domingo, 26 de abril de 2015

Sobre la Feria del Libro en Camagüey.

Ante todo quiero pedir disculpas a quienes siguen mi blog por tanto silencio. La cotidianidad atenta horriblemente al tiempo que debo dedicar para escribir con lógica sobre un tema. Es la lucha por la supervivencia; que ha de ser la misma en cualquier parte del mundo, no importa el sistema político existente, cuando no se hayan solventadas las carencias materiales del hogar. La tela donde zurcir no ha faltado. Lo que ha estado precario es el costurero.

Los primeros días de abril acapararon mi atención para escribir en mi blog sobre dos asuntos: uno la Feria del libro en Camagüey, en la que realicé varias presentaciones de mi novela y, simultáneamente, la VII Cumbre de las Américas. 

 Sobre la Feria, ya habitual en cualquier sitio del país, debo dejar plasmado mi agradecimiento al Instituto del libro y a la editorial Ácana por el apoyo ofrecido a las presentaciones de 36 hombres a bordo, mi última novela. Si alguna dificultad hubo en la entrega del material se debió a la magnitud del evento con relación al personal de apoyo y las limitaciones logísticas, sobre todo en transporte.

Pero hay algo que no quiero dejar escapar respecto a la población general, ya que también se me hizo evidente en la Feria Internacional de La Habana: ¿Qué buscaba la multitudinaria ciudadanía en estas programaciones?

Los conversatorios y las presentaciones estuvieron permeados por el ausentismo. En conversatorio tan interesante como el del Quijote, apenas una decena de intelectuales que conocían su valor acudieron a escucharlo. En las presentaciones se hizo necesario repartir llamamientos o convocar personal involuntario para llenar espacio; inclusive, ante libros muy promocionados el autor tuvo que acudir a sus familiares, vecinos y amigos más íntimos para dar una idea de conglomerado.

Y a pesar de todo, la gente iba por miles a la venta de libros. Pero, ¿qué libros buscaba el público?: libros infantiles para sus niños pequeños, sobre todo los de colorear. Y, no se extrañen por la extravagancia: ¡libros de cocina! Hubo títulos de cocina que se acabaron antes del mediodía de la primera jornada ferial. En conversación con dos intelectuales sobre este desfasaje poblacional, uno de ellos, Jesús David Curbelo, me respondió riendo: "es que a la gente le encanta la ciencia ficción". El otro intelectual, cuyo nombre no voy a comprometer en este artículo, me explicó cómo el ser humano busca de manera subliminal lo que le urge y, en el caso de los libros de cocina, al tener el ejemplar en sus manos cree haber resuelto la mitad del problema: "ya tengo las recetas; ahora hay que conseguir con qué hacerlas".

También los diccionarios, y un libro que habla sobre monseñor Carlos Manuel de Céspedes tuvieron excelente acogida. Pero es lastimoso que autores como Leonardo Padura y Pedro Juan Gutiérrez apenas aparezcan con textos menores. ¿Por qué no se han lanzado ediciones millonarias de El hombre que amaba a los perros o de Hereje, de Padura?. ¿Por qué no se ha publicado en Cuba Trilogía sucia de La Habana o El rey de La Habana, de Pedro Juan, que pone sobre el tapete la realidad al desnudo de las miserias cubanas? Se habrían vendido todos. Porque la población está obstinada de la misma tonada política de hace cincuenta años.   

Mucho más queda por decirles y proponerles a quienes dirigen la cultura cubana y determinan qué debe o no colocarse a la venta en las librerías del país. Seguramente que estos que determinan los títulos que se pueden vender, son los mismos que inventaron como plato fuerte para la población la croqueta, el picadillo de soja, la mortadela, la masa cárnica, la masa de chorizo, la masa de hamburguesa y todos esos inventos de desperdicio animal, para guardarse los filetes y las palomillas de res, las langostas y los camarones para ellos.

Lo de la Cumbre queda para la próxima semana.

 

Pedro Armando Junco    

 

 

 

viernes, 3 de abril de 2015

La estampida continúa

Si algo positivo debe señalarse del Gobierno Revolucionario de Cuba, es la masificación educacional. No discutamos ahora sobre sus lagunas ni vayamos al sentido semántico de la palabra "educacional", sino sobre sus logros. El cubano actual, en su gran mayoría, es un ente con alto índice de escolaridad. Son millones los profesionales que han roto la barrera universitaria, totalmente gratuita. Tampoco discutamos ahora la manera en que el Estado cubano les cobra sus estudios al ciudadano que llegó a convertirse en médico, ingeniero, abogado, científico, etc., etc., etc. Vayamos directamente a las consecuencias.

Cuba, insisto, es una cantera de personal calificado. Cantera en médicos y otras ramificaciones de la salud, cantera en artistas de calidad en todas sus vertientes, cantera en deportistas de primera línea. Ningún otro país latinoamericano ha conseguido tan alto grado de instrucción como el nuestro. Acaso la más alta dirección del país, décadas atrás, pensó mostrarle al mundo la capacidad del cubano para cualquier ejercicio y ministerio a desarrollar en su vida; y de cierto modo lo ha hecho posible. El fiasco ha estado en no ser capaz de reintegrar ese privilegio a una población que tanto lo necesita.

No quisiera hablar de la educación elemental y media, porque los que vivimos aquí y tenemos hijos en las escuelas lo conocemos muy bien. Educar –y ahora sí caemos en el campo semántico –es no solo enseñar que dos y dos son cuatro. Educar es formar al niño y al joven con valores humanos y cívicos que se reflejen en su modo de hablar, de vestir, de respetar, de ser caballeros y damas, como soñaba el Apóstol. Recuerdo que en mi niñez había una asignatura llamada Moral y cívica.

Un país altamente calificado puede realizar milagros. Y no me refiero a la "Operación Milagro" que ha devuelto la vista a cientos de miles de personas en varios continentes y es digna de elogio, sino a la manera errada de aprovechar sus resultados. Los médicos "internacionalistas" cubanos han sido una fuente económica monumental, pero no precisamente para los ejecutores de la misión que reciben quizás menos del 10% de su sacrificio, ni para el pueblo cubano que ha carecido de sus mejores especialistas y ha tenido que vérselas con estudiantes –muchos de ellos extranjeros –insuficientemente capacitados para brindar una respuesta clínica a la altura requerida. Vale decir, además, que gran parte de esos médicos internacionalistas, por habérseles prohibido viajar con sus cónyuges, a su regreso han perdido la familia. Han cambiado su hogar por un puñado de pesos convertibles.

Políticamente todo iba muy bien para el Gobierno cubano. Inclusive, cuando el entonces Presidente de Cuba calificó a la población profesional como "material humano disponible", la gente no tuvo a mal que lo simbolizaran como un aparato manejable sin sentido propio de dirección. El grado de docilidad y desconocimiento de sus derechos no les permitía avizorar comparaciones, hasta que las nuevas tecnologías irrumpieron indeteniblemente en el país. Y el cubano tuvo acceso a informaciones antes vedadas que ahora nadie puede impedir. Con ese alto grado de escolaridad y un poco de apertura gracias a la nueva presidencia, las memorias flash y los teléfonos celulares, han complicado las cosas hasta para los que defienden a pies juntillas el status quo político actual, pues la más ligera manifestación de opositores es filmada al instante y enviada a Twiter en cuestión de segundos, para ser esparcida en el ciberespacio. El cubano de hoy está informado a plenitud de cómo se mueven las sociedades ultramarinas y cómo se vive mejor en cualquier otro lugar de la Tierra. Ya no solo es una sinrazón prohibir Internet en los hogares cubanos, sino una censura obsoleta y absurda. 

Las consecuencias de todo lo antes declarado son tristes y alarmantes. La juventud cubana hace sus maletas y se marcha a priori. Abandona, incluso, a su parentela cuando no puede llevársela consigo. Esta juventud profesional está hastiada de tanta propaganda inútil y vacía, de tanto engaño económico, de tanta exclusión alimentaria, de tanta rigidez política. Y mientras esto sucede, los países vecinos, sobre todo el gigante del Norte, hacen su pesca a gusto y se llevan nuestros hombres y mujeres más capacitados para que les sirvan en sus territorios definitivamente. Hasta la "hermana Ecuador" está haciendo zafra con nuestros muchachos. La hermana Ecuador aplaude nuestro sistema político y su presidente se arranca la muceta con furia y echa por esa boca lo que sea necesario para defender a "Cuba", mientras le extrae calladamente su personal mejor calificado. Y los cubanos van para Ecuador como aquellos chiquillos que siguieron la música del flautista de Hamelín. Porque en la "hermana Ecuador" se realizan elecciones democráticas con partidos de oposición; porque en la hermana Ecuador un médico gana miles de dólares y no el peso de los cuatro centavos; porque en la hermana Ecuador la gente puede comer lo que le viene en ganas; porque en la hermana Ecuador su señor presidente respeta la propiedad ajena y no impide que el trabajador privado haga su dinero hasta donde su capacidad se lo permita.

Mientras, la nación cubana –lamentablemente –se desmorona, se hace añicos, se difumina. Si esta desdicha nacional continúa, las generaciones venideras verán comunidades cubanas por toda América y otras partes del mundo. Y acá, solitarios, hambrientos y desarrapados, carentes del calor de nuestros hijos y la sonrisa de nuestros nietos, los que no renunciamos a la tierra que nos vio nacer, iremos a la tumba con la única compañía de la soledad.

Pedro Armando Junco

 

lunes, 23 de marzo de 2015

Hablemos un poco de Santiago.¿solamente?

En el número 51 de la revista Viña Joven aparece un artículo de Rafael Duharte Jiménez, intelectual santiaguero de primera línea. Y yo, asiduo lector y colaborador de esa revista desde hace varios años, conocedor de su línea editorial completamente apolítica, quedé sorprendido. Por primera vez en su espacio "Sociedad" alguien habla tan claro y se lanza a fondo en la crítica, porque –dejémonos de simulaciones –sociedad y política son hermanas gemelas.

El título de su trabajo es "El Santiago feo". Y el señor Duharte lleva a cabo un análisis muy concreto sobre las causantes de que a los santiagueros que emigran se les denomine peyorativamente "palestinos".

"¿Existe una crisis en la cultura santiaguera?", se pregunta. Sí, existe. Y ha tenido el valor de señalar vertientes: cine, literatura, música, artes plásticas, danza. No excluye a la prensa ni a la televisión y, además, cita una serie de instituciones que también han sido tocadas por esa crisis. Lo que al señor Duharte le faltó señalar es el nombre de la causante, no ya del problema cultural sino espiritual del pueblo santiaguero, como agregar que es un lamentable desequilibrio nacional.

Si en algo no estoy de acuerdo con la tesis del articulista es en culpar a la población santiaguera por la pérdida de su condición capitalina desde hace varios siglos, cuando pasó a ser La Habana "la capital de todos los cubanos".  Porque luego de aquello Santiago de Cuba fue cuna de hombres célebres, hechos históricos relevantes y un sinnúmero de caracteres que la ornamentan históricamente.

Tengo amistades ilustres en Santiago de Cuba, permanentes allí. Acaso opacadas, como en muchos lugares de la Isla, pero fieles a su terruño. Y he podido constatar personalmente que ninguna otra idiosincrasia nacional es más desprendida y fraterna que la del santiaguero autóctono.

Sé que para Viña Joven, mi revista amiga –tan mía que a ella agradezco más de nueve publicaciones y mi escapada del ostracismo –debió haber sido difícil permitir una crítica que pone sobre la picota a quienes manejan nuestra sociedad desde hace varias décadas. Pero felicito a Viña Joven, porque es la hora de decir la verdad y sacar a la luz los errores que se cometieron y todavía se cometen.

Cuando el amigo Duharte señala que los santiagueros de hoy (no todos, por supuesto) andan sin camisa por las calles, se orinan en las esquinas, ponen música a los más altos decibeles en autos y viviendas, gritan palabras obscenas, echan basura en cualquier sitio y venden alimentos antihigiénicos, hay que responderle que eso no sucede solamente en su querida ciudad; que eso y mucho más es un hábito consuetudinario de todas las ciudades de Cuba, incluyendo a "la capital de todos los cubanos".

Señalar que los carnavales se han transformado en verbenas para esquilmar a la población con la venta de cervezas superlativamente caras y permitir que los merolicos y estafadores hagan su zafra, no es solo un problema santiaguero. Que se asen puercos en púas en medio de la calle en detrimento del asfalto que luego crea un bache seguro, ha sido el producto de una supuesta orientación de cocinar ajiaco popular en la vía pública cuando los festejos por los aniversarios de los CDR, y se acostumbra hacerlo en cualquier parte del país –si se tiene el puerco, claro –.  

En lo que sí estoy de acuerdo es en que el fraccionamiento territorial de la provincia de Oriente ha sido una causante más de esta crisis. Y eso lo han sufrido también, principalmente, las provincias de Camagüey y Santa Clara. No quiero ni pensar que esta medida haya tenido su génesis en la axiomática teoría de Maquiavelo. Pero el tiempo ha demostrado en la práctica que nos estamos dividiendo mientras desde Santa Ifigenia nuestro Apóstol suplica con dolor infinito todo lo contrario. 

¿Por qué "palestinos"? Es cierto que a los camagüeyanos no nos califican igual los habaneros incultos, pero cierta vez en una "guagua" capitalina escuché cuando una señora le recalcaba a mi niña que ingenuamente refirió ser camagüeyana: "Mija, La Habana es La Habana. Lo demás es área verde". Quizás esa señora desconoce que más de la mitad del pueblo habanero tiene sus raíces en tierras palestinas de áreas verdes.

Pero así también se nos divide. Y se nos divide cuando se fomentan contingentes de personas marginales para llevar a la construcción o vestirlos de policías. Y esos policías incompetentes, extraídos sobre todo de zonas rurales, llevados desde Oriente y desde Camagüey y desde otras provincias, cuya cultura choca con la del habanero ilustrado, ha dado lugar al apodo de "palestinos" junto a la presunción de que el resto del país es "área verde". Es hasta desgarrador el momento en que, en el filme Conducta, aquel policía expulsa de La Habana a un coterráneo suyo solo por venir de donde él mismo vino. Es bochornoso para la historia ese decreto que ordena expulsar, como a palestinos, –quizás ese decreto haya originado el despectivo apodo –a un ciudadano cubano de un lugar de Cuba. 

Lo cierto es que vivimos una crisis total de valores. La vive Santiago de Cuba; la vive Cuba en su totalidad. El propio presidente del país hubo de reconocerlo hace ya más de un año, pero nada se ha hecho para revertirla. Computaron 191 formas diferentes de "indisciplinas sociales". 

Algunas de estas indisciplinas pueden solucionarse fácilmente. Poner contenedores de basura pudiera ayudar a que los vecinos de la cuadra no echen los desperdicios en la calle. Crear urinarios puede servir para que nadie tenga necesidad de orinar en las esquinas. Luego de estos cimientos es plausible infligir a los infractores. Permitir a las personar publicar sus desacuerdos no solo podría evitar las manifestaciones callejeras de los opositores, sino ayudaría a los artistas e intelectuales a elaborar una mayor y más exitosa producción porque, como apuntara Martí: "Ni escribe el escritor, ni habla el orador, ni medita el legislador, sin libertad. De obrar con libertad viene obrar con grandeza".

Hay otros vicios que no serán tan fáciles de erradicar; que solo una cultura de punta puede arrinconar en el escenario popular. Pero esa cultura ha de ser limpia, sincera, multitudinaria. Una cultura de amor en las que las iglesias –de todas las denominaciones –pueden –y estoy seguro –desean participar.

No sé si Viña Joven esté dispuesta a publicar esta "bloguería". De hacerlo me sentiré altamente gratificado.

 

Pedro Armando Junco

lunes, 16 de marzo de 2015

Mi hija en sus XIII cumpleaños

A los amigos que siguen mi blog les envío esta foto de mi hija menor el día que cumplió 13 años. Es mi orgullo y una de las más fuertes razones que tengo para vivir.
 
Pedro Armando Junco

miércoles, 11 de marzo de 2015

Frases para recordar

Si algo me permito aconsejar a los noveles escritores es la utilización de las "frases relámpagos". Y si estas frases relámpagos pertenecen a su autoría, mejor aún. Esto puede ser válido tanto para la narración como para la poesía, sin marginar el periodismo.

Soy de la opinión que la literatura actual en nuestro país es entendida erróneamente por muchos autores como la necesidad de ofertar al lector la idea de que quien escribe es una persona de alta cultura, conocedor de un sinnúmero de personalidades –muchas de ellas desconocidas por el gran público –, y citarlas a carretilla con sentencias brillantes, olvidando por completo colocar las propias en el texto que, a fin de cuentas, serán quienes califiquen al autor.

La sencillez tanto en la prosa como en el verso, si está usada con arte, prende por sí sola: "Es tan corto el amor y es tan largo el olvido". Pablo Neruda.

Claro que estoy de acuerdo en que las frases célebres aparezcan metódicamente para calzar el criterio del que escribe, ya que en ellas, por lo general, va implícito el mensaje universal de alguna idea nunca antes dicha de esa manera y que, casi siempre, brinda desiguales vertientes de criterios. Pero la pifia radica en traerlas agarradas por los pelos con el único propósito de mostrar cuánto hemos leído y cuánto conocemos del ámbito cultural.

Nunca he gustado más, sobre todo en mi blog, que colocar citas de José Martí, héroe indiscutible de la Patria, pensador supremo de Cuba y, posiblemente, de toda Latinoamérica. Porque nuestro Apóstol pertenece tanto a la iconografía de los cubanos de izquierda como a los cubanos de derecha dentro del país  y allende el mar. Del lado de acá del Estrecho se le conoce, inclusive, como el Autor intelectual del asalto al cuartel Moncada; del lado de allá, la emisora más odiada por el Gobierno Revolucionario lleva su nombre. Y me gusta citarlo por eso, para que no nos lo tuerzan ni de un lado ni del otro.

Y sucedió recientemente que cayó en mis manos una revista nombrada Convivencia, de perfil opositor, pero con buenos artículos periodísticos. Y al buen periodismo hay que aplaudirlo venga de donde venga, como se ha de echar a un lado el fabricado de consignas gastadas. En esta revista aparece la conferencia magistral del canciller español José Manuel García-Margallo, exponiendo sus experiencias durante la transición en España después del franquismo. Y como en Cuba estamos en período de transición, acéptese o no por los extremistas –el hecho de poder escribir este artículo sin temor a represalias verticales es un baluarte a mi criterio –, no puedo pasar por alto frases que, sin ser propias del canciller, trajo a colación en su discurso.

La primera de estas citas que, a propósito, corrobora lo que acabo de decir, fue una sentencia del novelista ibérico Miguel Delibes: "antes te obligaban a escribir lo que no sentías, ahora se conforman con prohibirte que escribas lo que sientes". Esto nos viene como anillo al dedo, puesto que todavía la prensa cubana continúa permeada por lineamientos partidistas y excluye todo criterio que intente el cuestionamiento más ínfimo. Aún los directivos que tienen que ver con este desajuste antidemocrático no acaban de entender lo provechoso que sería una prensa respetuosa con criterios de oposición a lo mal hecho y a lo mal establecido. Todavía el calificativo opositor –afortunadamente sustitutiva de la anterior: gusano –aparece como un estigma en aquellos que pretenden el entendimiento más lúcido y civilizado. Por eso, la frase de Miguel Delibes escrita en medio de la transición española, tiene para Cuba plena vigencia.

En su conferencia magistral el canciller español descarga un diluvio de conceptos imposibles de reproducir en las escuetas líneas de este enunciado, pero algunos de ellos se revelan inadmisibles a pasar por alto, como es la primacía de la concordia en estrecho enlace con la diversidad de criterios. "Es necesario pasar de un régimen personal a un régimen de participación, sin rupturas y sin violencia".

La reconciliación nacional en España puede servirnos de ejemplo para la futura reunión de los cubanos: ausentes y presentes en la Isla. Y trae de inmediato a colación una cita del historiador y pacifista peninsular Salvador de Madariaga: "Los que antaño escogimos la libertad perdiendo la tierra y los que escogimos la tierra perdiendo la libertad nos hemos reunido para otear el camino que nos lleve juntos a la tierra y a la libertad". Este pensamiento es totalmente lapidario para nuestro futuro.

De esta conferencia, a pesar de traer solo mensajes de reconciliación y respeto en las exposiciones sobre experiencias vividas por el pueblo español luego de Franco, nada supo el pueblo de Cuba. No fue transmitida por la televisión, ni escuchada por la radio, ni publicada por la prensa escrita. Sin embargo, en ella estuvieron presentes altas personalidades de la diplomacia cubana que otras veces vemos pronunciar largometrados discursos en el espacio estelar del noticiero televisivo.

El canciller de España planteó, categóricamente, que no es preciso –para sacar adelante a un país –que toda la ciudadanía piense de igual manera, desee lo mismo, trabaje por lo mismo; sino todo lo contrario: en las argumentaciones disímiles se esconde el éxito, el desarrollo, no solo porque los seres humanos nada tenemos de autómatas, sino porque somos entes pensantes que para nada deben mantener idénticos criterios. En el brillante final de su exposición José Manuel García-Margallo concluye con las siguientes palabras del conocido filósofo y ensayista español Julián Marías:

"Los españoles no estamos de acuerdo –gracias a Dios –. Ningún pueblo lo está. El desacuerdo es inevitable y maravilloso, siempre que no roce la concordia, la decisión inquebrantable de no romper la convivencia"

 

Pedro Armando Junco    

 

viernes, 27 de febrero de 2015

Los malos malos

Dos días más tarde del encuentro con "los buenos buenos", precisamente el 23 de enero, recibí una llamada telefónica al mediodía. Era una llamada anónima que me instaba a sintonizar el televisor en la emisora provincial. El que llamaba me insistió en que era algo de suma importancia que debía ver, y de inmediato colgó el auricular.

Como yo no tengo televisor, fui a la parte de la casa que doné a mi hija y le pedí pusiera Televisión Camagüey. Transmitían en ese instante una especie de documental provinciano en el que acusaban a un falso pastor de iglesia de nueva denominación que recibía dinero desde el exterior y se dedicaba a ofrecer meriendas y comidas los viernes, en determinado punto de la ciudad a personas muy pobres; se afirmaba en el documental que este pastor apócrifo, perteneciente a los malos malos, recibía ese dinero de una institución contrarrevolucionaria de Miami, o algo así, pues cuando me senté a ver el audiovisual ya había comenzado.

Todos sabemos que en Cuba –como en los demás países del mundo –hay individuos miserables que ni siquiera cuentan con un plato de comida al día. Conocemos también que el Estado cubano mantiene puntos dentro de la ciudad donde esas personas pueden adquirir un plato de arroz, potaje y algo más a un precio módico. Pero es honesto reconocer que, debido al envejecimiento de la ciudadanía, el éxodo de los más jóvenes y la caótica crisis alimentaria del país, ese número de personas infortunadas va en aumento acelerado. Por lo tanto pensé que no estaba mal que alguien más se sumara en ayudar al Gobierno y al Estado cubanos en esa labor altruista de socorrer a los más necesitados. De hecho, la iglesia católica lo está llevando a cabo desde hace tiempo sin mucho ruido, y algunas otras denominaciones cristianas lo tienen en proyecto. La iglesia Bautista a donde asiste mi familia tiene un programa de visita y ayuda a los niños que padecen enfermedades incurables en el hospital pediátrico de la ciudad. ¡Eso es hermoso! Nada hay más cristiano que auxiliar al prójimo necesitado.

Pero en el documental aparecieron personas, disimulado el rostro, que prestaban testimonios negativos de ese supuesto pastor y de su equipo, aduciendo que junto a los alimentos, aprovechaban la oportunidad para hacer propaganda enemiga. Y unos momentos después apareció en pantalla una foto en la cual aparecía el apócrifo ministro. Para sorpresa mía, el sujeto era un joven amigo cibernético que desinteresadamente atiende mi PC, le realiza mantenimientos y resuelve cualquier dificultad que se le presente sin costo alguno, salvo cuando hay que adquirir alguna pieza, y pocas veces hemos tocado temas políticos. Como es natural, corrí a su casa inmediatamente. Creo que también hay algo de cristiano en eso de visitar al amigo cuando se le denigra. Y es bueno, por supuesto, como aconsejaba Sancho Panza en la Ínsula Barataria poner un oído para el acusador y otro para el acusado.

Según me cuenta Yiorvis Bravo, el falso pastor –a quien le pedí el máximo de sinceridad –, es cierto que la ayuda que se ofrecía vino desde el exterior, de manos de una mujer exiliada; que él en realidad no es pastor, aunque sí es un celoso colaborador de la iglesia; pero que la razón principal de públicamente denigrarlo es porque él vive en una mansión heredada de alto valor económico debido a su arquitectura y localización urbanística de la que en más de una vez han tratado de desalojarlo y por eso se le difama públicamente.

 

A mi juicio, de ser cierto que al entregar la dádiva se arguyen intereses ajenos al fruto, se falsean los principios cristianos, porque desde el Sermón de la Montaña nos llega la idea de que, cuando tu mano derecha otorgue algo, que tu mano izquierda ni se entere; pero al margen de estos principios, el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclama la libertad para difundir nuestras ideas por todos los medios de expresión. Y hasta cabe preguntar: ¿no es un repiquetear constante por todos los medios difusivos del país las gratuidades del Estado cubano en todas sus vertientes, sobre todo en educación y salud? Cuando entramos a un local hospitalario lo primero que aparece ante nuestros ojos es el afiche arto conocido de que "La Salud es gratuita, pero cuesta".

Soy de la opinión de que, si los alimentos que regala la iglesia de Yiorvis no traen venenos ni virus infecciosos, poco debe importar de dónde vengan ni si es pastor o laico quien los ofrece pues, hasta donde yo conozco, ni Cristo ni Juan el Bautista contaban con certificaciones de santos. En vez de calificarlos como malos malos, debería estimularse a que otros se sumen, y pedirles más, mostrándolos como ejemplo a seguir.

 

Pedro Armando Junco.  

 

lunes, 16 de febrero de 2015

Aviso

Ante todo pido disculpas a mis seguidores por la ausencia en mi blog. Esto fue el resultado de una intensa labor, contra reloj, que la editora de mi novela 36 hombres a bordo y yo tuvimos que desplegar junto al equipo editorial, para que el texto pudiese llegar en tiempo y forma a la Feria Internacional del Libro en la Habana.

Por fortuna, lo conseguimos. El 20 de febrero, según me informan los programadores, haremos la primera presentación oficial en La Cabaña, sede del mayor evento literario del país. Allí estaremos, lavando con letras la tanta sangre que en ese lugar se derramó. Y aprovecho para invitar a los amigos de mis bloguerías residentes en la capital, para que me acompañen en día tan importante para mí. Para aquellos que no me conocen personalmente esta es una oportunidad magnífica. Para aquellos que residen en Camagüey, les aviso que se harán presentaciones en nuestra ciudad a partir del 8 de abril; la convocatoria queda hecha.

Y les prometo mi próximo post apenas a mi regreso de la Feria Internacional con el contrapeso de Los buenos buenos: Ya tengo en mente: Los malos malos.

Los quiere y abraza,

 

Pedro Armando Junco