sábado, 4 de febrero de 2017

Escribir

Escribir. Escribir algo nuevo, insólito, impactante. No importa sea
más o menos ético, real o verosímil. Lo que importa es crear.
Cierto es que precisamente en esto último es donde se pierden algunos
aspirantes a literatos. Excretan sobre el papel y pretenden se les
crea que aquello es una obra de arte. Poetas con diccionario en manos,
rebuscando palabras difíciles, narradores manidos de verde
desesperados por ocultar el plumaje de cotorras. Historiadores que
corren al aventón de la política como papalotes en febrero.
El escritor ha de transitar por la vida con la misma valentía del
caminante por entre una superficie plagada de marismas y géiseres
mortales. Ha de caminar con su propósito a cuestas arriesgado a caer
en cualquier momento y desaparecer para siempre. Al fin y al cabo, el
arte lo es todo y al mismo tiempo es nada.
Para el escritor su obra es su vida. Nada importa más cuando se es
auténtico. Cada libro es un hijo que se ama, no importa el mundo lo
vea feo, obsceno, despreciable. Él lo ha de ver hermoso, porque es el
fruto de sí mismo. Y hasta agradece a quienes lo denigran, porque
tuvieron que pasar por él para luego criticarlo. No es bueno un libro
cuando gana premio: hay jurados mediocres y jurados vendibles; tampoco
lo es cuando se publica, pues existen muchas maneras de financiar la
impresión; todavía puede no serlo el día que se le vende ya que una
refulgente cubierta y un título ocurrente, puede atraer compradores
desmañados. Un libro solo es bueno cuando se le ha leído y se le
comenta. Y allí radica el verdadero éxito de un escritor. Lo demás lo
hará el tiempo. Solo el tiempo es capaz de poner coto a la literatura
inútil.

viernes, 20 de enero de 2017

No es lo mismo trumpista que trompetista.

Pedro Armando Junco

En la mañana del día nueve de noviembre, al cruzar la plazoleta San
Ramón, cuatro ancianitas conversaban encima de la acera. Bloqueaban la
senda, pero la carga de años de cada una de ellas me obligó a detener
la marcha y esperar a que me abrieran paso.
Fue entonces cuando escuché a la menos anciana:
–¿Vieron ustedes como ha ganado Trump…? ¡Ahora sí que se va a poner
bueno esto…!– dijo con ironía poco disimulada.
La que parecía mayor de todas acotó:
– Sí; ¡porque no es lo mismo trumpista que trompetista!
El exabrupto me hizo soltar la carcajada; se percataron de mí y me
dejaron cruzar.
Es que hasta las féminas septuagenarias están al corriente de la
política norteamericana. Y las razones son múltiples: ¿Qué cubana de
la "tercera edad" no tiene un hijo, un nieto o algún ser querido
viviendo en los Estados Unidos? ¿Qué cubano no espera algún beneficio
del lado de allá del Estrecho? ¿Qué ciudadano de a pie no aspira
alcanzar algún día un nivel de vida cercano al del vecino norteño,
como cuentan cuando regresan de visita los que se fueron en harapos y
acá alquilan carros cuyo costo en solo un día supera tres meses
íntegros de un trabajor nacional?¿Cómo no se ha de involucrar también
la sociedad civil de Cuba –la verdadera, la del pueblo sencillo y
multitudinario– si los medios de prensa oficialistas han tomado el
asunto de las manos como si se tratara de elecciones generales en
Cuba?
Pero más allá del sentido práctico de nuestros ancianos, ahora están
en juego cuestiones sociales que de alguna manera pueden tocarnos a
nosotros. Quizás no suceda nada relevante, porque los políticos en
campaña hablan hasta por los codos y luego todo continúa igual.
Tomemos como referencia los lineamientos… Pero está llegando al poder
un hombre diferente: un magnate nacionalista. Y si los hombres
públicos por regla general son mentirosos, un tipo como Donald Trump
es capaz de acometer empresas inusitadas con profundos cambios en el
orden mundial.
A la historia no se le puede mirar de forma aislada. La concatenación
política panamericana nos lleva a un análisis meticuloso en el cual se
vislumbran cambios a corto plazo que tendrán mucho que ver con la
nueva administración de los Estados Unidos. El gobierno de nuestro
país no está de plácemes con la llegada al poder del republicano. Pudo
verse entre líneas en la Mesa Redonda, cómo se respiraba una atmósfera
demócrata en los participantes, puesto que Trump ha dicho tomar carta
contra las aperturas obamistas si no hay una respuesta positiva por la
parte cubana, sobre todo en el respeto a los derechos humanos. A pesar
de no ser estas aperturas las más añoradas por el Gobierno de Cuba, si
propugnan un respiro a la crisis económica de la Isla cuando de
Venezuela queda ya muy poco que esperar.
Una semana después del resultado de las elecciones, Randy y Taladrid
escarban todavía sobre el tema en la Mesa Redonda; ahora más que nunca
les preocupa la llegada al poder del septuagenario representante del
verdadero Tío Sam; o al menos eso es lo que se les ha orientado
analizar frente al pueblo.
Si hace más de un siglo el preclaro poeta de América Latina, inspirado
en Teo Roosevelt escribió:


"Eres soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres culto, eres hábil; te opones a Tolstoi.
Y domando caballos, o asesinando tigres,
eres un Alejandro-Nabucodonosor.
(Eres un profesor de energía
como dicen los locos de hoy.)

Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción,
que en donde pones la bala
el porvenir pones."

tenemos ante nosotros al más genuino representante del gobierno
norteamericano. El parecido de Donald Trump con Teodoro Roosevelt es
casi idéntico en la oda rubeniana, menos en un detalle que los tanques
pensantes de nuestro país no han pasado por alto: El presidente recién
electo "no se opone a Tolstoi", sino, por el contrario, acaso piensa
aliarse con él y repartirse el cake mundial con cucharas grandes.
Si a esto sumamos la estampida de los jóvenes cubanos hacia el
exterior en busca de mejores oportunidades y confort, es problema
aritmético fácil de resolver que dentro de una década a lo más, en
Cuba todos seremos viejecitos. Si Jonathan Swift saliera de la tumba y
visitara a Cuba en 2026, seguramente escribiría Gulliver en el país de
los geriátricos y en vez del gentilicio "cubanos" nos llamaría
"geritrudienses".
El nuevo huracán de limitaciones que se avecina ya lanza sus primeras
ráfagas en la escasez de medicamentos vitales; las grandes colas de
viejecitos frente a las farmacias ofrecen un panorama desolador para
los meses venideros cuando, a consecuencia de sus carentes fármacos,
los infartos –en Cuba una gran parte de la población es hipertensa– se
multipliquen con irremediables consecuencias. ¡Y qué decir de los
diabéticos! Recemos porque el trumpismo no sea una opción letal para
nuestra ciudadanía.
En las escuelas cubanas de arte musical –que son numerosas– los
jóvenes se hacen profesionales, y en muchas ocasiones como fue el caso
de Arturo Sandoval, cobran fama allende los mares. Yo soy un ferviente
admirador de ese cubano fuera de serie que por desdicha está prohibido
escuchar en Cuba. Por eso me acordé de él con nostalgia la mañana del
día nueve de noviembre cuando la ocurrente señora dejó escuchar su
frase lapidaria:
¡No es lo mismo trumpista que trompetista!

sábado, 31 de diciembre de 2016

Regalo de fin de año

Estimados seguidores de mi blog:

Reciban como regalo de fin de año esta crónica muy poco acreditada y mayoritariamente desconocida por la ciudadanía. Por sus valores éticos, sea verídica o legendaria, es mi deseo que su lectura sirva como foco esclarecedor gracias a las tantas lecturas que ofrece.

Y muchas felicidades por el fin de año. Deseemos de todo corazón que el 2017, ya a las puertas, nos ayude a realizar los sueños que tanto hemos añorado.

 

Versión de A. B.

La Habana 30 de Mayo de 1873

 

En la mañana del 12 de agosto de 1851, eran conducidos al cementerio de Puerto Príncipe los cadáveres de don Joaquín de Agüero, don Tomás Betancourt, don Mariano Benavides y don Fernando de Zayas, que habían sido fusilados como infidentes a orillas del arroyo Méndez.

Iban esos cadáveres en decentes ataúdes; esperábanlos alrededor de sus sepulturas, que eran las mejores del cementerio, algunos de sus parientes; la casualidad llevó allí también a una criada negra del servicio doméstico que tenía de la mano a un niño de ocho años de edad, de bellísima constitución, transparente blancura y hermosos ojos negros.

El niño observó que al descubrir aquellos cuatro cráneos despedazados por las balas para identificarlos, un caballero de alguna edad y noble continente, que parecía extranjero sacó del bolsillo de su levita un pañuelo blanco y, aplicando cada una de sus cuatro puntas sobre aquellos cadáveres, recogió algunas gotas de sangre, escribiendo después con su lápiz el nombre de las víctimas.

El niño al que me refiero, inspirado por un espíritu de imitación propia de su edad, sacó de la faldriquera de su chaquetilla su pañuelo y se acercó resueltamente a los cadáveres. Uno de los centinelas le rechazó con la culata de su fusil: el niño le lanzó una mirada llena de ira, la criada dio un grito lleno de angustia y el extranjero tomando el niño por la mano lo condujo a uno de los ángulos del cementerio y con esa flema característica de la raza anglosajona, se sentó en las gradas que servían de base a una alta cruz que se elevaba en aquel lugar, y apoyándolo sobre sus rodillas le preguntó en mal castellano qué era lo que quería. El niño le contestó:

–Quiero hacer lo que tú has hecho.

–Yo puedo hacer eso, pero tú no.

–¿Y por qué?– replicó el niño.

–Porque yo, soy hijo de un pueblo libre y puedo hacer todo aquello que la ley no me prohíba, y tú eres hijo de un pueblo esclavo y solo puedes hacer aquello que tus amos te permitan. Esta sangre es preciosa porque se ha derramado por la libertad y por eso la guardo.

–¿Qué vas tú a hacer con ella?

–Conservarla como tú. Pues voy a dártela.

Y entonces tomó el pañuelo del niño y lo unió al suyo y, apretándolos fuertemente entre sus manos, dejó estampada la huella de aquella sangre. Después sacó de su cartera su lápiz de oro; escribió los nombres de los ajusticiados, y volviendo al niño su pañuelo le dijo:

–Consérvalo, pues y acuérdate que es la sangre de tus hermanos.

Una lágrima involuntaria asomó a los ojos del niño. El extranjero recogió en un beso aquella lágrima.

–¿Cómo te llamas?– le preguntó.

–Ignacio Agramonte– contestó el niño con voz dulce y sonora.

 

 

 

Tomado del libro Ignacio Agramonte. Documentos. Páginas 332-333

De Juan Jiménez Pastrana. Editorial de Ciencias Sociales. La Habana. 1974 

He respetado cuanto más me fue posible la sintaxis y ortografía de la publicación original.

martes, 27 de diciembre de 2016

Felicitaciones de fin de año

Muchas felicidades a todos mis seguidores. Que el 2017 nos regale
todos los sueños añorados.
Un abrazo muy sincero.
Pedro Armando Junco

lunes, 5 de diciembre de 2016

Aberraciones incongruentes

Pocos Sistemas en el mundo son tan incongruentes como el cubano a la hora de cometer sus errores. Quizás el exceso de celo por "revolucionar" todo sea la causa principal de estos desatinos políticos, que se apartan de la lógica con prisa de electrones en átomo que estalla. Lo peor no radica en lo insensato de las proposiciones, sino en una voluntad oculta por formar nebulosas atronadoras en los ojos y oídos domesticados en parte de una ciudadanía, que luego las reproduce como acertadas.

¿Quién que medite con justeza puede afirmar que "el 26 es el día más alegre de la historia" como repite el estribillo de una cancioncita mediocre actualmente reproducida por la televisión en saludo a la trágica fecha? Una madrugada luctuosa en la que cayeron decenas de jóvenes, muchos de ellos torturados y luego asesinados a manos frías, ¿puede resultar alegre para alguien que no sean los esbirros ejecutores de tales barbaridades? Celebrar el Primero de enero de 1959 cabe en la lógica de la misma manera que el 20 de mayo o los Gritos de Yara y de Baire, cuyas venturosas páginas han quedado escritas con gritos de rebeldía y de victoria. Pero, solo cerebros aturdidos pueden creer que el 26 de julio sea digno de celebración festiva hasta para los comunistas más conservadores.

No es esa solamente la pifia histórica en la que se tergiversa el sentido fervoroso de la nación cubana. Porque a la hora de bautizar una empresa, una granja o una comunidad recién construida, prefieren nombrarla con el sitio infortunado en la que perecieron los mártires que se pretenden honrar. Tal es el caso de Vado del Yeso en la provincia Granma o, peor aún, Jimaguayú en Camagüey. ¿Quién desconoce en Cuba que Vado del Yeso fue el lugar de la selva boliviana en que emboscaron a una fracción de la guerrilla del Che al cruzar un río y los ametrallaron en medio del cruce, dentro de las aguas? ¿Es digno de enarbolar ese nombre en una comunidad nueva, allá en las cercanías de Bayamo? En Camagüey se tomó el nombre del sitio donde cayera el mayor general Ignacio Agramonte, nombrado desde antes del suceso Jimaguayú, y se le ha calcado e impuesto a un municipio recién creado. Desde entonces el visitante foráneo si busca el lugar del obelisco histórico que rinde honores al Héroe del Rescate, puede que vaya a dar a un poblado muy distante de aquel, que para nada tiene que ver con el sitio originario.

A comienzos del siglo XX, apenas instaurada la República, los mambises victoriosos cambiaron el españolizado Santa María del Puerto del Príncipe por el sencillo Camagüey, la tercera ciudad de Cuba. Era la respuesta apropiada que nuestros padres fundadores dieron a las monarquías ibéricas y el justificado reconocimiento al cacique Camaguebax, autóctono nativo y dueño de estas tierras quien, con la natural generosidad indígena, diera bienvenida y cobijo a los primeros habitantes de la villa en los comienzos del siglo XVI. "Camagüey", palabra sonora y aguda, de fácil recordación y para nada homófona con otros calificativos, resultó perfecta y reconocida hasta en el mapamundi. Ahora el arcaico nombre "Puerto Príncipe" aparece hasta en las promociones turísticas más comunes, y a los habitantes de la ciudad se les nombra "principeños" con la clara intención de opacar el que con tanto orgullo muestran los lugareños.

En esta misma ciudad se reproducen situaciones análogas que hasta nuestros historiadores reconocen: Salvador Cisneros Betancourt, ilustre camagüeyano de la independencia, aborrecía se le nombrara con su título de nobleza "Marqués de Santa Lucía". ¡Todos los intelectuales lo saben! Pues ahora, su casa natal, convertida en hostal del Estado, lleva inscripto en la fachada: "La casa del Marqués". 

¿Cuál será el móvil de este empeño por opacar la voluntad de los próceres que lo entregaron todo por la Patria? ¿Por qué la determinación de nuestros mambises no es respetada en la memoria de los nuevos hijos? ¿Acaso será porque Ignacio Agramonte deploraba el comunismo y Salvador Cisneros era anexionista?

El odio a los Estados Unidos ha sido capaz de tergiversar la historia. Para nada se enseña en las escuelas que el ejército norteamericano fue quien en definitiva echó de Cuba al ejército colonial. Se ha llegado a la aberración histórica de rendir honores al Almirante Cervera, el más alto oficial naval de España en Cuba al final de la Guerra de Independencia. Cuando éste se negó a rendir su flota a la armada de los Estados Unidos que bloqueaba la bahía de Santiago de Cuba y luchaba al lado de nuestros patriotas, lanzó imprudente todos sus buques a romper el cerco. Por supuesto, los norteamericanos le hundieron la flota. Y quizás porque se la hundieron los norteamericanos, eso haya bastado para vender la imagen de Cervera como un héroe histórico.

El odio ha exacerbado tanto el cerebro dócil de tantos cubanos, que hasta muchos artistas se ceban en promoverlo. El ejemplo más evidente es el de Elpidio Valdés, un cómic fílmico que nació con la Revolución y representa a un coronel mambí en la guerra contra España. Los niños cubanos y, ¿por qué no? los adultos también, se deleitaban con aquellos cortos fílmicos y se identificaban con los personajes de la serie donde, hasta el caballo Palmiche, combatía contra los colonizadores. Pues, de la noche a la mañana, los malos ya no eran tanto los soldados de España como los magnates norteamericanos, tipos crueles, bribones y ridículos.

Pudiera escribir infinidad de cuartillas más con ejemplos fehacientes de la pésima correspondencia con la verdad histórica como los acabados de citar. En las clases de historia de los escolares cubanos reina un alejamiento tal de la autenticidad, que los nombres de Miguel Tourbe Tolón –diseñador de la bandera y el escudo de la Patria– y Narciso López, primer hombre en izar en Cárdenas el respetado estandarte nacional, son borrados de los programas de estudio, y cuando se habla de ellos es para vituperarlos por el solo motivo de que fueron anexionistas. Es la manipulación más morbosa de la identidad nacional cubana. ¿Qué habría dicho ante estas manipulaciones el Padre Valera que nos enseñó a pensar? ¿Qué habría dicho Martí, tan aferrado siempre a la verdad histórica y al respeto y a la negación del odio hasta de sus propios enemigos?

Sin embargo, lo que parecen ignorar los responsables de estos desaciertos es que cada día que pasa, debido a la deficiente administración del Estado y al poco respeto a la soberanía individual, se cierne en Cuba, como hace más de cien años, una tendencia anexionista en la población, que pone en peligro inminente el futuro de Cuba independiente, libre y soberana.



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jueves, 17 de noviembre de 2016

Crónicas de un pueblo pequeño

Hace aproximadamente un mes no subo nada a mi blog. Motivos de salud y ocupaciones varias han interrumpido mis ciclos semanales o decenales. Pido disculpas a mis seguidores.
Allí les envío la cubierta de mi último libro que, a pesar de no tener una portada tan atractiva como yo hubiese querido, se agotó en el mismo agosto cuando salió a la venta. Está compuesto por quince textos reales, humorísticos y un poco más eróticos de lo que me había propuesto; sin embargo, al parecer ha sido esto el mayor éxito de venta y el propulsor de los comentarios favorables que ha recibido.
Pude hurgar en el almacén y encontrar una veintena de ejemplares en el día de ayer, que serán presentados y vendidos el próximo sábado 19 de noviembre en la sede provincial de la UNEAC en Camagüey. Aviso por este medio a todas las personas que no alcanzaron a comprarlo cuando estuvo en los estantes de las librerías, porque estos serán los últimos disponibles hasta que logremos una futura reedición. 
Un abrazo fraterno y
¡Hasta pronto!

domingo, 23 de octubre de 2016

¿Esclavos?

 El nivel de esclavitud de un pueblo lo determina la suma de libertades que lo restringen. La esclavitud y la libertad son los dos extremos de una balanza que a la medida de su inclinación hacia abajo por el peso que carga uno de sus platillos, eleva su contraparte.

Esto le expliqué a un estudiante de preuniversitario hace algunas jornadas cuando me preguntó si coincidía con el criterio de su abuelo, quien asegura que el pueblo cubano sufre una esclavitud moderna.

Como es natural, demoré algunos minutos en responder a su pregunta. Con los adolescentes y los niños hay que ser sumamente cautelosos a la hora de ofrecer discernimientos, más cuando presentan interrogantes basadas en la admiración y el respeto que sienten por nosotros. Aquello que expresemos lo impregnan como axioma dogmático para toda su vida. Los niños inteligentes piensan por sí mismos para luego ir en busca de un adulto que, para ellos, tiene reconocido criterio propio.

Para esquivar su disparo le había respondido con otra pregunta:

–¿En qué basas tu opinión sobre la condición de esclavo moderno?

–En muchas características, profe. (Los muchachos de la enseñanza media llaman "profe" a todo aquel que consideran instruido).

–¿Por ejemplo…?

–Los esclavos de siglos anteriores sufrían castigos que hoy serían nada funcionales: el grillete, el látigo, la mutilación… Pero asegura mi abuelo que los cubanos hemos perdido derechos que gozábamos antes del triunfo de la Revolución y a eso llama él la esclavitud moderna.

 

El jovencito se había informado con su abuelo que en enero de 1959 más del 90 por ciento de los cubanos eran filelistas. Que el pueblo colocaba carteles en las puertas de entrada a sus hogares: "Fidel, esta es tu casa". Y que, al parecer, el máximo líder se tomó el ofrecimiento muy en serio: prohibió la venta de viviendas y confiscó a todo quien mantuviera a su nombre más de una, todas las restantes. A eso le llamó Reforma Urbana.

Luego hizo igual con las haciendas y le llamó Reforma Agraria. Confiscó los negocios, desde grandes corporaciones hasta el último timbiriche particular de los cuales sobrevivían miles de familias proletarias paliando la estrechez con sus escuetas utilidades. Su abuelo le había contado con sonrisa irónica, que no escaparon a las confiscaciones ni las tijeras y peines de los barberos. A eso no apareció cómo llamarle.

Se prohibió la tenencia de armas de fuego. Se fusiló o se encarceló a quienes se rebelaron. Se nacionalizó el sindicato y, junto a él, se eliminó el derecho a huelga. Se les hizo saber a los intelectuales que "con la Revolución todo y contra la Revolución nada", dejando en la ambigüedad el concepto, pero en clara advertencia para los que pretendieran esgrimir razonamientos individuales en publicaciones y obras artísticas de cualquier tipo. El pueblo de Cuba, en pleno, quedó al desnudo de sus derechos elementales: sin posesiones, sin armas y sin la posibilidad de mostrar su descontento. Los grandes ideólogos de las tiranías, sobre todo Stalin, estuvieron siempre convencidos de que un pueblo miserable no es capaz de rebelarse.

Esto sucedió en la primera década de la Revolución. Los resultados no se hicieron esperar. La población, en su totalidad, pasó al proletariado. Surgió la libreta de racionamiento, macabra idea leninista de cuando en Rusia el pueblo se moría de hambre a tendales. La cuota de café se redujo junto a la de carne y otros artículos de primerísima necesidad. Al minifundio se le prohibió la venta de sus producciones a no ser al Estado; el ganadero que sacrificara una res para el consumo familiar sería castigado con largas penas de cárcel; y así con la generalidad de los productores individuales, creando el monopolio más grande del que se tenga memoria en la historia de Cuba, incluyendo los siglos de coloniaje.

Se creó un documento oficial para quienes pretendieran abandonar el país: la "carta blanca", controlada por el Ministerio del Interior y prácticamente inalcanzable al ciudadano común, salvo en casos excepcionales. El cubano pasó a ser un recluso más dentro del limitado territorio de la Isla, y a todos aquellos que emigraran de forma ilegal como a quien se hiciese ciudadano extranjero, se les despojó de la ciudadanía. Para mayor limitación aún, se restringió el derecho a residir en La Habana a los foráneos de otras provincias.

En 1973 se privó al pueblo del derecho a comparecer directamente frente a un tribunal como acusador aunque tuviese pruebas de haber sido el perjudicado principal, sin importar cual hubiese sido el agravio o los daños sufridos, violando así el artículo seis de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: Todo ser humano tiene derecho, en todas partes, al reconocimiento de su personalidad jurídica.

 

En 1975 decenas de miles de cubanos fueron enviados a pelear en Angola. Negarse a participar como soldados en esa guerra era duramente castigado, sobre todo en los jóvenes del Servicio Militar Obligatorio. Los militantes del Partido y la Juventud comunista que rehusaran engrosar esas filas como soldados, eran despojados de sus militancias y los no militantes eran separados de sus centros de trabajo. Miles de estos cubanos, perdieron la vida por una causa injerencista en los asuntos de otro país, que nada tenía que ver con ellos. Todavía el pueblo desconoce la cantidad de compatriotas muertos en esa aventura.

En 1980 la homofobia alcanzó su máximo grado de preponderancia cuando un grupo de desesperados invadió la embajada del Perú: se abrió un puerto para la deportación y por allí se expulsaron homosexuales, desafectos, y presidiarios hacia Estados Unidos. La anuencia humanista del presidente Carter le costó la presidencia al Partido Demócrata en los Estados Unidos,

A final de esa década colapsó el comunismo europeo y sobrevino una miseria sin precedentes en la historia de Cuba. La manera de sobrellevarla estuvo en la implementación de mayores restricciones ciudadanas y hasta se habló de cocinas comuneras y crear hábitat al estilo indígena. Por fortuna apareció Chávez con su petróleo canjeado por personal cubano de alta calificación, arrendado por el estado cubano. Esos "internacionalistas" colaboradores recibieron apenas un miserable estipendio de lo que Venezuela pagaba por su trabajo.

La posesión de un dólar norteamericano se castigó con varios años de cárcel. Se restringió en mayor grado el consumo de  pescados y el ciudadano común nunca más tuvo derecho a probar mariscos, carne de res y otros derivados de la ganadería.

Llegó el nuevo milenio –explicaría el abuelo al joven estudiante de preuniversitario–. El tiempo hizo su trabajo y la dirección del país pasó, aparentemente – recalcó el abuelo con ironía–, a manos de Raúl Castro, el General Presidente.

El General Presidente abrió algunas vertientes ante la agobiada situación ciudadana con su lema reiterativo "sin prisa, pero sin pausa". Suprimió las restricciones de salida, sin soltar por completo la cuerda mediante el acápite de un decreto. Permitió el trabajo individual, a pesar de impedir el crecimiento económico de los negocios y mucho menos la autorización a un ciudadano nacional para una inversión de envergadura, cuyo privilegio se reservó solo para extranjeros. Se liberó la tenencia del dólar, pero toda remesa que llega al individuo, es canjeada de inmediato por un billete que no tiene valor alguno fuera del territorio nacional.

El pueblo de Cuba prosigue bebiendo en los amaneceres un mejunje que no es café puro. Pone en su mesa engrudos de picadillos con alta proporción de soja, haciéndole creer que come carne. Compra en las "trapishoping" ropas de uso, donadas como limosna por otros países. Continúa ganando un peso que vale cuatro centavos. Asiste de vacaciones a campismos populares en las orillas de un río como los aborígenes, porque Varadero está reservado para los extranjeros y los altos dirigentes. Su estrechez proletaria no le permite solventar ni el pasaje en avión para salir al exterior y carece de caudal para comprar un carro. El monopolio estatal se traga, a manera de embudo, la escasa producción agrícola a precios irrisorios. No se permite ni se reconoce el descontento popular, abatiendo a mujeres con flores cuando salen a la calle a protestar de manera pacífica y se acalla la voz de la disidencia, la oposición y los libres pensadores con el hermético silencio de los medios masivos de difusión, el bloqueo de los sitios de internet y emisoras radiales que se consideran "enemigos"…

Luego de escuchar todas aquellas conjeturas del joven estudiante de preuniversitario, no me quedó otra opción que responder al muchacho:

–Tú perteneces a la nueva generación de cubanos que representa el futuro de la Patria. Tú eres un joven talentoso y amigo de la verdad y la sabiduría. Tú tienes el derecho a determinar por tus propios razonamientos, si el pueblo de Cuba es o no, un pueblo de esclavos; y, por supuesto, el deber de trabajar para que esas injusticias sean eliminadas.

 

Pedro Armando Junco