lunes, 18 de agosto de 2014

Ahora sobre las indisciplinas sociales

Según el Presidente del país, las indisciplinas sociales computarizadas alcanzan la alarmante cifra de 191. Lo confesó hace más de un año en un patético discurso de recapitulación. Habría sido altamente productivo que las hubiesen publicado en Granma una por una, detalladas y diáfanas. Pero todavía se acostumbra a decir, cuando no queda otra opción, la verdad a medias. No obstante, muchas son evidentes por su constante pronunciamiento. Pero no pasa nada.

Y hace algunos días, luego de mi post sobre las causantes de estas epidemias que hoy azotan el territorio nacional, un amigo me conminó a clasificar las “indisciplinas sociales”.

A mi juicio pueden catalogarse en dos grandes grupos primeramente: las injustificables y las justificables. Pueden también hacerse desgloses por categoría de peligrosidad: mayor o menor; de capacidad: reducibles e irreducibles; de saneamiento: eliminables y no eliminables. Pero eso queda para los funcionarios del Consejo de Estado. Mis dos grupos abarcan las injustificables y las que se justifican.

Las injustificables y consuetudinarias, esas que vemos en el barrio diariamente pueden ser solucionadas a corto plazo. Puede ser con amonestaciones, apelando a la concientización de la ciudadanía o con multas equitativas. Salir sin camisa a la vía pública, vociferar palabras obscenas, poner música con altavoces sin tener en cuenta el vecindario, sacar a los perros a defecar públicamente en la calle, echar basuras en cualquier sitio, mantener gárgolas sobre los techos que desagüen a las aceras y mojen a los transeúntes, contravenir las señales de tránsito…, etc. 

Pero hay otras, aparentemente injustificables, que tienen cierta “justificación” –valga la redundancia y la paradoja –en su génesis, porque las primeras que mencioné ocurren como resultado del relajamiento ético de la población, que durante 56 años la Revolución ha permitido, ya que anteriormente esas malas costumbres raramente eran vistas.

Se dijo al principio del período revolucionario, por ejemplo, que cuando la guardia rural –batistiana o machadista –desalojaba de una hacienda a una familia que había construido un rancho para vivir sin permiso del dueño del terreno, ejecutaba una monstruosidad. Y después del triunfo revolucionario se institucionalizó el derecho al no desalojo y los elementos más desposeídos aprendieron a meterse en cualquier sitio y nunca más se pudo sacar de una vivienda al astuto que aprovechó el momento oportuno para colarse dentro de ella. Y si a esto se suma la administración de las leyes según los requerimientos oficiales, aflojando aquí y apretando allá, el relajamiento moral ha ido en aumento paulatinamente. Se dijo alguna vez que todo era propiedad del pueblo y la propiedad privada dejó de tener un sentido real, tanto es así que, si un asaltante viola el domicilio de un ciudadano y este, en defensa propia, le causa daño, tiene que pagar caro la salvaguardia de su morada. Así podríamos enumerar una serie de prácticas que inducen al desorden y atentan contra el equilibrio social imprescindible para el buen funcionamiento ciudadano, cuya responsabilidad debe asumir el Gobierno, ya que dispone de los medios requeridos.

Es por eso que también surge este grupo –hasta quizás mayor que el primero –de indisciplinas sociales “justificables”. Y encasillo el término porque, a pesar de todo, no dejan de ser un lastre social que abochorna la cubanía.

El insuficiente salario a los servicios que presta un obrero trajo por consecuencia la impuntualidad, la indolencia, la pésima ejecución de labores a desarrollar, el abandono de los centros de trabajo para realizar comercio ilícito, etc.; y cuando estas barreras ocurren en sectores como la salud, en ocasiones cuesta la vida de personas que pudieron salvarse, a pesar de que estos hechos quedan soterrados en el silencio más absoluto. En el caso de la educación sucede otro tanto, pues aunque la desidia de los educadores no mata al instante, sí puede sembrar conductas que lleven al educando por los caminos más deplorables, como se aprecia actualmente.

El robo, el hurto, el asalto y toda esa gama de delitos de alta peligrosidad han surgido en parte por la flexibilización de leyes carcelarias, al punto de que la delincuencia ha bautizado a la cárcel como “la beca”, donde se entra y se sale tan a menudo como a una gran escuela de facinerosos. Tampoco se puede soslayar por completo el problema de la necesidad de supervivencia, caldo de cultivo que en muchas ocasiones convierte a un hombre trabajador en depravado delincuente.

Y otras “justificables” de peligro menor –a pesar del rigor con que se combate algunas de ellas –son el robo de electricidad en las zonas residenciales, el sacrificio de ganado mayor, el hurto de los bodegueros y expedidores de mercancías en los mercados, la adulteración de productos de primera necesidad con grave peligro para la salud poblacional, etc. Si el precio del consumo eléctrico resultara adecuado al bolsillo popular, se reduciría casi a cero el escamoteo de fluido; si la carne de res estuviera a la venta públicamente, también a precios aceptables, no estarían las cárceles llenas de carniceros por cuenta propia; si las bodegas fueran particulares como hace medio siglo, sus dueños, lejos de vender libras de catorce onzas, serían más espléndidos y gratificantes por tal de garantizar una clientela amplia, y nunca alterarían los productos en venta.

 

El Presidente de Cuba se ha propuesto un “cambio de mentalidad” promovido por especialistas en economía y sicólogos de primera línea, pero que no son suficientes para devolver la salud al enfermo, porque en esa frase ambigua, igual que en tantas otras consignas lanzadas, no queda establecido hasta qué punto la mentalidad está autorizada a cambiarse.

El lastre mayor lo tiene el país en un pueblo que no produce bienes de consumo. Un país donde los ciudadanos parecen zombies que deambulan por las calles en busca de un plátano para terminar la comida del día, o lo que es peor, se sumergen en negocios oscuros, incluyendo el contrabando, el robo o la estafa, en busca del dinero para comprar el plátano.

Y muchas son también las clasificaciones de elementos parásitos, sobre todo esas decenas de miles de directivos burocráticos que atan las manos a cambios fundamentales, ya que el primero de estos a llevar a cabo, si se quiere obtener soluciones reales en la crisis económica del país, debe ser la eliminación de ellos mismos: rémora absorbente de privilegios y causa principal del descontento poblacional al descubrir en esta lacra, lejos del ejemplo que proponía el Che, una nueva clase social de privilegiados. Es por ellos la axiomática frase del Doctor Adrián Rogers expuesta en mi post anterior:

Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien le quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso… mi querido amigo… es el fin de cualquier nación. “No se puede multiplicar la riqueza dividiéndola”.

 

No quiere esto decir que pueda desarrollarse una sociedad sin directivos útiles, honestos y trabajadores, sino que gran parte de estos otros directivos gozan de privilegios muy lejanos del pensamiento marxista y el Estado cubano puede prescindir de ellos ya que son totalmente innecesarios. ¿Y qué decir de los altos salarios de estos directivos, su nivel de vida, su acceso a lugares donde los verdaderos trabajadores no pueden alcanzar, como es el caso de Varadero para los altos dirigentes y el campismo popular para el resto del pueblo?

Sin embargo, hay muchos que opinan que, como círculo vicioso, el Régimen se sostiene gracias a la incondicionalidad de esos elementos improductivos y gravosos, puesto que son sus guardianes de cabecera. A partir de estas conclusiones habría que poner en práctica al pie de la letra la fórmula marxista “a cada cual según su trabajo” o su variante más objetiva: “a cada cual según su productividad”, para eliminar también esa otra secuencia de burócratas menores: los que no gozan de grandes privilegios, pero nada aportan a la producción: los que mal viven de un mísero estipendio por no hacer nada productivo… y que son millones.

Las indisciplinas mencionadas en este post son solo algunas de las más corrientes. Quedan por citar más de 180 de ellas, que la dirección del país, como un primer paso, muy bien las tiene registradas. El segundo paso sería buscar las causantes que las justifican y eliminar primero esas causantes. Cuando no haya justificación alguna para quienes las ejecuten, entonces sería justificable tomar medidas drásticas contra ellas.

 

Pedro Armando Junco

 

 



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sábado, 2 de agosto de 2014

¿Quién propone la fórmula?

Alguien ha pensado que el comunismo marxista es mucho más utópico y menos funcional que el que mi profesora de filosofía llamaba “comunismo utópico”. Así que, luego del desmembramiento del “campo socialista” europeo, de su fracaso como sistema político y social, se ha podido comprobar que la razón estaba de su parte.

La principal razón de este fracaso es el total eclipse de sentido de pertenencia en la ciudadanía. Llegado al término de que todo es propiedad del Estado –incluso las personas, porque en determinado momento se les ha llamado “material humano” –a toda la ciudadanía lo que le impele es sobrevivir en el mare magnum de una sociedad estereotipada para llevarse la tajada más conveniente.

Habría que buscar una fórmula mágica que reestructure la economía, aunque sea virando la tortilla de revés si es preciso, con tal de salvar las conquistas sociales. Porque la verdad pura del fracasado intento de igualdad marxista –que se supone es dentro del marco social en que viven los cubanos de la Isla –la encontré en estelar parábola en la contraportada de la revista MAYEUTHA # 27. Su autor, el doctor Adrián Rogers, a quien desconozco por completo, pone de relieve en ese cuento, de manera muy simpática, verdades irrebatibles que no puedo menos que copiar para ustedes. 

 

Ser de Izquierda o de Derecha. Concepciones inventadas.

 

Una universitaria cursaba el último año de sus estudios en la facultad. Como suele ser frecuente en el mundo universitario, la chica pensaba que era de izquierda y, como tal, estaba a favor de la distribución de la riqueza. Tenía vergüenza de su padre. Él era de derecha y estaba en contra de los programas socialistas. La mayoría de sus profesores le habían asegurado que la de su papá era una filosofía equivocada. Por lo anterior, un día ella decidió enfrentarse a su padre. Le habló del materialismo histórico y la dialéctica de Marx tratando de hacerle ver cuán equivocado estaba al defender un sistema tan injusto.  En eso, como queriendo hablar de otra cosa, su padre le preguntó:

– ¿Cómo van tus estudios universitarios?

– Van bien –respondió la hija, muy orgullosa y contenta. –Tengo promedio 9, hasta ahora me cuesta bastante trabajo: no voy a las fiestas, no salgo, no tengo novio y duermo sólo cinco horas al día. Pero, por eso ando bastante bien y voy a recibirme a tiempo.

Entonces el padre le pregunta:

– Y a tú amiga Soledad, ¿cómo le va?

La hija respondió muy segura:

–Bastante mal. Soledad no pasa porque no alcanza el 6, (tiene 4 de promedio), pero ella se va a bailar, pasea, va a fiestas y, precisamente hoy está para una de ellas. Estudia lo mínimo y falta bastante… no creo que se reciba, por lo menos este año.

El padre, mirándola a los ojos, le sugirió:

–Entonces habla con tus profesores y pídele que le transfieran 2,5 de los 9 puntos tuyos a ella. Esta sería una buena y equitativa distribución de notas porque así las dos tendrían 6,5 y aprobarían las materias.

 Indignada, la hija le respondió:

– ¿Qué te pasa? ¡Me rompo el alma para tener 9 de promedio! ¿Te parece justo que todo mi esfuerzo lo pase a una holgazana, vaga, que no se preocupa por su carrera? Aunque sea mi mejor amiga… ¡¡No pienso regalarle mi trabajo!!

Su padre la abrazó cariñosamente y le dijo:

– ¡Bienvenida a la derecha!   

 

Moraleja:

Todos somos rápidos para repartir lo que es ajeno. Todo lo que una persona recibe sin haberlo trabajado para obtenerlo, otra persona deberá haber trabajado para ello, pero sin recibirlo…

El Gobierno no puede entregar nada a alguien si antes no se lo ha quitado a alguna otra persona. Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien le quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso… mi querido amigo… es el fin de cualquier nación. “No se puede multiplicar la riqueza dividiéndola”.

 

Huelgan los comentarios.

 

Pedro Armando Junco

 



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domingo, 20 de julio de 2014

Ahora sobre los cerdos

En el Periódico “Adelante” de esta semana, en su sección Catauro, el periodista Eduardo Labrada escribe lo siguiente:

 

Llama la atención que ahora, con la intensa campaña de saneamiento en nuestra ciudad, aparecen corrales y crías de cerdos en cualquier vivienda, a pesar de que se conoce que las heces fecales de estos animales son en extremo agresivas. Por decreto ley se encuentra prohibido desde hace muchos años la cría de tales animales en las áreas urbanas, esté o no limpio el corral o el patio donde se encuentre, en eso el mandato legal es riguroso. Muy bien. ¿Y entonces qué hicieron y por qué lo permitieron por meses y años la miríada de inspectores, supervisores, fumigadores, trabajadores sociales, técnicos de Salud que visitan nuestras viviendas cada semana y cada mes?  

 

Esto es lo que se hace llamar “periodismo crítico revolucionario –entiéndase oficialista” –. Es poner el dedo sobre la llaga con pretensión de curar la herida. Pero no nos llevemos a engaños. Mi amigo Labrada, uno de los periodistas de mayor prestigio en el semanario provincial, a pesar de mantener ese espacio con el propósito de ventilar las quejas de la población, no puede pasar de allí con su crítica, porque en el periodismo oficialista, hasta ahora, se permite jugar con la cadena siempre que no se le toque un pelo al mono.

Y es allí a donde quiero llegar. Porque hay “disposiciones” que bajan desde el cielo que ni el mismísimo Primer Secretario del Partido puede enmendar. Como ejemplos más evidentes se puede citar la penalización del sacrificio de ganado mayor, la prohibición de comerciar mariscos, el desequilibrado precio entre salarios y artículos de primera necesidad, entre otros.

A Labrada solo le está permitido echar su descarga a inspectores, supervisores, fumigadores, trabajadores sociales y técnicos de la Salud, pero no puede bajar a las raíces del problema: ¿por qué la población cría cerdos hasta en las bañeras de sus casas?

De todas formas la crítica es válida. Inclusive desenmascara un tanto a los fumigadores, cuya tarea, según se dice, no es husmear cómo se vive dentro de las casas. Y si alguien faltó por amonestar es a la otra miríada de policías que invaden las calles mientras las indisciplinas sociales continúan en pleno desarrollo.

Ahora bien. Hay que ir a la raíz de la cuestión como aconseja Martí. La gente cría cerdos dentro de sus casas a pesar del mal olor que invade los recintos, a riesgo de contraer enfermedades infectocontagiosas, a despecho del decreto ley que lo prohíbe, porque la necesidad los obliga. Cuando no se tiene otra carne a la que acceder –pues ninguno de los engrudos que se ofertan tienen sus características –, cuando la que pudiera suplirla está totalmente prohibida y altamente penalizada, cuando el salario promedio de un trabajador es tan desproporcionado al enfrentarlo a una libra de bistec de cerdo, que puede llegar hasta a 3 jornadas de trabajo, el ciudadano de a pie no tiene otra opción que criar sus puerquitos dentro de las viviendas.

Permítase a los productores de carne de res comercializarla como la de cerdo o la de ovino, de la misma manera que en cualquier país de este hemisferio, incluyendo a los hermanos ideológicos; elévese el salario no solo a los trabajadores de la salud, sino a todo el que trabaja y se tendrá un resultado inmediato, porque el ser humano necesita un estímulo para crecer, para saberse y sentirse persona. Pero aún mejor, colóquese en las carnicerías estatales la carne de cerdo a precios aceptables para cualquier bolsillo y, sin necesidad de esa miríada de inspectores, supervisores, fumigadores, trabajadores sociales, técnicos de la Salud y policías, nadie cometerá la torpeza de criar un puerco dentro de su hogar.

Para nadie es un secreto que las epidemias que hoy afectan a Cuba son un producto de las indisciplinas sociales, muchas de estas provocadas por las limitaciones en que la sociedad se encuentra inmersa. Pero, como muy bien señala el periodista Eduardo Labrada, aunque todo está legislado, la falta de sentido de responsabilidad y pertenencia, coadyuvan a que el desastre de salubridad sea todavía mayor.

 

Pedro Armando Junco

 

Pueden responder y comentar a:

pjunco@pprincipe.cult.cu

 

 



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domingo, 13 de julio de 2014

Camagüey y su crisis de salubridad

             La Biblia es el libro de referencia más completo que ha tenido el hombre desde los primeros tiempos de la civilización. Y una vez más podemos tomar como reseña las crónicas del Pentateuco cuando narra en el Éxodo aquella crisis política sufrida por el Faraón en su empecinamiento por mantener esclavo al pueblo de Israel: las diez plagas de Egipto.

Actualmente puede tomarse como referencia, en el lenguaje más literal posible, lo que Camagüey sufre hoy de manera análoga al Egipto milenario –no se tiene información sobre el resto del país –: probablemente la más grande pandemia de que se tenga memoria en sus 500 años de fundada.

Acaso no sean diez las plagas que azotan, pero algunas de ellas se repiten en la empobrecida ciudad: la plaga de los Mosquitos y los piojos (3ra plaga) con su muy conocido dengue, que ahora se ramifica en diferentes sintomatologías: una de ellas termina en Salpullido (6ta plaga), El Cólera o La peste (5ta plaga), y la Muerte (10ma plaga) que, sin ser precisamente de primogénitos, se está llevando a muchas personas.

Si nos dejásemos conducir por el fatalismo, no estaría errado esperar que las aguas se conviertan en Sangre, (1ra plaga), porque ya muchos aseguran que es tanta la contaminación de las fuentes potables del mineral, que en algunos sitios el líquido vital se está convirtiendo en M…

La plaga de Animales silvestres (4ta plaga), tampoco queda al margen de esta alegoría, puesto que la ciudad padece el azote de roedores, felinos y perros callejeros como nunca antes se haya tenido noticia. Los perros callejeros, silvestres y sin dueños, que para sobrevivir corroen los desperdicios en los basureros urbanos y defecan en medio de las aceras y las calles, son portadores de garrapatas, pulgas, piojos y chinches, todos estos insectos transmisores de enfermedades arto conocidas; el perro, además, ha sido siempre el principal transmisor de la rabia, afección mortal casi en el ciento por ciento de sus víctimas. Las ratas, portadoras también de la rabia, cuando son picadas por un tipo de pulga, adquieren la enfermedad de Las Rocosas, que transmiten al hombre de igual manera que la Leptospirosis y la fiebre Cuartana.

La plaga de la Oscuridad (9na plaga), hoy 10 de julio de 2014, precisamente, cuando se escribe esta crónica, también se ha sufrido durante varias horas.

Solo la plaga de las Ranas no ha hecho acto de presencia en la ciudad, aunque quizás resultaría beneficiosa, ya que estos pequeños batracios son el látigo de los mosquitos, cuestión inversa por completo a las brigadas de uniformes grises. La plaga de Granizos tampoco cuenta en estas conjeturas, junto a la plaga de Langostas que, si esta última, en vez de análoga a la de Egipto fuera de la que empacan en el Combinado Pesquero de Santa Cruz del Sur para el turismo y no para el pueblo, ¡sí la esperaríamos con júbilo y se haría innecesario traer los paquetes escondidos entre los calzoncillos!

 

¡Hasta aquí la jarana! Porque la situación no está como para lanzar al ciberespacio chistes negros. La situación en la ciudad es de emergencia. Pero no se debe descartar que se lance una ofensiva gubernamental conminando a la población a que coopere, porque se deba suponer que es el pueblo el principal causante del problema debido a sus múltiples indisciplinas sociales. Tampoco se puede descartar la posición fundamentalista de alguien que eche la culpa a los yanquis, como tantas veces se ha hecho.

Sin embargo, la verdad hay que buscarla con un análisis imparcial y objetivo: sin aprensiones. Un análisis más allá de lo que le guste escuchar a los directivos de la provincia y del país.

Lo primero que salta a la vista ante estos problemas son dos factores básicos: la higiene y la nutrición poblacional. Una buena higiene es el paredón principal capaz de detener la proliferación de enfermedades infectocontagiosas; una adecuada alimentación es el anticuerpo ideal para luchar contra ellas cuando penetran y atacan el cuerpo humano.

Si se analiza el factor higiénico, aparece como primer causante de la proliferación pandémica la falta de agua potable. En estos últimos meses Camagüey ha venido padeciendo cortes de agua que han durado semanas completas. Se ha dicho que todos los pozos de la ciudad –y son miles de ellos –están contaminados. Si la población carece del abasto de agua por la red estatal, está obligada a recurrir al agua de pozo que, aunque en diferentes lugares de la ciudad se expende como agua bebible, al llevar una muestra al laboratorio puede resultar séptica; y esa agua es la que consume la población sin hervir, confiada en su patentización como saludable.

Para exacerbar más aún la incómoda situación, se llevaron a cabo los carnavales en secano. ¿Cómo se entiende que en una crisis de salubridad como la que se padece haya a quien se le ocurra efectuar festejos públicos?

Otro factor clave en la contaminación son los vertederos. Una ciudad con más de 300 mil habitantes no puede carecer de medios receptores de residuos públicos y hogareños. Cuando el ciudadano común no encuentra dónde botar la basura, la echa en cualquier sitio, menos dentro de su casa. Pero esta indisciplina social –que no deja de serlo –es producto de una necesidad básica de la comunidad cuando vive bajo un régimen social determinado. Y es a ese régimen social –entiéndase Gobierno –a quien corresponde cubrir esa importante necesidad comunitaria. ¿Por qué en Camagüey no se distribuyen de manera permanente en las esquinas, donde se cruzan las estrechas calles de la ciudad, latones plásticos con tapas, para que la población APRENDA a depositar allí los residuos hogareños?

Alguien dirá “porque no hay recursos económicos” y otro alguien “porque se los roban”. Al primero se le puede responder con otra interrogante: ¿Y la recaudación de la ONAT, tan cantaleteada que es para estas necesidades; y la moneda dura que deja el turismo; no serían suficientes para comprar un contenedor plástico con tapa para cada esquina de esta villa? Aún, si este dinero fuese poco, con cambiarle el Lada por una bicicleta a esa enorme cantidad de directivos improductivos que abarrotan las calles –incluso los domingos –, solo en ahorro de combustible sobraría el dinero. Como respuesta al segundo “alguien” se puede asegurar que tomando medidas severas contra aquel que se le compruebe haber sustraído un contenedor público de basura, no habría un segundo intento, pues en cualquier país del mundo, menos en Cuba, las leyes contra el bien público son extremadamente severas, y la población las acata y las defiende.  

Imaginando que ya el agua pública cubra las necesidades de la ciudad, que todos los tragantes del alcantarillado hayan sido reconstruidos y descongestionados, las jaurías sin dueño recogidas y los carretones de caballos, proveedores de estiércol y de orina fétida sustituidos por otro tipo de vehículo menos contaminante; imaginando que en toda esquina de la villa se encuentre un contenedor de basura en perfecto estado, entonces se podría pasar a la ofensiva contra la pandemia. Se pondría a la venta en todas las bodegas a precios razonables toda variedad de desinfectantes: Pinaroma, Creolina, Flit y otros insecticidas con sus respectivos equipos de aplicación; se expendería venenos para ratas, cucarachas, moscas y mosquitos. Con el salario y dotaciones que hoy se malgastan en las infuncionales brigadas de traje gris, si se las elimina, se podría hasta utilizar determinados recursos financieros para campañas mediáticas que promuevan y enseñen a la población el uso de estos productos insecticidas y antibacterianos, para que cada familia se haga cargo de combatir los vectores por su cuenta.

El segundo factor coadyuvante a la pandemia es la mala nutrición poblacional. En Cuba no hay hambre –de la gorda, que es cuando se muere de inanición –, pero el pueblo no come ni lo que quiere, ni lo que más saludable le puede convenir. Al margen de la venta liberada y los vendedores por cuenta propia, ya sea en carretillas, puntos cooperativos o agromercados particulares, el Estado entrega una cuota básica insuficiente una vez al mes, y fuera de “la libreta” ofrece al consumidor picadillo de soja, masa de croqueta, masa de hamburguesa, masa cárnica, masa de chorizo, mortadella, etc., mezclas de productos que ni el mago Merlín puede adivinar de qué materiales están confeccionados. Con mucha suerte los domingos, tras sofocantes colas acordonadas por la policía, la población puede adquirir costillas y huesos de res, cuyas masas ya han ido a parar no se sabe a dónde. ¿Puede alguien explicar de qué están hechos los subproductos arriba mencionados? Cierta vez, en una conversación con un obrero que trabajaba en la fábrica de esos embutidos, este confesó: “Yo trabajo allí, pero eso no lo como…”.

A lo largo de estas casi seis décadas, la mejor carne factible para la población de a pie ha sido la de cerdo. No es secreto para nadie que la carne de cerdo es una de las más sabrosas, pero también de las más dañinas. Hoy la población cubana tiene uno de los mayores índices en hipertensión arterial e infartos de miocardio. ¿Es solo el estrés?

Una parte de la población ha buscado escapar de las severas condiciones de vida mediante los vicios, encabezando la propensión a los hospitales, sobre todo al oncológico. A esos mendigos alcohólicos –que es a quien se hace referencia –incapaces de alcanzar el valor adquisitivo para beberse una botella de ron del más barato, se le oferta “chiva prieta”, bajo el eufemístico nombre del “cubalibre” de aguardiente con miel de abejas que bebían los mambises, pero que para nada tiene que ver el uno con el otro. Y cuando no aparece el “chiva prieta” cuelan alcohol de bodega –que contiene petróleo –y fabrican el casero “chispetrén”.

Los fumadores empedernidos tienen que acudir a cigarrillos “tupamaros”, también de fabricación casera e inescrupulosa, elaborados con el desperdicio de la hoja del tabaco y envueltos en un papel cualquiera.

Todos estos factores de peligro se han venido ramificando e incrementando durante años hasta conformar un árbol cuya genealogía tiene su génesis a mediados del siglo pasado. La crisis de valores fue tomando fuerza poco a poco y, sin haber querido ahondar hasta las raíces del problema, ahora ataca directamente a la salud y a la vida.

A un pueblo no se le puede manejar eternamente como a un niño pequeño. Porque hasta los niños, cuando crecen, buscan su independencia. A los pueblos, igual que a los hijos, se les educa, se les muestra el camino con el ejemplo, y raramente alguno se sale del trillado.

Si en el plato del hijo se acostumbra a poner bazofia, apenar él esté en condiciones, ofrecerá bazofia a su prójimo. Si no mira a diario limpiarse los dientes, a los veinte años tendrá la dentadura putrefacta. Si observa, a modo de supervivencia, llevar a cabo conductas ilícitas, porque de la única posibilidad de sobrevivir en un lugar donde todo lo bueno es delictivo o caro, desde la alimentación hasta los vicios, se convertirá en un mal alimentado o un vicioso degradante.

Es preciso decir que el cambio de mentalidad que hoy se propone debe estar basado no solo en combatir esta amplia gama de problemas que existen. Hay que retomar el camino de la razón, de la lógica, de la justa y equitativa manera de conducir al pueblo y abandonar el sendero tortuoso y equivocado que ha llevado a estas disfunciones que se evidencian en el país.

La falta de higiene en las calles, en los servicios públicos; el irrespeto a elementales normas de una sociedad civilizada como defecarse u orinarse en cualquier sitio, es otra de las indisciplinas sociales que hay que erradicar, porque también esos malos hábitos son caldo de cultivo de las múltiples enfermedades que hoy azotan a Camagüey y quizás a toda Cuba. A esos mendigos alcohólicos que, igual a perros callejeros deambulan por todas partes, se alimentan de desperdicios y duermen en los parques, hay que buscarles sitio para recluirlos.

Camagüey, cuna de la literatura cubana, ciudad de curiosas calles: estrechas y sinuosas; de plazas y plazuelas originales frente a cada iglesia; ciudad de arquitectura religiosa y vista aérea de barro escarlata que, entre otros muchos méritos valieron para que, hace seis años –el día 7 de julio de 2008 –una parte de su Centro Histórico fuera declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad, no tiene ni puede por qué fenecer ante las epidemias y el abandono. ¡Salvemos, pues, esta ciudad!

 

Pedro Armando Junco

 

 

 



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miércoles, 2 de julio de 2014

Imaginando el futuro

Es admirable cómo los ideólogos del Partido utilizan, de manera subliminal, los medios difusivos del país para lograr que el pueblo adquiera conceptos afines con lo que se pretende doctrinar.

En estos momentos la palabra “opositor” es considerada entre las capas más excluidas y menos cultas –que son las más –un calificativo degradante. Opositor se considera, hoy que la peyorativa “gusano” ha pasado de moda, una palabra perversa, símbolo de un ente capaz de romper las reglas morales de la sociedad, ofrecer escándalos públicos o garabatear consignas obscenas en las paredes. Por ejemplo: cuando una muchacha desnuda caminó por la calle República en señal de protesta por algo, el pueblo la consideró, más que una demente, una “opositora”.

Así este calificativo, para nada desfavorable ni diabólico en realidad, ha sustituido al de “gusano”, hoy fuera de uso por la asimilación positiva de una ciudadanía que se lo adjudicaba hasta con gracia desde cuando el éxodo de Camarioca en 1966: valga la redondilla:

 

Con mi maleta en la mano
y un torniquete en la boca
yo me voy por Camarioca
aunque me digan gusano.

 

El epíteto, lejos de molestar caía en gracia, como les sucedió a los españoles cuando quisieron denigrar a nuestros patriotas del siglo XIX con la palabra “mambises”, que se convirtió en distintivo nacional y ha llegado hasta nosotros con orgullo. Esa es la razón principal por la que se omite, aunque hay muchas otras que han sacado a “gusano” de la palestra pública.

También está el adjetivo “disidente”. Pero este es un denominador más sofisticado, más culto, más fuera de alcance del pueblo común. Además, cuando se le busca en el diccionario, éste nos lo explica como un “grave desacuerdo de opiniones”, y significa “separarse de la común doctrina, creencia o conducta”. Por eso, para ser disidente, primero se ha tenido que ser afín a esa doctrina común, como es el caso de Yoani Sánchez o Eliécer Ávila, por citar dos jóvenes nacidos en la Revolución. Pero hasta ahí el calificativo no presenta fisura inmoral. No hay por dónde agarrarlo para denigrar a aquellos a quienes se les endilga. Oswaldo Payá Sardíñas fue un disidente que, sin lugar a dudas, fue también un opositor, y no ofrecía escándalos públicos, no escribía obscenidades en las paredes, no salía desnudo por las calles. Todo lo contrario: lanzó una propuesta cívica de altos valores humanos que lo hizo acreedor del Premio Sájarov por su Proyecto Varela.

Ahora anda por ahí un autocalificativo: “oposición leal”. Pero hay mucha paradoja en lo que se pretende expresar puesto que, cuando alguien se opone a una doctrina, se le ha de tornar muy difícil ser leal a esa misma doctrina. ¿Cómo se entiende?  

Y en todas estas cuestiones pensaba yo hace solo unos días, cuando me vino a la mente el compromiso político que representa lanzar al ciberespacio, gracias a los blogs, múltiples ideas que pueden ser útiles a la sociedad, al país, al Gobierno y hasta a los ideólogos del Partido, aunque fusionado a estas, nos acecha el peligro de caer en el grupo de los opositores, que para la gente menos culta a veces llega a ser sinónimo de “contrarevolucionario”.

Llevado a un análisis agudo este ardid de los ideólogos del Gobierno, sale a la superficie la manera sutil, pero eficaz, de satanizar a los críticos de las cosas mal hechas con el miedo blanco que envuelve a todos los que, ante determinada situación, expresan públicamente un desacuerdo. Entonces, a pesar de que Raúl Castro ha dicho categóricamente que todo ciudadano puede expresar con entera libertad sus criterios, las emisoras radiales y televisivas tanto como la prensa escrita, permanecen cerradas a todo aquel que propone cambios y medidas profundas. Y si a esto se une la marginación y satanización de que son víctimas dichas críticas y sus promotores, muy pocos se atreven a proponer transformaciones capaces de “cambiar todo lo que deba ser cambiado” porque la célebre frase de Fidel se ha quedado en el aire, sin pisar tierra firme, desde hace catorce años.

Los opositores y disidentes son personas que pretenden crear nuevos partidos independientes para, mediante ellos, establecer una batalla de ideas tangible y, mediante las urnas, discutirle al Partido gobernante la supremacía y el poder.  Pero no hay por qué calificar a los blogueros críticos con ningún tipo de epíteto, ni siquiera con el ambiguo de opositores leales. Somos ciudadanos cívicos que, sin importarnos nos expulsen de determinadas superestructuras, ejercemos un análisis afín a nuestros más sinceros criterios particulares, sin que las discrepancias de conceptos mellen un ápice la intención que nos hermana, porque el objetivo común es descubrir fórmulas que saquen adelante a esta sociedad que, dicho sea de paso, es sacarnos adelante a nosotros mismos.

Somos la voz de los que no la tienen. Porque todavía en nuestro país la mayoría carece de voz y, ¿por qué no?, de oídos, ya que estos post que colgamos en Internet no pueden ser leídos por la inmensa mayoría de cubanos en la Isla. 

Pero somos también cronistas de la época. Somos historiadores, mal que le pese a cualquiera que, con su título colgado en la pared de su casa, no se atreve a dejar para mañana las verdades que un tataranieto de mi nieta le explicará a su compañero de aula cien años más adelante.

Yo imagino a ese tataranieto de mi nieta en el 600 aniversario de la ciudad, arrellanado en un banco de mármol del Parque Agramonte –que espero esté allí todavía dentro de 100 años –cómo explicará a su amigo que el abuelo de su tatarabuela criticaba en su blog en 2014 que la calle Martí había sido cerrada por frente al Parque donde estarán sentados, sin contar con el criterio de la población, a pesar de haber sido una arteria vial de las más importantes en la ciudad. Fracturaron el ventajoso enlace oeste a este de la ciudad que ella establecía –le explicará –solo con el propósito de servir café al aire libre en moneda fuerte a los turistas, aunque por esos años los cubanos no obtenían ese tipo de moneda con su salario y no podían disfrutar del café que allí se dispensaba…

Imagino a ese amigo cómo abrirá los ojos de este tamaño, hasta que el tataranieto de mi nieta, cruzando una pierna sobre la otra en el banco del Parque le cuente que también el abuelo de su tatarabuela criticaba en su blog que aquel que tuviera el atrevimiento de sacrificar, para comer con su familia, una vaca propia, era condenado a una decena o más de años para la cárcel, porque matar una vaca en esa época, aunque fuera de su propiedad, era como asesinar a una persona… Y el joven interlocutor se pondrá de pie más colorado que un tomate maduro y ejecutará ademanes violentos. Pero el tataranieto de mi nieta lo obligará a sentarse con un gesto cortés y le contará que ciento veinte años atrás, al que cogían con un billete de a dólar en el bolsillo lo condenaban a cuatro años de cárcel; que ciento cincuenta años atrás a los homosexuales, desafectos del proceso político, o creyentes en Dios, se les llevaba a unos campos cercados con alambres de púas en esta provincia o se les enviaba, con el calificativo de “escoria”, para Estados Unidos, y que todo eso lo criticó en su blog el tatarabuelo de su abuelita…

El escucha del tataranieto de mi nieta se pondrá nuevamente de pie, furioso como Aquiles y calificará de mentiroso a mi ilustre descendiente, porque dentro de cien años la joven generación cubana no dará crédito a estos lamentables sucesos.

Pero la historia nos dará la razón. Por eso escribimos. Porque todas las demás fatuidades de la vida, como dijo el Apóstol, caben en un grano de maíz. Y solo la obra de la verdad, de la razón y de la justicia, engrandecen al hombre y consiguen que muchos años después de su muerte se le recuerde y se le respete.

No somos ni opositores ni disidentes. Aunque estos calificativos para nada son denigrantes. Es más, de la contradicción de los que se oponen –o mejor dicho –de los heterogéneos discernimientos de muchas personas –porque los seres humanos piensan de disímiles maneras –se pueden obtener o crear vías para el desarrollo, ya que hasta Carlos Marx aseguraba que de aquellos se generaba éste.

En la blogosfera, por hipercrítica que algunos la vean no se pretende cambiar de Gobierno, lo que se busca es que el Gobierno cambie: erradique a esos elementos perniciosos que se arrogan el derecho a pensar y actuar por sí solos, sin contar con lo que el pueblo quiere y necesita.

Ejercemos la crítica sin tener en cuenta seamos desatendidos y marginados en la época que nos ha tocado vivir. Aunque mejor sería que, sin pretensión de escamotearle a otros una fatua gloria, se nos escuchara con prudencia y se nos permitiera ayudar a que las cosas se hagan con mayor cordura, gracias a la apreciación de nuestros enunciados.

 

Pedro Armando Junco

 



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domingo, 22 de junio de 2014

Condicionando la futura presidencia del país

Leía en un blog hace poco, que un amigo del “gremio” asociaba la democracia con tres condiciones ideales para la máxima dirección del país. Si no recuerdo mal su enunciado, solo él creería en una verdadera democracia si el futuro presidente fuera mujer, negra y lesbiana.
Yo no pude menos que sonreír, pues quien dijo aquello es un hombre de talento y persona seria y de entera confiabilidad. Pero no puedo mantenerme callado al respecto, porque mediante una caja de betún negro nos está proponiendo a la candidata en el escenario. Por eso he preferido escribir este post de elemental análisis para hablar de esas tres condiciones.
Una mujer en la futura presidencia de Cuba no estaría mal. De hecho, ya varias féminas han asumido este rol en América Latina y ha sido exitoso. Yo admiro al sexo femenino, no solo porque las mujeres me encantan, sino porque ellas son –quizás por la excelsa virtud de la maternidad –mucho más humanas que los hombres. Rara vez aparece en la historia universal una mujer asesina; y cuando la encontramos, hay ocasiones en que hasta se las justifica. Y como gobernantes suelen ser más carismáticas e indulgentes que muchos hombres. Ahora mismo estoy buscando en mi memoria una mujer tirana y no la encuentro. Pero hombres… uf; ¡para qué tocar ese tema en estos momentos! Así que no está errado mi amigo al proponer para el porvenir de la Patria a una mujer presidenta.
El caso de que sea negra es también una cuestión baladí. A mí, por ejemplo, el color de la piel no me cuestiona el voto. Científicamente está muy bien demostrado que no existe disparidad en la dimensión intelectual de un negro y de un blanco. Eso pudiera ser lo únicamente objetable, pero no hay diferencia cerebral; no existe superioridad mental entre las razas humanas; la supuesta incapacidad de una bajo la otra es el pretexto que utilizan los racistas para excluir a los diferentes de color. Soy ferviente admirador de Martin Luter King. De hecho, gracias a él, el actual presidente de los Estados Unidos es negro y –quien no lo reconozca que puje –es un hombre muy inteligente y capaz. Nuestros Maceos eran negros. Fulgencio Batista, al margen de sus crímenes, era hijo de una negra. Si hoy en Cuba solo dos negros están en las altas esferas del Gobierno, no es a mí a quien corresponde explicar por qué, si la mitad de nuestra población es negra y mestiza, solo un ínfimo porciento es dirigente.
Pero llegado al tema del lesbianismo, si difiero mucho del bloguero antes citado. Primero, porque entiendo que la homosexualidad es una aberración de la naturaleza. Que deba respetárseles y no discriminarlos como ocurrió en las primeras décadas de la Revolución, estoy de acuerdo. Cada cual acuéstese con quien mejor le cuadre, que eso es libertad de la buena. Pero si ahora queremos remediar los abusos cometidos contra los homosexuales en los años sesenta y setenta y hasta mucho más acá, dándoles prioridad sobre los que no lo son, es una deslucida jugada de desquite que para nada va a borrar esos desmanes. Mucho se ha hablado de la condición “amanerada” de Ramón Grau San Martín; pero, al decir de mi madre, fue un presidente honrado. Mi inquietud estriba en que, de una mujer condicionada por lo que yo entiendo es un defecto de carácter, con la égida del poder entre las manos, pueden esperarse aberraciones significativas.
Por lo tanto apruebo al amigo bloguero si el próximo mandato presidencial, casi a las puertas, se realiza con elecciones directas, secretas y limpias, con absoluta garantía institucional para presentar una plataforma de gobierno a la población que llegue por todos los medios difusivos del país y con el tiempo necesario para ser asimilada por el pueblo. Una plataforma de gobierno diáfana y precisa, para que la ciudadanía cubana pueda optar por otorgarle los máximos poderes de la nación a una mujer negra, siempre que en ella se encuentren las capacidades y virtudes capaces de sacar a la nación de las grandes dificultades en que está sumergida. Sería bueno, además, oponerle otra persona, hombre o mujer, de piel blanca o negra o amarilla –no importa –para que también el pueblo pueda optar por una u otra… u otras. Y si el amigo bloguero me permite, ante el supuesto de una democracia y libertad plenas en derechos, sustituirle la categoría de lesbiana por la de disidente, desde aquí le envío mi apretón de manos. Y que el pueblo elija.

Pedro Armando Junco



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miércoles, 18 de junio de 2014

Opinando a ciegas II parte


Ya sabía yo que el último párrafo de mi post anterior iba a levantar comentarios. Y cito mis propias palabras:
Y si me permiten ofrecer mi criterio al respecto con toda la franqueza y consideración que merecen los censores, pero ante la indisoluble concatenación de estas dos tendencias sociales que se complementan entre sí, yo prefiero un capitalismo socializado a un socialismo capitalista. 
Algunos me han dicho que no he sabido explicarme bien; otros han calificado de un sentido ambiguo el criterio expuesto. Pero otros se han lanzado a escribir a mi correo particular, al correo de mi casa, para exponer sus criterios y mucho lo agradezco.
Para quienes “quedaron en el aire” cuando di mi preferencia al capitalismo socializado, puedo citar con nombres y apellidos unos cuantos gobiernos en el mundo que, a pesar de estar catalogados como capitalistas, han conseguido, a pesar de la tan sonada “explotación del hombre por el hombre”, que sus pueblos lleven de forma paralela una vida colmada de altos niveles económicos y absolutas libertades de expresión y movimiento en toda la ciudadanía. Al respecto, Rafael Barreto opina:
Es cierto que el capitalismo es explotador y es abusador y es opresor, pero da opciones para vivir una vida normal. Unos las aprovechan más, otros menos. Es el menor de los males. Winston Churchill dijo que no se conocía nada mejor. Y es cierto. Ni la Unión Soviética con su poderío económico lo logró, y tuvo que renunciar a ese sistema después de más de 70 años. Ya Cuba pasó de 50, probablemente después de 70 años nos suceda lo mismo. La diferencia es que la Unión Soviética mantenía un nivel de vida. Cuba a los 70 años va a estar en ruinas totalmente.
Cuando los compañeros tocan al capitalismo y los capitalistas, todo se viene abajo, porque el don de crear producción es de una minoría exigua. Creo que el caso de Cuba es más que relevante.
Rafael Barreto.
Y si, a propósito, tomamos como ejemplo al Reino Unido, por hallarse en islas como la nuestra y mantener uno de los sistemas capitalistas más recalcitrantes, nunca he sabido de balseros que, a riesgo de sus vidas, se lancen al Canal de la Mancha para escapar del régimen.
No obstante a ello, no pretendo para mi Patria el sistema inglés. Ya en el siglo XVIII estuvimos en sus manos y Pepe Antonio prefirió a España. Sería muy bueno debatir con algunos blogueros amantes de la disputa si Pepe Antonio estuvo errado o estuvo en lo cierto.
Pero existen ya en el siglo XXI gobiernos de América Latina que, sin dejar de ser capitalistas, han dicho “stop” a la neo conquista y, sin pelearse con el supuesto conquistador, están caminando por un capitalismo socializado benefactor del pueblo, que es, a mi modo de entender la política, el primero y único objetivo de un gobierno justo. Hasta cabe traer a colación aquella frase de Henry David Toreau: “El mejor gobierno es el que menos gobierna”.
Cuando a José Mujica le preguntaron, luego de su triunfo democrático en las urnas, cuál sería el ejemplo de gobierno a seguir por el suyo, decididamente respondió que el brasileño. ¿Por qué aquel hombre que en sus años jóvenes fue tan rebelde, ahora que alcanzaba la victoria electoral escogió como rector al gobierno de Lula y no al de Chávez, por citar solo un ejemplo donde aparecen varios?
A la hora de evaluar el nivel de vida y desarrollo de los gobiernos latinoamericanos, los capitalistas socializados ganan terreno, mientras que los socialistas obstinados en una férrea igualdad –por cierto, inexistente –van en declive económico vertiginoso y se han visto conminados a enfrentar opositores violentos por no ofrecer oportunidades reales de cambio a la disidencia.
¿Por qué no prefiero al socialismo capitalista del que China es su mejor exponente? Primero, porque China está del lado de allá del mundo, muy lejos de nosotros; en segundo lugar porque su idiosincrasia nada tiene que ver con la nuestra; en tercer término porque son 1200 millones de personas hacinadas en un territorio muy limitado. En cuarto lugar, y sobre todo, porque los chinitos que se lanzaron en Tian’anmen pedían libertad pacíficamente y los masacraron. Y ningún gobierno que masacre a su ciudadanía es un buen gobierno. Pero hay una quinta razón que me hace rechazar al sistema comunista chino: la explotación del hombre por el Estado. Los chinos trabajan doce horas diarias durante seis días a la semana y ganan solamente, a pesar de que sus productos abarrotan el mundo capitalista, 50 dólares al mes.
Lo que hoy llamamos “Socialismo del siglo XXI” tiene dos caras. O mejor: dos tendencias reclaman para sí su calificativo eufemístico. Unos son los que, tras haber conseguido abolir dictaduras endémicas, injusticas sociales y carencia de libertades civiles, toman hoy, paso a paso, el camino de la nueva descolonización sobre las bases productivas del capitalismo, pero a la vez ofrecen a sus pueblos los derechos humanos básicos con un ideal socialista realizable y para nada utópico; son capaces de poner freno a las ambiciones de los monopolios mediante leyes de consenso popular desde las mismas plataformas políticas que los llevaron a las urnas… ¡y triunfan! Otros, los que, enmascarando sus tendencias tiránicas vitalicias, pretenden tapar el Sol con el estrecho dedo de que solo ellos son los justos, los que piensan correctamente, los que hacen las cosas bien y son los buenos. Pero todo se les viene abajo, porque estos sistemas sobreviven gracias a una burocracia desmedida, carente de sentido de pertenencia, que es raíz y causa de la corrupción, de la improductividad y del abandono de la mayor parte de la ciudadanía.

Pedro Armando Junco