viernes, 24 de julio de 2015

El silencio de la verdad

Los carnavales camagüeyanos, como ya es costumbre, cobraron víctimas. Las personas se enteran aquí y allá por quienes presenciaron los crímenes, las cortadas de rostro, las violaciones; por el comentario de la gente que, si bien es cierto pondera los hechos, son los únicos portavoces del desbarajuste social que sufre la ciudad. Pero los medios de prensa callan. Ni un solo caso de homicidio o asesinato publica la prensa. ¿Por qué?

Se sabe que el MININT y su departamento de criminalística no han tenido descanso en estas noches de carnaval; que los médicos temen a sus guardias clínicas en estas jornadas, porque les llegan constantemente casos de sangre que, por fortuna, en muchas ocasiones salvan sus vidas. Pero los medios callan. ¿Por qué?

Es aceptable que las oficinas del Ministerio del Interior silencien su trabajo. Son ellos los encargados de guardar el orden, no de propalar noticias. Pero el periodismo en cualquier sitio del planeta es su contraparte en ese aspecto. Corresponde a los periodistas hurgar en los hechos y sacar a la luz la noticia, alertar a la población, ofrecer opiniones de cómo se puede frenar la ola de violencia que nos invade…; porque, según el Apóstol, "…la verdad sangrienta, es también la verdad".  Y los medios callan.

Sin embargo, cuando en los Estados Unidos un blanco mata a un negro, no importa en qué estado de la Unión ni a cuantos miles de millas de distancia, sin tener en cuenta los más de 300 millones de habitantes de ese país que no es el nuestro, los medios cubanos se hacen eco, inmediatamente, de los detalles del asesinato. Y lo paradójico del caso está en que la noticia haya sido tomada de los medios de prensa norteamericanos, que según se nos dice, son menos eficientes que los cubanos.

¿A qué se le teme? Es fácil responder: se le teme a la verdad. Porque se le pretende vender al mundo una imagen idílica, tranquila y segura de nuestra ciudad, de nuestro país. Porque se pretende esconder a la ciudadanía local el peligro de salir a la calle durante altas horas de la noche y en la madrugada, escamoteo que acrecienta el peligro en vez de aminorarlo. De esta manera se puede asegurar que los medios de información, cuando callan, desinforman: cumplen todo lo contrario de su cometido porque, como también nos dejó escrito el Apóstol: "Las verdades ideales son impotentes si no se las animan las verdades reales. El hecho es la verdad real. La verdad ideal es el resultado de la reflexión sobre los hechos".

Vivimos en una ciudad peligrosa. Hay que decirlo. Y si llevamos el análisis a nivel nacional y se tiene en cuenta que la gran masa penitenciaria del país –hay quienes hablan de un 80% –es joven, nacida después del triunfo revolucionario, cabe poner en duda el resultado exitoso del Gobierno como creador de valores en el hombre nuevo. Aún más: si nos atrevemos a calcular que otro porciento análogo de los reclusos por homicidio y asesinato en Cuba son reiterantes, o sea, que luego de cumplir una condena por hecho de sangre, comete otro al salir y vuelve a presidio, también se puede subrayar la duda de si el sistema reeducativo penitenciario del país ha rendido el fruto esperado.

¿Qué está pasando con la sociedad cubana? ¿Por qué no solo se incrementan los homicidios y los asesinatos, sino también los suicidios de personas jóvenes que la prensa calla? Los ciudadanos pensantes de esta sociedad desinformada exigen una respuesta convincente, porque les asiste el derecho a conocer la verdad, sea cual sea de sangrienta y dura.

 

Pedro Armando Junco.

jueves, 16 de julio de 2015

A través del sueño

El siguiente cuento fue escrito por mi hija de trece años a raíz del asesinato de su hermano.

 

A través del sueño

 (Cuento)

"Mi sueño era demasiado hermoso,

tanto, que sentía que no podía dejarlo ir"

Anónimo

 

Estoy cansada, tanto que me quedo dormida en cualquier parte. Cuando pequeña, creía que al dormir moríamos y resucitábamos al despertar. Tengo tanto sueño…, y sin embargo no puedo dormir porque hay gente que espera muchas cosas de mí. ¿También eran así con él? Creo que me quedé dormida en la playa y desperté toda mojada tirada en un lugar con mucha luz, todo blanco, y estaba allí. Se rió mucho de mí, así que le dije:

– ¿No deberías ayudar en vez de burlarte?– yo aún estaba en el suelo.

Se acercó a mí y agachándose me dijo:

– No puedo. Ya no estoy aquí.

– ¿Por qué no estás aquí?– cuestioné con tristeza.

– Porque he muerto.

Yo me entristecí aún más. Ya sabía eso.

– ¿Estás bien?– fue lo único que se me ocurrió decir. Él señaló afirmativamente con su cabeza. – ¿Dolió mucho?

– Ya no siento nada. – respondió.

– ¡Qué suerte tienes!– le dije con ironía – ¡Tú no sientes nada!

– Deberías aprender a nadar. Es vergonzoso. –Me dijo cambiando el tema mientras se erguía – Recuerda que el único que tiene derecho a burlarse de ti soy yo.

Reí. Luego hablamos largo rato del "pase de lista" que él hacia en su aula y de las cosas que se hacen en la mía. Nos pasamos horas así, porque nuestra conversación nunca nos aburría aunque la teníamos pocas veces antes.

De repente aquel diálogo terminó y me dijo que me secara porque parecía un gato mojado y me iba a enfermar:

– ¿No vas a cuidar de mí si me enfermo?– él puso su mano en mi hombro y señaló que sí con la cabeza. Pero se fue alejando.

– ¡¿Me vas a dejar sola?!– grité. Se volteó y mostró su sonrisa mientras hacía el gesto de "paz y amor", al igual que muchos años atrás en nuestras guerras que nunca volverán. Si voy al paraíso y está allí, pelearé con él igual que antes.

¿Por qué nos entristecemos a veces aun cuando todo lo que vivimos es un recuerdo feliz?

Tengo dos teorías:

1-Porque son recuerdos.

2-Porque es una alegría dolorosa que crees no se repetirá jamás. De ahí la pregunta: ¿Volveré a sonreír?

Creo que sí. El día en que me acuerde de él y no me den ganas de llorar, pero hasta entonces solo tengo que vivir por los que quedan.

Resucité en la playa, recostada a la arena blanca, porque los vivos me salvaron y mi padre fue corriendo a abrazarme y mi madre también y me dijeron que me querían. Es que nunca se sabe si cuando ves a alguien va a ser la última vez. Por eso existe la palabra "querer", para conjugarla y decirle a la gente que te importa, que la quieres.

Estoy tan cansada…, pero no puedo morirme; tengo que despertar en las piernas de mi hermano y él ya no está aquí. No queda más, que seguir viviendo.

 

Ana Dalia Junco Ronquillo

sábado, 4 de julio de 2015

En espera del proceso

Todavía no conocemos la fecha en que serán juzgados los asesinos de Mandy. La expectativa continúa en la población y yo prometo tenerla al tanto de la fecha tan pronto me la informen. No importa que la mayoría poblacional no tenga acceso a mi blog, buscaré los medios para hacerles llegar el día, la hora y el lugar donde se efectuará la vista del juicio.

Sé que la población de Camagüey y de Cuba y de muchos sitios del mundo siguen este caso con vehemencia, porque todos somos padres y madres que tememos por la seguridad de nuestros hijos.

Agradezco una vez más a todo aquel que me haya enviado mensajes a mi celular, llamado a mi teléfono, visitado mi casa, comentado mis artículos en el blog… En mi blog aparecen comentarios eliminados por alguien que no he sido yo. Ignoro quien haya podido atreverse a usurpar la privacidad de mi sitio, porque abrí los comentarios totalmente para que todo el que lo desee los deje allí escritos y el mundo los lea. Reitero que yo no he borrado ni un comentario.

Quiero agradecer también a mi amigo Isaac Licor, presidente del Instituto del Libro en Camagüey, este poema escrito con lágrimas, dedicado a mi hijo:

 

La guitarra escuchó quebrarse
el cristal de su voz,
y respondió con un bramido inaudible;
pero el temblor del acero
y su ácida fiebre
no pudieron amansar al silencio.

El silencio de la guitarra
dibujó entonces la silueta de la mano
que se alejaba cada vez más
hasta perderse bajo el polvo.

Fue entonces que
la mudez del silencio
abrió una zanja honda
donde la lluvia surte
pequeños caminos hacia el fondo,
mientras el silencio insiste
en negar la palabra a la pisada.

 

Isaac Licor

 

Pedro Armando Junco

 

sábado, 20 de junio de 2015

Algunas palabras más

"Nunca es un buen día para morir,

porque la vida no es un experimento,

sino una hermosa experiencia".

Letoren

 

Sé que luego de la queja e inconformidad que mi hija Marieta interpuso a las declaraciones del fiscal jefe de la provincia de Camagüey en el semanario Adelante, muchos están a la expectativa de mi pronunciamiento. Lo están los de acá dentro de la Isla y los de afuera; los amigos y hasta los no amigos. Y tengo el deber de ofrecer respuesta. No lo haré en términos jurisprudentes como mi hija, porque no soy abogado; pero sí en términos humanistas y morales.

Ante todo quiero declarar que la justicia en Cuba no anda como debiera a pesar del triunfalismo en los medios difusivos; pero si dentro de esta obvia crisis de valores que sufre el país, me es permitido señalar como una de las dolencias más agudas de nuestra sociedad, no vacilo en exponer que es un sistema penal dependiente y arbitrario. Dependiente, porque llegado el momento de la decisión judicial, una impugnación solo sería legal por conducto del fiscal mediante su arbitrio como no sucede en democracias donde exista la división de poderes y la ley y la justicia para nada tienen que rendirle cuentas a la política ni al ejecutivo. Y arbitrario porque desde hace más de cuarenta años la sociedad civil de este país perdió su derecho a ser representada como parte ante el proceso penal y enfrentarse directamente al tribunal a exigir justicia. En el sistema penal cubano los militares sí conservan ese derecho, un derecho de minoría; pero el mayor por ciento de esta sociedad solo está facultada, sea cual fuere el acto de que haya sido víctima, a ser llamada ante un tribunal como simple testigo. Este vacío jurídico, este escamoteo a nuestro valor ciudadano que nos convierte en siervos del Estado –desconocido por la mayoría de la población–, lo intenta llenar como representación la fiscalía. Y si como en este caso que ustedes seguramente han seguido de cerca, el fiscal jefe de la provincia casi se convierte en abogado defensor de los asesinos de mi hijo y hasta se compadece del sufrimiento de los familiares de los victimarios y no del nuestro, ¿qué queda para nosotros y para los demás que han pasado por una situación parecida pero que se ha silenciado? Porque las personas se enteran de los crímenes ocurridos por los comentarios en la calle y rara vez por los medios de difusión reglamentarios y estatales.

El trabajo moral-educativo de una sociedad pertenece a la familia en el hogar con el ejemplo de sus padres, a la escuela por maestros que sean un "evangelio vivo", a la Iglesia en cualquiera de sus vertientes por su mensaje ético y de amor de unos a los otros, pues como Martí sentenció: "…un pueblo irreligioso morirá, porque nada en él alienta la virtud". Este trabajo moral-educativo es una tarea a largo plazo y su resquebrajadura actual en una juventud nacida dentro del sistema existente es una temática muy compleja que debe ser estudiada y analizada a profundidad por especialistas en humanidades. Porque no es la cárcel el lugar idóneo para reformar el carácter de un bandido; la cárcel está hecha para castigar a los bandidos. Y de tal manera, el trabajo de la fiscalía también tiene como objetivo condenar al infractor y, en casos como el que nos ocupa, despojar a la sociedad definitivamente de esa lacra peligrosa que pretende adueñarse de nuestras calles y que ya, de hecho, lo está llevando a término. 

Si las palabras fiscales en el semanario del pasado seis de junio del presente año, tuvieron la intención de tranquilizar a la población alarmada, han conseguido todo lo contrario: el rechazo de un pueblo confundido y temeroso porque, ¿actualmente, en qué hogar camagüeyano no viven un padre y una madre que ven representada en la muerte de mi hijo la posibilidad de que mañana sea el suyo el asesinado?

Si en nuestra sociedad se ha puesto en moratoria la pena de muerte por lo morboso de su ejercicio, ¿cómo se puede permitir a delincuentes callejeros su ejecución, convencidos de que el castigo por sus homicidios estará condicionado a todas las prerrogativas de beneficios carcelarios y la liberación será alcanzada pronto gracias a una conducta obediente dentro de la penitenciaría? Muchos otros asesinos que hoy gozan de libertad condicional han vuelto a matar y hasta de enorgullecen de ser tipos duros, listos siempre para continuar matando.

El hecho de que cuatro o cinco jóvenes salgan en pandilla a la calle después de la media noche, apuñalen a tres personas diferentes en distintos sitios de la ciudad y terminen con la vida de mi hijo mediante más de cuarenta contusiones, no solo es un delito morboso de máxima peligrosidad, sino además de todos los calificativos que puedan imputárseles, un hecho de cobardía.

Las leyes actuales ofrecen igualdad de condiciones a presidiarios por hechos de sangre como a otros delitos comunes. Sin embargo, estos últimos pueden resarcirse de diferentes maneras, mientras que la vida de un ser humano nunca podrá ser recuperada. Ofrecer esa igualdad de oportunidades rehabilitadoras a todos por igual es el equivalente a considerar la vida de un ciudadano como un objeto cualquiera.

Si las leyes penales no están en armonía con los intereses de nuestra población, solucionar este desajuste legislativo no está en cambiar la manera de pensar ciudadana, sino en transformar estas leyes. Los castigos para hechos de sangre siempre deben ser radicales. Cuando se conceden derechos en exceso a criminales de este tipo, se les están escamoteando esos mismos derechos a las víctimas y estimulando a otros vándalos a cometerlos. Las leyes verdaderamente justas son aquellas que aplican con mayor rigor el castigo a quiénes las infringen, sobre todo en delitos de una reparación irreversible como es el caso de la pérdida de una vida humana.

Los hechos violentos en los que el móvil del delito es el sádico placer de matar, no deberían ser castigados con una pena inferior a la que fueron capaces de llevar a cabo. Estas lacras de la sociedad son y serán siempre insensibles al arrepentimiento verdadero, porque de aquel que mata por placer no puede esperarse rehabilitación posible nunca. Sin embargo, no queremos para ellos la pena de muerte pues nos convertiría en asesinos indirectos. Pedimos que la justicia los condene de por vida a que nunca más puedan salir a la calle a repetir sus violencias.

¿Cuál puede ser el futuro de un pueblo en el que sus jóvenes se eduquen como sanguinarios? ¿Qué llegará a ser de una nación donde los jóvenes buenos mueren asesinados por pandilleros.

El pueblo de Camagüey, junto a nosotros, los familiares de Mandy, exige justicia. Pero justicia fuerte, verdadera, drástica: capaz de frenar esta ola de violencia callejera que puede convertir el ya cercano San Juan en un festival de cuchilladas, en un carnaval sangriento. Exigimos también a las autoridades los métodos que sean precisos utilizar para que la sangre de nuestros conciudadanos no continúe bañando las adoquinadas calles de Camagüey.

 

Pedro Armando Junco

 

miércoles, 10 de junio de 2015

Nota al Fiscal Jefe de la provincia de Camagüey

Debido a una nota informativa en la prensa plana sobre declaraciones del Fiscal Jefe de la provincia de Camagüey, las cuales consideramos falta de apoyo a la justicia que reclamamos para los asesinos de mi hijo, su hermana ha redactado el siguiente escrito que ha sido hecho llegar personalmente al Fiscal Jefe y al Primer Secretario del Partido en la provincia Jorge Luis Tapia Fonseca:

 

ESCRITO DE QUEJA E INCONFORMIDAD SOBRE LAS DECLARACIONES DEL FISCAL JEFE DE LA PROVINCIA DE CAMAGUEY  HUMBERTO GONZÁLEZ FIGUEROA, REPRODUCIDAS EN EL ARTÍCULO "EJEMPLARIZANTE PARA LA SOCIEDAD" DEL SEMANARIO ADELANTE DE FECHA 6 DE JUNIO DE 2015.

 

Lic. Marieta Junco Torres, de profesión: Locutora de Tv Camagüey y abogada de la Sección Provincial de la OCPI en Camagüey; Inscripta en el Registro Central de Juristas del Ministerio de Justicia con el No. 20628; vecina de calle General Gómez No. 380, entre Niñas y San Miguel, Camagüey; con teléfono fijo 285601 y móvil 5338 7312; hermana de joven Pedro Armando Junco Torres, asesinado el pasado 16 de mayo del presente año en la céntrica calle San Pablo de nuestra ciudad.

Compañero Humberto González Figueroa, Fiscal Jefe de la Provincia de Camagüey, por medio del presente escrito y al amparo del artículo 63 de la Constitución de la República de Cuba: "Todo ciudadano tiene derecho a dirigir quejas y peticiones a las autoridades y a recibir la atención o respuestas pertinentes y en plazo adecuado, conforme a la ley.", me dirijo respetuosamente a usted, como consecuencia de sus declaraciones publicadas el pasado sábado 6 de junio de 2015 en el Periódico Adelante, Órgano Oficial del Comité provincial del PCC en el territorio. Sobre estas, mi familia y yo tenemos varias inquietudes y consideraciones que exponemos a continuación:

Ha sido poco usual en el enfrentamiento al delito, ver personalizada en el propio Fiscal Jefe Provincial de un territorio, declaraciones a través de los medios de difusión masiva, lo que nos hace preguntarnos (y nos gustaría que nos aclarara) si las consideraciones expuestas sobre este caso en particular son suyas personales, institucionales, o se han hecho en cumplimiento de orientaciones políticas, gubernamentales, o de la Fiscalía General de la República.

Sea cual fuere la fuente inspiradora, el mensaje que usted transmite, lejos de hacernos ver a la Fiscalía como representante de los familiares de la víctima, presenta al Órgano "valedor de la legalidad socialista", como defensor de los asesinos que perpetraron tan brutal hecho.

Dice usted que "se trata de un hecho lamentable por las personas víctimas y por los implicados", y le pregunto, ¿Realmente piensa que es lamentable en igual medida para los perpetradores y sus familias, que para esta familia que nunca más verá a Pedro Armando vivo? Lo que sí es lamentable que la Ley de Procedimiento Penal no nos otorgue la condición de parte en el proceso, cuestión que ha sido más que reiterada y criticada por los especialistas del Derecho Penal cubano; pero en contrasentido, con esta ausencia grave de la garantía jurídica de la víctima, la Ley, ha tratado de atenuar el error, otorgándole precisamente al FISCAL el papel de representarnos en el proceso penal. Sinceramente, ¿Cree usted que con estos "adelantos periodísticos", los familiares del joven asesinado podemos estar tranquilos con su representación, cuando mas bien parece todo lo contrario?

Usted llama a "sacar un ejemplo a ser mejores padres, mejores hijos…a que tomemos conciencia ciudadana de lo que debemos hacer cada uno", ¿ Está seguro de estar haciendo usted su parte, cuando lejos de darle la connotación merecida al caso, está tratando abiertamente de minimizar la gravedad y repercusión que ha tenido? Sinceramente, sus palabras parecen ser las de los abogados defensores, quienes sin lugar a dudas, sabrán manipular inteligentemente estas consideraciones preliminares suyas, previas al juicio oral.

Su artículo tiene un enfoque meramente preventivo, algo que reconocemos como necesario, pero No en esta etapa procesal del caso. ¿Dónde está su pronunciamiento de enfrentamiento enérgico al delito, a sus responsables, y al papel institucional al que está seriamente obligada la Fiscalía como órgano refrendado para ello en la Constitución vigente? Ni siquiera utiliza en su discurso la palabra justicia penal, y es precisamente JUSTICIA Y SEGURIDAD CIUDADANA lo que el pueblo camagüeyano y mi familia desean.

Mis padres, mi esposo y yo, NUNCA pediríamos la pena de muerte para los asesinos de mi hermano, pues a diferencia de ellos respetamos la vida, y sabemos que aplicando la ley del Talión, "ojo por ojo y diente por diente" no recuperaremos a nuestro amado Mandy. Sin embargo, esperamos una enérgica respuesta penal, además de ser pronta, tal como nos enseñó el más integral de todos los juristas cubanos, nuestro héroe nacional José Martí: "Justicia dilatada no es justicia"

Estamos ante hechos muy graves, que castigan severamente todos los códigos del mundo desde la antigüedad, porque agreden o ponen en peligro la vida misma, y es por eso que nos sorprende sobremanera que usted hable precisamente en estos momentos tan duros de " cumplimiento de términos normales" e incluso "prorrogables", que bien se atemperan para casos como "el robo de aceite y cerveza en la provincia", también publicados en la prensa plana, no para asesinatos de jóvenes honestos, íntegros y trabajadores. ¿Acaso  la pérdida de una vida humana no tiene una prelación procesal distinguida desde que surgió la humanidad?

Usted deja entrever que aunque se trata de un hecho lamentable, "por las características de nuestro procedimiento legal, el tratamiento que se le está dando es igual al de todos los procesos penales". Como si la Ley de Procedimiento Penal no le diera la alternativa de hacerlo Sumarísimo, o el caso no tuviera características excepcionales para ser ejemplarizante. Ambas posibilidades están en sus manos, pues si bien es el Tribunal quien determina este particular, solo procede a partir de la iniciativa de la Fiscalía, es decir, ustedes. ¿Cree que así va frenar los actos de sangre tan comunes en nuestros días en Camagüey? ¿Dónde está en su artículo el efecto coercitivo de la pena?

Las características del asesinato de mi hermano, consumado por cinco delincuentes (dos de ellos armados) contra uno indefenso, que terminó recibiendo una muerte brutal de 46 contusiones, de ellas 19 puñaladas, sin móvil alguno,(ni siquiera el de robarle) y la repercusión que ha tenido para camagüeyanos y camagüeyanas, son razones más que suficientes para que Usted pida al Fiscal General de la República, que este solicite a Rubén Remigio Ferro, Presidente del Tribunal Supremo Popular, autorización para desarrollar un Procedimiento Penal Sumarísimo, el que también se contempla dentro de la Ley de Procedimiento Penal vigente en nuestro país. Siendo así es que se estaría actuando en exacta correspondencia con la Ejemplarización a la que usted aboga en la población camagüeyana, al mostrarle a la ciudadanía que los miembros del MININT, los fiscales y los jueces de nuestra provincia SÍ están respondiendo al sentir generalizado de su pueblo que sigue de cerca este caso y lo siente como propio, como es.

La justicia ante hechos graves debe ser pronta y enérgica como objetivo supremo de la justicia revolucionaria, y como un sentimiento aprendido y reiterado por nuestros conciudadanos, y como la política reiterada y "cacareada" de enfrentamiento a las ilegalidades.

Expone además que "la primera manera de que un juicio sea ejemplarizante es que la población tenga conciencia del ilícito penal cometido", y le pregunto, ¿Acaso no es suficiente con que a más de tres semanas de asesinado mi hermano sin siquiera un móvil fútil, todavía la población se pregunte en las calles ¿qué están haciendo los órganos encargados de garantizar la legalidad y del ejercicio del control penal? ¿Acaso no habla por sí sola la concurrencia de cientos de personas desinformadas a lugares espaciosos como la Polivalente, buscando ver cómo se hará justicia ejemplarizante para la joven delincuencia de la ciudad de Camagüey?

Y aquí quiero  detenerme para dejarle bien claro, que ni mi familia ni yo tenemos absolutamente nada que ver con semejante convocatoria. Es el pueblo por sí solo que ha tomado esta iniciativa, y no paran de darnos muestras de solidaridad con nuestro dolor. Algo que dicho sea de paso, en su declaración no percibimos.

Todo jurista aprendió en las aulas universitarias que el ejemplo o carácter ejemplarizante de un fallo, se inclinará más a la justeza del veredicto que a la utilización publicitaria de los medios, y a la politización de los procesos.

Este caso ya es ejemplarizante para la sociedad cubana y para el mundo, lo queramos o no. Queda inicialmente en sus manos la enseñanza que se le transmitirá sobre todo a la joven delincuencia camagüeyana, que sacará cuentas matemáticas elementales de "cuanto" les costará hacerse de renombre entre sus comunes, si cobran la vida de algún inocente en nuestras calles.

Hoy, 8 de junio, Día del trabajador jurídico, tenemos la oportunidad de entregarle esta inconformidad familiar y ciudadana, esperando que así, como nos legara Ignacio Agramonte, se apropie usted del dolor que sienten los camagüeyanos y represente dignamente a la justicia penal, autoanalizando y reflexionando consecuentemente sobre su postura manifiesta en su artículo.

 

 

En espera de su atención, queda de usted, respetuosamente,

 

 

 

Lic. Marieta Junco Torres

 

 

 

 

jueves, 4 de junio de 2015

Aviso a la población camagüeyana sobre el proceso de Mandy

 Quiero alertar a la población acerca de las "bolas" que corren a diario sobre el lugar y la fecha del juicio, así como las presuntas condenas. Nada de eso es cierto. Todo se mantiene en estado de investigación y puede demorar semanas el fin del proceso, según me informan los oficiales adscriptos. Sé que el pueblo está consternado y abatido, porque los hechos de sangre en nuestra ciudad se incrementan cada día más y los padres y las madres del Camagüey temen por la vida de sus hijos. Pero es necesario mantener la ecuanimidad y no escuchar ningún tipo de comentario que no sea confirmado por la radio, la televisión o la prensa escrita.

Ha repercutido en mi ciudad "la carta". Así ha dado en llamar la población al anterior enunciado que habla del asesinato de mi hijo. Los medios oficialistas han tenido que responder a los hechos, aunque con cautela. En el medio digital del periódico Adelante un gacetillero –al que responderé en mi próximo artículo –calificó a los asesinos como "grupito de malcriados". Otro, en el periódico semanal, surfea sobre el horror de lo acaecido y lo califica como algo "extraordinario", cuando en realidad lo extraordinario es que por primera vez un crimen como este salga por la prensa, ya que nunca casos como este se dan a conocer. Y ha salido porque ya todo el mundo lo conocía gracias a mi post y a su reproducción multitudinaria por muchos otros sitios de Internet más visitados que el mío. Tampoco es mi culpa que medios "enemigos" se hayan hecho eco del caso: el culpable es el hecho en sí mismo, a tales magnitudes como pocos.

Como propuesta, el joven periodista del semanario señala medidas a largo plazo. Y si bien es cierto que muchas familias no carecen de falta de valores –y la mía es una de las que se gana la vida honradamente –presentar al mundo que vivimos en una sociedad perfecta no solo es un engaño, sino un bumerán que nos golpea a diario como es mi caso hoy y puede ser el de cualquiera otra familia pacífica mañana, inclusive la de ese gacetillero que califica "grupito de malcriados" a esas pandillas terroristas que pretenden adueñarse de nuestras calles. En Camagüey los hechos de sangre son consuetudinarios y no extraordinarios como refiere el periódico.

Las medidas a tomar son urgentes, no a largo plazo. Las leyes están allí, solo hay que aplicarlas con energía. Nadie tiene por qué andar en la ciudad con armas blancas. Si nuestros policías reducen a cacheo a todo sospechoso y encuentran que porta un arma capaz de causar heridas a su prójimo, allí está la ley de Peligrosidad que puede aplicarse al máximo rigor y, al menos, reducirá el peligro de los asaltantes.

Los hechos de sangre sancionados no deberían nunca alcanzar prebendas de libertad condicional. Frenar el terrorismo en nuestra ciudad y en Cuba, para que no se diga lo mismo que de muchos países del hemisferio, ha de ser prioridad para nuestros tribunales. Es necesaria una abatida que excluya de nuestras calles esos elementos perniciosos. Asesinar por el placer de matar es terrorismo y como tal debe ser juzgado.

Si me fuera permitido escoger el modo de enjuiciar a los asesinos, pondría como jurado al pueblo de Camagüey. Al estilo de la democracia Suiza, llevaría a cabo una consulta popular en la que todo ciudadano con derecho al voto señale la pena que debe ser aplicada a los criminales. Inclusive pediría la opinión sobre las medidas profilácticas a tomar en el futuro inmediato. Y, luego del consenso, llevaría a cabo el juicio.  

Quiero agradecer a Criminalística y al Departamento Técnico de Investigaciones del Ministerio del Interior la eficacia con que han actuado en el caso de mi hijo. No puedo permitir a mi dolor de padre que este hecho de sangre traspase los límites de la cordura y la imparcialidad. Nada me devolverá a mi querido Mandy. Pero si su muerte consigue que las autoridades y la justicia reduzcan al mínimo actos como este, para que nuestra ciudadanía pueda volver a transitar segura y libremente, a cualquier hora de la noche o de la madrugada por las calles de Camagüey; al menos, entonces, alcanzaré el consuelo de que su martirio no haya sido en vano.

Solo me resta advertir a quienes dirigen nuestra sociedad que no detener ahora esta violencia juvenil, puede acarrear un desmoronamiento general de tal envergadura cuyas consecuencias nadie es capaz de predecir.

 

Pedro Armando Junco

jueves, 21 de mayo de 2015

Asesinaron a mi hijo en las calles camagüeyanas

Me es muy difícil escribir. Todos aquellos padres y madres que lean estas líneas, sitúense en mi lugar. Por un minuto solamente piensen que ha sido un hijo suyo el que ha muerto a puñaladas en la calle a manos de cuatro asesinos que ni siquiera lo conocían, que ni siquiera lo hicieron para robarle o cobrarle cuentas. Piensen que el móvil fue matar, el placer de matar. Sitúense solo por un minuto y luego asimilen lo que han sentido en el corazón. Eso es lo que yo vengo soportando y soportaré hasta el fin de mi existencia.

Escribo para agradecer a tantas personas que, dentro y fuera del país, han estado a mi lado en estos días: los momentos más crueles que he sufrido en mi larga existencia. También lo hago para tantos amigos que no se han enterado todavía.

El sábado 16 de mayo, entre las 2 y 40 y 3 de la madrugada, mi hijo de 28 años: joven, hermoso, inteligente y bueno, fue sorprendido por una cuadrilla de asesinos sádicos que, sin otro propósito que el de acuchillar, lo acribillaron a golpes y puñaladas. 46 contusiones encontraron los forenses en el cuerpo de mi querido Mandy. Era un rockero jovial, siempre sonriente. No tenía enemigos. Adorado por las jovencitas más lindas de la ciudad. Regresaba de un festival de rock, en el que debía participar como guitarrista con su grupo a la noche siguiente. Minutos antes de su asesinato conversó con amigos de sus proyectos, de los éxitos que ya iba alcanzando y esperaba superar cada día más, pues ya era un profesional de la música.

Quiero dejar escrito lo que siento en este minuto. Como dije ayer a un sacerdote, estoy bravo con Dios. Y le pregunto: Señor Todopoderoso, ¿dónde estabas a esa hora que permitiste tamaña injusticia? ¿Dormías acaso que no corriste en su ayuda? ¿Qué deudas teníamos contigo? Creo en ti, Señor Todopoderoso, porque lo evidencio, pero dudo de tu bondad y de tu justicia.

A quienes gobiernan mi país y dictaminan las leyes; a los miembros de tribunales que dicen hacer justicia: ¿hasta cuándo habrá que esperar para que hechos terroristas como éste no reciban castigos ejemplarizantes? Los causantes de hechos de sangre van a las cárceles como a becas y allí dentro se forman como licenciados, gozan de pabellones mensuales con sus mujeres, disfrutan pases periódicos y, a la mitad de su condena, si tienen buena conducta se les otorga la libertad "condicional", que muchos aprovechan para volver a matar impunemente, porque ya en Cuba no se aplica la pena de muerte.

La ciudad de Camagüey está electrizada con este hecho. Mi hijo fue la tercera víctima de la pandilla que esa madrugada ejecutaba el delito continuado. Casi a diario surgen en nuestras calles casos como este; pero la prensa, amordazada, no está facultada a difundirlos. Y ocultar la verdad es la manera más sórdida de mentir.

La consternación que hoy me embarga no se apartará de mí mientras yo exista. Pero desde ahora en adelante lucharé con todas mis fuerzas para que las calles de nuestra ciudad sean verdaderamente seguras para nuestros jóvenes, cuyos padres hoy, espantados, los acorralan en sus casas. Hoy me ha tocado a mí. Mañana la víctima puede ser un hijo de ustedes.

Exijamos justicia verdadera. Castigo ejemplarizante.

He sido un fervoroso defensor del derecho a la vida. Pero si es necesaria la aplicación de la pena máxima para salvar a personas inocentes, pues sea aplicada.

 

Pedro Armando Junco