramos uno que por diez o veinte pesos nos dé la carrera.

Según mis cálculos, la totalidad de bicitaxistas en Camagüey ciudad debe rondar el millar de carruajes. Los hay muy jóvenes y fuertes muchachos, como en ocasiones puede aparecer un sesentón que suelta los pulmones por sus piernas para ganarse algunas decenas de pesos al día. Porque tanto es el odio velado de la clase dirigente para quienes trabajan por su cuenta, que les está prohibido acoplar un pequeño motor al artefacto para hacer más llevadera la carga que transporta.

Y el caso fue que César arribó a su casa después de las cuatro de la madrugada, agotado por una dura noche de faena. Colocó par de cadenas con sendos candados en cada rueda trasera de su aparato y se tiró un rato a dormir. Su casa no tiene cochera ni posibilidad de introducir el bicitaxi debido a la estrechez de la puerta. Cuando termina su jornada debe ir a guardarlo en otro sitio. Pero como pensaba en descansar solamente un rato y retomar su actividad, lo creyó seguro. Cuál no sería la sorpresa del pobre joven cuando al abrir la puerta de su casa el bicitaxi ya no estaba allí.

Casos como el de César ocurren a diario en Camagüey –y en todo el país– sin que la prensa los publique, ni la policía lleve a cabo soluciones satisfactorias. La desidia policial se une, paralela al incremento delictivo que amenaza con importar desde Venezuela más que petróleo crudo, la peste de sus peligrosos “malandros”.  Y como si esto fuera poco, cuando alguno de estos elementos cae en la red policial, entonces los tribunales le aplican medidas tan poco drásticas que en vez de conminarlos a desistir de la delincuencia los invitan a incrementarla.

La desaparición del bicitaxi de César es un robo con fuerza según lo definido en el código penal cubano, no un simple hurto; porque el ladrón tuvo que romper los dos candados que ataban sus ruedas. Pero en el caso de ser capturados los delincuentes, cuentan con la benevolencia del tribunal para estos casos, por razones que desconocemos todos; porque, para otros supuestos delitos como el de sacrificar una vaca propia, el rigor es exagerado. La conmiseración de la ley y los tribunales no permite siquiera que un ciudadano se defienda y cause daño al cuatrero que invada su casa. Y todo este desajuste ilógico de nuestro sistema político no tardará en traer nefastas consecuencias como la de vivir bajo la ley de la selva. Ya se habla de pandillas organizadas. Salir de casa en la madrugada o regresar a altas horas de la noche es un peligro potencial que todo el pueblo conoce. Los delincuentes no desdeñan el escrúpulo, y de igual manera atacan a un anciano, a una mujer o a una niña, como ocurrió hace solo unos días en el nuevo bulevar de la calle República.

Hoy César, un joven proletario honrado y trabajador, ha perdido toda esperanza de recuperar su bicitaxi y se le oprime el corazón solo de pensar de qué manera podrá acarrear para su casa las necesidades básicas de un hogar cubano.

 

Pedro Armando Junco

 



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domingo, 19 de octubre de 2014

Oh, Camagüey. Mi Camagüey. Tierra de comarcas y pastores. ¡Cuán deteriorado estás!

Ante todo deseo pedir excusas a quienes siguen mis enunciados en el blog por haber faltado a la página desde el último día de septiembre. Sucedió que durante casi tres semanas estuve trabajando junto a la editora de mi novela 36 hombres a bordo que saldrá próximamente. Este trabajo de edición me bloqueó por completo otros objetivos literarios y la continuidad semanal que he querido mantener siempre en el blog La furia de los vientos.

Pero aquí estamos otra vez. Hoy trataré de comentar algo muy positivo a mi juicio: la resonancia de los blogs críticos que ya va teniendo lugar en periodistas oficiales de todo el país.

Tengo ante mí el semanario Adelante del sábado 4 de octubre, donde su última página, cubriendo la totalidad del espacio, muestra siete instantáneas fotográficas que apoyan el artículo de Enrique Atiénzar Rivero intitulado Chapuserías, botones de muestra. 

Es halagador que un oficialista como Atiénzar tome el rábano por donde nadie lo toca y saque en el único periódico semanal de Camagüey una crítica tan incisiva como veraz sobre las aplaudidas remodelaciones por el 500 aniversario de la ciudad.

 

“No creo suceda como en la era de Poncio Pilatos, el célebre personaje, Prefecto de la provincia romana de Judea, que para justificar su inocencia ante la condena de Jesús, apeló a lavarse la manos.

Quizás hombres del siglo XXI acudan a ese mismo ardid, no con igual propósito, pero sí para eludir las responsabilidades de lo malo (de lo bueno le gusta hablar a todo el mundo) realizado en los predios del Paseo de los cines, en la Céntrica Plaza de los Trabajadores y en otros sitios del entorno”.

 

   Y a partir de allí el periodista, acaso sin saberlo –pues este humilde blog es poco conocido por mis coterráneos–, corrobora de entrada las tantas ocasiones en que he criticado el inútil y costoso desmontaje de una Plaza que servía de parqueo al centro financiero de la provincia o el incómodo saltadero en que se convirtió la calle de los cines luego de su sonada remodelación a base de adoquines y concreto alternándose cada tres metros.

A partir de allí Enrique Atiénzar pone el punto sobre las íes en una serie de chapucerías más que sería prolijo repetir en estas páginas: edificios sin terminarles la pintura, el salidero de San Rafael y Baronía, famoso por su longevidad; las tapas de los recientes registros eléctricos soterrados en completo deterioro o  que no existen, lo que puede ocasionar accidentes graves, sobre todo a personas invidentes; los ladrillos maltrechos antes de un año de  uso; unos bancos públicos montados con articulaciones sanitarias; tragantes tupidos o en pésimo estado, etc.

En mi post No matemos a Willy,  en enero de este año, critiqué mucho sobre la Plaza, pero exoneré al joven arquitecto que se disculpó aquella vez diciendo “que su proyecto original fue más artístico. Pero que luego llegaba un directivo de Patrimonio, o de Monumento, o de la Oficina del Historiador  y lo cambiaba todo “por esto o por lo otro”, desoyendo sus opiniones”.

El caso es que lo hecho en la Plaza de la Merced –hoy Plaza de los Trabajadores– es otra chapucería más de las tantas que se acometen en nuestra histórica ciudad. La calle de los cines con sus “sapitos adoquinados” no cumple el objetivo de remedar una cinta cinematográfica como seguramente el proyectista soñó, porque tales celuloides, entre cuadro y cuadro, tienen un hilo divisor muy pequeño que nada tiene que ver con el fallido intento que hace a la calle sumamente incómoda a todo el que la cruza.

–“Mientras más personas se consultan, más insatisfacciones afloran por lo que se alcanzó con el plan Ciudad 500”– reitera Atiénzar. ¡Claro! Porque todavía adolecemos del consenso poblacional; porque todavía muchos directivos piensan que son solo ellos los que poseen la verdad y el acierto. Porque todavía no se les ha expulsado de la dirección y colocado en la picota al que determinó cerrar la calle Martí frente al parque Agramonte para vender café por moneda dura a los turistas en detrimento de la viabilidad y provecho de la población.

Mucho queda por decir y habrá que continuar “diciendo”, porque tampoco es cierto, como asegura un amigo, la inutilidad de los blogueros. Es totalmente halagador cuando vemos que ya el periodismo oficialista toma partido contra lo mal hecho, se atreve a mencionar al comienzo de un artículo el nombre de Jesús aunque sea utilizando un símil, cuando antes la palabra “Dios” era eliminada hasta en las canciones de la radio.

Yo pienso que en la particularidad de la crítica vamos cuesta arriba. Tengo fe en que, cuando todos unidos, oficialistas o no, seamos capaces de señalar los errores, nuestros obstáculos disminuyan y recuperemos, en paz –siempre en paz y sin odios–, las virtudes perdidas.

 

Pedro Armando Junco

 

 





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martes, 30 de septiembre de 2014

Blogueros y bloguerías

Me comentó un amigo de lo inútil que son las bloguerías. Me aconsejó que todo el tiempo que pierdo en escribir un post para mi blog pudiera dedicarlo a mi literatura, inclinación más intelectual y trascendente en mi carrera. Lo paradójico está en que ese amigo es también bloguero. Pero sus tratados se diferencian de los míos en que se enmarcan solo sobre arte y eluden los problemas sociales de nuestro país, como si viviéramos en el espacio sideral, ajenos por completo a las dificultades de los que pisan la tierra.

Y lo peor es que, beatonamente, continúa escribiendo. Ahora, luego de percatarse que a pesar de mis críticas no me ha “sucedido nada”, suelta sus reproches a veces envueltos en un lenguaje de celofán que puedan entenderse de diferentes maneras.

Sin embargo, otro grupo de blogueros muy críticos, hacemos coro para decir lo que hay que decir. Y no lo hacemos por ir contra el Gobierno, sino por andar a favor del pueblo: dos concepciones que todavía no están tan bien esclarecidas como deberían. Si el Gobierno toma medidas que perjudican a la población porque dentro de su nomenclatura hay individuos que, por vivir muy acomodados, el pueblo no les interesa un comino, para denunciar lo mal hecho estamos nosotros a pesar de las limitaciones para llegar a las masas, obstáculo que sería muy saludable eliminar.

El altruismo de los blogueros críticos –y debo poner el resguardo de respetuosos y nada beligerantes –, gravita en la convicción de que nada debemos ni tenemos que esperar como recompensa, a no ser las mejorías que reclamamos para la comunidad en la que estamos viviendo. Con la experiencia de lo sucedido a Cristóbal Colón cuando regresó encadenado a España en su último viaje, es suficiente para concientizar que el que se mete a redentor termina crucificado. Pero, por otra parte hemos aprendido del Maestro que “mirar en calma un crimen es cometerlo”, y es por eso que sacamos los trapitos al sol de lo mal hecho y lo perjudicial para los ciudadanos de a pie.

En las cuestiones más sencillas muchas veces tenemos éxito aunque no se nos adjudique la medalla. Un ejemplo de ello es la avalancha de críticas a la suciedad y a la falta de agua en mi barrio. Yo he hablado de mi barrio, otros hablan de los suyos y conformamos una especie de sindicato anónimo que aglutina opiniones del pueblo y siempre hay, entre los que pueden resolver el problema, quien ponga oídos a la crítica.

Pues bien, todo indica que alguien se dio cuenta de que un alto por ciento de los casos de cólera es debido a la falta de higiene; que es fundamental para la higiene agua en abundancia; que para qué ofrecer agua pública solo cada tres días si las represas están ahítas gracias a una fértil primavera, etc. Y desde hace una semana el agua nos está llegando continuamente y con mucha fuerza. Para ser justos, si es que con esto no le hago mal de ojo a la abundancia, felicitamos encarecidamente al directivo que ordenó abrir el surtidor, seguramente convencido de que es un absurdo racionar el pingüe líquido.

Tanto dimos con el problema de los mendigos alcohólicos, que se les asignó un sitio hospitalario con tratamiento siquiátrico y se han internado en él a muchos que daban la imagen más tétrica de nuestra ciudad.

Y así hemos obtenido silenciosas y minúsculas victorias locales con nuestras críticas, pues el propósito siempre ha sido ayudar, no destruir. Sin embargo, lo que solucionaría la crisis cubana tiene que ascender a nivel nacional donde radican las principales trabas, tantas veces señaladas por nosotros. Medidas en grande y para todo el pueblo.

La eliminación del permiso estatal para salir del país, la compra y venta de vehículos y casas privadas, el incremento del trabajo por cuenta propia, no solo son aperturas con lastre de gravámenes desproporcionados, o una muy disimulada cuerda por donde amarrar al ciudadano si se quiere, sino son derechos que se les había usurpado al pueblo y ahora se les reconoce nuevamente como un pródigo regalo.

Pero el país continúa en picada. La corrupción se incrementa y los jóvenes solo sueñan con abandonar el país. Como soy tan abierto a escuchar las más extraordinarias opiniones, hace solo unos días un amigo muy pesimista se atrevió a pronosticar que dentro de cinco años, cuando los hermanos Castro hayan desaparecido del escenario público, será inevitable una guerra civil:

–¡Porque la juventud de este país no aguanta más…! Solo el liderazgo de Fidel y Raúl consiguen que el pueblo resista tantas penurias.

Pero eso sería el caos, y por tanto lo debemos evitar. ¿Cómo? Formulando soluciones lógicas, yendo a las raíces de los problemas y poniendo en práctica medidas, nunca coercitivas que exacerbarían aún más a los descontentos, sino innovadoras, sin tener en cuenta su radicalización. Porque lo importante es cambiar todo lo que deba ser cambiado en aras de la nación cubana.

La política que se ha estado llevando a cabo es totalmente contraria a los propósitos y objetivos que se persiguieron. Por ejemplo: cuando decimos que la mayor factoría de los Estados Unidos está en Cuba, la gente mira a su alrededor buscándola y no la ve, porque hasta las centrales azucareras están en peligro de extinción. Y ¿cómo puede verla un ciudadano común y corriente si el objeto que sale de esta factoría es él mismo o son sus hijos? ¿Es que hay que estar ciego para entender que dentro de poco más de los cinco años que dice mi amigo, en Cuba solo quedaremos ancianitos?

El Estado costea, desde que está en el vientre de su madre, los gastos que ocasiona el feto. Cuando nace le otorga todos los beneficios, incluyendo el mal hábito de prohibirle trabajar; y lo educa, y lo hace profesional. Y luego, cuando ya es hombres o mujer, apto para la explotación, se marcha hacia los Estados Unidos. Y es allá donde rinde los frutos que debería ofrecer aquí

¿Cómo evitarlo? Se han puesto a prueba los métodos más diversos: desde la negación del permiso de salida hasta la cárcel, y no se han obtenido resultados provechosos. La gente se lanza al mar y corre el riesgo potencial de morir ahogado o comido por tiburones, pero continúa huyendo del país. Otros piden misiones para luego desertar.

¿Dónde está la solución? En que la gente se sienta a gusto en su país. ¿Y de qué manera la gente puede sentirse a gusto en su país? Gozando todo tipo de libertades, prioritariamente económicas y políticas.

Yo le respondí a mi amigo pesimista que intuir el futuro de Cuba para dentro de cinco o un poquito más de años, es una profecía tan difícil, que ni el más preclaro vaticinador puede pronosticar. Pues paralelamente a una anexión a Norteamérica para la nueva colonización de esta Isla porque, si el éxodo continúa, la nación cubana radicará del lado de allá del Estrecho de la Florida, gravita la posibilidad de algo así como un Putin a la cubana. Un nuevo dictador con mano de hierro que intente detener la corrupción generalizada, cuyos frutos hoy permiten la supervivencia de toda la población, aunque a muchos nos pese.

La otra posibilidad, el esperanzador pronóstico de un comienzo de bienestar en el pueblo, que un alto funcionario supone para el 2030, no solo es irrisorio porque ni él ni yo ni muchos posiblemente podamos estar sobre la tierra para esa fecha, sino porque es una falta de respeto al pueblo desesperado. En el año 2030 la Revolución cumpliría 71 años. La Revolución Bolchevique duró 72 años. Quizás por eso el alto directivo de la economía nacional computó en su espacioso y aclimatado buró:

–Un año más… y un Putin. O el Diluvio.

 

 

Pedro Armando Junco

 



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viernes, 19 de septiembre de 2014

La mujer y el matrimonio en la Cuba actual

La sociedad cubana, como muchas otras en el mundo, no ha podido sustraerse a los profundos cambios de la mujer como sujeto independiente. Es más, desde el triunfo revolucionario de 1959, ha sido una constante gubernamental la “liberación” femenina. Le era necesario a la Revolución triunfante, previsora de los obstáculos que tendría por delante tras sus radicales formas de gobierno, poner de su parte esa mitad poblacional que constituye este género. Y no por gusto, junto a otras instituciones fabricadas para controlar gremios disímiles, creó la Federación de Mujeres Cubanas, conocida por su sigla FMC.

A partir de entonces se convertiría en prédica constante la “liberación de la mujer cubana”. Libertad e igualdad plenas, sin olvidar la libertad sexual que hasta ese momento era exclusividad de los hombres. Ser un marido adúltero antes del triunfo de la Revolución no solo era un mérito, sino hasta algo así como poseer una medalla que colgaba el hombre en su expediente. Una mujer adúltera cargaría el fardo de la infidelidad por el resto de su vida y luego de repudiada por su esposo difícilmente encontraría alguien con quien matrimoniarse nuevamente.

Los burdeles fueron eliminados y las prostitutas recluidas por corto tiempo en talleres de artesanía donde las enseñaban a trabajar con las manos en vez de con otros órganos más versátiles de su cuerpo. Y se les enseñó que las artes manuales también sirven para ganar el sustento de la independencia. 

La conservación de la virginidad para la noche de bodas desapareció en pocos años como lacra burguesa. No era más importante entregar la doncellez al hombre escogido para esposo, que pertenecer a la milicia nacional o ausentarse de casa a cortar caña durante una zafra completa en campamentos rurales.

Estos son algunos antecedentes de la mujer en la sociedad cubana actual. Pero han transcurrido los años, los lustros y las décadas. A 56 años de aquella Revolución triunfante echamos un vistazo a la mujer de hoy y encontramos escasos dividendos. El himen se pierde casi siempre durante la enseñanza secundaria, mucho antes de las quince primaveras; ser adúltera, según el criterio de una amiga “feminista” –criterio que no comparto de ninguna manera –, es atribuible al ciento por ciento de las mujeres del país.

El respeto al casamiento y el temor al divorcio han devenido en que sea más fácil encontrar un matrimonio sexagenario que otro con cinco años de coexistencia. La separación en las parejas es la constante actual, exacerbada aún más por las misiones internacionales donde los cónyuges no pueden viajar unidos pero se ven impelidos a ellas por imperiosas necesidades de economía. Se incorporan a esas delegaciones alegando traer para el hogar un mejor nivel de vida, y cuando regresan ya el hogar está deshecho. No es secreto para nadie que la distancia, el tiempo y las necesidades genésicas, atentan unidas a la normativa matrimonial.

Todos conocemos por experiencia propia lo engorroso de una relación conyugal Los seres humanos somos “únicos e irrepetibles”. Y desde los viejos tiempos de Platón, se habla de “la mitad perdida” que todos añoramos encontrar y jamás aparece. La pareja, durante un largo período de adaptación, debe aprender a limar los detalles que le son desagradables en su cónyuge hasta hacerlos desaparecer o adecuarse a ellos.

La piedra fundamental del matrimonio lo constituye el sexo. La gente se casa, ante todo, porque se gusta física y sexualmente aunque, tanto ayer como hoy, muchas uniones son propiciadas por intereses económicos, sobre todo entre los menos jóvenes. Cuando acceden al coito descubren que el coito perfecto es muy difícil de alcanzar entre ambos hasta después de cierto tiempo de comprensión y acomodo mutuo. Y todas estas incomodidades íntimas pueden superarse solo por el apego a leyes morales establecidas por la ética familiar y apuntaladas por la religión. Algunos consiguen este acoplamiento como resultante, no ya del gusto erótico por la otra persona, sino por la confianza y el amor verdadero, ese sentimiento espiritual que induce a complacer más que a ser complacido, convencidos de que la vida conyugal no es solamente sexo.

Pero las cadenas del maridaje son de papel: cualquier borrasca las deshace. Por eso, cuando esta nueva sociedad, ante la necesidad de cambio, indujo a la mujer a una libertad ilimitada y procuró erradicar de raíz las normativas sociales de los gobiernos anteriores haciendo énfasis en el catolicismo que aglutinaba a más del 90 por ciento de la población, no podían esperarse resultados aglutinadores en la familia. Y es allí donde encontramos el eje negativo que desvanece  la intención de sostener un matrimonio para toda la vida.

Como resultante de este historial las parejas se rompen con extrema facilidad, los hijos se dispersan y mal educan, surgen nuevas prostitutas eufemísticamente renombradas “jineteras”, y una rémora gigantesca de mujeres solitarias carecen del calor doméstico, tanto como hombres frustrados, muchos convertidos en alcohólicos acérrimos, viven solos.

El fiasco de la liberación femenina en nuestra sociedad es evidente.

 

Pedro Armando Junco

 



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lunes, 8 de septiembre de 2014

Ética del bienestar

Durante el curso de verano auspiciado por la iglesia católica, se pusieron a la venta libros interesantes a precio ínfimo. Todos costaban un peso moneda nacional, lo que es equivalente a cuatro centavos en divisa. Y dentro de ese caudal de libros me llamó la atención una publicación de hace 20 años, cuyo título es Neoliberalismo. ¿sí o no? Su autor Gregorio Iriarte.

Pero como los libros interesantes son intemporales, quise leerlo y discutirlo puesto que, cuando enfrentamos una lectura de criterios, lo primero que tenemos que hacer es disponernos a objetar o aprobar su tesis.

No es mi propósito hoy discutir criterios, pese a que nunca se está totalmente de acuerdo con todo lo expuesto, sino colocar aquí, para disfrute de aquellos que lean este artículo, un fragmento muy interesante sobre algo tan vital para el ser humano como el agua y el aire: la impugnación de ese concepto generalizado de creer que la economía floreciente es la raíz de la felicidad y realización humana.

El autor Iriarte nos dice:

 

Sobre la racionalidad economista es preciso oponer una nueva racionalidad cuyo eje no sea la acumulación indiscriminada, ni el obsesivo mejoramiento de los indicadores económicos convencionales. La nueva racionalidad tiene que orientarse hacia el mejoramiento de la calidad de vida de la población. Al culto fetichista de los indicadores economistas hay que oponer la “ética del bienestar” y el desarrollo de las personas.

 

Y a partir de allí el autor presenta un decálogo de necesidades básicas para la verdadera realización del ser humano.

1.      La necesidad de la subsistencia: alimentación, salud, vestimenta y vivienda.

2.      La necesidad de la protección: sistema judicial eficiente, seguridad pública, seguridad social y primeros auxilios.

3.      La necesidad del afecto: amistades, relaciones familiares, relaciones sociales y autoestima.

4.      La necesidad de la identidad: cultural, nacional, familiar y personal.

5.      La necesidad de la educación: familiar, escolar, sociopolítica y auto educación.

6.      La necesidad de la libertad: de pensamiento, de expresión, de organización y religiosa.

7.      La necesidad de participación: familiar, social, política y económica

8.      La necesidad de la creatividad: la autorrealización, artística y científica.

9.      La necesidad del tiempo libre: descanso, deporte, lectura, medios de comunicación social y la interrelación con personas y la naturaleza.

10.  La necesidad de espiritualidad: experiencia de Dios, oración, fe, esperanza, caridad, gratuidad y perdón.

 

Puede que sean muchas las necesidades del hombre. Yo diría que estas son solo algunas de las más importantes, De hecho, todo el que lea este minúsculo trabajo ya estará hurgando dentro de su espiritualidad, y habrá encontrado seguramente otras necesidades que le urgen para sentirse realizado, que es la manera más discreta de ser feliz.

Otros sistemas y otros pueblos con otras idiosincrasias tienen cubiertas gran parte de estas necesidades. Gozan de un sistema de vida económicamente desahogado, cuentan con leyes justas y estables, disponen de excelente educación, se acogen a un sistema de salubridad magnífico, y hasta –constitucionalmente –practican la religión preferida. Sin embargo, en esos países las grandes masas poblacionales nunca llegan a sentirse personas totalmente realizadas.

Esto se pone en evidencia cuando un individuo que sufre deficiencias económicas, temeroso de leyes arbitrarias y carente de un sinnúmero de oportunidades castradas de raíz por el sistema político en que vive –como es el caso del cubano de la Isla –cuando se incorpora al sistema primeramente mencionado –como es el caso de los Estados Unidos –, sufre el shock de un vacío espiritual indescifrable, que no le deja vivir en paz.  

¿Entonces qué le falta? ¿Acaso es esa “libertad” que no aparece en los estatutos jurídicos y constitucionales de hacer de su vida lo que le venga en ganas, porque el engranaje del sistema social capitalista lo obliga a vivir trabajando o a sobrevivir en la miseria? ¿Acaso es la ausencia de otros puntos siguientes en este decálogo tan bien pensado, que establece que parte de la realización de un ser humano son las amistades, las relaciones familiares y sociales, tanto como la autoestima?

Cierto es que en Cuba falta mucho trabajo por hacer. Faltan muchos escollos que limar. Quedan muchos derechos por reconquistar. Pero nuestra idiosincrasia subyace en cualquier sitio a donde vayamos a vivir. Cierto es que la identidad cultural de nuestro pueblo no se ha recuperado por completo debido a tantos años de censura y autocensura; pero continúa allí, latente, en cada cubano inteligente dispuesto a plantear su verdad y ponerla a prueba, en cada cubano que se debe escuchar con todas sus luces y sus sombras.

Si el sistema judicial cubano adolece de independencia, hay que desatarles las manos a los juristas para que las leyes se hagan más justas y se lleven a cabo con equidad. Si la educación lastra concepciones políticas impuestas, ¿por qué no se despolitiza la educación? Si los trabajadores de la salud no cumplen su cometido a carta cabal, indaguemos por qué los médicos necesitan estímulos particulares para dar un mejor tratamiento al paciente. Si la maquinaria productiva del país se halla estancada porque la masa humana que la mueve no quiere trabajar, busquemos la causa de esa desilusión proletaria dando rienda suelta a los criterios del pueblo sin retóricas gastadas y vayamos a la raíz del problema.

Al margen de esas contrariedades, el cubano de hoy tiene garantizados todos los demás sectores de este decálogo; no obstante carece del principal sostén del capitalismo: la libertad económica absoluta.

Para eso trabajamos. Y tenemos fe en que aparezcan oídos receptivos a estos clamores.

 

Pedro Armando Junco

 

 

 

 



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¡Al fin conocimos a Varadero!

–¡Qué lindo es Varadero, compadre! –fue el saludo de Rafael cuando nos encontramos por la calle.

Quedé sorprendido no solo por su euforia, sino porque Rafael trabaja en un mercado de carne de ovino por cuenta propia, en el que gana 20 pesos moneda nacional (ochenta centavos en CUC) por jornada de trabajo, y eso no alcanza ni para costear el ómnibus que pueda llevarlo hasta la mejor playa de Cuba, una de las más hermosas del mundo.

Luego me explicó que el lunes 25 de agosto, ante el asombro de los televidentes, Pánfilo estuvo en Varadero: Pánfilo y Chequera, especímenes que conforman por la tv un dueto humorístico en la emisión televisiva Vivir del cuento..

Nadie en Cuba se pierde este programa los lunes a las ocho y treinta. Es el único espacio que ha sobrevivido a pesar de la mordacidad de sus críticas. Y Pánfilo es el hilarante protagonista.

El cubano de la Isla gusta de ver y escuchar en otros lo que teme expresar como suyo. Tras tantos años de reprimirse a sí mismo, a pesar de que ahora la libertad de expresión es mucho más respetada, la autocensura subsiste todavía y la gente continúa expresando en público todo lo contrario de lo que dice en su casa. Es por eso que, ante una televisión atiborrada de criterios estereotipados y triunfalistas, un programa donde se tiendan los “trapitos al sol” al sistema de gobierno, se hace generalmente funcional y bien recibido.

Y el caso es que el equipo de realización de Vivir del cuento presentó una panorámica de Varadero, desde la misma entrada por carretera, con tomas elocuentes de su belleza natural: las aguas azules y cristalinas reflejando el cielo, las arenas de algodón frisado, las palmeras erectas y cuidadosamente plantadas. Pero sobre todo las edificaciones hoteleras, colmadas de turistas donde el cubano es un ave rara o no existente a no ser entre la servidumbre.

Y Pánfilo y Chequera al mirarse entre tanta belleza y exclusividad se comían a pellizcos para comprobar que no estaban soñando. Del lado de acá de la pantalla el pueblo cubano, el pueblo de a pie, el 90 por ciento de la totalidad de los cubanos, veía por primera vez al Varadero actual, al que no se tenía acceso ni de manera virtual.

Cuando llegaron al hotel, Chequera –un Sancho a lo moderno –se revolcaba en la cama amplísima y cómoda, mientras Pánfilo interiorizaba que cada una de las habitaciones tuviera varios departamentos y en cada uno de ellos hubiese un televisor gigante de pantalla plana, un refrigerador lleno de comestibles finos y bebidas exóticas, y hasta una caja de caudales digital, así como un baño más grande que la casa de su amigo.

La escena más simpática se desarrolló en el restaurante. Siempre es así, puesto que el peor déficit que sufre el pueblo de Cuba hoy está es la escasez de los alimentos y sus elevados precios. Los humoristas del país hacen énfasis en la comida, sobre todo en la carne de res, prohibida desde hace medio siglo.

Todo cubano que miraba el programa se vio representado en aquellos dos cómicos, desesperados por tomarlo todo, por acapararlo todo, inclusive quitando de las manos del turista el dulce que había tomado de la bandeja. Chequera se llevaba las bandejas completas.

Cuando arribaron a la mesa de los quesos y el sirviente les explicó la variedad de estos, no acertaban a escogerlos… ¡claro! El pueblo de Cuba solo conoce el “queso fundido” o “el queso frescal”, que en su árbol genealógico no tienen antecedentes conocidos. Parecido sucedió con las bebidas foráneas, puesto que lo que se ofrece a  la población cubana, a granel y a precio aceptable es algo eufemísticamente llamado “Cuba libre”, pero que el genio popular ha bautizado como “chiva prieta”: alcohol con azúcar y colorante.

Por fortuna para ambos no sufrieron la dolorosa indigestión que todos esperábamos, porque Pánfilo y Chequera estaban soñando. Todo fue una maravillosa fantasía. Los dos soñaron lo mismo y al mismo tiempo. Y allí también hay un chiste. Es el chiste negro del guionista: el sueño de Pánfilo y Chequera es el sueño del pueblo de Cuba que no puede visitar a Varadero. Varadero es para los turistas extranjeros, los altos dirigentes y oficiales de la nomenclatura del poder. Y estos, altamente afortunados, son una minoría.

Para cerrar con broche de oro el espacio, acordaron irse de vacaciones a un “campismo popular”, sitios preparados por el Estado cuando surgió la idea del turismo internacional, para que los cubanos no molestaran a los visitantes extranjeros en temporada de recreo.

Pero la euforia de Rafael es válida. Al menos hoy todo cubano que vio ese programa el lunes por la noche, puede asegurar que por fin conoció a Varadero.

 

Pedro Armando Junco

 



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