jueves, 18 de diciembre de 2014

Ábrete, Sésamo

Cuando supe que el nuevo papa era Argentino, que había nacido en Latinoamérica, tuve la corazonada de que cambios importantes se iban a originar en nuestro hemisferio. Y aquí tenemos al primero de los milagros: el papa Francisco es el Alí Babá del siglo XXI.

¿Quién se esperaba tamaña sorpresa? Pocos, claro; porque ha sido tanta la propaganda del odio, que millones de compatriotas estaban incapacitados para vislumbrar un arreglo político considerable entre Estados Unidos y Cuba sin necesidad de “tumbar” este Gobierno. Puedo afirmar que tantas objeciones morbosas por los medios oficialistas del país, obraron para que millones de cubanos hablaran mal, a diario, en cualquier sitio público, del presidente Obama; hasta ayer miércoles 17 de diciembre, antes del mediodía. Así también, decenios atrás se habló mal de los curas y de sus creencias. Solo quienes hemos echado al aire ideas de reconciliación a pesar de la crítica de muchos que se hacen llamar “amigos”, intuíamos el momento que cristalizó hace solo unas horas, para sembrar un hito histórico incuestionable.

Pienso que ha llegado el momento de la verdad, de la inteligencia, de la concordia. Se está logrando. Quedan heridas y cicatrices –yo las tengo –, pero dijo el Maestro que “amar es más útil que odiar”. Y ha tocado a la puerta la hora del perdón por el bien de un pueblo que se ha venido desintegrando paulatinamente y que ya no consigue resistir más, o desaparece como nación. Puede que todavía los papagayos cacareen de un lado y otro del Estrecho. Pero su escarceo será silenciado por la voluntad de dos pueblos y de dos presidentes que han evaluado con cordura el daño evitable y han cortado de cuajo la cadena del odio. 

El canje de espías estuvo equilibrado. Pero esto no solo implica la liberación de prisioneros que causaron daños materiales y humanos en ambas partes, sino el compromiso bilateral de eliminar métodos escabrosos o, al menos, llevarlos a cabo con mayor cautela. Si a esta toma de decisiones se puede agregar eximir a Cuba de la lista de países propiciadores de terrorismo, he aquí otro paso más en el entendimiento y un firme puntal que evitará cualquier propensión futura a malos hábitos.

Quedan, expresó el presidente cubano en su alocución, muchos otros asuntos que resolver. Faltan, del lado de allá, leyes que derogar; del lado de acá, cláusulas constitucionales que reformar. Pero, como escuché a un campesino amigo en el día de ayer cuando la noticia: “No cojamos a Zamora en una hora”.  El pueblo de Cuba está feliz, está esperanzado. Ya escuché decir a personas que preparaban las maletas para emigrar: “vale la pena esperar un poquito”. Y yo los aplaudo, porque el hombre en tierra extraña, escribió también el Maestro, “es un árbol plantado en el mar”.

Sé que los papagayos y los fanáticos estarán a grandes temperaturas. Ha de ser muy duro para ellos repetir ahora todo lo contrario de lo que vociferaban antes del mediodía de ayer. Carcomerán su odio y buscarán el sitio ideal donde esconder su pico. Porque la verdad, a la larga, siempre sale a flote. Y si, cuando se le otorga voz a los que critican, se escuchan verdades que han pasado por alto los más sordos, ¿por qué tildan de traidores a quienes soñamos un futuro de paz, de justicia y de entendimiento?

No tengo palabras para agradecer al papa Francisco lo que ha hecho por la nación cubana. Por eso, quiero terminar este pequeño enunciado con la oración representativa de quien él tomara su nombre, para decirle desde mi oscura cueva: ¡Qué bien lo ha hecho!

 

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:

donde haya odio, ponga yo amor,

donde haya ofensa, ponga yo perdón,

donde haya discordia, ponga yo unión,

donde haya error, ponga yo verdad,

donde haya duda, ponga yo la fe,

donde haya desesperación, ponga yo esperanza,

donde haya tinieblas, ponga yo luz,

donde haya tristeza, ponga yo alegría.

 

 

Pedro Armando Junco

 



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lunes, 8 de diciembre de 2014

La última hoja del cardo

Sobre la última hoja del cardo

 

A mi puesto de viandas y hortalizas llegó un hombre en bicicleta a comprar ajos. Tomó tres bulbos y luego preguntó el precio. Cuando le respondí que cada uno de ellos costaba 4 pesos, se deshizo del tercero inmediatamente y quedó con solo dos en la mano. Me miró muy serio y comentó: “Esto es un abuso. El precio de estas dos cabezas de ajos representa la mitad del salario de mi jornada laboral. Soy ingeniero y mi trabajo reporta muy buenos dividendos al país…”

No pude menos que preguntarle a quién llamaba abusador y, aunque no me precisó abiertamente, quiso dejar sobre el tapete que somos los vendedores por cuenta propia quienes explotamos al pueblo. Y no me extrañó en lo absoluto, porque esta es una política que se viene manejando desde hace tiempo hasta por los medios oficialistas que, luego de haber creado el “cuentapropismo” por la incapacidad estatal de resolver el abastecimiento de productos básicos a la población y llenar un vacío laboral que de otra manera habría colmado el desempleo, ahora ataca a los trabajadores particulares.

Sin embargo, con mucha paciencia desarrollé mi retórica, puesto que ni remotamente ese señor sospechaba con quien estaba conversando, y le expliqué que cuando un vendedor vende a 4 pesos una cabeza de ajo es porque la compró en el mercado libre a 3.50; que aquel que la vendió en ese mercado libre la compró a 3 pesos al que la comercializa al por mayor y este, seguramente a dos pesos al transportista que, por supuesto, no es quien lo cosecha. Y es de suponer que el productor lo liquida a un peso solamente. Le agregué que tanto el que lo cosecha, como el transportista, como el intermediario, como el vendedor del mercado y el que se lo pone en sus manos, tenemos que pagar altos impuestos al Estado por el derecho a efectuar el comercio. Pude señalarle, además, que cada una de esas cabezas de ajo han rendido al Estado una mayor ganancia en sus cinco imposiciones que la que haya alcanzado el más afortunado de sus manipuladores. Y le expliqué también que el valor real de cada bulbo es 16 centavos en CUC, la moneda con la que él seguramente adquiere en las shopping el aceite, el pollo, y cuantos productos de primera necesidad están fuera del marco liberador del cuentapropismo. Así que, si esas dos cabezas de ajo con un valor de 32 centavos representan la mitad de su jornada laboral como ingeniero de alta categoría, no era preciso utilizar una calculadora para enterarse que su salario es de 64 centavos por día de trabajo. Y terminé haciéndole entender que si el vehículo que lo transportaba desde su casa al taller y viceversa era una bicicleta, debía enterarse que quien lo estaba explotando no eran, precisamente, los trabajadores por cuenta propia. .  

Supe callar que es lamentable que un escritor reconocido tenga que vender por las tardes viandas y hortalizas en la cochera de su casa para no verse impelido a delinquir como medio de subsistencia. O que un médico ausculte primero la mano que trae una jaba con alimentos antes que el cuerpo del paciente. O que otros ingenieros o técnicos o especialistas en cualquier rama como él, según la oportunidad que ofrezca su centro laboral, atienda primero los “chivos” de la calle que a su función competitiva. O, lo que es peor: que los que sin producir un centavo se llenen la boca con la palabra revolucionarios o militantes del Partido para vivir casi como millonarios.

No sé si el hombre se marchó satisfecho con la explicación que le proporcioné gratis, junto a las dos cabezas de ajo a 4 pesos. Lo que sí sería muy beneficioso para todos que los medios difusivos del país publicaran crónicas como esta.

 

Pedro Armando Junco

 



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jueves, 27 de noviembre de 2014

El pan nuestro de cada día

El pan nuestro de cada día

 

 

El modo de producción de la vida material

domina en general el desenvolvimiento

de la vida social, política e intelectual.

 

Carlos Marx

 

El miércoles 19 de noviembre, cuando iba de visita a mi terruño natal allá por el municipio Santa Cruz del Sur, al vehículo en que viajaba lo requisaron en el punto de control del kilómetro 6 de dicha carretera. Mi extrañeza fue enorme, pues no le vi sentido a registrar los pasajeros de vehículos que vayan desde la ciudad hacia el campo, puesto que la costumbre policial ha sido siempre inspeccionar el retorno a la ciudad hasta ver si pescan materiales ilícitos: carne de res, mariscos, quesos, porrones de leche, etc. Porque estos elementos mencionados, aún surgiendo de manos propias por campesinos trabajadores particulares, pertenecen al monopolio estatal. Tantas veces he dicho que esta medida es una de las principales barreras que frenan el desarrollo de nuestra economía agrícola, que ya hasta me da vergüenza repetirlo.

Pero cachear los equipajes a las personas que van hacia el campo me causó asombro y, aunque escuché opiniones diversas entre los demás pasajeros del camión en que viajábamos, pensé que el móvil de aquel registro tendría alguna razón excepcional de mayor peso, y no una rutina consuetudinaria.

Escuché decir que no se permite adquirir en “El Hueco” (el más importante mercado de productos alimenticios de la ciudad, popularmente llamado “candonga”) al por mayor, mercancías liberadas y llevarlas al campo para ser comercializadas, porque eso constituye un modo ilícito de sobrevivir, y por eso las confiscan. Un saco de viandas, varias ristras de ajo o de cebollas, una jaba con grasa de puerco, pueden convertirse en pruebas delictivas de un modus operandus condenable…

Cuando llegué al poblado de La Jagua tuve la sorpresa mayor. A un hombre con retraso mental, cuya manera más honrada de sobrevivir es comprar panes liberados en Santa Cruz del Sur para venderlos en Arroyo Blanco (a casi 40 kilómetros de distancia) y ganar un peso per cápita, no me causó gracia de ningún tipo.

Al hombre le confiscaron 20 panes. Y hasta me acordé del famoso hurto de Jean val Jean en la novela de Víctor Hugo. Porque el hombre, trabado de lengua y nervioso todavía, contaba a un grupo de personas que, al llegar al punto de revisión, colocó el saco de panes en el departamento que los camiones de pasajeros tienen encima de la caseta y se alejó de él; y que el policía, al subir al camión y detectarlo, pronunció muy alto:

–A ver, ¿de quién es este saco de panes para ponerle una multa de 1500 pesos ahora mismo?

Con esos palos, ¿quién dice que “ese saco es mío”? –contaba el pobre retardado, tartamudeando. Pero en su ignorancia legítima se hallaba contento porque, según él, se había librado de una multa impagable y solo había perdido los panes en esta oportunidad. Hasta agradecido se hallaba por la advertencia policial, sin caer en cuenta que ese grito de alerta del oficial del orden, no fue otra cosa que una amenaza encubierta para que nadie abriera la boca y reclamara la propiedad del saco… y quedárselo.

En primer lugar, sería bueno poner en tela de juicio la actitud de ese policía que se complace en despalillar a ciudadanos pobres, recurrentes a esos miserables comercios para sobrevivir porque, además de nada tener de ilícitos, ya que las panaderías venden sus productos liberadamente a precios muy altos, la ciudadanía los acepta como mesurados y paga un peso o dos de más porque se los lleven a sus casas. Aquí en Camagüey, desde la madrugada, decenas de ciclistas con un cajón a la parrilla, pregonan sus panes y los venden y la policía no se mete con ellos.

En segundo lugar, esos decretos de la época de José Abrahantes están fuera de lugar en una sociedad que se encamina (o al menos pretende encaminarse) hacia el progreso, el respeto, el bienestar y la justicia ciudadana. Muchos somos los que, a diario, alertamos sobre la necesidad de abrir y no cerrar caminos. Porque el fin de una nación tan bella, tan humana, tan carismática como la nuestra puede traerlo como resultado ese andar un paso hacia adelante y dos o tres hacia atrás igual que el vecino de Pánfilo que estuvo durmiendo 26 años en coma…

Pedro Armando Junco

 



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domingo, 9 de noviembre de 2014

Paquetes y más "paquetes"

La crisis de valores en Cuba es más que evidente. No solo de valores monetarios donde un peso natural se reduce a cuatro centavos y es con el que se le paga a la ciudadanía trabajadora, sino también de valores éticos y humanos.

Esto inquieta mucho a la dirigencia estatal aglutinadora quizás de un diez o un quince por ciento de la población cubana que no adolece de valores de consumo, pero sí está preocupada por un colapso político y social que pudiera relegarlos al bando de los miserables.

Les preocupa que sean muy escasos ya los productivos. El “cuentapropismo” ha echado a la gente a trabajar, sobre todo en el sector de los servicios, y esto se ha convertido en la “devoración” de los unos a los otros con el insuficiente metálico (¿puede llamarse metálico?) circulante. Porque en Cuba millones trabajan, pero muy pocos producen riqueza material. Hacer guardia nocturna, llevar papeles, dirigir organizaciones políticas, ser policía o militar son trabajos, pero nada productivos. Y desde la época de las cavernas, cuando Pedro Picapiedras llegaba a la cueva sin un pedazo de mamut, la familia no comía esa noche. Sin embargo, en aquella romántica etapa solo los perjudicados eran los Picapiedras. Ahora hay otro tipo de perjudicados: los burócratas que viven de la productividad colectiva de un país socialista.

Una evidente muestra de preocupación gubernamental son los Paquetes. Y no son precisamente los paquetes de mercancías que la comunidad cubana en el exterior envía a sus familiares mediante los “mulos”, quienes perturban el sueño a la dirigencia. No, señor. Son los paquetes audiovisuales que han invadido el territorio nacional con igual premura a como el Vesubio sepultó a Pompeya. Ya en Cuba se ve con mayor placer Sábado Gigante o Caso cerrado que el Noticiero Nacional. De la Mesa Redonda…, saque usted sus propias conclusiones.

La última gestión para detener el alud de lava hirviente fue convocar al FORO DE CONSUMO AUDIOVISUAL EN CUBA presidido por nada menos que Abel Prieto y Miguel Barnet junto a un grupo de intelectuales más que ofrecieron de manera “abierta” sus criterios. Entrecomillo la palabra “abierta” por razones obvias.

Me enteré de esto gracias a la generosidad de un amigo que me envía los enunciados de su blog regularmente, ya que en asuntos como este la prensa oficial no profundiza y el acceso a Internet me ha sido denegado en la UNEAC desde que me castigaron por decir aquí, públicamente, que un funcionario de allí era un oportunista que sustraía mediante subterfugios fondos de la Organización. Paradójicamente, en vez de expulsar a ese funcionario, me expulsaron a mí. Y así, una vez más se pone en evidencia la crisis de valores éticos en que está sumergida nuestra sociedad. Un burócrata puede aplastar a un ciudadano cívico con la misma facilidad con que se aplasta a un mosquito cuando está picando.

Pero volvamos al Foro. Mucho me gustó la declaración de Gustavo Arcos:

 

Donde quiera que exista un vacío, una necesidad o expectativa insatisfecha, será un espacio, llenado, ocupado por otros que pueden ser, y no, “nuestros enemigos”. Ocultar una información, censurar una obra, es hoy tarea de necios. Mientras más empeño pongas en ocultar algo a la luz pública, mayor interés despertarás en los espectadores por consumirla.

 

Muy bueno por Gustavo. No tuvo miedo enunciar una verdad que debe ser tomada en cuenta por los titulares del poder y abandonar la mentalidad de tiempos pasados, cuya ejecutoria, paulatinamente, ha originado estas crisis.

Hombres de criterio como Juan Triana no se cansan de aconsejar al Estado un acceso a Internet libre para todos. Si el cubano lo tuviera en su casa, ¡adiós paquetes! Claro que si este acceso tiene un costo mayor que el de los paquetes, estos sobrevivirían, porque una hora de Internet a más de cien pesos naturales es para millonarios, igual que la venta “liberada” de automóviles.

Por otra parte, los que conforman los paquetes se cuidan mucho de vender propaganda política “enemiga”, pornografía, o cómo se confecciona una bomba atómica. Solo es puro negocio. Es un negocio más que hasta podría legalizarse en la ONAT y pagar tributos. ¿A qué se le teme? Ah, bueno: se le teme a que nadie vea la televisión cubana con su insulsa programación. Pues yo aseguro que  a Pánfilo lo ve todo el pueblo. ¿Por qué? Porque Pánfilo es la realidad de Cuba. Háganse muchos Pánfilos y menos Mesas Redondas y mejorará la teleaudiencia nacional.

Si el temor a los paquetes es la penetración ideológica extranjera, hágase la ideología interna más transparente y veraz y beneficiosa para el pueblo, acéptese la crítica sin limitaciones y póngase en práctica el consenso nacional sin dictar desde los medios de qué manera debe ser cada individuo y cómo debe actuar.

La crisis de los Paquetes es solo una ramificación de la crisis general que vive Cuba en estos momentos. Existe una crisis de valores éticos y morales, cuyos ejemplos mostraré en próximos trabajos, pues necesitan páginas completas. Las cosas en Cuba marchan –como habría dicho mi campesina madre– “a manga por hombro”. El ejemplo más reciente fue el de ayer cuando un patrullero que se colocaba en la esquina de mi casa donde existe un pare de tránsito para multar infractores, cruzó sin la preocupación de frenar su moto.

En otro momento Gustavo Arcos recomienda:

 

Puede que mañana no exista el Paquete, substituido o superado por otro sistema o modelo de circulación y consumo alternativo. La necesidad humana de conocer y de acceder a las múltiples imágenes de este mundo ya sea para su conocimiento o placer, resulta un proceso indetenible. La preocupación del Estado por la avalancha de estos productos es legítima desde una perspectiva cultural e identitaria. Pero para que esa resistencia cultural tenga algún sentido deberán extirparse todas las rémoras de control ideológico, intolerancia y prejuicios que rodean las acciones artísticas. Superar los miedos al verdadero debate sobre los asuntos que preocupan a todos, sanear la economía y con ello mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, abrirse a las nuevas realidades, discusiones, interpretaciones, redes sociales y dinámicas que mueven el mundo. Ese  pudiera ser el camino, que tendría en el centro de todo, la educación ciudadana, clave de ese urgente proceso de transformación nacional y fortalecimiento cultural. 

 

 

Pero dejemos que sea Norberto García en la publicación dominical Vida cristiana de hoy 9 de noviembre, quien reafirme esta opinión tan generalizada acerca del programa Vivir del cuento popularmente conocido como “Pánfilo”, que viene como anillo al dedo sobre el tema que nos ocupa:

Con Pánfilo no hay paquetes

Durante el pasado y calurosísimo verano, me  encontré accidentalmente con un artículo publicado en un periódico de provincia y cuyo título era, más o menos, el que encabeza estas líneas. En mi opinión de lego, el escrito de dicho semanario me resultó sumamente acertado. El autor o autora, no recuerdo bien, señalaba cómo la teleaudiencia estaba expectante al programa de Pánfilo porque, además del sano y buen humor, se sentía identificada con la situaciones abordadas y los personajes encarnados por los artistas. Así las cosas, se infería del artículo que si abundaban las facturas televisivas estilo Pánfilo, disminuiría la demanda de los “paquetes” de telenovelas, series, Casos cerrados, Bellezas latinas, etc.; programaciones importadas que no siempre resultan constructivas pero que acaparan la atención de las personas por la factura glamorosa que ofertan y que, en nuestro contexto, devienen en un mercado apetitoso y lucrativo.

El mundo de la tecnología digital avanza exponencialmente y es casi imposible competir con las memorias flash, los DVDs, las computadoras, las “tablas”, las parabólicas y mil artilugios que el futuro, no lejano, nos muestra. Durante el verano muchas personas recurrieron a la televisión como casi la única opción de entretenimiento vacacional y… ¡qué decepción! La programación, salvo en contadas y honrosas excepciones, se comportó de forma aburrida, repetitiva, monótona y, como decía un vecino de la cuadra, como “más de lo mismo”. La oferta televisiva veraniega resultó ser un incentivo para la proliferación de los “paquetes” pero, como diría Pánfilo: “esa es otra historia, otra historia”   

 

 

Pedro Armando Junco

 



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domingo, 2 de noviembre de 2014

Robo con fuerza

Robo con fuerza

 

A César, mi vecino, le robaron el bicitaxi. Lo había preparado de manera muy original, a su modo y conveniencia. Le compró una casetera de automóvil con dos bocinas grandes para amenizar el tiempo que los usuarios lo montaran. El cojín de los usuarios era mullido y el del conductor lo ubicó reclinado, para conseguir manejarlo con mayor comodidad. Y era un joven relativamente feliz porque, padre de una hermosa niña de ocho meses, gracias a su rudo trabajo podía solventar las necesidades más urgentes del hogar, sobre todo en alimentación y limpieza..

Explico a quienes no conocen la nomenclatura criolla actual, que el bicitaxi no es invento criollo, sino una regeneración de los palanquines asiáticos en los que un chinito cualquiera lleva a remolque y a pie a los turistas por solo unas monedas. En nuestro país, ante la escasez de transporte urbano, sobre todo en ciudades como Camagüey donde las elevaciones de la vía tanto como el trabajo estatal bien remunerado brillan por su ausencia, surgió este tipo de vehículo medieval y tercermundista como fuente de trabajo dura, pero capaz de resolver las necesidades elementales de una familia. No es más que una bicicleta de tres ruedas en cuyo trasero se han instalado dos asientos para viajeros.

Con el paso del tiempo el bicitaxista –igual que a la totalidad de nuestro pueblo– ha desarrollado su inventiva y convertido a estos rústicos aparatos de comienzo de la crisis del transporte urbano, en verdaderas obras de arte. Les han colocado techo, cortinas laterales para que en caso de un aguacero el turista no se moje (aunque el conductor destile agua a la intemperie), les han multiplicado su capacidad de peso sustituyendo las gomas de bicicleta por gomas de moto o de automóvil, les han colgado adornos y banderitas por todas partes y, gracias a una batería de camión que algunos llevan debajo del cojín, como en el caso de César, se ha rascado el bolsillo para adquirir en las shopping luces de colores y una casetera con cintas de reggaetón y par de bocinas –a veces enormes–que alegran tanto la calle con su ritmo, como a veces molestan por su escándalo.

A pesar de ser el bicitaxista un tipo de proletario más por el hecho de ser “cuentapropista” –entiéndase trabajador por cuenta propia–, es mal mirado por los agentes del orden y estos, siempre que pueden lo multan o lo expulsan de áreas donde se sitúa a ver qué turista pesca. Pero, como diría Goethe en su inmortal Fausto:“poderosa es la ley, pero más poderosa es la necesidad”, el bicitaxista ni ceja en su propósito ni da tregua a los policías que lo acosa y en cualquier sitio encontramos uno que por diez o veinte pesos nos dé la carrera.

Según mis cálculos, la totalidad de bicitaxistas en Camagüey ciudad debe rondar el millar de carruajes. Los hay muy jóvenes y fuertes muchachos, como en ocasiones puede aparecer un sesentón que suelta los pulmones por sus piernas para ganarse algunas decenas de pesos al día. Porque tanto es el odio velado de la clase dirigente para quienes trabajan por su cuenta, que les está prohibido acoplar un pequeño motor al artefacto para hacer más llevadera la carga que transporta.

Y el caso fue que César arribó a su casa después de las cuatro de la madrugada, agotado por una dura noche de faena. Colocó par de cadenas con sendos candados en cada rueda trasera de su aparato y se tiró un rato a dormir. Su casa no tiene cochera ni posibilidad de introducir el bicitaxi debido a la estrechez de la puerta. Cuando termina su jornada debe ir a guardarlo en otro sitio. Pero como pensaba en descansar solamente un rato y retomar su actividad, lo creyó seguro. Cuál no sería la sorpresa del pobre joven cuando al abrir la puerta de su casa el bicitaxi ya no estaba allí.

Casos como el de César ocurren a diario en Camagüey –y en todo el país– sin que la prensa los publique, ni la policía lleve a cabo soluciones satisfactorias. La desidia policial se une, paralela al incremento delictivo que amenaza con importar desde Venezuela más que petróleo crudo, la peste de sus peligrosos “malandros”.  Y como si esto fuera poco, cuando alguno de estos elementos cae en la red policial, entonces los tribunales le aplican medidas tan poco drásticas que en vez de conminarlos a desistir de la delincuencia los invitan a incrementarla.

La desaparición del bicitaxi de César es un robo con fuerza según lo definido en el código penal cubano, no un simple hurto; porque el ladrón tuvo que romper los dos candados que ataban sus ruedas. Pero en el caso de ser capturados los delincuentes, cuentan con la benevolencia del tribunal para estos casos, por razones que desconocemos todos; porque, para otros supuestos delitos como el de sacrificar una vaca propia, el rigor es exagerado. La conmiseración de la ley y los tribunales no permite siquiera que un ciudadano se defienda y cause daño al cuatrero que invada su casa. Y todo este desajuste ilógico de nuestro sistema político no tardará en traer nefastas consecuencias como la de vivir bajo la ley de la selva. Ya se habla de pandillas organizadas. Salir de casa en la madrugada o regresar a altas horas de la noche es un peligro potencial que todo el pueblo conoce. Los delincuentes no desdeñan el escrúpulo, y de igual manera atacan a un anciano, a una mujer o a una niña, como ocurrió hace solo unos días en el nuevo bulevar de la calle República.

Hoy César, un joven proletario honrado y trabajador, ha perdido toda esperanza de recuperar su bicitaxi y se le oprime el corazón solo de pensar de qué manera podrá acarrear para su casa las necesidades básicas de un hogar cubano.

 

Pedro Armando Junco

 



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domingo, 19 de octubre de 2014

Oh, Camagüey. Mi Camagüey. Tierra de comarcas y pastores. ¡Cuán deteriorado estás!

Ante todo deseo pedir excusas a quienes siguen mis enunciados en el blog por haber faltado a la página desde el último día de septiembre. Sucedió que durante casi tres semanas estuve trabajando junto a la editora de mi novela 36 hombres a bordo que saldrá próximamente. Este trabajo de edición me bloqueó por completo otros objetivos literarios y la continuidad semanal que he querido mantener siempre en el blog La furia de los vientos.

Pero aquí estamos otra vez. Hoy trataré de comentar algo muy positivo a mi juicio: la resonancia de los blogs críticos que ya va teniendo lugar en periodistas oficiales de todo el país.

Tengo ante mí el semanario Adelante del sábado 4 de octubre, donde su última página, cubriendo la totalidad del espacio, muestra siete instantáneas fotográficas que apoyan el artículo de Enrique Atiénzar Rivero intitulado Chapuserías, botones de muestra. 

Es halagador que un oficialista como Atiénzar tome el rábano por donde nadie lo toca y saque en el único periódico semanal de Camagüey una crítica tan incisiva como veraz sobre las aplaudidas remodelaciones por el 500 aniversario de la ciudad.

 

“No creo suceda como en la era de Poncio Pilatos, el célebre personaje, Prefecto de la provincia romana de Judea, que para justificar su inocencia ante la condena de Jesús, apeló a lavarse la manos.

Quizás hombres del siglo XXI acudan a ese mismo ardid, no con igual propósito, pero sí para eludir las responsabilidades de lo malo (de lo bueno le gusta hablar a todo el mundo) realizado en los predios del Paseo de los cines, en la Céntrica Plaza de los Trabajadores y en otros sitios del entorno”.

 

   Y a partir de allí el periodista, acaso sin saberlo –pues este humilde blog es poco conocido por mis coterráneos–, corrobora de entrada las tantas ocasiones en que he criticado el inútil y costoso desmontaje de una Plaza que servía de parqueo al centro financiero de la provincia o el incómodo saltadero en que se convirtió la calle de los cines luego de su sonada remodelación a base de adoquines y concreto alternándose cada tres metros.

A partir de allí Enrique Atiénzar pone el punto sobre las íes en una serie de chapucerías más que sería prolijo repetir en estas páginas: edificios sin terminarles la pintura, el salidero de San Rafael y Baronía, famoso por su longevidad; las tapas de los recientes registros eléctricos soterrados en completo deterioro o  que no existen, lo que puede ocasionar accidentes graves, sobre todo a personas invidentes; los ladrillos maltrechos antes de un año de  uso; unos bancos públicos montados con articulaciones sanitarias; tragantes tupidos o en pésimo estado, etc.

En mi post No matemos a Willy,  en enero de este año, critiqué mucho sobre la Plaza, pero exoneré al joven arquitecto que se disculpó aquella vez diciendo “que su proyecto original fue más artístico. Pero que luego llegaba un directivo de Patrimonio, o de Monumento, o de la Oficina del Historiador  y lo cambiaba todo “por esto o por lo otro”, desoyendo sus opiniones”.

El caso es que lo hecho en la Plaza de la Merced –hoy Plaza de los Trabajadores– es otra chapucería más de las tantas que se acometen en nuestra histórica ciudad. La calle de los cines con sus “sapitos adoquinados” no cumple el objetivo de remedar una cinta cinematográfica como seguramente el proyectista soñó, porque tales celuloides, entre cuadro y cuadro, tienen un hilo divisor muy pequeño que nada tiene que ver con el fallido intento que hace a la calle sumamente incómoda a todo el que la cruza.

–“Mientras más personas se consultan, más insatisfacciones afloran por lo que se alcanzó con el plan Ciudad 500”– reitera Atiénzar. ¡Claro! Porque todavía adolecemos del consenso poblacional; porque todavía muchos directivos piensan que son solo ellos los que poseen la verdad y el acierto. Porque todavía no se les ha expulsado de la dirección y colocado en la picota al que determinó cerrar la calle Martí frente al parque Agramonte para vender café por moneda dura a los turistas en detrimento de la viabilidad y provecho de la población.

Mucho queda por decir y habrá que continuar “diciendo”, porque tampoco es cierto, como asegura un amigo, la inutilidad de los blogueros. Es totalmente halagador cuando vemos que ya el periodismo oficialista toma partido contra lo mal hecho, se atreve a mencionar al comienzo de un artículo el nombre de Jesús aunque sea utilizando un símil, cuando antes la palabra “Dios” era eliminada hasta en las canciones de la radio.

Yo pienso que en la particularidad de la crítica vamos cuesta arriba. Tengo fe en que, cuando todos unidos, oficialistas o no, seamos capaces de señalar los errores, nuestros obstáculos disminuyan y recuperemos, en paz –siempre en paz y sin odios–, las virtudes perdidas.

 

Pedro Armando Junco

 

 





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martes, 30 de septiembre de 2014

Blogueros y bloguerías

Me comentó un amigo de lo inútil que son las bloguerías. Me aconsejó que todo el tiempo que pierdo en escribir un post para mi blog pudiera dedicarlo a mi literatura, inclinación más intelectual y trascendente en mi carrera. Lo paradójico está en que ese amigo es también bloguero. Pero sus tratados se diferencian de los míos en que se enmarcan solo sobre arte y eluden los problemas sociales de nuestro país, como si viviéramos en el espacio sideral, ajenos por completo a las dificultades de los que pisan la tierra.

Y lo peor es que, beatonamente, continúa escribiendo. Ahora, luego de percatarse que a pesar de mis críticas no me ha “sucedido nada”, suelta sus reproches a veces envueltos en un lenguaje de celofán que puedan entenderse de diferentes maneras.

Sin embargo, otro grupo de blogueros muy críticos, hacemos coro para decir lo que hay que decir. Y no lo hacemos por ir contra el Gobierno, sino por andar a favor del pueblo: dos concepciones que todavía no están tan bien esclarecidas como deberían. Si el Gobierno toma medidas que perjudican a la población porque dentro de su nomenclatura hay individuos que, por vivir muy acomodados, el pueblo no les interesa un comino, para denunciar lo mal hecho estamos nosotros a pesar de las limitaciones para llegar a las masas, obstáculo que sería muy saludable eliminar.

El altruismo de los blogueros críticos –y debo poner el resguardo de respetuosos y nada beligerantes –, gravita en la convicción de que nada debemos ni tenemos que esperar como recompensa, a no ser las mejorías que reclamamos para la comunidad en la que estamos viviendo. Con la experiencia de lo sucedido a Cristóbal Colón cuando regresó encadenado a España en su último viaje, es suficiente para concientizar que el que se mete a redentor termina crucificado. Pero, por otra parte hemos aprendido del Maestro que “mirar en calma un crimen es cometerlo”, y es por eso que sacamos los trapitos al sol de lo mal hecho y lo perjudicial para los ciudadanos de a pie.

En las cuestiones más sencillas muchas veces tenemos éxito aunque no se nos adjudique la medalla. Un ejemplo de ello es la avalancha de críticas a la suciedad y a la falta de agua en mi barrio. Yo he hablado de mi barrio, otros hablan de los suyos y conformamos una especie de sindicato anónimo que aglutina opiniones del pueblo y siempre hay, entre los que pueden resolver el problema, quien ponga oídos a la crítica.

Pues bien, todo indica que alguien se dio cuenta de que un alto por ciento de los casos de cólera es debido a la falta de higiene; que es fundamental para la higiene agua en abundancia; que para qué ofrecer agua pública solo cada tres días si las represas están ahítas gracias a una fértil primavera, etc. Y desde hace una semana el agua nos está llegando continuamente y con mucha fuerza. Para ser justos, si es que con esto no le hago mal de ojo a la abundancia, felicitamos encarecidamente al directivo que ordenó abrir el surtidor, seguramente convencido de que es un absurdo racionar el pingüe líquido.

Tanto dimos con el problema de los mendigos alcohólicos, que se les asignó un sitio hospitalario con tratamiento siquiátrico y se han internado en él a muchos que daban la imagen más tétrica de nuestra ciudad.

Y así hemos obtenido silenciosas y minúsculas victorias locales con nuestras críticas, pues el propósito siempre ha sido ayudar, no destruir. Sin embargo, lo que solucionaría la crisis cubana tiene que ascender a nivel nacional donde radican las principales trabas, tantas veces señaladas por nosotros. Medidas en grande y para todo el pueblo.

La eliminación del permiso estatal para salir del país, la compra y venta de vehículos y casas privadas, el incremento del trabajo por cuenta propia, no solo son aperturas con lastre de gravámenes desproporcionados, o una muy disimulada cuerda por donde amarrar al ciudadano si se quiere, sino son derechos que se les había usurpado al pueblo y ahora se les reconoce nuevamente como un pródigo regalo.

Pero el país continúa en picada. La corrupción se incrementa y los jóvenes solo sueñan con abandonar el país. Como soy tan abierto a escuchar las más extraordinarias opiniones, hace solo unos días un amigo muy pesimista se atrevió a pronosticar que dentro de cinco años, cuando los hermanos Castro hayan desaparecido del escenario público, será inevitable una guerra civil:

–¡Porque la juventud de este país no aguanta más…! Solo el liderazgo de Fidel y Raúl consiguen que el pueblo resista tantas penurias.

Pero eso sería el caos, y por tanto lo debemos evitar. ¿Cómo? Formulando soluciones lógicas, yendo a las raíces de los problemas y poniendo en práctica medidas, nunca coercitivas que exacerbarían aún más a los descontentos, sino innovadoras, sin tener en cuenta su radicalización. Porque lo importante es cambiar todo lo que deba ser cambiado en aras de la nación cubana.

La política que se ha estado llevando a cabo es totalmente contraria a los propósitos y objetivos que se persiguieron. Por ejemplo: cuando decimos que la mayor factoría de los Estados Unidos está en Cuba, la gente mira a su alrededor buscándola y no la ve, porque hasta las centrales azucareras están en peligro de extinción. Y ¿cómo puede verla un ciudadano común y corriente si el objeto que sale de esta factoría es él mismo o son sus hijos? ¿Es que hay que estar ciego para entender que dentro de poco más de los cinco años que dice mi amigo, en Cuba solo quedaremos ancianitos?

El Estado costea, desde que está en el vientre de su madre, los gastos que ocasiona el feto. Cuando nace le otorga todos los beneficios, incluyendo el mal hábito de prohibirle trabajar; y lo educa, y lo hace profesional. Y luego, cuando ya es hombres o mujer, apto para la explotación, se marcha hacia los Estados Unidos. Y es allá donde rinde los frutos que debería ofrecer aquí

¿Cómo evitarlo? Se han puesto a prueba los métodos más diversos: desde la negación del permiso de salida hasta la cárcel, y no se han obtenido resultados provechosos. La gente se lanza al mar y corre el riesgo potencial de morir ahogado o comido por tiburones, pero continúa huyendo del país. Otros piden misiones para luego desertar.

¿Dónde está la solución? En que la gente se sienta a gusto en su país. ¿Y de qué manera la gente puede sentirse a gusto en su país? Gozando todo tipo de libertades, prioritariamente económicas y políticas.

Yo le respondí a mi amigo pesimista que intuir el futuro de Cuba para dentro de cinco o un poquito más de años, es una profecía tan difícil, que ni el más preclaro vaticinador puede pronosticar. Pues paralelamente a una anexión a Norteamérica para la nueva colonización de esta Isla porque, si el éxodo continúa, la nación cubana radicará del lado de allá del Estrecho de la Florida, gravita la posibilidad de algo así como un Putin a la cubana. Un nuevo dictador con mano de hierro que intente detener la corrupción generalizada, cuyos frutos hoy permiten la supervivencia de toda la población, aunque a muchos nos pese.

La otra posibilidad, el esperanzador pronóstico de un comienzo de bienestar en el pueblo, que un alto funcionario supone para el 2030, no solo es irrisorio porque ni él ni yo ni muchos posiblemente podamos estar sobre la tierra para esa fecha, sino porque es una falta de respeto al pueblo desesperado. En el año 2030 la Revolución cumpliría 71 años. La Revolución Bolchevique duró 72 años. Quizás por eso el alto directivo de la economía nacional computó en su espacioso y aclimatado buró:

–Un año más… y un Putin. O el Diluvio.

 

 

Pedro Armando Junco

 



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