domingo, 26 de junio de 2016

Censura

Tomado del sitio Cubanos por en mundo

 

"En un mundo lleno de hipócritas los sinceros somos malos", descubrí en el tablet de mi hija. Mi retoño de periodista se echó a reír cuando anoté el aforismo en mi agenda y le comuniqué la idea de comenzar un artículo con él.

Es cierto que los avatares de la vida han convertido al mundo en una madriguera de zorros. Hasta aparecen conceptos aprobatorios muy popularizados como el que reconoce a la hipocresía parte indisoluble de la cultura. En política, ni hablar. En política la mentira es la espada del gladiador que busca a toda costa ganar la pelea.

En sociedades como la nuestra, el aforismo se exacerba y la gran masa poblacional sobrevive gracias a la simulación, a la astucia, al doblez ante lo que se exige desde lo alto, todas características afines, sinonimias comunes de la hipocresía. Y el periodismo oficialista se torna nave proa en este mar de falacias incongruentes.

Sin embargo, dentro del marco estatal he visto aparecer últimamente a un joven reportero de la televisión cubana que pone su dedito sobre algunas llagas para nada traídas a colación antes de él. El nombre de este muchacho es Lázaro Manuel Alonso. Es un periodista fuera de serie que, casi a diario, aparece por el Noticiero Nacional de la Televisión criticando la desidia, las malas administraciones, los problemas inherentes al erróneo funcionamiento social, aunque siempre con la cautela del experto. Introduce el dedo, no en lunares abultados que otros de sus colegas han pasado por alto, sino hasta tocar la verruga que pone en juego el futuro bienestar de la nación. Pienso que el mérito que lo hace exclusivo radica en defender al pueblo de a pie

Claro que Lazarito juega tan solo con la cadena. Pero aún así está corriendo un riesgo enorme, porque el día que algún directivo de altura sienta que el muchacho le ha tocado el adenocarcinoma prostático, cuya causal ha tenido que ver con su persona, Lázaro Manuel desaparecerá del escenario público y jamás volveremos a escuchar su nombre.

Es posible también que tanta impugnación internacional a la falta de libertad periodística esté creando "críticos" dóciles para que nadie pueda declarar que en Cuba no hay libertad de prensa. Al parecer se le "está buscando la vuelta" al artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que, por cierto, muy poco se conoce dentro de la Isla.

Punto y aparte, no todo el mundo es hipócrita en la sociedad cubana. Los periodistas independientes, satanizados como opositores y otros motes peyorativos, exponen sus criterios a pesar de tener sobre sus cabezas la espada de Damocles de la detención y el encarcelamiento, se multiplican, echan sus "libelos" por otros medios no oficialistas y, aunque sus réplicas solo pueden ser leídas por muy pocas personas dentro de las fronteras, se les ha respetado hasta el momento con la misma condición impuesta a Lazarito: jugar solo con "la cadena".

Lo ominoso de este trastorno periodístico son las consecuencias negativas que traen, tanto para la población como para el mejor funcionamiento del Sistema, por no entregar al pueblo la información precisa, actualizada y sin ocultismo. Mostrar por los medios que todo marcha bien en el país, ha dejado resultados funestos en la sociedad; sobre todo la incredulidad poblacional. No hablar de una epidemia hasta el estallido general de la misma ha castrado la posibilidad de combatirla profilácticamente y detenerla a tiempo con el apoyo de la ciudadanía. No informar por los medios difusivos la delincuencia callejera –importada de los malandros venezolanos–, los asaltos y asesinatos que a diario estremecen a las familias cubanas, atentan contra la prevención que los padres habrían podido extremar con sus hijos, luego convertidos en víctimas. No permitir un espacio a la oposición, ignorarla, estigmatizarla, no consigue para nada que deje de existir, sino inculca en el individuo de a pie, cansado de tantas limitaciones sin reparo, a confraternizar con ella.   

La censura, si bien mantiene en el limbo a unos cuantos ciudadanos ignorantes, se reduce vertiginosamente gracias a los nuevos medios de comunicación que el siglo XXI pone a disposición de todo el orbe y nada ni nadie está capacitado para bloquear.

El cubano heterodoxo, lejos de ser "malo" como reprocha el aforismo de mi hija, es el verdadero amigo con que el Gobierno puede contar a la hora de inferir lo mejor para su pueblo. No importa que cada ciudadano tenga un punto de vista diferente al señalar la manera de sustraer a Cuba del bache económico, social y político en que está sumergida. Lo ideal es permitir que fluyan con entera libertad los criterios del cubano que piensa dentro de la Isla y que no está dispuesto a conformar ese mare mágnum de fugados que, sin importar los avatares de un futuro sin patria, prefieren abandonar el país en vez de ofrecer propuestas de cambios que, tarde o temprano, tendrán que llegar, porque lo disfuncional del sistema ya lo está avizorando.

 

Pedro Armando Junco

lunes, 20 de junio de 2016

Juguemos al absurdo

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Uno le dice a otro:

–¿A que tú no subes por la luz de mi linterna?

Y el otro responde:

–¿Me crees muy tonto, eh?¡Para cuando yo esté muy alto, apagues la linterna y me caiga!

De inmediato nos percatamos de estar en la presencia de dos orates. Sus parlamentos los denuncian.

Alguien me habló alguna vez de la teoría del absurdo. Sus ideólogos aseguran que nada mejor para alcanzar la verdad que anteponerle su contraparte ilógico. Por eso, cuando leí Esperando a Godot, Premio Nobel de literatura 1969, me fue preciso elevar la entelequia para comprender tanta sabiduría del autor en aquellos insensatos personajes. Impactante es la escena donde a uno de estos le da por auxiliar al esclavo que maltratan con látigo y soga al cuello, y al acercarse al infeliz recibe de este una patada en la pierna como recompensa.

Esta obra teatral del irlandés Samuel Beckett ha regresado a mi memoria ante la declaración conjunta, sin abstenciones, de todos los campesinos cafetaleros de Cuba al negarse a vender su rico grano, de manera directa, sin la intervención del Estado, a empresas norteamericanas. ¡Todos los cosecheros de café han declarado un rotundo NO a las insidiosas propuestas del Imperialismo! Todos, mediante sus voceros dirigentes de la ANAP, prefieren vender sus producciones al acopio estatal –entiéndase monopolio estatal– en decidido acuerdo a no exportarlas directamente y quizás por veinte veces mejor precio a los Estados Unidos. Es el paradigma del fervor patriótico.

Razón no les falta. ¿Cómo traicionar a la Revolución que trajo la igualdad a todos los cubanos: las consultas médicas gratuitas, la educación generalizada, la cultura popular y el deporte como derecho del pueblo, a pesar de la apatía de los galenos, la incapacidad de muchos maestros, la vulgaridad del arte y la migración de los mejores atletas?

¿Por qué vender el café a cambio de billetes verdes que solo servirían para soliviantar los deseos morbosos de adquirir un carro para salir de vez en cuando a visitar la novedosa casa en la ciudad, estando convencidos de que ello traería por resultado el abultamiento excesivo e incómodo del abdomen como lo sufre hoy la mayoría de la dirigencia estatal? Lo correcto es la bicicleta y la "chivichana", que endurecen las piernas, fortifican los pulmones, mantienen a raya la laxitud de los rectos abdominales y retraen del mal hábito del acomodamiento, como aconsejara alguna vez, muy sonriente, el anterior presidente del país al principio del Período Especial

Si los imperialistas yanquis liquidan directo al productor la recolección de café al precio que se les paga a cualquier otro cosechero en el mundo, puede que hasta les dé a estos por vestirse de turistas y salir a conocer países lejanos y, –de la misma forma que Ricardo Alarcón explicó hace algunos años en histórica conferencia al estudiante de la UCI Eliécer Ávila– el cielo se nublaría de aviones con cubanos dentro y allá arriba, entre lo vaporoso de las nubes, se crearían embotellamientos gigantescos, fatales accidentes del espacio y el caos aeronáutico.

Estos son algunos de los "por qué" nuestros cafetaleros, mediante sus portavoces de la ANAP gritan al mundo que para nada hace falta ese billete verde en nuestro país, cuando sobran escuelas y hospitales gratuitos, cuando se siente que se pega como en pecho propio una medalla a cada deportista de alto rendimiento, o se informa que Silvio Rodríguez y Alicia Alonso han sido condecorados en el confín de la Tierra. Acá nos basta con ir de vacaciones al Campismo Popular, a orillas de un río, a comer pececitos mareados de agua dulce, en remembranza de nuestros aborígenes; lejos de la insidiosa invitación a Varadero, a Guardalavaca, a los hoteles cinco estrellas de Cayo Largo y la cayería norte de Cuba. Acá, hasta morirnos nos resulta grato, pues no tenemos la preocupación del costo del entierro puesto que hasta el sarcófago se nos regala.

¿Qué futuro esperaría a este país si luego de aceptar el negocio propuesto por el imperialismo yanqui a los cosecheros de café, les da a los seguideros del "Hermano Obama" por proponer comprarle en directo el excedente de sus reses a los ganaderos cubanos y sus cuerdas de tabacos a los vegueros de Pinar del Río y villareños, como a todo propietario cubano sus creaciones?

Pero el mundo continúa igual a como lo representó Samuel Beckett en Esperando a Godott, y el pueblo de Cuba no ha podido retraerse –todavía– a tan sencilla manera de pensar.

 

Pedro Armando Junco

domingo, 12 de junio de 2016

En Camagüey no tiembla la tierra, pero se derrumban los edificios

Tomado del sitio Cubanos por el mundo

 

El sábado 23 de abril, apenas caída la noche, se desplomó un edificio que sirvió durante sus últimos años como fábrica de camisas y ropas escolares. Los torrenciales aguaceros de dos días anteriores, al parecer, fueron las últimas causas del hundimiento del techo de tejas criollas del local, cuyos restos fueron a parar junto a otros escombros hasta la calle Luaces, frente al parque José Martí.

El deterioro interno del inmueble obligó a la dirección de industrias locales a evacuarlo con vista a una futura reparación, por sus muchos años de existencia sin el auxilio de mantenimientos y cuidados; pero como siempre sucede, así quedó todo en proyectos burocráticos hasta la noche del colapso.

Cuentan los vecinos del lugar que, afortunadamente, no pernoctaba nadie dentro de la industria en el momento del desastre. Y a partir del siguiente día, como sucedió donde convergen las calles Independencia y Cisneros, República y San Esteban, fue cerrado el tránsito por tiempo indefinido: un corralón de madera bloquea ahora la calle Luaces, importante vía que se encamina hasta el centro comercial de la ciudad. Puede que transcurran meses y años hasta que la calle se abra nuevamente a la circulación.

Con algunas industrias cuenta Camagüey: la fábrica de cervezas Tínima, la de helados Coppelia, la de ron Puerto Príncipe, las de refrescos gaseados, la de tabacos El Surco, la de pienso animal, son algunas de las principales… Ah, y la de armas de fuego, eufemísticamente conocida como Planta Mecánica. Pero las que acabo de mencionar pertenecen a nuevas creaciones del período revolucionario. Esta fábrica de ropa funcionaba en un local antiguo, seguramente nacionalizado después de 1959, pero ofrecía trabajo a más de un centenar de mujeres que, por lo céntrico del lugar, su fácil acceso constituía una invitación a las costureras del patio. Si los salarios de allí, como en todos los empleos estatales, no eran capaces de solventar el cúmulo de necesidades del gremio, al menos "la lucha", de manera similar a como "resuelven" otros obreros públicos, les permitía sobrevivir a los altos costos de la vida. Un retazo de tela o algún carrete de hilo escamoteados son en Cuba objetos de valor capaces de representar una jornada de trabajo.

Camagüey se está cayendo a pedazos desde hace décadas. Desde el pasado siglo, la prohibición de colocar un ladrillo sin el permiso burocrático correspondiente y el alto precio de los materiales de construcción en la actualidad, han redundado en la difícil reparación de viviendas particulares; paralelo a esto, la desidia en la restauración y saneamiento de construcciones pertenecientes al Estado, por ser muchas y por la carencia del sentido de pertenencia de quienes las utilizan, determinan el desplome a diario, sobre todo en épocas de lluvia.

Nada se ha dicho al respecto por los medios de comunicación oficiales. Es penoso, pero es la triste realidad de la tierra de El Mayor. Si antes hablé de la reducción vial en el más abarcador Casco Histórico del país, no puedo ahora callar ante la necesidad urgente de salvar edificaciones útiles antes de que toda su estructura se despeñe y se convierta en escombros.

 

Pedro Armando Junco

 

lunes, 30 de mayo de 2016

La rebaja de los precios

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Si pegas diez azotes a tu esclavo cada mañana, cuando le anuncies que a partir del siguiente día solo lo azotarás ocho veces, te responderá "gracias, amo" y dormirá con una sonrisa de felicidad toda la noche.

Algo así es lo que disfruta una gran parte de la población cubana con la rebaja de los precios en algunos productos alimenticios de primera necesidad. Mucha gente ríe satisfecha, llena de euforia, abrigando la esperanza de que los artículos vitales continúen declinando sus costos y se aplique cada vez más esta medida a una mayor cantidad de ellos. ¡Hasta Pánfilo pensó comprarse un televisor nuevo! Algunos escépticos piensan que la oferta caducará pasado el Primero de Mayo…; otros atribuyen el "generoso" proceder a los acuerdos tomados en el Séptimo Congreso del Partido. No faltan tampoco quienes desconfíen de que, pasadas algunas semanas, los vuelvan a subir como metódicamente se acostumbra.

Sin embargo, muy pocos "proles" han razonado que el precio del arroz oscilaba siempre entre los veinte centavos por libra y de que la rebaja de un peso con relación a los cinco de su costo actual, es una mueca a la historia. En términos aritméticos, es fácil calcular que cinco pesos es veinticinco veces mayor a la de su precio tradicional y que, al dejarlo en cuatro pesos, no existe tal rebaja, sino se mantiene el aumento veinte veces por encima de lo normal en relación con los salarios habituales del pueblo de a pie.

De igual forma pueden entenderse las "gangas" del aceite, de los chícharos, y de ese ínfimo puñado de mercancías que la prensa, la radio y la televisión oficial repiten con bombo y platillos como un generoso regalo. Nada se dijo del "café de la Victoria" –recordando a Orwell–, mejunje diabólico que nos vemos obligados a ingerir mientras en las shopping aparecen el Café Cubitas y el Café Serrano a un costo imposible de solventar por el bolsillo obrero. Tampoco se habla de la carne, del pescado, de los mariscos vedados a la población. Solo el pollo, importado de la producción del "enemigo del que nada necesitamos", seguramente adquirido a pocos centavos la libra, se le vende ahora a la ciudadanía a 2.60 CUC por unidad, que al llevarlo a la increíble conversión de la divisa en pesos naturales asciende a sesenta y cinco (65) pesos cubanos.

Pero muchos tontos sonríen complacidos. Sobre todo aquellos que reciben la fatiga y sangre de sus familiares en el exterior convertida en divisas, los que han conseguido salirse del carril de trabajo estatal y de una manera u otra, a veces involucrándose en un negocio turbio o estafando al prójimo en anaqueles propios, se conforman con el status quo.

El ejemplo más evidente radica en el pan. El precio de la flauta de pan común fue siempre de veinte centavos. El gobierno liberó su entrega: a tres pesos el pan suave y a cuatro el pan duro. Entiéndase que esa liberalización aumentó el precio quince y veinte veces de lo normal, respectivamente. La justificación ha radicado en que todas las mañanas cada ciudadano del país tiene derecho a una bolita de pan, pequeña y dura, por la libreta de racionamiento, a cinco centavos solamente. El que quiera más bolitas de pan debe pagarlo quince o veinte veces más caro.  Esto dio lugar al surgimiento del vendedor ambulante por cuenta propia, que sale en bicicleta con cincuenta panes de a tres pesos y los expende a cinco: le gana dos pesos a cada flauta; si vende los cincuenta, gana cien pesos en solo un par de horas: cien pesos es el aproximado de entre ocho o diez jornadas de trabajo del obrero cubano. ¡Ese vendedor de pan, puede comprar pollo en la shopping! Y así con todo.

A veces me cohíbo de revelar estos desbalances sociales por temor a que el Estado se la coja con estos vendedores ambulantes, en vez de ofertar la flauta de pan a sus 20 centavos naturales.

El colapso vendrá cuando algún sesudo del Ministerio de Economía determine aumentar los salarios como ya hicieron con la salud y es urgente llevar a cabo en la educación para no quedarse sin maestros. Si se aumentan los salarios estatales en general, resolverán el problema a corto plazo, para luego caer en una inflación igual a la que ha llevado la quiebra económica a Venezuela.

 

El talón de Aquiles de la economía cubana radica en los millones de puestos de trabajos improductivos que representan el exceso de circulante no remunerable. Es contrario a la lógica financiera, incluyendo la marxista, que la plusvalía de una producción, multiplicada en la venta al detalle entre diez y cien veces con relación a su costo, sea retenida en la mano estatal en detrimento de la ciudadanía. La doble moneda enmascara la gran estafa, donde muchos aceptan que una botella de aceite vale $2.40, cuando en realidad cuesta sesenta pesos.  

Estos beneficios cosméticos de limosna, para nada resolverán el desmantelamiento poblacional cubano. Los jóvenes continuarán marchándose, los inescrupulosos "merolicos" seguirán devorando a su prójimo, los dirigentes de acomodadas residencias y carros modernos persistirán en no soltar el jamón de sus manos y coadyuvarán al acoso y a la persecución de quienes levanten la voz para quejarse. Y la ley de la selva prevalecerá un tiempo indefinido hasta que todo el pueblo sea capaz de abrir los ojos y entienda que no hay razón para alegrarse cuando el amo reduce de diez a ocho los azotes de por la mañana.

 

Pedro Armando Junco

 

 

 

viernes, 20 de mayo de 2016

En busca del dueño de la ciudad

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Toda ciudad se apoya en el hombre que la resguarda. Puede llamarse alcalde, administrador o funcionario público; a fin de cuentas el calificativo es lo menos importante. Este es su encargado como el mayordomo en la mansión del millonario. Su obligación radica en el celo de cómo habilitar óptimo funcionamiento a los residentes del lugar. Para ello cuenta con recursos económicos públicos y el personal necesario. Es, casi siempre –como siempre debería ser– el ciudadano idóneo, elegido por el pueblo para organizar el hormiguero humano que conforma la ciudadanía. Es el hombre que todos conocen, que saben cuál es su nombre y dónde vive, porque entre sus razones de ser, lo prioritario en él es mantenerse presto al reclamo del último habitante de la villa en cualquier momento.

Sin embargo, en Camagüey este ciudadano nunca da la cara, nadie conoce su nombre, ni dónde radica; y lo peor, cuando suponemos quién es y dónde está, se torna imposible de abordar y no se puede establecer un diálogo con él siquiera por medio de la prensa. La certeza de no haber sido elegido democráticamente radica en que nadie lo conoce. No obstante su fantasmagórica existencia, cuando toma medidas en busca del "perfeccionamiento" de la ciudad, estas resultan arbitrarias y contraproducentes. A este hombre lo he dado en llamar "El dueño de la ciudad".

Camagüey, a pesar de sus calles estrechas y sinuosas debido a sus quinientos años de fundada, era una ciudad de cómoda circulación. Decenas de semáforos viabilizaban el recorrido de los autos, funcionarios policiales resguardaban de las infracciones del tránsito, hasta el último de sus callejones se hallaba accesible al tráfico, y tanto las aceras como el pavimento vial se mantenían limpios y en perfecto estado de conservación: se dijo alguna vez que Camagüey calificaba como una de las ciudades más pulcras del país. Sobre todo, a cualquier hora de la noche y la madrugada la ciudadanía gozaba de un alto por ciento de seguridad.

El Camagüey de hoy dista mucho de lo que alguna vez fue. El dueño de la ciudad se complace en cerrar calles por el motivo más insignificante. La calle Martí, arteria importantísima que atraviesa el casco histórico y principal salida del cuerpo de bomberos hacia el este, ha sido obstruida definitivamente frente al Parque Agramonte y colocado en la vía un café al aire libre para el turismo internacional, pues los refrigerios que allí se dispensan en divisas no son factibles al bolsillo del cubano de a pie. También con el propósito de atraer la mirada turística se han desenterrado los rieles que permanecían dormidos bajo la Plazoleta de El Gallo para que el visitante conozca que en la ciudad alguna vez existieron tranvías, aunque tal medida haya convertido en más incómodo y peligroso el cruce por encima de los afilados listones de acero, puesto que en ocasiones vuelcan bicicletas y motos.

Se desmanteló el parqueo de la Plaza de la Merced –hoy Plaza de los Trabajadores– y se han colocado bancos solariegos alrededor de la ceiba central para que aquellos que nos visitan tengan una imagen más hermosa del lugar, aunque los carros del centro financiero de la provincia tengan que aparcar en otra calle apartada con custodios permanentes. Al parecer, el dueño de la ciudad quiere convertir a Camagüey en una vitrina para el turismo, en detrimento de la ciudadanía permanente.  

Las importantes calles Lugareño, Cisneros, Independencia y San Esteban están cerradas desde hace muchos meses bajo el pretexto de la reparación de edificios aledaños, y la calle República se ha modificado en bulevar solo para peatones mientras San Martín se halla en tal estado de deterioro vial que se torna muy difícil transitarla, sin que a nadie le interese su restauración. Todo el que conozca esta ciudad podrá intuir que por ser vías exclusivas del casco histórico, la viabilidad se reduce casi a la mitad de su potencial y, por lo tanto, recarga el tráfico de las otras avenidas al cruce automovilístico.

Si agregamos que la reducción de parqueos en las plazas obliga al aparcamiento a la izquierda de las angostas sendas del Casco Histórico, éstas quedan  reducidas a un espacio ínfimo por el que no es posible adelantar la marcha ni siquiera a una bicicleta o bicitaxi –vehículo común de los habitantes– provocando un tráfico denso y calmoso proclive al embotellamiento vial. Solo cuatro semáforos existen en la ciudad, tres de ellos en la carretera central. En horas "pico" los accesos no preferenciales sufren largas esperas por la carencia de los mismos.  

Las aceras estrechas del viejo Camagüey están dañadas en su mayoría, obstruidas por edificios apuntalados o por el hurto de las tapas de los registros; sucias por el excremento canino que pulula en cualquier sitio debido a la indisciplina de personas poco éticas y la ausencia de inspectores capaces de corregir este mal hábito en los propietarios de animales. La gente camina por la calle más que por las aceras. Nadie respeta las normativas de circulación: no solo los ciclistas y bicitaxistas marchan contrario a los patrones del tráfico, sino las motos y los carros mayores aparecen peligrosamente contra el tráfico, convirtiendo la urbe en algo muy parecido a una villa rural. 

Más pudiera decirse del Camagüey actual. Mucho queda por censurar todavía, pero las limitaciones del espacio publicitario lo imposibilitan. Apenas me está permitido hacerle un llamado al Dueño de la ciudad para que tome en cuenta estas críticas constructivas y comience su labor necesaria: velar porque este panal urbano, hospedero no solo de turismo internacional sino de más de 300 mil habitantes, necesita con urgencia de su trabajo, de una atención más rigurosa y efectiva.

 

Pedro Armando Junco

sábado, 14 de mayo de 2016

Empate "a lo cubano"

 Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Conversábamos esa mañana al costado de la iglesia La Merced. Mi amigo había llegado de visita desde España tras cinco años de ausencia. La condolencia por su amada Camagüey le entrecortaba las palabras: las viviendas más ruinosas que antes de su partida, las calles más ahuecadas y sucias, la gente peor vestida y vulgarizada en el trato, lo hacían despotricar sobre el sistema de gobierno imperante.

En eso estaba cuando pasó frente a nosotros una mujer de apenas 25 años. Vestía una de esas "licras" importadas de la cultura brasileña gracias a la novela Avenida Brasil en su personaje Zuelen. La licra es una prenda de vestir que de inmediato prendió en Cuba. Es un pantalón femenino de lástex que muestra a la perfección todo lo que lleva dentro. La muchacha que pasaba frente a nosotros era perfecta. Ambos detuvimos el diálogo y nos quedamos contemplándola cruzar. Luego del impacto de la aparición le escuché decir a mi amigo algo que nunca más he logrado borrar de mis recuerdos: "Lo único que no ha podido destruir la Revolución (lo dijo con nombre y apellido) es a la hembra cubana".

Pregúntele a un italiano, a un español, a un canadiense, a cualquier extranjero del mundo y le dirá que la cubana es lo máximo… Lo sonrosado de Europa se disolvió en el mate de África, cristalizó en la palidez del asiático y así surgió nuestra hembra, con su color autóctono de chocolate claro, labios carnosos, ojillos rasgados, trasero prominente y busto regular sin exageraciones. ¡Esa es nuestra criolla! La criolla que nos roban a diario los italianos, los españoles, los canadienses y cualquier extranjero del mundo.

También nuestros varones son artistas en el arte del amor y, aunque en menor cuantía, muchas foráneas vienen a probarlos. Según el testimonio de algunas chicas que han experimentado sexo con extranjeros, "nada hay como acostarse con un criollito nuestro". Porque somos el cruce de tres continentes fundidos en el crisol del fuego caribeño. "Bendito sea el Padre Las Casas", pronunció místico mi amigo unos segundos después, y realizó una inclinación de cabeza hacia la iglesia La Merced.  

 

Toda esta escena vino a mi recuerdo anoche cuando invité a mi niña a comer pizzas en los altos del Coppelia. Nos acomodamos en la mesa más cercana del acceso al local y demoraron mucho tiempo en atendernos. Por eso nos entreteníamos en otear la entrada y la salida de los consumidores. En otro lugar cercano a nosotros dos mujeres terminaban la cena: una morena añosa y una trigueña que podría haber sido su hija. Frente a ellas, cuatro mozuelos no apartaban la vista de la chica; en bajo cuchicheo que no podíamos escuchar, pero que por sus gesticulaciones y sonrisas debimos suponer hablaban sobre la vecina, esperaban el momento oportuno como tigres al asecho.

Las dos mujeres, saldada la cuenta, se incorporaron para marcharse. Ya la señora mayor ponía la mano en el picaporte cuando, casi de carreras, uno de los muchachos atajó a la más joven y le extendió la mano para presentarse. Para un extraño esa actitud podría catalogarse de irrespetuosa; para nosotros no. En nuestra jerga se llama cubaneo. A un metro de mí pude constatar que no por gusto los cuatro tigres babeaban en la mesa: la chica era monumental, copia al carbón de aquella que nos impresionó meses atrás frente a la iglesia La Merced a mi amigo y a mí.

La joven no se impresionó ni se sintió ofendida por el acoso. Por lo general una cubana de 25 años es una graduada universitaria. Pudo ser una médica, una abogada, una arquitecta, una profesora, liberada por la Revolución de los yugos del matrimonio, los prejuicios de la promiscuidad y lo censurable del dogma religioso. Para nuestras féminas la virginidad es un mito tan dudoso como los dioses griegos. Ella extendió su mano con deferencia y le regaló una sonrisa de complicidad manifiesta.

Podíamos escuchar el diálogo por la cercanía. Cupido envió a Mercurio igual a como en la era mitológica. Esa es la novel estrategia de los jóvenes cubanos de hoy: instigar el enigma. Le explicó que en la mesa por ellos ocupada, uno de sus amigos se había arrebatado con su belleza, pero por timidez no se atrevía a abordarla; por eso él se había tomado el atrevimiento de interceptarla, apelando a su piedad, para que se llegara hasta el sitio de los cuatro y se dieran a conocer. Ella volvió a sonreír con gracia y regresó para ser presentada al nuevo admirador. Desde donde nos hallábamos mi hija y yo solo podíamos observar cómo intercambiaban los números de sus teléfonos móviles, dialogaban jubilosos y se despedían seguramente con un nuevo encuentro concertado. En un país donde la juventud no puede aspirar al turismo internacional, a comprarse un carro, a un nivel de vida superior al de los "proles" de Orwell, no puede aparecer censurable el empate fortuito.

Aunque no lo confesé a mi hija en esta ocasión, esa fue la táctica empleada por mí para conquistar cuando era mozo; el método infalible utilizado la primera vez que descubrí y me deslumbró su madre: pedirle nombre y dirección ante todo; lo otro lo averiguaría más tarde. En esta era moderna el truco ha evolucionado en solicitar el número del teléfono móvil y si es posible marcarlo allí mismo para comprobar que no haya embuste ni equivocación. Luego dejar al pez llevar el gancho a rastras. El cordel de "hasta pronto" se encargará de la captura.   

 

Pedro Armando Junco

miércoles, 4 de mayo de 2016

Mis tres propuestas al Congreso

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Esta vez los planteamientos que serán llevados al Congreso del Partido no serán propuestos por el pueblo. En el congreso anterior se consultó a la población con entera libertad y, aunque luego serían debatidas en el foro solo las escogidas por la nomenclatura en el poder, al menos la gente tuvo la oportunidad de exponer sus inquietudes y sus desavenencias. La población lo hizo con bastante recelo y temor, pero muchos dijeron sus verdades y se les escuchó sin represalias. Fue en plena presidencia de Raúl Castro. Antes no habrían conseguido "disparar un chícharo".

Sin embargo, todo parece indicar que la alta dirección del país no quiere jugarse esa carta otra vez con la libertad de expresión. Las recientes experiencias de Argentina, Venezuela y Bolivia han puesto sobre el tapete una vez más que los regímenes autoritarios con intentos de perpetuidad no pueden andar jugando con la democracia. Los pueblos se cansan del mismo líder. Y la razón es obvia: hasta los más obedientes hijos llega el momento en que se independizan de sus padres y les responden: "no me sujeten más, que ya yo sé caminar solo". ¿De qué manera, pues, consigue un gobernante, ya sea Perón, Fidel o Chávez, aspirar a que sus ideales sean intangibles y perdurables, cuando hasta el cristianismo ha tenido que modificarse para seguir existiendo?

Si a esto se agrega que la visita de Barack Obama ha soliviantado la mentalidad del pueblo cubano, no es para distraerse otra vez con la oportunidad de que la gente hable por la libre. De hecho, aunque el General Presidente asegura que en Cuba no existen presos políticos, permanecen unos cuantos encarcelados por gritar consignas contrarrevolucionarias y escribir letreros desafectos en las paredes de las ciudades. Brindar la oportunidad a este pueblo cansado de tantas expectativas fantasmas a expresarse en asambleas, puede encender llamaradas muy peligrosas para la estabilidad nacional y la seguridad estatal.

Claro que el escándalo allende el mar sonará fuerte, porque está en juego también el carisma creado alrededor de la figura presidencial gracias a un cúmulo de aperturas civilistas de gran aceptación popular, muchas de las cuales están retrocediendo como la resaca de un mar embravecido. Los fuertes asesores de seguridad nacional quizás le hayan hecho ver a la más alta dirección del país, que se ha pasado de la raya brindando tantas libertades al pueblo de a pie. Los romanos nunca habrían hecho cosas por el estilo. Es un Congreso del Partido, claro. La guiñada está en hacerle creer a la ciudadanía de a pie que ese pequeño porciento de cubanos representa al pueblo. En la televisión, por ejemplo, a cada momento aparece el comercial que repiquetea que el Partido representa al pueblo, que el Partido es el pueblo. Pero al pueblo de hoy no se le puede andar con esas mentirillas del siglo pasado en el presente que estamos viviendo.   

Por mi parte sí tengo propuestas que hacer, como de seguro las tiene el noventa por ciento de la ciudadanía. Pero las mías no son siquiera las de promover un cambio de gobierno que, de cierta manera trajo la educación, la salud y otros muchos beneficios a todos por igual de forma gratuita; sino solo tres propuestas para que el sistema cambie y pueda salvar lo que de bueno ha creado la Revolución:

La primera propuesta que hago es el cambio de nombre del Partido, ya que es "inconstitucional" hasta el momento la creación de otros. Hay que cambiar el nombre de Comunista porque en todo el mundo, a no ser el sistema medieval norcoreano, nadie quiere saber del comunismo. Pudiera llamarse en lo adelante Partido Socialista de Cuba o, sencillamente, Partido Cubano. El pueblo de Cuba votaría por el socialismo. Un socialismo abierto a la iniciativa privada, claro: con libertad económica, sobre todo. Pienso que el problema de mantener amarrado el empuje del ingenio individual es lo que está desintegrando a la nación cubana.

La propuesta segunda es hacer inclusivo a ese partido; o sea, que todos los cubanos mayores de edad puedan pertenecer al Partido Socialista de Cuba por razones obvias: por ser socialista y por ser de los cubanos. Nadie, excluyendo solo a los que cumplen condenas y a los anormales, debe estar excluido de pertenecer al Partido.  Nadie. Repito: ni los "mal mirados" y silenciados opositores. Si el Partido representa a la Patria, téngase presente que la Patria es con todos y para el bien de todos. ¡Todos con voz y con voto!

Creo también que cuando el cubano que se siente segregado tenga derecho a echar fuera públicamente lo que le molesta y a lo que aspira, no pondrá más letreritos en las paredes ni vociferará consignas opositoras. Para eso estaría la prensa libre y no habría que legislar para castigarlos. Cuando en Estados Unidos se castigaba a quienes obstruían las vías férreas para declarar su oposición, Henry David Thoreau sentenció: "Si hubiera que juzgar plenamente a estos legisladores por los efectos de sus acciones y no parcialmente por sus intenciones, merecerían que se les colocase y castigase junto con las personas nefastas que obstruyen las vías férreas".

Por último, mi tercera propuesta está concebida en que un grupo de miembros del Partido pueda crear plataformas diferentes, capaces de oponerse a los dictámenes del Gobierno, convirtiéndolo así en verdaderamente democrático y representativo del pueblo. Como aseveró Woodrou Wilson hace un siglo, "La historia de la libertad es la de la lucha por limitar el poder del gobierno". Solo entonces se callaría la boca a quienes aseguran que en Cuba es incompatible una verdadera democracia con partido único.

 

Pedro Armando Junco