domingo, 19 de octubre de 2014

Oh, Camagüey. Mi Camagüey. Tierra de comarcas y pastores. ¡Cuán deteriorado estás!

Ante todo deseo pedir excusas a quienes siguen mis enunciados en el blog por haber faltado a la página desde el último día de septiembre. Sucedió que durante casi tres semanas estuve trabajando junto a la editora de mi novela 36 hombres a bordo que saldrá próximamente. Este trabajo de edición me bloqueó por completo otros objetivos literarios y la continuidad semanal que he querido mantener siempre en el blog La furia de los vientos.

Pero aquí estamos otra vez. Hoy trataré de comentar algo muy positivo a mi juicio: la resonancia de los blogs críticos que ya va teniendo lugar en periodistas oficiales de todo el país.

Tengo ante mí el semanario Adelante del sábado 4 de octubre, donde su última página, cubriendo la totalidad del espacio, muestra siete instantáneas fotográficas que apoyan el artículo de Enrique Atiénzar Rivero intitulado Chapuserías, botones de muestra. 

Es halagador que un oficialista como Atiénzar tome el rábano por donde nadie lo toca y saque en el único periódico semanal de Camagüey una crítica tan incisiva como veraz sobre las aplaudidas remodelaciones por el 500 aniversario de la ciudad.

 

“No creo suceda como en la era de Poncio Pilatos, el célebre personaje, Prefecto de la provincia romana de Judea, que para justificar su inocencia ante la condena de Jesús, apeló a lavarse la manos.

Quizás hombres del siglo XXI acudan a ese mismo ardid, no con igual propósito, pero sí para eludir las responsabilidades de lo malo (de lo bueno le gusta hablar a todo el mundo) realizado en los predios del Paseo de los cines, en la Céntrica Plaza de los Trabajadores y en otros sitios del entorno”.

 

   Y a partir de allí el periodista, acaso sin saberlo –pues este humilde blog es poco conocido por mis coterráneos–, corrobora de entrada las tantas ocasiones en que he criticado el inútil y costoso desmontaje de una Plaza que servía de parqueo al centro financiero de la provincia o el incómodo saltadero en que se convirtió la calle de los cines luego de su sonada remodelación a base de adoquines y concreto alternándose cada tres metros.

A partir de allí Enrique Atiénzar pone el punto sobre las íes en una serie de chapucerías más que sería prolijo repetir en estas páginas: edificios sin terminarles la pintura, el salidero de San Rafael y Baronía, famoso por su longevidad; las tapas de los recientes registros eléctricos soterrados en completo deterioro o  que no existen, lo que puede ocasionar accidentes graves, sobre todo a personas invidentes; los ladrillos maltrechos antes de un año de  uso; unos bancos públicos montados con articulaciones sanitarias; tragantes tupidos o en pésimo estado, etc.

En mi post No matemos a Willy,  en enero de este año, critiqué mucho sobre la Plaza, pero exoneré al joven arquitecto que se disculpó aquella vez diciendo “que su proyecto original fue más artístico. Pero que luego llegaba un directivo de Patrimonio, o de Monumento, o de la Oficina del Historiador  y lo cambiaba todo “por esto o por lo otro”, desoyendo sus opiniones”.

El caso es que lo hecho en la Plaza de la Merced –hoy Plaza de los Trabajadores– es otra chapucería más de las tantas que se acometen en nuestra histórica ciudad. La calle de los cines con sus “sapitos adoquinados” no cumple el objetivo de remedar una cinta cinematográfica como seguramente el proyectista soñó, porque tales celuloides, entre cuadro y cuadro, tienen un hilo divisor muy pequeño que nada tiene que ver con el fallido intento que hace a la calle sumamente incómoda a todo el que la cruza.

–“Mientras más personas se consultan, más insatisfacciones afloran por lo que se alcanzó con el plan Ciudad 500”– reitera Atiénzar. ¡Claro! Porque todavía adolecemos del consenso poblacional; porque todavía muchos directivos piensan que son solo ellos los que poseen la verdad y el acierto. Porque todavía no se les ha expulsado de la dirección y colocado en la picota al que determinó cerrar la calle Martí frente al parque Agramonte para vender café por moneda dura a los turistas en detrimento de la viabilidad y provecho de la población.

Mucho queda por decir y habrá que continuar “diciendo”, porque tampoco es cierto, como asegura un amigo, la inutilidad de los blogueros. Es totalmente halagador cuando vemos que ya el periodismo oficialista toma partido contra lo mal hecho, se atreve a mencionar al comienzo de un artículo el nombre de Jesús aunque sea utilizando un símil, cuando antes la palabra “Dios” era eliminada hasta en las canciones de la radio.

Yo pienso que en la particularidad de la crítica vamos cuesta arriba. Tengo fe en que, cuando todos unidos, oficialistas o no, seamos capaces de señalar los errores, nuestros obstáculos disminuyan y recuperemos, en paz –siempre en paz y sin odios–, las virtudes perdidas.

 

Pedro Armando Junco

 

 





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martes, 30 de septiembre de 2014

Blogueros y bloguerías

Me comentó un amigo de lo inútil que son las bloguerías. Me aconsejó que todo el tiempo que pierdo en escribir un post para mi blog pudiera dedicarlo a mi literatura, inclinación más intelectual y trascendente en mi carrera. Lo paradójico está en que ese amigo es también bloguero. Pero sus tratados se diferencian de los míos en que se enmarcan solo sobre arte y eluden los problemas sociales de nuestro país, como si viviéramos en el espacio sideral, ajenos por completo a las dificultades de los que pisan la tierra.

Y lo peor es que, beatonamente, continúa escribiendo. Ahora, luego de percatarse que a pesar de mis críticas no me ha “sucedido nada”, suelta sus reproches a veces envueltos en un lenguaje de celofán que puedan entenderse de diferentes maneras.

Sin embargo, otro grupo de blogueros muy críticos, hacemos coro para decir lo que hay que decir. Y no lo hacemos por ir contra el Gobierno, sino por andar a favor del pueblo: dos concepciones que todavía no están tan bien esclarecidas como deberían. Si el Gobierno toma medidas que perjudican a la población porque dentro de su nomenclatura hay individuos que, por vivir muy acomodados, el pueblo no les interesa un comino, para denunciar lo mal hecho estamos nosotros a pesar de las limitaciones para llegar a las masas, obstáculo que sería muy saludable eliminar.

El altruismo de los blogueros críticos –y debo poner el resguardo de respetuosos y nada beligerantes –, gravita en la convicción de que nada debemos ni tenemos que esperar como recompensa, a no ser las mejorías que reclamamos para la comunidad en la que estamos viviendo. Con la experiencia de lo sucedido a Cristóbal Colón cuando regresó encadenado a España en su último viaje, es suficiente para concientizar que el que se mete a redentor termina crucificado. Pero, por otra parte hemos aprendido del Maestro que “mirar en calma un crimen es cometerlo”, y es por eso que sacamos los trapitos al sol de lo mal hecho y lo perjudicial para los ciudadanos de a pie.

En las cuestiones más sencillas muchas veces tenemos éxito aunque no se nos adjudique la medalla. Un ejemplo de ello es la avalancha de críticas a la suciedad y a la falta de agua en mi barrio. Yo he hablado de mi barrio, otros hablan de los suyos y conformamos una especie de sindicato anónimo que aglutina opiniones del pueblo y siempre hay, entre los que pueden resolver el problema, quien ponga oídos a la crítica.

Pues bien, todo indica que alguien se dio cuenta de que un alto por ciento de los casos de cólera es debido a la falta de higiene; que es fundamental para la higiene agua en abundancia; que para qué ofrecer agua pública solo cada tres días si las represas están ahítas gracias a una fértil primavera, etc. Y desde hace una semana el agua nos está llegando continuamente y con mucha fuerza. Para ser justos, si es que con esto no le hago mal de ojo a la abundancia, felicitamos encarecidamente al directivo que ordenó abrir el surtidor, seguramente convencido de que es un absurdo racionar el pingüe líquido.

Tanto dimos con el problema de los mendigos alcohólicos, que se les asignó un sitio hospitalario con tratamiento siquiátrico y se han internado en él a muchos que daban la imagen más tétrica de nuestra ciudad.

Y así hemos obtenido silenciosas y minúsculas victorias locales con nuestras críticas, pues el propósito siempre ha sido ayudar, no destruir. Sin embargo, lo que solucionaría la crisis cubana tiene que ascender a nivel nacional donde radican las principales trabas, tantas veces señaladas por nosotros. Medidas en grande y para todo el pueblo.

La eliminación del permiso estatal para salir del país, la compra y venta de vehículos y casas privadas, el incremento del trabajo por cuenta propia, no solo son aperturas con lastre de gravámenes desproporcionados, o una muy disimulada cuerda por donde amarrar al ciudadano si se quiere, sino son derechos que se les había usurpado al pueblo y ahora se les reconoce nuevamente como un pródigo regalo.

Pero el país continúa en picada. La corrupción se incrementa y los jóvenes solo sueñan con abandonar el país. Como soy tan abierto a escuchar las más extraordinarias opiniones, hace solo unos días un amigo muy pesimista se atrevió a pronosticar que dentro de cinco años, cuando los hermanos Castro hayan desaparecido del escenario público, será inevitable una guerra civil:

–¡Porque la juventud de este país no aguanta más…! Solo el liderazgo de Fidel y Raúl consiguen que el pueblo resista tantas penurias.

Pero eso sería el caos, y por tanto lo debemos evitar. ¿Cómo? Formulando soluciones lógicas, yendo a las raíces de los problemas y poniendo en práctica medidas, nunca coercitivas que exacerbarían aún más a los descontentos, sino innovadoras, sin tener en cuenta su radicalización. Porque lo importante es cambiar todo lo que deba ser cambiado en aras de la nación cubana.

La política que se ha estado llevando a cabo es totalmente contraria a los propósitos y objetivos que se persiguieron. Por ejemplo: cuando decimos que la mayor factoría de los Estados Unidos está en Cuba, la gente mira a su alrededor buscándola y no la ve, porque hasta las centrales azucareras están en peligro de extinción. Y ¿cómo puede verla un ciudadano común y corriente si el objeto que sale de esta factoría es él mismo o son sus hijos? ¿Es que hay que estar ciego para entender que dentro de poco más de los cinco años que dice mi amigo, en Cuba solo quedaremos ancianitos?

El Estado costea, desde que está en el vientre de su madre, los gastos que ocasiona el feto. Cuando nace le otorga todos los beneficios, incluyendo el mal hábito de prohibirle trabajar; y lo educa, y lo hace profesional. Y luego, cuando ya es hombres o mujer, apto para la explotación, se marcha hacia los Estados Unidos. Y es allá donde rinde los frutos que debería ofrecer aquí

¿Cómo evitarlo? Se han puesto a prueba los métodos más diversos: desde la negación del permiso de salida hasta la cárcel, y no se han obtenido resultados provechosos. La gente se lanza al mar y corre el riesgo potencial de morir ahogado o comido por tiburones, pero continúa huyendo del país. Otros piden misiones para luego desertar.

¿Dónde está la solución? En que la gente se sienta a gusto en su país. ¿Y de qué manera la gente puede sentirse a gusto en su país? Gozando todo tipo de libertades, prioritariamente económicas y políticas.

Yo le respondí a mi amigo pesimista que intuir el futuro de Cuba para dentro de cinco o un poquito más de años, es una profecía tan difícil, que ni el más preclaro vaticinador puede pronosticar. Pues paralelamente a una anexión a Norteamérica para la nueva colonización de esta Isla porque, si el éxodo continúa, la nación cubana radicará del lado de allá del Estrecho de la Florida, gravita la posibilidad de algo así como un Putin a la cubana. Un nuevo dictador con mano de hierro que intente detener la corrupción generalizada, cuyos frutos hoy permiten la supervivencia de toda la población, aunque a muchos nos pese.

La otra posibilidad, el esperanzador pronóstico de un comienzo de bienestar en el pueblo, que un alto funcionario supone para el 2030, no solo es irrisorio porque ni él ni yo ni muchos posiblemente podamos estar sobre la tierra para esa fecha, sino porque es una falta de respeto al pueblo desesperado. En el año 2030 la Revolución cumpliría 71 años. La Revolución Bolchevique duró 72 años. Quizás por eso el alto directivo de la economía nacional computó en su espacioso y aclimatado buró:

–Un año más… y un Putin. O el Diluvio.

 

 

Pedro Armando Junco

 



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viernes, 19 de septiembre de 2014

La mujer y el matrimonio en la Cuba actual

La sociedad cubana, como muchas otras en el mundo, no ha podido sustraerse a los profundos cambios de la mujer como sujeto independiente. Es más, desde el triunfo revolucionario de 1959, ha sido una constante gubernamental la “liberación” femenina. Le era necesario a la Revolución triunfante, previsora de los obstáculos que tendría por delante tras sus radicales formas de gobierno, poner de su parte esa mitad poblacional que constituye este género. Y no por gusto, junto a otras instituciones fabricadas para controlar gremios disímiles, creó la Federación de Mujeres Cubanas, conocida por su sigla FMC.

A partir de entonces se convertiría en prédica constante la “liberación de la mujer cubana”. Libertad e igualdad plenas, sin olvidar la libertad sexual que hasta ese momento era exclusividad de los hombres. Ser un marido adúltero antes del triunfo de la Revolución no solo era un mérito, sino hasta algo así como poseer una medalla que colgaba el hombre en su expediente. Una mujer adúltera cargaría el fardo de la infidelidad por el resto de su vida y luego de repudiada por su esposo difícilmente encontraría alguien con quien matrimoniarse nuevamente.

Los burdeles fueron eliminados y las prostitutas recluidas por corto tiempo en talleres de artesanía donde las enseñaban a trabajar con las manos en vez de con otros órganos más versátiles de su cuerpo. Y se les enseñó que las artes manuales también sirven para ganar el sustento de la independencia. 

La conservación de la virginidad para la noche de bodas desapareció en pocos años como lacra burguesa. No era más importante entregar la doncellez al hombre escogido para esposo, que pertenecer a la milicia nacional o ausentarse de casa a cortar caña durante una zafra completa en campamentos rurales.

Estos son algunos antecedentes de la mujer en la sociedad cubana actual. Pero han transcurrido los años, los lustros y las décadas. A 56 años de aquella Revolución triunfante echamos un vistazo a la mujer de hoy y encontramos escasos dividendos. El himen se pierde casi siempre durante la enseñanza secundaria, mucho antes de las quince primaveras; ser adúltera, según el criterio de una amiga “feminista” –criterio que no comparto de ninguna manera –, es atribuible al ciento por ciento de las mujeres del país.

El respeto al casamiento y el temor al divorcio han devenido en que sea más fácil encontrar un matrimonio sexagenario que otro con cinco años de coexistencia. La separación en las parejas es la constante actual, exacerbada aún más por las misiones internacionales donde los cónyuges no pueden viajar unidos pero se ven impelidos a ellas por imperiosas necesidades de economía. Se incorporan a esas delegaciones alegando traer para el hogar un mejor nivel de vida, y cuando regresan ya el hogar está deshecho. No es secreto para nadie que la distancia, el tiempo y las necesidades genésicas, atentan unidas a la normativa matrimonial.

Todos conocemos por experiencia propia lo engorroso de una relación conyugal Los seres humanos somos “únicos e irrepetibles”. Y desde los viejos tiempos de Platón, se habla de “la mitad perdida” que todos añoramos encontrar y jamás aparece. La pareja, durante un largo período de adaptación, debe aprender a limar los detalles que le son desagradables en su cónyuge hasta hacerlos desaparecer o adecuarse a ellos.

La piedra fundamental del matrimonio lo constituye el sexo. La gente se casa, ante todo, porque se gusta física y sexualmente aunque, tanto ayer como hoy, muchas uniones son propiciadas por intereses económicos, sobre todo entre los menos jóvenes. Cuando acceden al coito descubren que el coito perfecto es muy difícil de alcanzar entre ambos hasta después de cierto tiempo de comprensión y acomodo mutuo. Y todas estas incomodidades íntimas pueden superarse solo por el apego a leyes morales establecidas por la ética familiar y apuntaladas por la religión. Algunos consiguen este acoplamiento como resultante, no ya del gusto erótico por la otra persona, sino por la confianza y el amor verdadero, ese sentimiento espiritual que induce a complacer más que a ser complacido, convencidos de que la vida conyugal no es solamente sexo.

Pero las cadenas del maridaje son de papel: cualquier borrasca las deshace. Por eso, cuando esta nueva sociedad, ante la necesidad de cambio, indujo a la mujer a una libertad ilimitada y procuró erradicar de raíz las normativas sociales de los gobiernos anteriores haciendo énfasis en el catolicismo que aglutinaba a más del 90 por ciento de la población, no podían esperarse resultados aglutinadores en la familia. Y es allí donde encontramos el eje negativo que desvanece  la intención de sostener un matrimonio para toda la vida.

Como resultante de este historial las parejas se rompen con extrema facilidad, los hijos se dispersan y mal educan, surgen nuevas prostitutas eufemísticamente renombradas “jineteras”, y una rémora gigantesca de mujeres solitarias carecen del calor doméstico, tanto como hombres frustrados, muchos convertidos en alcohólicos acérrimos, viven solos.

El fiasco de la liberación femenina en nuestra sociedad es evidente.

 

Pedro Armando Junco

 



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lunes, 8 de septiembre de 2014

Ética del bienestar

Durante el curso de verano auspiciado por la iglesia católica, se pusieron a la venta libros interesantes a precio ínfimo. Todos costaban un peso moneda nacional, lo que es equivalente a cuatro centavos en divisa. Y dentro de ese caudal de libros me llamó la atención una publicación de hace 20 años, cuyo título es Neoliberalismo. ¿sí o no? Su autor Gregorio Iriarte.

Pero como los libros interesantes son intemporales, quise leerlo y discutirlo puesto que, cuando enfrentamos una lectura de criterios, lo primero que tenemos que hacer es disponernos a objetar o aprobar su tesis.

No es mi propósito hoy discutir criterios, pese a que nunca se está totalmente de acuerdo con todo lo expuesto, sino colocar aquí, para disfrute de aquellos que lean este artículo, un fragmento muy interesante sobre algo tan vital para el ser humano como el agua y el aire: la impugnación de ese concepto generalizado de creer que la economía floreciente es la raíz de la felicidad y realización humana.

El autor Iriarte nos dice:

 

Sobre la racionalidad economista es preciso oponer una nueva racionalidad cuyo eje no sea la acumulación indiscriminada, ni el obsesivo mejoramiento de los indicadores económicos convencionales. La nueva racionalidad tiene que orientarse hacia el mejoramiento de la calidad de vida de la población. Al culto fetichista de los indicadores economistas hay que oponer la “ética del bienestar” y el desarrollo de las personas.

 

Y a partir de allí el autor presenta un decálogo de necesidades básicas para la verdadera realización del ser humano.

1.      La necesidad de la subsistencia: alimentación, salud, vestimenta y vivienda.

2.      La necesidad de la protección: sistema judicial eficiente, seguridad pública, seguridad social y primeros auxilios.

3.      La necesidad del afecto: amistades, relaciones familiares, relaciones sociales y autoestima.

4.      La necesidad de la identidad: cultural, nacional, familiar y personal.

5.      La necesidad de la educación: familiar, escolar, sociopolítica y auto educación.

6.      La necesidad de la libertad: de pensamiento, de expresión, de organización y religiosa.

7.      La necesidad de participación: familiar, social, política y económica

8.      La necesidad de la creatividad: la autorrealización, artística y científica.

9.      La necesidad del tiempo libre: descanso, deporte, lectura, medios de comunicación social y la interrelación con personas y la naturaleza.

10.  La necesidad de espiritualidad: experiencia de Dios, oración, fe, esperanza, caridad, gratuidad y perdón.

 

Puede que sean muchas las necesidades del hombre. Yo diría que estas son solo algunas de las más importantes, De hecho, todo el que lea este minúsculo trabajo ya estará hurgando dentro de su espiritualidad, y habrá encontrado seguramente otras necesidades que le urgen para sentirse realizado, que es la manera más discreta de ser feliz.

Otros sistemas y otros pueblos con otras idiosincrasias tienen cubiertas gran parte de estas necesidades. Gozan de un sistema de vida económicamente desahogado, cuentan con leyes justas y estables, disponen de excelente educación, se acogen a un sistema de salubridad magnífico, y hasta –constitucionalmente –practican la religión preferida. Sin embargo, en esos países las grandes masas poblacionales nunca llegan a sentirse personas totalmente realizadas.

Esto se pone en evidencia cuando un individuo que sufre deficiencias económicas, temeroso de leyes arbitrarias y carente de un sinnúmero de oportunidades castradas de raíz por el sistema político en que vive –como es el caso del cubano de la Isla –cuando se incorpora al sistema primeramente mencionado –como es el caso de los Estados Unidos –, sufre el shock de un vacío espiritual indescifrable, que no le deja vivir en paz.  

¿Entonces qué le falta? ¿Acaso es esa “libertad” que no aparece en los estatutos jurídicos y constitucionales de hacer de su vida lo que le venga en ganas, porque el engranaje del sistema social capitalista lo obliga a vivir trabajando o a sobrevivir en la miseria? ¿Acaso es la ausencia de otros puntos siguientes en este decálogo tan bien pensado, que establece que parte de la realización de un ser humano son las amistades, las relaciones familiares y sociales, tanto como la autoestima?

Cierto es que en Cuba falta mucho trabajo por hacer. Faltan muchos escollos que limar. Quedan muchos derechos por reconquistar. Pero nuestra idiosincrasia subyace en cualquier sitio a donde vayamos a vivir. Cierto es que la identidad cultural de nuestro pueblo no se ha recuperado por completo debido a tantos años de censura y autocensura; pero continúa allí, latente, en cada cubano inteligente dispuesto a plantear su verdad y ponerla a prueba, en cada cubano que se debe escuchar con todas sus luces y sus sombras.

Si el sistema judicial cubano adolece de independencia, hay que desatarles las manos a los juristas para que las leyes se hagan más justas y se lleven a cabo con equidad. Si la educación lastra concepciones políticas impuestas, ¿por qué no se despolitiza la educación? Si los trabajadores de la salud no cumplen su cometido a carta cabal, indaguemos por qué los médicos necesitan estímulos particulares para dar un mejor tratamiento al paciente. Si la maquinaria productiva del país se halla estancada porque la masa humana que la mueve no quiere trabajar, busquemos la causa de esa desilusión proletaria dando rienda suelta a los criterios del pueblo sin retóricas gastadas y vayamos a la raíz del problema.

Al margen de esas contrariedades, el cubano de hoy tiene garantizados todos los demás sectores de este decálogo; no obstante carece del principal sostén del capitalismo: la libertad económica absoluta.

Para eso trabajamos. Y tenemos fe en que aparezcan oídos receptivos a estos clamores.

 

Pedro Armando Junco

 

 

 

 



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¡Al fin conocimos a Varadero!

–¡Qué lindo es Varadero, compadre! –fue el saludo de Rafael cuando nos encontramos por la calle.

Quedé sorprendido no solo por su euforia, sino porque Rafael trabaja en un mercado de carne de ovino por cuenta propia, en el que gana 20 pesos moneda nacional (ochenta centavos en CUC) por jornada de trabajo, y eso no alcanza ni para costear el ómnibus que pueda llevarlo hasta la mejor playa de Cuba, una de las más hermosas del mundo.

Luego me explicó que el lunes 25 de agosto, ante el asombro de los televidentes, Pánfilo estuvo en Varadero: Pánfilo y Chequera, especímenes que conforman por la tv un dueto humorístico en la emisión televisiva Vivir del cuento..

Nadie en Cuba se pierde este programa los lunes a las ocho y treinta. Es el único espacio que ha sobrevivido a pesar de la mordacidad de sus críticas. Y Pánfilo es el hilarante protagonista.

El cubano de la Isla gusta de ver y escuchar en otros lo que teme expresar como suyo. Tras tantos años de reprimirse a sí mismo, a pesar de que ahora la libertad de expresión es mucho más respetada, la autocensura subsiste todavía y la gente continúa expresando en público todo lo contrario de lo que dice en su casa. Es por eso que, ante una televisión atiborrada de criterios estereotipados y triunfalistas, un programa donde se tiendan los “trapitos al sol” al sistema de gobierno, se hace generalmente funcional y bien recibido.

Y el caso es que el equipo de realización de Vivir del cuento presentó una panorámica de Varadero, desde la misma entrada por carretera, con tomas elocuentes de su belleza natural: las aguas azules y cristalinas reflejando el cielo, las arenas de algodón frisado, las palmeras erectas y cuidadosamente plantadas. Pero sobre todo las edificaciones hoteleras, colmadas de turistas donde el cubano es un ave rara o no existente a no ser entre la servidumbre.

Y Pánfilo y Chequera al mirarse entre tanta belleza y exclusividad se comían a pellizcos para comprobar que no estaban soñando. Del lado de acá de la pantalla el pueblo cubano, el pueblo de a pie, el 90 por ciento de la totalidad de los cubanos, veía por primera vez al Varadero actual, al que no se tenía acceso ni de manera virtual.

Cuando llegaron al hotel, Chequera –un Sancho a lo moderno –se revolcaba en la cama amplísima y cómoda, mientras Pánfilo interiorizaba que cada una de las habitaciones tuviera varios departamentos y en cada uno de ellos hubiese un televisor gigante de pantalla plana, un refrigerador lleno de comestibles finos y bebidas exóticas, y hasta una caja de caudales digital, así como un baño más grande que la casa de su amigo.

La escena más simpática se desarrolló en el restaurante. Siempre es así, puesto que el peor déficit que sufre el pueblo de Cuba hoy está es la escasez de los alimentos y sus elevados precios. Los humoristas del país hacen énfasis en la comida, sobre todo en la carne de res, prohibida desde hace medio siglo.

Todo cubano que miraba el programa se vio representado en aquellos dos cómicos, desesperados por tomarlo todo, por acapararlo todo, inclusive quitando de las manos del turista el dulce que había tomado de la bandeja. Chequera se llevaba las bandejas completas.

Cuando arribaron a la mesa de los quesos y el sirviente les explicó la variedad de estos, no acertaban a escogerlos… ¡claro! El pueblo de Cuba solo conoce el “queso fundido” o “el queso frescal”, que en su árbol genealógico no tienen antecedentes conocidos. Parecido sucedió con las bebidas foráneas, puesto que lo que se ofrece a  la población cubana, a granel y a precio aceptable es algo eufemísticamente llamado “Cuba libre”, pero que el genio popular ha bautizado como “chiva prieta”: alcohol con azúcar y colorante.

Por fortuna para ambos no sufrieron la dolorosa indigestión que todos esperábamos, porque Pánfilo y Chequera estaban soñando. Todo fue una maravillosa fantasía. Los dos soñaron lo mismo y al mismo tiempo. Y allí también hay un chiste. Es el chiste negro del guionista: el sueño de Pánfilo y Chequera es el sueño del pueblo de Cuba que no puede visitar a Varadero. Varadero es para los turistas extranjeros, los altos dirigentes y oficiales de la nomenclatura del poder. Y estos, altamente afortunados, son una minoría.

Para cerrar con broche de oro el espacio, acordaron irse de vacaciones a un “campismo popular”, sitios preparados por el Estado cuando surgió la idea del turismo internacional, para que los cubanos no molestaran a los visitantes extranjeros en temporada de recreo.

Pero la euforia de Rafael es válida. Al menos hoy todo cubano que vio ese programa el lunes por la noche, puede asegurar que por fin conoció a Varadero.

 

Pedro Armando Junco

 



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lunes, 18 de agosto de 2014

Ahora sobre las indisciplinas sociales

Según el Presidente del país, las indisciplinas sociales computarizadas alcanzan la alarmante cifra de 191. Lo confesó hace más de un año en un patético discurso de recapitulación. Habría sido altamente productivo que las hubiesen publicado en Granma una por una, detalladas y diáfanas. Pero todavía se acostumbra a decir, cuando no queda otra opción, la verdad a medias. No obstante, muchas son evidentes por su constante pronunciamiento. Pero no pasa nada.

Y hace algunos días, luego de mi post sobre las causantes de estas epidemias que hoy azotan el territorio nacional, un amigo me conminó a clasificar las “indisciplinas sociales”.

A mi juicio pueden catalogarse en dos grandes grupos primeramente: las injustificables y las justificables. Pueden también hacerse desgloses por categoría de peligrosidad: mayor o menor; de capacidad: reducibles e irreducibles; de saneamiento: eliminables y no eliminables. Pero eso queda para los funcionarios del Consejo de Estado. Mis dos grupos abarcan las injustificables y las que se justifican.

Las injustificables y consuetudinarias, esas que vemos en el barrio diariamente pueden ser solucionadas a corto plazo. Puede ser con amonestaciones, apelando a la concientización de la ciudadanía o con multas equitativas. Salir sin camisa a la vía pública, vociferar palabras obscenas, poner música con altavoces sin tener en cuenta el vecindario, sacar a los perros a defecar públicamente en la calle, echar basuras en cualquier sitio, mantener gárgolas sobre los techos que desagüen a las aceras y mojen a los transeúntes, contravenir las señales de tránsito…, etc. 

Pero hay otras, aparentemente injustificables, que tienen cierta “justificación” –valga la redundancia y la paradoja –en su génesis, porque las primeras que mencioné ocurren como resultado del relajamiento ético de la población, que durante 56 años la Revolución ha permitido, ya que anteriormente esas malas costumbres raramente eran vistas.

Se dijo al principio del período revolucionario, por ejemplo, que cuando la guardia rural –batistiana o machadista –desalojaba de una hacienda a una familia que había construido un rancho para vivir sin permiso del dueño del terreno, ejecutaba una monstruosidad. Y después del triunfo revolucionario se institucionalizó el derecho al no desalojo y los elementos más desposeídos aprendieron a meterse en cualquier sitio y nunca más se pudo sacar de una vivienda al astuto que aprovechó el momento oportuno para colarse dentro de ella. Y si a esto se suma la administración de las leyes según los requerimientos oficiales, aflojando aquí y apretando allá, el relajamiento moral ha ido en aumento paulatinamente. Se dijo alguna vez que todo era propiedad del pueblo y la propiedad privada dejó de tener un sentido real, tanto es así que, si un asaltante viola el domicilio de un ciudadano y este, en defensa propia, le causa daño, tiene que pagar caro la salvaguardia de su morada. Así podríamos enumerar una serie de prácticas que inducen al desorden y atentan contra el equilibrio social imprescindible para el buen funcionamiento ciudadano, cuya responsabilidad debe asumir el Gobierno, ya que dispone de los medios requeridos.

Es por eso que también surge este grupo –hasta quizás mayor que el primero –de indisciplinas sociales “justificables”. Y encasillo el término porque, a pesar de todo, no dejan de ser un lastre social que abochorna la cubanía.

El insuficiente salario a los servicios que presta un obrero trajo por consecuencia la impuntualidad, la indolencia, la pésima ejecución de labores a desarrollar, el abandono de los centros de trabajo para realizar comercio ilícito, etc.; y cuando estas barreras ocurren en sectores como la salud, en ocasiones cuesta la vida de personas que pudieron salvarse, a pesar de que estos hechos quedan soterrados en el silencio más absoluto. En el caso de la educación sucede otro tanto, pues aunque la desidia de los educadores no mata al instante, sí puede sembrar conductas que lleven al educando por los caminos más deplorables, como se aprecia actualmente.

El robo, el hurto, el asalto y toda esa gama de delitos de alta peligrosidad han surgido en parte por la flexibilización de leyes carcelarias, al punto de que la delincuencia ha bautizado a la cárcel como “la beca”, donde se entra y se sale tan a menudo como a una gran escuela de facinerosos. Tampoco se puede soslayar por completo el problema de la necesidad de supervivencia, caldo de cultivo que en muchas ocasiones convierte a un hombre trabajador en depravado delincuente.

Y otras “justificables” de peligro menor –a pesar del rigor con que se combate algunas de ellas –son el robo de electricidad en las zonas residenciales, el sacrificio de ganado mayor, el hurto de los bodegueros y expedidores de mercancías en los mercados, la adulteración de productos de primera necesidad con grave peligro para la salud poblacional, etc. Si el precio del consumo eléctrico resultara adecuado al bolsillo popular, se reduciría casi a cero el escamoteo de fluido; si la carne de res estuviera a la venta públicamente, también a precios aceptables, no estarían las cárceles llenas de carniceros por cuenta propia; si las bodegas fueran particulares como hace medio siglo, sus dueños, lejos de vender libras de catorce onzas, serían más espléndidos y gratificantes por tal de garantizar una clientela amplia, y nunca alterarían los productos en venta.

 

El Presidente de Cuba se ha propuesto un “cambio de mentalidad” promovido por especialistas en economía y sicólogos de primera línea, pero que no son suficientes para devolver la salud al enfermo, porque en esa frase ambigua, igual que en tantas otras consignas lanzadas, no queda establecido hasta qué punto la mentalidad está autorizada a cambiarse.

El lastre mayor lo tiene el país en un pueblo que no produce bienes de consumo. Un país donde los ciudadanos parecen zombies que deambulan por las calles en busca de un plátano para terminar la comida del día, o lo que es peor, se sumergen en negocios oscuros, incluyendo el contrabando, el robo o la estafa, en busca del dinero para comprar el plátano.

Y muchas son también las clasificaciones de elementos parásitos, sobre todo esas decenas de miles de directivos burocráticos que atan las manos a cambios fundamentales, ya que el primero de estos a llevar a cabo, si se quiere obtener soluciones reales en la crisis económica del país, debe ser la eliminación de ellos mismos: rémora absorbente de privilegios y causa principal del descontento poblacional al descubrir en esta lacra, lejos del ejemplo que proponía el Che, una nueva clase social de privilegiados. Es por ellos la axiomática frase del Doctor Adrián Rogers expuesta en mi post anterior:

Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien le quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso… mi querido amigo… es el fin de cualquier nación. “No se puede multiplicar la riqueza dividiéndola”.

 

No quiere esto decir que pueda desarrollarse una sociedad sin directivos útiles, honestos y trabajadores, sino que gran parte de estos otros directivos gozan de privilegios muy lejanos del pensamiento marxista y el Estado cubano puede prescindir de ellos ya que son totalmente innecesarios. ¿Y qué decir de los altos salarios de estos directivos, su nivel de vida, su acceso a lugares donde los verdaderos trabajadores no pueden alcanzar, como es el caso de Varadero para los altos dirigentes y el campismo popular para el resto del pueblo?

Sin embargo, hay muchos que opinan que, como círculo vicioso, el Régimen se sostiene gracias a la incondicionalidad de esos elementos improductivos y gravosos, puesto que son sus guardianes de cabecera. A partir de estas conclusiones habría que poner en práctica al pie de la letra la fórmula marxista “a cada cual según su trabajo” o su variante más objetiva: “a cada cual según su productividad”, para eliminar también esa otra secuencia de burócratas menores: los que no gozan de grandes privilegios, pero nada aportan a la producción: los que mal viven de un mísero estipendio por no hacer nada productivo… y que son millones.

Las indisciplinas mencionadas en este post son solo algunas de las más corrientes. Quedan por citar más de 180 de ellas, que la dirección del país, como un primer paso, muy bien las tiene registradas. El segundo paso sería buscar las causantes que las justifican y eliminar primero esas causantes. Cuando no haya justificación alguna para quienes las ejecuten, entonces sería justificable tomar medidas drásticas contra ellas.

 

Pedro Armando Junco

 

 



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sábado, 2 de agosto de 2014

¿Quién propone la fórmula?

Alguien ha pensado que el comunismo marxista es mucho más utópico y menos funcional que el que mi profesora de filosofía llamaba “comunismo utópico”. Así que, luego del desmembramiento del “campo socialista” europeo, de su fracaso como sistema político y social, se ha podido comprobar que la razón estaba de su parte.

La principal razón de este fracaso es el total eclipse de sentido de pertenencia en la ciudadanía. Llegado al término de que todo es propiedad del Estado –incluso las personas, porque en determinado momento se les ha llamado “material humano” –a toda la ciudadanía lo que le impele es sobrevivir en el mare magnum de una sociedad estereotipada para llevarse la tajada más conveniente.

Habría que buscar una fórmula mágica que reestructure la economía, aunque sea virando la tortilla de revés si es preciso, con tal de salvar las conquistas sociales. Porque la verdad pura del fracasado intento de igualdad marxista –que se supone es dentro del marco social en que viven los cubanos de la Isla –la encontré en estelar parábola en la contraportada de la revista MAYEUTHA # 27. Su autor, el doctor Adrián Rogers, a quien desconozco por completo, pone de relieve en ese cuento, de manera muy simpática, verdades irrebatibles que no puedo menos que copiar para ustedes. 

 

Ser de Izquierda o de Derecha. Concepciones inventadas.

 

Una universitaria cursaba el último año de sus estudios en la facultad. Como suele ser frecuente en el mundo universitario, la chica pensaba que era de izquierda y, como tal, estaba a favor de la distribución de la riqueza. Tenía vergüenza de su padre. Él era de derecha y estaba en contra de los programas socialistas. La mayoría de sus profesores le habían asegurado que la de su papá era una filosofía equivocada. Por lo anterior, un día ella decidió enfrentarse a su padre. Le habló del materialismo histórico y la dialéctica de Marx tratando de hacerle ver cuán equivocado estaba al defender un sistema tan injusto.  En eso, como queriendo hablar de otra cosa, su padre le preguntó:

– ¿Cómo van tus estudios universitarios?

– Van bien –respondió la hija, muy orgullosa y contenta. –Tengo promedio 9, hasta ahora me cuesta bastante trabajo: no voy a las fiestas, no salgo, no tengo novio y duermo sólo cinco horas al día. Pero, por eso ando bastante bien y voy a recibirme a tiempo.

Entonces el padre le pregunta:

– Y a tú amiga Soledad, ¿cómo le va?

La hija respondió muy segura:

–Bastante mal. Soledad no pasa porque no alcanza el 6, (tiene 4 de promedio), pero ella se va a bailar, pasea, va a fiestas y, precisamente hoy está para una de ellas. Estudia lo mínimo y falta bastante… no creo que se reciba, por lo menos este año.

El padre, mirándola a los ojos, le sugirió:

–Entonces habla con tus profesores y pídele que le transfieran 2,5 de los 9 puntos tuyos a ella. Esta sería una buena y equitativa distribución de notas porque así las dos tendrían 6,5 y aprobarían las materias.

 Indignada, la hija le respondió:

– ¿Qué te pasa? ¡Me rompo el alma para tener 9 de promedio! ¿Te parece justo que todo mi esfuerzo lo pase a una holgazana, vaga, que no se preocupa por su carrera? Aunque sea mi mejor amiga… ¡¡No pienso regalarle mi trabajo!!

Su padre la abrazó cariñosamente y le dijo:

– ¡Bienvenida a la derecha!   

 

Moraleja:

Todos somos rápidos para repartir lo que es ajeno. Todo lo que una persona recibe sin haberlo trabajado para obtenerlo, otra persona deberá haber trabajado para ello, pero sin recibirlo…

El Gobierno no puede entregar nada a alguien si antes no se lo ha quitado a alguna otra persona. Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien le quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso… mi querido amigo… es el fin de cualquier nación. “No se puede multiplicar la riqueza dividiéndola”.

 

Huelgan los comentarios.

 

Pedro Armando Junco

 



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