lunes, 30 de mayo de 2016

La rebaja de los precios

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Si pegas diez azotes a tu esclavo cada mañana, cuando le anuncies que a partir del siguiente día solo lo azotarás ocho veces, te responderá "gracias, amo" y dormirá con una sonrisa de felicidad toda la noche.

Algo así es lo que disfruta una gran parte de la población cubana con la rebaja de los precios en algunos productos alimenticios de primera necesidad. Mucha gente ríe satisfecha, llena de euforia, abrigando la esperanza de que los artículos vitales continúen declinando sus costos y se aplique cada vez más esta medida a una mayor cantidad de ellos. ¡Hasta Pánfilo pensó comprarse un televisor nuevo! Algunos escépticos piensan que la oferta caducará pasado el Primero de Mayo…; otros atribuyen el "generoso" proceder a los acuerdos tomados en el Séptimo Congreso del Partido. No faltan tampoco quienes desconfíen de que, pasadas algunas semanas, los vuelvan a subir como metódicamente se acostumbra.

Sin embargo, muy pocos "proles" han razonado que el precio del arroz oscilaba siempre entre los veinte centavos por libra y de que la rebaja de un peso con relación a los cinco de su costo actual, es una mueca a la historia. En términos aritméticos, es fácil calcular que cinco pesos es veinticinco veces mayor a la de su precio tradicional y que, al dejarlo en cuatro pesos, no existe tal rebaja, sino se mantiene el aumento veinte veces por encima de lo normal en relación con los salarios habituales del pueblo de a pie.

De igual forma pueden entenderse las "gangas" del aceite, de los chícharos, y de ese ínfimo puñado de mercancías que la prensa, la radio y la televisión oficial repiten con bombo y platillos como un generoso regalo. Nada se dijo del "café de la Victoria" –recordando a Orwell–, mejunje diabólico que nos vemos obligados a ingerir mientras en las shopping aparecen el Café Cubitas y el Café Serrano a un costo imposible de solventar por el bolsillo obrero. Tampoco se habla de la carne, del pescado, de los mariscos vedados a la población. Solo el pollo, importado de la producción del "enemigo del que nada necesitamos", seguramente adquirido a pocos centavos la libra, se le vende ahora a la ciudadanía a 2.60 CUC por unidad, que al llevarlo a la increíble conversión de la divisa en pesos naturales asciende a sesenta y cinco (65) pesos cubanos.

Pero muchos tontos sonríen complacidos. Sobre todo aquellos que reciben la fatiga y sangre de sus familiares en el exterior convertida en divisas, los que han conseguido salirse del carril de trabajo estatal y de una manera u otra, a veces involucrándose en un negocio turbio o estafando al prójimo en anaqueles propios, se conforman con el status quo.

El ejemplo más evidente radica en el pan. El precio de la flauta de pan común fue siempre de veinte centavos. El gobierno liberó su entrega: a tres pesos el pan suave y a cuatro el pan duro. Entiéndase que esa liberalización aumentó el precio quince y veinte veces de lo normal, respectivamente. La justificación ha radicado en que todas las mañanas cada ciudadano del país tiene derecho a una bolita de pan, pequeña y dura, por la libreta de racionamiento, a cinco centavos solamente. El que quiera más bolitas de pan debe pagarlo quince o veinte veces más caro.  Esto dio lugar al surgimiento del vendedor ambulante por cuenta propia, que sale en bicicleta con cincuenta panes de a tres pesos y los expende a cinco: le gana dos pesos a cada flauta; si vende los cincuenta, gana cien pesos en solo un par de horas: cien pesos es el aproximado de entre ocho o diez jornadas de trabajo del obrero cubano. ¡Ese vendedor de pan, puede comprar pollo en la shopping! Y así con todo.

A veces me cohíbo de revelar estos desbalances sociales por temor a que el Estado se la coja con estos vendedores ambulantes, en vez de ofertar la flauta de pan a sus 20 centavos naturales.

El colapso vendrá cuando algún sesudo del Ministerio de Economía determine aumentar los salarios como ya hicieron con la salud y es urgente llevar a cabo en la educación para no quedarse sin maestros. Si se aumentan los salarios estatales en general, resolverán el problema a corto plazo, para luego caer en una inflación igual a la que ha llevado la quiebra económica a Venezuela.

 

El talón de Aquiles de la economía cubana radica en los millones de puestos de trabajos improductivos que representan el exceso de circulante no remunerable. Es contrario a la lógica financiera, incluyendo la marxista, que la plusvalía de una producción, multiplicada en la venta al detalle entre diez y cien veces con relación a su costo, sea retenida en la mano estatal en detrimento de la ciudadanía. La doble moneda enmascara la gran estafa, donde muchos aceptan que una botella de aceite vale $2.40, cuando en realidad cuesta sesenta pesos.  

Estos beneficios cosméticos de limosna, para nada resolverán el desmantelamiento poblacional cubano. Los jóvenes continuarán marchándose, los inescrupulosos "merolicos" seguirán devorando a su prójimo, los dirigentes de acomodadas residencias y carros modernos persistirán en no soltar el jamón de sus manos y coadyuvarán al acoso y a la persecución de quienes levanten la voz para quejarse. Y la ley de la selva prevalecerá un tiempo indefinido hasta que todo el pueblo sea capaz de abrir los ojos y entienda que no hay razón para alegrarse cuando el amo reduce de diez a ocho los azotes de por la mañana.

 

Pedro Armando Junco

 

 

 

viernes, 20 de mayo de 2016

En busca del dueño de la ciudad

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Toda ciudad se apoya en el hombre que la resguarda. Puede llamarse alcalde, administrador o funcionario público; a fin de cuentas el calificativo es lo menos importante. Este es su encargado como el mayordomo en la mansión del millonario. Su obligación radica en el celo de cómo habilitar óptimo funcionamiento a los residentes del lugar. Para ello cuenta con recursos económicos públicos y el personal necesario. Es, casi siempre –como siempre debería ser– el ciudadano idóneo, elegido por el pueblo para organizar el hormiguero humano que conforma la ciudadanía. Es el hombre que todos conocen, que saben cuál es su nombre y dónde vive, porque entre sus razones de ser, lo prioritario en él es mantenerse presto al reclamo del último habitante de la villa en cualquier momento.

Sin embargo, en Camagüey este ciudadano nunca da la cara, nadie conoce su nombre, ni dónde radica; y lo peor, cuando suponemos quién es y dónde está, se torna imposible de abordar y no se puede establecer un diálogo con él siquiera por medio de la prensa. La certeza de no haber sido elegido democráticamente radica en que nadie lo conoce. No obstante su fantasmagórica existencia, cuando toma medidas en busca del "perfeccionamiento" de la ciudad, estas resultan arbitrarias y contraproducentes. A este hombre lo he dado en llamar "El dueño de la ciudad".

Camagüey, a pesar de sus calles estrechas y sinuosas debido a sus quinientos años de fundada, era una ciudad de cómoda circulación. Decenas de semáforos viabilizaban el recorrido de los autos, funcionarios policiales resguardaban de las infracciones del tránsito, hasta el último de sus callejones se hallaba accesible al tráfico, y tanto las aceras como el pavimento vial se mantenían limpios y en perfecto estado de conservación: se dijo alguna vez que Camagüey calificaba como una de las ciudades más pulcras del país. Sobre todo, a cualquier hora de la noche y la madrugada la ciudadanía gozaba de un alto por ciento de seguridad.

El Camagüey de hoy dista mucho de lo que alguna vez fue. El dueño de la ciudad se complace en cerrar calles por el motivo más insignificante. La calle Martí, arteria importantísima que atraviesa el casco histórico y principal salida del cuerpo de bomberos hacia el este, ha sido obstruida definitivamente frente al Parque Agramonte y colocado en la vía un café al aire libre para el turismo internacional, pues los refrigerios que allí se dispensan en divisas no son factibles al bolsillo del cubano de a pie. También con el propósito de atraer la mirada turística se han desenterrado los rieles que permanecían dormidos bajo la Plazoleta de El Gallo para que el visitante conozca que en la ciudad alguna vez existieron tranvías, aunque tal medida haya convertido en más incómodo y peligroso el cruce por encima de los afilados listones de acero, puesto que en ocasiones vuelcan bicicletas y motos.

Se desmanteló el parqueo de la Plaza de la Merced –hoy Plaza de los Trabajadores– y se han colocado bancos solariegos alrededor de la ceiba central para que aquellos que nos visitan tengan una imagen más hermosa del lugar, aunque los carros del centro financiero de la provincia tengan que aparcar en otra calle apartada con custodios permanentes. Al parecer, el dueño de la ciudad quiere convertir a Camagüey en una vitrina para el turismo, en detrimento de la ciudadanía permanente.  

Las importantes calles Lugareño, Cisneros, Independencia y San Esteban están cerradas desde hace muchos meses bajo el pretexto de la reparación de edificios aledaños, y la calle República se ha modificado en bulevar solo para peatones mientras San Martín se halla en tal estado de deterioro vial que se torna muy difícil transitarla, sin que a nadie le interese su restauración. Todo el que conozca esta ciudad podrá intuir que por ser vías exclusivas del casco histórico, la viabilidad se reduce casi a la mitad de su potencial y, por lo tanto, recarga el tráfico de las otras avenidas al cruce automovilístico.

Si agregamos que la reducción de parqueos en las plazas obliga al aparcamiento a la izquierda de las angostas sendas del Casco Histórico, éstas quedan  reducidas a un espacio ínfimo por el que no es posible adelantar la marcha ni siquiera a una bicicleta o bicitaxi –vehículo común de los habitantes– provocando un tráfico denso y calmoso proclive al embotellamiento vial. Solo cuatro semáforos existen en la ciudad, tres de ellos en la carretera central. En horas "pico" los accesos no preferenciales sufren largas esperas por la carencia de los mismos.  

Las aceras estrechas del viejo Camagüey están dañadas en su mayoría, obstruidas por edificios apuntalados o por el hurto de las tapas de los registros; sucias por el excremento canino que pulula en cualquier sitio debido a la indisciplina de personas poco éticas y la ausencia de inspectores capaces de corregir este mal hábito en los propietarios de animales. La gente camina por la calle más que por las aceras. Nadie respeta las normativas de circulación: no solo los ciclistas y bicitaxistas marchan contrario a los patrones del tráfico, sino las motos y los carros mayores aparecen peligrosamente contra el tráfico, convirtiendo la urbe en algo muy parecido a una villa rural. 

Más pudiera decirse del Camagüey actual. Mucho queda por censurar todavía, pero las limitaciones del espacio publicitario lo imposibilitan. Apenas me está permitido hacerle un llamado al Dueño de la ciudad para que tome en cuenta estas críticas constructivas y comience su labor necesaria: velar porque este panal urbano, hospedero no solo de turismo internacional sino de más de 300 mil habitantes, necesita con urgencia de su trabajo, de una atención más rigurosa y efectiva.

 

Pedro Armando Junco

sábado, 14 de mayo de 2016

Empate "a lo cubano"

 Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Conversábamos esa mañana al costado de la iglesia La Merced. Mi amigo había llegado de visita desde España tras cinco años de ausencia. La condolencia por su amada Camagüey le entrecortaba las palabras: las viviendas más ruinosas que antes de su partida, las calles más ahuecadas y sucias, la gente peor vestida y vulgarizada en el trato, lo hacían despotricar sobre el sistema de gobierno imperante.

En eso estaba cuando pasó frente a nosotros una mujer de apenas 25 años. Vestía una de esas "licras" importadas de la cultura brasileña gracias a la novela Avenida Brasil en su personaje Zuelen. La licra es una prenda de vestir que de inmediato prendió en Cuba. Es un pantalón femenino de lástex que muestra a la perfección todo lo que lleva dentro. La muchacha que pasaba frente a nosotros era perfecta. Ambos detuvimos el diálogo y nos quedamos contemplándola cruzar. Luego del impacto de la aparición le escuché decir a mi amigo algo que nunca más he logrado borrar de mis recuerdos: "Lo único que no ha podido destruir la Revolución (lo dijo con nombre y apellido) es a la hembra cubana".

Pregúntele a un italiano, a un español, a un canadiense, a cualquier extranjero del mundo y le dirá que la cubana es lo máximo… Lo sonrosado de Europa se disolvió en el mate de África, cristalizó en la palidez del asiático y así surgió nuestra hembra, con su color autóctono de chocolate claro, labios carnosos, ojillos rasgados, trasero prominente y busto regular sin exageraciones. ¡Esa es nuestra criolla! La criolla que nos roban a diario los italianos, los españoles, los canadienses y cualquier extranjero del mundo.

También nuestros varones son artistas en el arte del amor y, aunque en menor cuantía, muchas foráneas vienen a probarlos. Según el testimonio de algunas chicas que han experimentado sexo con extranjeros, "nada hay como acostarse con un criollito nuestro". Porque somos el cruce de tres continentes fundidos en el crisol del fuego caribeño. "Bendito sea el Padre Las Casas", pronunció místico mi amigo unos segundos después, y realizó una inclinación de cabeza hacia la iglesia La Merced.  

 

Toda esta escena vino a mi recuerdo anoche cuando invité a mi niña a comer pizzas en los altos del Coppelia. Nos acomodamos en la mesa más cercana del acceso al local y demoraron mucho tiempo en atendernos. Por eso nos entreteníamos en otear la entrada y la salida de los consumidores. En otro lugar cercano a nosotros dos mujeres terminaban la cena: una morena añosa y una trigueña que podría haber sido su hija. Frente a ellas, cuatro mozuelos no apartaban la vista de la chica; en bajo cuchicheo que no podíamos escuchar, pero que por sus gesticulaciones y sonrisas debimos suponer hablaban sobre la vecina, esperaban el momento oportuno como tigres al asecho.

Las dos mujeres, saldada la cuenta, se incorporaron para marcharse. Ya la señora mayor ponía la mano en el picaporte cuando, casi de carreras, uno de los muchachos atajó a la más joven y le extendió la mano para presentarse. Para un extraño esa actitud podría catalogarse de irrespetuosa; para nosotros no. En nuestra jerga se llama cubaneo. A un metro de mí pude constatar que no por gusto los cuatro tigres babeaban en la mesa: la chica era monumental, copia al carbón de aquella que nos impresionó meses atrás frente a la iglesia La Merced a mi amigo y a mí.

La joven no se impresionó ni se sintió ofendida por el acoso. Por lo general una cubana de 25 años es una graduada universitaria. Pudo ser una médica, una abogada, una arquitecta, una profesora, liberada por la Revolución de los yugos del matrimonio, los prejuicios de la promiscuidad y lo censurable del dogma religioso. Para nuestras féminas la virginidad es un mito tan dudoso como los dioses griegos. Ella extendió su mano con deferencia y le regaló una sonrisa de complicidad manifiesta.

Podíamos escuchar el diálogo por la cercanía. Cupido envió a Mercurio igual a como en la era mitológica. Esa es la novel estrategia de los jóvenes cubanos de hoy: instigar el enigma. Le explicó que en la mesa por ellos ocupada, uno de sus amigos se había arrebatado con su belleza, pero por timidez no se atrevía a abordarla; por eso él se había tomado el atrevimiento de interceptarla, apelando a su piedad, para que se llegara hasta el sitio de los cuatro y se dieran a conocer. Ella volvió a sonreír con gracia y regresó para ser presentada al nuevo admirador. Desde donde nos hallábamos mi hija y yo solo podíamos observar cómo intercambiaban los números de sus teléfonos móviles, dialogaban jubilosos y se despedían seguramente con un nuevo encuentro concertado. En un país donde la juventud no puede aspirar al turismo internacional, a comprarse un carro, a un nivel de vida superior al de los "proles" de Orwell, no puede aparecer censurable el empate fortuito.

Aunque no lo confesé a mi hija en esta ocasión, esa fue la táctica empleada por mí para conquistar cuando era mozo; el método infalible utilizado la primera vez que descubrí y me deslumbró su madre: pedirle nombre y dirección ante todo; lo otro lo averiguaría más tarde. En esta era moderna el truco ha evolucionado en solicitar el número del teléfono móvil y si es posible marcarlo allí mismo para comprobar que no haya embuste ni equivocación. Luego dejar al pez llevar el gancho a rastras. El cordel de "hasta pronto" se encargará de la captura.   

 

Pedro Armando Junco

miércoles, 4 de mayo de 2016

Mis tres propuestas al Congreso

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Esta vez los planteamientos que serán llevados al Congreso del Partido no serán propuestos por el pueblo. En el congreso anterior se consultó a la población con entera libertad y, aunque luego serían debatidas en el foro solo las escogidas por la nomenclatura en el poder, al menos la gente tuvo la oportunidad de exponer sus inquietudes y sus desavenencias. La población lo hizo con bastante recelo y temor, pero muchos dijeron sus verdades y se les escuchó sin represalias. Fue en plena presidencia de Raúl Castro. Antes no habrían conseguido "disparar un chícharo".

Sin embargo, todo parece indicar que la alta dirección del país no quiere jugarse esa carta otra vez con la libertad de expresión. Las recientes experiencias de Argentina, Venezuela y Bolivia han puesto sobre el tapete una vez más que los regímenes autoritarios con intentos de perpetuidad no pueden andar jugando con la democracia. Los pueblos se cansan del mismo líder. Y la razón es obvia: hasta los más obedientes hijos llega el momento en que se independizan de sus padres y les responden: "no me sujeten más, que ya yo sé caminar solo". ¿De qué manera, pues, consigue un gobernante, ya sea Perón, Fidel o Chávez, aspirar a que sus ideales sean intangibles y perdurables, cuando hasta el cristianismo ha tenido que modificarse para seguir existiendo?

Si a esto se agrega que la visita de Barack Obama ha soliviantado la mentalidad del pueblo cubano, no es para distraerse otra vez con la oportunidad de que la gente hable por la libre. De hecho, aunque el General Presidente asegura que en Cuba no existen presos políticos, permanecen unos cuantos encarcelados por gritar consignas contrarrevolucionarias y escribir letreros desafectos en las paredes de las ciudades. Brindar la oportunidad a este pueblo cansado de tantas expectativas fantasmas a expresarse en asambleas, puede encender llamaradas muy peligrosas para la estabilidad nacional y la seguridad estatal.

Claro que el escándalo allende el mar sonará fuerte, porque está en juego también el carisma creado alrededor de la figura presidencial gracias a un cúmulo de aperturas civilistas de gran aceptación popular, muchas de las cuales están retrocediendo como la resaca de un mar embravecido. Los fuertes asesores de seguridad nacional quizás le hayan hecho ver a la más alta dirección del país, que se ha pasado de la raya brindando tantas libertades al pueblo de a pie. Los romanos nunca habrían hecho cosas por el estilo. Es un Congreso del Partido, claro. La guiñada está en hacerle creer a la ciudadanía de a pie que ese pequeño porciento de cubanos representa al pueblo. En la televisión, por ejemplo, a cada momento aparece el comercial que repiquetea que el Partido representa al pueblo, que el Partido es el pueblo. Pero al pueblo de hoy no se le puede andar con esas mentirillas del siglo pasado en el presente que estamos viviendo.   

Por mi parte sí tengo propuestas que hacer, como de seguro las tiene el noventa por ciento de la ciudadanía. Pero las mías no son siquiera las de promover un cambio de gobierno que, de cierta manera trajo la educación, la salud y otros muchos beneficios a todos por igual de forma gratuita; sino solo tres propuestas para que el sistema cambie y pueda salvar lo que de bueno ha creado la Revolución:

La primera propuesta que hago es el cambio de nombre del Partido, ya que es "inconstitucional" hasta el momento la creación de otros. Hay que cambiar el nombre de Comunista porque en todo el mundo, a no ser el sistema medieval norcoreano, nadie quiere saber del comunismo. Pudiera llamarse en lo adelante Partido Socialista de Cuba o, sencillamente, Partido Cubano. El pueblo de Cuba votaría por el socialismo. Un socialismo abierto a la iniciativa privada, claro: con libertad económica, sobre todo. Pienso que el problema de mantener amarrado el empuje del ingenio individual es lo que está desintegrando a la nación cubana.

La propuesta segunda es hacer inclusivo a ese partido; o sea, que todos los cubanos mayores de edad puedan pertenecer al Partido Socialista de Cuba por razones obvias: por ser socialista y por ser de los cubanos. Nadie, excluyendo solo a los que cumplen condenas y a los anormales, debe estar excluido de pertenecer al Partido.  Nadie. Repito: ni los "mal mirados" y silenciados opositores. Si el Partido representa a la Patria, téngase presente que la Patria es con todos y para el bien de todos. ¡Todos con voz y con voto!

Creo también que cuando el cubano que se siente segregado tenga derecho a echar fuera públicamente lo que le molesta y a lo que aspira, no pondrá más letreritos en las paredes ni vociferará consignas opositoras. Para eso estaría la prensa libre y no habría que legislar para castigarlos. Cuando en Estados Unidos se castigaba a quienes obstruían las vías férreas para declarar su oposición, Henry David Thoreau sentenció: "Si hubiera que juzgar plenamente a estos legisladores por los efectos de sus acciones y no parcialmente por sus intenciones, merecerían que se les colocase y castigase junto con las personas nefastas que obstruyen las vías férreas".

Por último, mi tercera propuesta está concebida en que un grupo de miembros del Partido pueda crear plataformas diferentes, capaces de oponerse a los dictámenes del Gobierno, convirtiéndolo así en verdaderamente democrático y representativo del pueblo. Como aseveró Woodrou Wilson hace un siglo, "La historia de la libertad es la de la lucha por limitar el poder del gobierno". Solo entonces se callaría la boca a quienes aseguran que en Cuba es incompatible una verdadera democracia con partido único.

 

Pedro Armando Junco

 

lunes, 25 de abril de 2016

El Puente

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Algunos me han sugerido escribir sobre la visita de Barack Obama a Cuba. Gran desafío luego de tantos criterios vertidos al respecto. Sin embargo, a pesar de mi sufrido bloqueo a la investigación internacional, me inclino por dos temáticas muy atrayentes –y hasta donde lo permiten mis facultades informativas–, muy poco tratadas: primero, el estilo oratorio del presidente norteamericano que, según comentan por ahí, "se echó al pueblo de Cuba en el bolsillo"; segundo, "el puente" entre los dos sistemas y sociedades, que ambos mandatarios trajeron a colación.

Sobre la oratoria no voy a detenerme mucho en la del General Presidente, teniendo en cuenta que él ha sido siempre militar, su longevidad extrema y su ya acostumbrada lectura de los textos. Ser o no ser un excelente orador nada tiene que ver con otras aptitudes del hombre; la oratoria es un arte, y el arte no se aprende, sino se trae desde la cuna y se perfecciona o no. Pero sí me propongo realizar un elogio a la retórica de Barack Obama, colocando como contraparte la de algunos cubanos contemporáneos del discurso en vivo.

No creo haya sido en Harvard donde el estadounidense aprendiera a lanzar aquellas saetas parlamentarias claras y precisas en forma de cortas oraciones; luego detenerse, apretar los labios y ponerles freno a las palabras que se desbordan, dispensarle tiempo al auditorio para digerir sus ideas y luego un parlamento tras otro, reiterando las pausas muchas veces con una sonrisa a flor de labios sin perder el hilo de la exposición, sin mirar siquiera el guion que lo orienta en el ascenso discursivo y alcanzar el término con la diáfana solidez de un profeta.

¡Qué diferente el estilo de algunos cubanos que echan su discurso a tropezones, rompiendo el parlamento como quien camina por un sendero de grandes peñascos a saltar, tomando aliento a mitad de frases consabidas, en busca de respiro ante el terror de equivocarse y exponer algo que pueda disgustar a quien le dictó la cartilla!   

Apreciamos el sereno movimiento de las manos del presidente Obama, siempre en ritmo cadencioso con la idea del parlamento. ¡Qué diferente al aleteo inmoderado de otros oradores del patio a quienes hay que despejar los alrededores de la tribuna de objetos ornamentales, no sea que en alguno de sus manotazos echen al suelo el micrófono o cualquier otro instrumento del set en el que habla!

El pueblo de Cuba vio a un presidente de carne y hueso que propone y convence, no al dios que le enseñaron a escuchar desde la mansedumbre de medio siglo atrás: omnipotente, impositivo, aleccionador sin réplica y siempre amenazante.

 

Pero entremos al detalle de el puente. Nada nos sorprende la temática, cuando desde hace mucho el joven cantautor guatemalteco Ricardo Arjona escribió y vocalizó una canción con ese nombre, cuyo video clip hace saltar lágrimas a los cubanos que sufren la separación de sus seres queridos. Esta vez la iniciativa surgió del presidente cubano: es fácil destruir un puente; lo difícil es volverlo a levantar: un símil escueto, pero conciso.

Por eso sorprende la ingenuidad del General Presidente al mencionar la soga en casa del ahorcado; y la condescendencia del mandatario norteño en su búsqueda de convergencia entre los dos gobiernos al no tomar la ocasión por los cabellos y hablar de una historia que de seguro conoce. Porque los primeros cimientos de ese puente lo echaron los norteamericanos junto a los mambises a finales del siglo XIX cuando lucharon juntos para echar de Cuba al colonialismo español. Hoy se alegan conceptos muy subjetivos sobre el móvil que llevó a los Estados Unidos a invadir Cuba, y se repiquetea sobre la semejanza de "la manzana madura". Sería bueno precisar hasta dónde llegaba la madurez de esa manzana con los dos principales próceres muertos en combate y la obstinada posición española por no abandonar nuestra Isla. Todavía en España, cuando algo sale mal a un ciudadano, busca consuelo en la frase lapidaria: "Más se perdió en Cuba". Así tan aferrados estaban a nuestra tierra los españoles que nadie es capaz de predecir cuántos años más de lucha y vidas humanas habría costado la independencia.

Empotrados en suelo firme los primeros montículos de el puente tras la emancipación de la metrópoli, se tendieron sus vigas horizontales cuando se trajo a Cuba la industrialización cañera, las grandes compañías de electricidad, teléfono y otras muchas; porque el 20 de mayo de 1902, al ser arriada la bandera estadounidense e izada la de Miguel Tourbe Tolón y Narciso López –nombres que apenas aparecen en las actuales cartillas de historia de nuestros escolares– la nación cubana contaba con 10 naturales por cada kilómetros cuadrado de patria.

Los gobiernos republicanos, a pesar de las tiranías de Machado y Batista, gracias a estrechas negociaciones con el vecino del norte asfaltaron el trayecto de el puente con la edificación del Capitolio, la Carretera Central, y los muros del Malecón habanero, a despecho de la aberración del Presidio Modelo en Isla de Pinos. Se construyeron hospitales, carreteras, caminos vecinales, se dio equivalencia a nuestra moneda con respecto al dólar, y Cuba se situó por encima de los otros países latinoamericanos en cuestión de desarrollo, gracias a una cuota azucarera de tasación privilegiada que se gestionó con los Estados Unidos. Inclusive, ya comenzaban los proyectos para una carretera de 160 kilómetros Habana-Cayo Hueso: un puente real y operable que uniría por tierra nuestra Isla al continente. De haberse concluido este proyecto, esas decenas de miles de compatriotas ahogados en el Estrecho de la Florida habrían podido realizar su viaje con mayor seguridad y acomodo.

Pero, ¿quién rompió el puente? ¿Quién dio pie a que Washington implantara un "bloqueo" al gobierno revolucionario por haber confiscado y negado la compensación de miles de millones de dólares norteamericanos invertidos en la Isla durante la República? ¿Quién destruyó la infraestructura agrícola y urbana de este desdichado país que hoy no tendrá otro pilar en que apoyarse si Venezuela deja de ser socialista? ¿Quién se aferra en no ver que sin cambios fundamentales hacia el capitalismo industrial y desarrollado los jóvenes de hoy continuarán el éxodo y quedaremos en esta tierra amada solamente ancianitos enclenques, incapaces siquiera de cavar la tumba de los que primero vayan muriendo?

 

domingo, 17 de abril de 2016

Patriotas, apátridas y chovinistas

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Pedro Armando Junco

 

Hay quienes afirman que la Patria, más que la tierra que nos ve nacer, es aquella que nos recibe con los brazos abiertos. El nacer es un acto fortuito, muy poco relevante en nuestro futuro. En la historia bélica de Cuba, a personalidades como Máximo Gómez, Narciso López, Henry Reeve y otros muchos patriotas, no les mermó un ápice su cubanía el hecho de haber nacido en otros sitios del mundo. Ellos fueron más patriotas cubanos que los nacionales "que al lucir el sol del Diez, con el español fueron, temblando, a formar"[1].

Por el contrario, Arthur Schopenhauer pensaba que el patriotismo es la más estúpida de las pasiones. Y hasta podría darse crédito a tal raciocinio si no encontráramos en el llamado patriotismo, mucho de particular. Me dejaría llevar de la mano por el pesimismo clásico y la filosofía antipatriótica de Schopenhauer, si no pensara que dicho móvil no es tal y como nos lo pintan los tiranos y los demagogos: un altar en el que debemos rendir lo mejor de cada uno –incluyendo la vida– a favor de un líder.

El patriotismo, a mi entender, en su esencia, es el resultado del rechazo de un ciudadano cualquiera a soportar humillación permanente por un extraño que lo despoja de su derecho a la libertad y a la justicia. Creo que es solo entonces cuando el hombre, justificadamente, se revela, conforma grupo con otros hombres de iguales intereses y se lanza a la lucha –incluyendo el riesgo de su propia vida– por quitarse de encima la bota que lo tritura; por lograr su libertad individual, que será por tanto, la libertad común; la soberanía de todos por igual sobre aquel lugar en el que conviven y por el que han batallado. No hay en la historia o la leyenda un ejemplo más fehaciente que Guillermo Tell en la obra de Schiller.

Los grandes próceres, los llamados y admirados grandes patriotas –no importa en qué lugar del planeta–, han partido siempre desde un acto de humillación, de segregación, de injusticia contra su propia persona; y a partir de ese momento encabezaron a otros menos decididos o menos aptos, pero tan perjudicados como él, y junto a ellos llevaron a cabo la maravillosa obra de la libertad.

Es precisamente allí, en ese instante en que el cabecilla alcanza la victoria –victoria que nunca debemos perder de vista pertenece a todos–, cuando el hombre, el caudillo, el líder determina ser un prócer, un hombre a venerar, o se habrá de convertir en tirano. Esta postrera determinación, aunque luego la historia se encargue de vituperarla, es la más atractiva; y todavía hoy en sus anales coloca dubitativamente los calificativos. 

Un hombre, un partido político, una ideología, incluso una Constitución cuando no contiene el consenso absoluto de la ciudadanía, no personifica a la Patria. La Patria es de todos por igual: de cultos e ignorantes, de jóvenes y viejos, de hombres y mujeres, de blancos, amarillos y negros. Son los chovinistas quienes hacen creer a las multitudes ilusas que son ellos quienes la representan y se la autoproclaman. Tratar de dividir a una nación postulando como patriotismo ideologías monolíticas construidas a capricho de un pequeño grupo de personas o de un solo hombre, es la más antipatriótica felonía.

 

Algo en el alma decide,

En su cólera indignada

Que es más vil que el que degrada

A un pueblo, el que lo divide.[2]

 

De igual manera, el intento de algunos politólogos por satanizar y llamar apátridas y traidores a los que se oponen pacíficamente a un sistema de gobierno que alcanzó el poder mediante una revolución sangrienta, es el bumerán que contradice y golpea sus postulados, ya que fueron ellos mismos quienes triunfaron como opositores del régimen anterior que los acorralaba. Perseguir y denigrar como a enemigos de la Patria a quienes levantan su voz de manera pacífica para exigir derechos civiles universales e inalienables, invierte los términos de apátridas y patriotas.

Hoy se levanta con más fuerza que nunca antes, aquel folleto intitulado La Patria es de Todos. Y si por alguna duda alguien se atreviese a contradecirlo, dejemos al Apóstol que responda:

 

¿Quién con injurias convence?

¿Quién con epítetos labra?

Vence el amor. La palabra

Solo cuando justa, vence.

 

Si es uno el honor, los modos

Varios se habrán de juntar:

¡Con todos se ha de fundar

Para el bienestar de todos![3]

 

 

 

 

 



[1] Martí José. Obras completas. Editorial Nacional de Cuba. La Habana, 1964. t. 16, p. 354

 

[2] Ibídem.

[3] Ibídem.

jueves, 7 de abril de 2016

Dentro del camión de pasajeros

Tomado del sitio "Cubanos por el mundo"

 

Siempre me ha gustado escuchar la opinión del ciudadano común, porque en el pueblo está la esencia de la sabiduría y la cultura del pueblo. Hay quienes en toda su vida no "disparan un chícharo". Pero otros, aunque sea una vez originan una idea brillante, cuya repercusión se perpetúa y repercute anónima en la memoria histórica de la sociedad. De allí ha surgido esa cantidad de aforismos populares repetidos de generación en generación, ocultando el génesis y el autor de la ocurrencia. "A tu tierra, grulla, aunque sea en una pata" le escuché decir a mi padre muchas veces, cuando alguien lo conminaba a marcharse del país –después del siquitrillamiento– en el primer éxodo multitudinario por Camarioca, a mediado de los años sesenta.  "No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista", ¿quién no ha escuchado estas palabras como bálsamo consolador para los desesperanzados?

Eso enriquece nuestro acervo cultural. Lo que sucede es que muchos de estos adagios públicos no suenan bien en oídos monolíticos de fósiles enemigos de la diversidad de criterios y del buen humor cubano. El cruce euro-asiático-africano de nuestros nacionales nos ha estereotipado de tal manera que nos reímos hasta de nuestra propia desventura.

Por eso me gusta viajar en camiones de transporte intermunicipal, soportar aquellos bancos de acero, unos muy elevados y otros muy bajos para permitir mayor capacidad  pasajera, y padecer con los intensos olores euro-asiáticos-africanos durante dos horas intensas, con tal de escuchar a las personas. A la gente le gusta ser escuchada; y nada más propicio que un camión de aquellos que hace medio siglo acarreaban reses y hoy en día son el transporte público comunitario. Luego que el conductor cierra el portón de hierro por la parte exterior, para quienes no padecen claustrofobia el momento es propicio para conversar en voz alta y obligar a todos los acorralados en la cama del camión a que lo escuchen.

En cada lugar, cada época sostiene una temática conversacional específica. Por eso, desde hace medio siglo las charlas en Cuba giran en torno a la alimentación y estados lastimosos, así como en Estados Unidos versan alrededor de empleos remunerativos. En estos días, sin detrimento de los anteriores temas, la cúspide piramidal de estas conferencias camioneriles se proyectan sobre la visita de Barack Obama. Y como es de suponer, siempre hay defensores a ultranza del modelo político actual que salen en defensa del editorial del día 9 de marzo del periódico Granma.

En mi último viaje la disputa comenzó sobre las prohibiciones alimentarias que sufre la sociedad en pleno. Sin embargo, un señor maduro, de guayabera blanca y vientre cicloidal obvió el eje de la discusión y trajo a colación el sistema de salud cubano: "único país en el mundo donde la salud es totalmente gratuita, incluyendo una intervención quirúrgica a corazón abierto, la colocación de aditamentos importados como marcapasos, equipos de primera generación, etc, etc, etc". Cuando el –seguramente– directivo terminó sofocado su discurso y se estiró la impecable guayabera, desde la otra esquina del camión se escuchó la frágil vocecita de un guajirito enclenque: "Eso es verdad. Vamos a morir de hambre, pero sanitos, sanitos".

El hombre de la guayabera no habló más, pero de alguna parte del camión alguien salió en defensa de su tesis asegurando que los cubanos deberíamos sentirnos orgullosos de una Revolución que había puesto muy alto el nombre de Cuba, no solo por el sistema de salud que "el compañero" acababa de citar, sino por la educación gratuita hasta el nivel universitario y el internacionalismo desinteresado que nos llenaba de gloria. ¡Es una gloria ser cubano! Pero se volvió a escuchar desde la esquina oscura del camión la fina voz del hombrecito campesino: Ven acá, tú; ¿y la "Gloria" se come?

Como es de suponer, al notar tierra fértil para el sembrado de la diversidad de criterios, un vecino de banco dejó caer la mentira de un acuerdo suscrito por los gobiernos de Cuba y Estados Unidos para realizar una consulta popular a manera de elecciones. A un pueblo inculto y mal informado se le puede hacer creer cualquier cosa; así que la mayoría de los asistentes a la reunión abrieron, así de grande, los ojos. Y continuó mi vecino de banco: "Se piensa celebrar elecciones a final de año. Los candidatos a la futura presidencia de Cuba serán Raúl y Obama. Ahora tendremos la oportunidad de escoger qué sistema social preferimos…" Y a medida que iba preguntando la gente se reía, pero nadie profirió siquiera un criterio. El camión se detuvo en la parada donde el campesino de los aforismos debería bajarse. Mi vecino no quiso desperdiciar la oportunidad de escuchar al hombrecito de campo y le soltó en voz alta:

–Qué, mi amigo: ¿por quién usted va a votar?

Para sorpresa nuestra, ya en el último escalón del carro, el flacucho pasajero miró hacia todos los rincones del camión, como buscando al de la guayabera y, luego de una intensa carcajada, se bajó sin responder la pregunta.    

¿Será la autocensura, esta posición conformista o temerosa de callar la mitad de lo que sentimos quien impida llevar a feliz término cambios sustanciosos en el sistema de gobierno cubano?

 

Pedro Armando Junco