viernes, 19 de septiembre de 2014

La mujer y el matrimonio en la Cuba actual

La sociedad cubana, como muchas otras en el mundo, no ha podido sustraerse a los profundos cambios de la mujer como sujeto independiente. Es más, desde el triunfo revolucionario de 1959, ha sido una constante gubernamental la “liberación” femenina. Le era necesario a la Revolución triunfante, previsora de los obstáculos que tendría por delante tras sus radicales formas de gobierno, poner de su parte esa mitad poblacional que constituye este género. Y no por gusto, junto a otras instituciones fabricadas para controlar gremios disímiles, creó la Federación de Mujeres Cubanas, conocida por su sigla FMC.

A partir de entonces se convertiría en prédica constante la “liberación de la mujer cubana”. Libertad e igualdad plenas, sin olvidar la libertad sexual que hasta ese momento era exclusividad de los hombres. Ser un marido adúltero antes del triunfo de la Revolución no solo era un mérito, sino hasta algo así como poseer una medalla que colgaba el hombre en su expediente. Una mujer adúltera cargaría el fardo de la infidelidad por el resto de su vida y luego de repudiada por su esposo difícilmente encontraría alguien con quien matrimoniarse nuevamente.

Los burdeles fueron eliminados y las prostitutas recluidas por corto tiempo en talleres de artesanía donde las enseñaban a trabajar con las manos en vez de con otros órganos más versátiles de su cuerpo. Y se les enseñó que las artes manuales también sirven para ganar el sustento de la independencia. 

La conservación de la virginidad para la noche de bodas desapareció en pocos años como lacra burguesa. No era más importante entregar la doncellez al hombre escogido para esposo, que pertenecer a la milicia nacional o ausentarse de casa a cortar caña durante una zafra completa en campamentos rurales.

Estos son algunos antecedentes de la mujer en la sociedad cubana actual. Pero han transcurrido los años, los lustros y las décadas. A 56 años de aquella Revolución triunfante echamos un vistazo a la mujer de hoy y encontramos escasos dividendos. El himen se pierde casi siempre durante la enseñanza secundaria, mucho antes de las quince primaveras; ser adúltera, según el criterio de una amiga “feminista” –criterio que no comparto de ninguna manera –, es atribuible al ciento por ciento de las mujeres del país.

El respeto al casamiento y el temor al divorcio han devenido en que sea más fácil encontrar un matrimonio sexagenario que otro con cinco años de coexistencia. La separación en las parejas es la constante actual, exacerbada aún más por las misiones internacionales donde los cónyuges no pueden viajar unidos pero se ven impelidos a ellas por imperiosas necesidades de economía. Se incorporan a esas delegaciones alegando traer para el hogar un mejor nivel de vida, y cuando regresan ya el hogar está deshecho. No es secreto para nadie que la distancia, el tiempo y las necesidades genésicas, atentan unidas a la normativa matrimonial.

Todos conocemos por experiencia propia lo engorroso de una relación conyugal Los seres humanos somos “únicos e irrepetibles”. Y desde los viejos tiempos de Platón, se habla de “la mitad perdida” que todos añoramos encontrar y jamás aparece. La pareja, durante un largo período de adaptación, debe aprender a limar los detalles que le son desagradables en su cónyuge hasta hacerlos desaparecer o adecuarse a ellos.

La piedra fundamental del matrimonio lo constituye el sexo. La gente se casa, ante todo, porque se gusta física y sexualmente aunque, tanto ayer como hoy, muchas uniones son propiciadas por intereses económicos, sobre todo entre los menos jóvenes. Cuando acceden al coito descubren que el coito perfecto es muy difícil de alcanzar entre ambos hasta después de cierto tiempo de comprensión y acomodo mutuo. Y todas estas incomodidades íntimas pueden superarse solo por el apego a leyes morales establecidas por la ética familiar y apuntaladas por la religión. Algunos consiguen este acoplamiento como resultante, no ya del gusto erótico por la otra persona, sino por la confianza y el amor verdadero, ese sentimiento espiritual que induce a complacer más que a ser complacido, convencidos de que la vida conyugal no es solamente sexo.

Pero las cadenas del maridaje son de papel: cualquier borrasca las deshace. Por eso, cuando esta nueva sociedad, ante la necesidad de cambio, indujo a la mujer a una libertad ilimitada y procuró erradicar de raíz las normativas sociales de los gobiernos anteriores haciendo énfasis en el catolicismo que aglutinaba a más del 90 por ciento de la población, no podían esperarse resultados aglutinadores en la familia. Y es allí donde encontramos el eje negativo que desvanece  la intención de sostener un matrimonio para toda la vida.

Como resultante de este historial las parejas se rompen con extrema facilidad, los hijos se dispersan y mal educan, surgen nuevas prostitutas eufemísticamente renombradas “jineteras”, y una rémora gigantesca de mujeres solitarias carecen del calor doméstico, tanto como hombres frustrados, muchos convertidos en alcohólicos acérrimos, viven solos.

El fiasco de la liberación femenina en nuestra sociedad es evidente.

 

Pedro Armando Junco

 



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lunes, 8 de septiembre de 2014

Ética del bienestar

Durante el curso de verano auspiciado por la iglesia católica, se pusieron a la venta libros interesantes a precio ínfimo. Todos costaban un peso moneda nacional, lo que es equivalente a cuatro centavos en divisa. Y dentro de ese caudal de libros me llamó la atención una publicación de hace 20 años, cuyo título es Neoliberalismo. ¿sí o no? Su autor Gregorio Iriarte.

Pero como los libros interesantes son intemporales, quise leerlo y discutirlo puesto que, cuando enfrentamos una lectura de criterios, lo primero que tenemos que hacer es disponernos a objetar o aprobar su tesis.

No es mi propósito hoy discutir criterios, pese a que nunca se está totalmente de acuerdo con todo lo expuesto, sino colocar aquí, para disfrute de aquellos que lean este artículo, un fragmento muy interesante sobre algo tan vital para el ser humano como el agua y el aire: la impugnación de ese concepto generalizado de creer que la economía floreciente es la raíz de la felicidad y realización humana.

El autor Iriarte nos dice:

 

Sobre la racionalidad economista es preciso oponer una nueva racionalidad cuyo eje no sea la acumulación indiscriminada, ni el obsesivo mejoramiento de los indicadores económicos convencionales. La nueva racionalidad tiene que orientarse hacia el mejoramiento de la calidad de vida de la población. Al culto fetichista de los indicadores economistas hay que oponer la “ética del bienestar” y el desarrollo de las personas.

 

Y a partir de allí el autor presenta un decálogo de necesidades básicas para la verdadera realización del ser humano.

1.      La necesidad de la subsistencia: alimentación, salud, vestimenta y vivienda.

2.      La necesidad de la protección: sistema judicial eficiente, seguridad pública, seguridad social y primeros auxilios.

3.      La necesidad del afecto: amistades, relaciones familiares, relaciones sociales y autoestima.

4.      La necesidad de la identidad: cultural, nacional, familiar y personal.

5.      La necesidad de la educación: familiar, escolar, sociopolítica y auto educación.

6.      La necesidad de la libertad: de pensamiento, de expresión, de organización y religiosa.

7.      La necesidad de participación: familiar, social, política y económica

8.      La necesidad de la creatividad: la autorrealización, artística y científica.

9.      La necesidad del tiempo libre: descanso, deporte, lectura, medios de comunicación social y la interrelación con personas y la naturaleza.

10.  La necesidad de espiritualidad: experiencia de Dios, oración, fe, esperanza, caridad, gratuidad y perdón.

 

Puede que sean muchas las necesidades del hombre. Yo diría que estas son solo algunas de las más importantes, De hecho, todo el que lea este minúsculo trabajo ya estará hurgando dentro de su espiritualidad, y habrá encontrado seguramente otras necesidades que le urgen para sentirse realizado, que es la manera más discreta de ser feliz.

Otros sistemas y otros pueblos con otras idiosincrasias tienen cubiertas gran parte de estas necesidades. Gozan de un sistema de vida económicamente desahogado, cuentan con leyes justas y estables, disponen de excelente educación, se acogen a un sistema de salubridad magnífico, y hasta –constitucionalmente –practican la religión preferida. Sin embargo, en esos países las grandes masas poblacionales nunca llegan a sentirse personas totalmente realizadas.

Esto se pone en evidencia cuando un individuo que sufre deficiencias económicas, temeroso de leyes arbitrarias y carente de un sinnúmero de oportunidades castradas de raíz por el sistema político en que vive –como es el caso del cubano de la Isla –cuando se incorpora al sistema primeramente mencionado –como es el caso de los Estados Unidos –, sufre el shock de un vacío espiritual indescifrable, que no le deja vivir en paz.  

¿Entonces qué le falta? ¿Acaso es esa “libertad” que no aparece en los estatutos jurídicos y constitucionales de hacer de su vida lo que le venga en ganas, porque el engranaje del sistema social capitalista lo obliga a vivir trabajando o a sobrevivir en la miseria? ¿Acaso es la ausencia de otros puntos siguientes en este decálogo tan bien pensado, que establece que parte de la realización de un ser humano son las amistades, las relaciones familiares y sociales, tanto como la autoestima?

Cierto es que en Cuba falta mucho trabajo por hacer. Faltan muchos escollos que limar. Quedan muchos derechos por reconquistar. Pero nuestra idiosincrasia subyace en cualquier sitio a donde vayamos a vivir. Cierto es que la identidad cultural de nuestro pueblo no se ha recuperado por completo debido a tantos años de censura y autocensura; pero continúa allí, latente, en cada cubano inteligente dispuesto a plantear su verdad y ponerla a prueba, en cada cubano que se debe escuchar con todas sus luces y sus sombras.

Si el sistema judicial cubano adolece de independencia, hay que desatarles las manos a los juristas para que las leyes se hagan más justas y se lleven a cabo con equidad. Si la educación lastra concepciones políticas impuestas, ¿por qué no se despolitiza la educación? Si los trabajadores de la salud no cumplen su cometido a carta cabal, indaguemos por qué los médicos necesitan estímulos particulares para dar un mejor tratamiento al paciente. Si la maquinaria productiva del país se halla estancada porque la masa humana que la mueve no quiere trabajar, busquemos la causa de esa desilusión proletaria dando rienda suelta a los criterios del pueblo sin retóricas gastadas y vayamos a la raíz del problema.

Al margen de esas contrariedades, el cubano de hoy tiene garantizados todos los demás sectores de este decálogo; no obstante carece del principal sostén del capitalismo: la libertad económica absoluta.

Para eso trabajamos. Y tenemos fe en que aparezcan oídos receptivos a estos clamores.

 

Pedro Armando Junco

 

 

 

 



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¡Al fin conocimos a Varadero!

–¡Qué lindo es Varadero, compadre! –fue el saludo de Rafael cuando nos encontramos por la calle.

Quedé sorprendido no solo por su euforia, sino porque Rafael trabaja en un mercado de carne de ovino por cuenta propia, en el que gana 20 pesos moneda nacional (ochenta centavos en CUC) por jornada de trabajo, y eso no alcanza ni para costear el ómnibus que pueda llevarlo hasta la mejor playa de Cuba, una de las más hermosas del mundo.

Luego me explicó que el lunes 25 de agosto, ante el asombro de los televidentes, Pánfilo estuvo en Varadero: Pánfilo y Chequera, especímenes que conforman por la tv un dueto humorístico en la emisión televisiva Vivir del cuento..

Nadie en Cuba se pierde este programa los lunes a las ocho y treinta. Es el único espacio que ha sobrevivido a pesar de la mordacidad de sus críticas. Y Pánfilo es el hilarante protagonista.

El cubano de la Isla gusta de ver y escuchar en otros lo que teme expresar como suyo. Tras tantos años de reprimirse a sí mismo, a pesar de que ahora la libertad de expresión es mucho más respetada, la autocensura subsiste todavía y la gente continúa expresando en público todo lo contrario de lo que dice en su casa. Es por eso que, ante una televisión atiborrada de criterios estereotipados y triunfalistas, un programa donde se tiendan los “trapitos al sol” al sistema de gobierno, se hace generalmente funcional y bien recibido.

Y el caso es que el equipo de realización de Vivir del cuento presentó una panorámica de Varadero, desde la misma entrada por carretera, con tomas elocuentes de su belleza natural: las aguas azules y cristalinas reflejando el cielo, las arenas de algodón frisado, las palmeras erectas y cuidadosamente plantadas. Pero sobre todo las edificaciones hoteleras, colmadas de turistas donde el cubano es un ave rara o no existente a no ser entre la servidumbre.

Y Pánfilo y Chequera al mirarse entre tanta belleza y exclusividad se comían a pellizcos para comprobar que no estaban soñando. Del lado de acá de la pantalla el pueblo cubano, el pueblo de a pie, el 90 por ciento de la totalidad de los cubanos, veía por primera vez al Varadero actual, al que no se tenía acceso ni de manera virtual.

Cuando llegaron al hotel, Chequera –un Sancho a lo moderno –se revolcaba en la cama amplísima y cómoda, mientras Pánfilo interiorizaba que cada una de las habitaciones tuviera varios departamentos y en cada uno de ellos hubiese un televisor gigante de pantalla plana, un refrigerador lleno de comestibles finos y bebidas exóticas, y hasta una caja de caudales digital, así como un baño más grande que la casa de su amigo.

La escena más simpática se desarrolló en el restaurante. Siempre es así, puesto que el peor déficit que sufre el pueblo de Cuba hoy está es la escasez de los alimentos y sus elevados precios. Los humoristas del país hacen énfasis en la comida, sobre todo en la carne de res, prohibida desde hace medio siglo.

Todo cubano que miraba el programa se vio representado en aquellos dos cómicos, desesperados por tomarlo todo, por acapararlo todo, inclusive quitando de las manos del turista el dulce que había tomado de la bandeja. Chequera se llevaba las bandejas completas.

Cuando arribaron a la mesa de los quesos y el sirviente les explicó la variedad de estos, no acertaban a escogerlos… ¡claro! El pueblo de Cuba solo conoce el “queso fundido” o “el queso frescal”, que en su árbol genealógico no tienen antecedentes conocidos. Parecido sucedió con las bebidas foráneas, puesto que lo que se ofrece a  la población cubana, a granel y a precio aceptable es algo eufemísticamente llamado “Cuba libre”, pero que el genio popular ha bautizado como “chiva prieta”: alcohol con azúcar y colorante.

Por fortuna para ambos no sufrieron la dolorosa indigestión que todos esperábamos, porque Pánfilo y Chequera estaban soñando. Todo fue una maravillosa fantasía. Los dos soñaron lo mismo y al mismo tiempo. Y allí también hay un chiste. Es el chiste negro del guionista: el sueño de Pánfilo y Chequera es el sueño del pueblo de Cuba que no puede visitar a Varadero. Varadero es para los turistas extranjeros, los altos dirigentes y oficiales de la nomenclatura del poder. Y estos, altamente afortunados, son una minoría.

Para cerrar con broche de oro el espacio, acordaron irse de vacaciones a un “campismo popular”, sitios preparados por el Estado cuando surgió la idea del turismo internacional, para que los cubanos no molestaran a los visitantes extranjeros en temporada de recreo.

Pero la euforia de Rafael es válida. Al menos hoy todo cubano que vio ese programa el lunes por la noche, puede asegurar que por fin conoció a Varadero.

 

Pedro Armando Junco

 



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lunes, 18 de agosto de 2014

Ahora sobre las indisciplinas sociales

Según el Presidente del país, las indisciplinas sociales computarizadas alcanzan la alarmante cifra de 191. Lo confesó hace más de un año en un patético discurso de recapitulación. Habría sido altamente productivo que las hubiesen publicado en Granma una por una, detalladas y diáfanas. Pero todavía se acostumbra a decir, cuando no queda otra opción, la verdad a medias. No obstante, muchas son evidentes por su constante pronunciamiento. Pero no pasa nada.

Y hace algunos días, luego de mi post sobre las causantes de estas epidemias que hoy azotan el territorio nacional, un amigo me conminó a clasificar las “indisciplinas sociales”.

A mi juicio pueden catalogarse en dos grandes grupos primeramente: las injustificables y las justificables. Pueden también hacerse desgloses por categoría de peligrosidad: mayor o menor; de capacidad: reducibles e irreducibles; de saneamiento: eliminables y no eliminables. Pero eso queda para los funcionarios del Consejo de Estado. Mis dos grupos abarcan las injustificables y las que se justifican.

Las injustificables y consuetudinarias, esas que vemos en el barrio diariamente pueden ser solucionadas a corto plazo. Puede ser con amonestaciones, apelando a la concientización de la ciudadanía o con multas equitativas. Salir sin camisa a la vía pública, vociferar palabras obscenas, poner música con altavoces sin tener en cuenta el vecindario, sacar a los perros a defecar públicamente en la calle, echar basuras en cualquier sitio, mantener gárgolas sobre los techos que desagüen a las aceras y mojen a los transeúntes, contravenir las señales de tránsito…, etc. 

Pero hay otras, aparentemente injustificables, que tienen cierta “justificación” –valga la redundancia y la paradoja –en su génesis, porque las primeras que mencioné ocurren como resultado del relajamiento ético de la población, que durante 56 años la Revolución ha permitido, ya que anteriormente esas malas costumbres raramente eran vistas.

Se dijo al principio del período revolucionario, por ejemplo, que cuando la guardia rural –batistiana o machadista –desalojaba de una hacienda a una familia que había construido un rancho para vivir sin permiso del dueño del terreno, ejecutaba una monstruosidad. Y después del triunfo revolucionario se institucionalizó el derecho al no desalojo y los elementos más desposeídos aprendieron a meterse en cualquier sitio y nunca más se pudo sacar de una vivienda al astuto que aprovechó el momento oportuno para colarse dentro de ella. Y si a esto se suma la administración de las leyes según los requerimientos oficiales, aflojando aquí y apretando allá, el relajamiento moral ha ido en aumento paulatinamente. Se dijo alguna vez que todo era propiedad del pueblo y la propiedad privada dejó de tener un sentido real, tanto es así que, si un asaltante viola el domicilio de un ciudadano y este, en defensa propia, le causa daño, tiene que pagar caro la salvaguardia de su morada. Así podríamos enumerar una serie de prácticas que inducen al desorden y atentan contra el equilibrio social imprescindible para el buen funcionamiento ciudadano, cuya responsabilidad debe asumir el Gobierno, ya que dispone de los medios requeridos.

Es por eso que también surge este grupo –hasta quizás mayor que el primero –de indisciplinas sociales “justificables”. Y encasillo el término porque, a pesar de todo, no dejan de ser un lastre social que abochorna la cubanía.

El insuficiente salario a los servicios que presta un obrero trajo por consecuencia la impuntualidad, la indolencia, la pésima ejecución de labores a desarrollar, el abandono de los centros de trabajo para realizar comercio ilícito, etc.; y cuando estas barreras ocurren en sectores como la salud, en ocasiones cuesta la vida de personas que pudieron salvarse, a pesar de que estos hechos quedan soterrados en el silencio más absoluto. En el caso de la educación sucede otro tanto, pues aunque la desidia de los educadores no mata al instante, sí puede sembrar conductas que lleven al educando por los caminos más deplorables, como se aprecia actualmente.

El robo, el hurto, el asalto y toda esa gama de delitos de alta peligrosidad han surgido en parte por la flexibilización de leyes carcelarias, al punto de que la delincuencia ha bautizado a la cárcel como “la beca”, donde se entra y se sale tan a menudo como a una gran escuela de facinerosos. Tampoco se puede soslayar por completo el problema de la necesidad de supervivencia, caldo de cultivo que en muchas ocasiones convierte a un hombre trabajador en depravado delincuente.

Y otras “justificables” de peligro menor –a pesar del rigor con que se combate algunas de ellas –son el robo de electricidad en las zonas residenciales, el sacrificio de ganado mayor, el hurto de los bodegueros y expedidores de mercancías en los mercados, la adulteración de productos de primera necesidad con grave peligro para la salud poblacional, etc. Si el precio del consumo eléctrico resultara adecuado al bolsillo popular, se reduciría casi a cero el escamoteo de fluido; si la carne de res estuviera a la venta públicamente, también a precios aceptables, no estarían las cárceles llenas de carniceros por cuenta propia; si las bodegas fueran particulares como hace medio siglo, sus dueños, lejos de vender libras de catorce onzas, serían más espléndidos y gratificantes por tal de garantizar una clientela amplia, y nunca alterarían los productos en venta.

 

El Presidente de Cuba se ha propuesto un “cambio de mentalidad” promovido por especialistas en economía y sicólogos de primera línea, pero que no son suficientes para devolver la salud al enfermo, porque en esa frase ambigua, igual que en tantas otras consignas lanzadas, no queda establecido hasta qué punto la mentalidad está autorizada a cambiarse.

El lastre mayor lo tiene el país en un pueblo que no produce bienes de consumo. Un país donde los ciudadanos parecen zombies que deambulan por las calles en busca de un plátano para terminar la comida del día, o lo que es peor, se sumergen en negocios oscuros, incluyendo el contrabando, el robo o la estafa, en busca del dinero para comprar el plátano.

Y muchas son también las clasificaciones de elementos parásitos, sobre todo esas decenas de miles de directivos burocráticos que atan las manos a cambios fundamentales, ya que el primero de estos a llevar a cabo, si se quiere obtener soluciones reales en la crisis económica del país, debe ser la eliminación de ellos mismos: rémora absorbente de privilegios y causa principal del descontento poblacional al descubrir en esta lacra, lejos del ejemplo que proponía el Che, una nueva clase social de privilegiados. Es por ellos la axiomática frase del Doctor Adrián Rogers expuesta en mi post anterior:

Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien le quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso… mi querido amigo… es el fin de cualquier nación. “No se puede multiplicar la riqueza dividiéndola”.

 

No quiere esto decir que pueda desarrollarse una sociedad sin directivos útiles, honestos y trabajadores, sino que gran parte de estos otros directivos gozan de privilegios muy lejanos del pensamiento marxista y el Estado cubano puede prescindir de ellos ya que son totalmente innecesarios. ¿Y qué decir de los altos salarios de estos directivos, su nivel de vida, su acceso a lugares donde los verdaderos trabajadores no pueden alcanzar, como es el caso de Varadero para los altos dirigentes y el campismo popular para el resto del pueblo?

Sin embargo, hay muchos que opinan que, como círculo vicioso, el Régimen se sostiene gracias a la incondicionalidad de esos elementos improductivos y gravosos, puesto que son sus guardianes de cabecera. A partir de estas conclusiones habría que poner en práctica al pie de la letra la fórmula marxista “a cada cual según su trabajo” o su variante más objetiva: “a cada cual según su productividad”, para eliminar también esa otra secuencia de burócratas menores: los que no gozan de grandes privilegios, pero nada aportan a la producción: los que mal viven de un mísero estipendio por no hacer nada productivo… y que son millones.

Las indisciplinas mencionadas en este post son solo algunas de las más corrientes. Quedan por citar más de 180 de ellas, que la dirección del país, como un primer paso, muy bien las tiene registradas. El segundo paso sería buscar las causantes que las justifican y eliminar primero esas causantes. Cuando no haya justificación alguna para quienes las ejecuten, entonces sería justificable tomar medidas drásticas contra ellas.

 

Pedro Armando Junco

 

 



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sábado, 2 de agosto de 2014

¿Quién propone la fórmula?

Alguien ha pensado que el comunismo marxista es mucho más utópico y menos funcional que el que mi profesora de filosofía llamaba “comunismo utópico”. Así que, luego del desmembramiento del “campo socialista” europeo, de su fracaso como sistema político y social, se ha podido comprobar que la razón estaba de su parte.

La principal razón de este fracaso es el total eclipse de sentido de pertenencia en la ciudadanía. Llegado al término de que todo es propiedad del Estado –incluso las personas, porque en determinado momento se les ha llamado “material humano” –a toda la ciudadanía lo que le impele es sobrevivir en el mare magnum de una sociedad estereotipada para llevarse la tajada más conveniente.

Habría que buscar una fórmula mágica que reestructure la economía, aunque sea virando la tortilla de revés si es preciso, con tal de salvar las conquistas sociales. Porque la verdad pura del fracasado intento de igualdad marxista –que se supone es dentro del marco social en que viven los cubanos de la Isla –la encontré en estelar parábola en la contraportada de la revista MAYEUTHA # 27. Su autor, el doctor Adrián Rogers, a quien desconozco por completo, pone de relieve en ese cuento, de manera muy simpática, verdades irrebatibles que no puedo menos que copiar para ustedes. 

 

Ser de Izquierda o de Derecha. Concepciones inventadas.

 

Una universitaria cursaba el último año de sus estudios en la facultad. Como suele ser frecuente en el mundo universitario, la chica pensaba que era de izquierda y, como tal, estaba a favor de la distribución de la riqueza. Tenía vergüenza de su padre. Él era de derecha y estaba en contra de los programas socialistas. La mayoría de sus profesores le habían asegurado que la de su papá era una filosofía equivocada. Por lo anterior, un día ella decidió enfrentarse a su padre. Le habló del materialismo histórico y la dialéctica de Marx tratando de hacerle ver cuán equivocado estaba al defender un sistema tan injusto.  En eso, como queriendo hablar de otra cosa, su padre le preguntó:

– ¿Cómo van tus estudios universitarios?

– Van bien –respondió la hija, muy orgullosa y contenta. –Tengo promedio 9, hasta ahora me cuesta bastante trabajo: no voy a las fiestas, no salgo, no tengo novio y duermo sólo cinco horas al día. Pero, por eso ando bastante bien y voy a recibirme a tiempo.

Entonces el padre le pregunta:

– Y a tú amiga Soledad, ¿cómo le va?

La hija respondió muy segura:

–Bastante mal. Soledad no pasa porque no alcanza el 6, (tiene 4 de promedio), pero ella se va a bailar, pasea, va a fiestas y, precisamente hoy está para una de ellas. Estudia lo mínimo y falta bastante… no creo que se reciba, por lo menos este año.

El padre, mirándola a los ojos, le sugirió:

–Entonces habla con tus profesores y pídele que le transfieran 2,5 de los 9 puntos tuyos a ella. Esta sería una buena y equitativa distribución de notas porque así las dos tendrían 6,5 y aprobarían las materias.

 Indignada, la hija le respondió:

– ¿Qué te pasa? ¡Me rompo el alma para tener 9 de promedio! ¿Te parece justo que todo mi esfuerzo lo pase a una holgazana, vaga, que no se preocupa por su carrera? Aunque sea mi mejor amiga… ¡¡No pienso regalarle mi trabajo!!

Su padre la abrazó cariñosamente y le dijo:

– ¡Bienvenida a la derecha!   

 

Moraleja:

Todos somos rápidos para repartir lo que es ajeno. Todo lo que una persona recibe sin haberlo trabajado para obtenerlo, otra persona deberá haber trabajado para ello, pero sin recibirlo…

El Gobierno no puede entregar nada a alguien si antes no se lo ha quitado a alguna otra persona. Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien le quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso… mi querido amigo… es el fin de cualquier nación. “No se puede multiplicar la riqueza dividiéndola”.

 

Huelgan los comentarios.

 

Pedro Armando Junco

 



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domingo, 20 de julio de 2014

Ahora sobre los cerdos

En el Periódico “Adelante” de esta semana, en su sección Catauro, el periodista Eduardo Labrada escribe lo siguiente:

 

Llama la atención que ahora, con la intensa campaña de saneamiento en nuestra ciudad, aparecen corrales y crías de cerdos en cualquier vivienda, a pesar de que se conoce que las heces fecales de estos animales son en extremo agresivas. Por decreto ley se encuentra prohibido desde hace muchos años la cría de tales animales en las áreas urbanas, esté o no limpio el corral o el patio donde se encuentre, en eso el mandato legal es riguroso. Muy bien. ¿Y entonces qué hicieron y por qué lo permitieron por meses y años la miríada de inspectores, supervisores, fumigadores, trabajadores sociales, técnicos de Salud que visitan nuestras viviendas cada semana y cada mes?  

 

Esto es lo que se hace llamar “periodismo crítico revolucionario –entiéndase oficialista” –. Es poner el dedo sobre la llaga con pretensión de curar la herida. Pero no nos llevemos a engaños. Mi amigo Labrada, uno de los periodistas de mayor prestigio en el semanario provincial, a pesar de mantener ese espacio con el propósito de ventilar las quejas de la población, no puede pasar de allí con su crítica, porque en el periodismo oficialista, hasta ahora, se permite jugar con la cadena siempre que no se le toque un pelo al mono.

Y es allí a donde quiero llegar. Porque hay “disposiciones” que bajan desde el cielo que ni el mismísimo Primer Secretario del Partido puede enmendar. Como ejemplos más evidentes se puede citar la penalización del sacrificio de ganado mayor, la prohibición de comerciar mariscos, el desequilibrado precio entre salarios y artículos de primera necesidad, entre otros.

A Labrada solo le está permitido echar su descarga a inspectores, supervisores, fumigadores, trabajadores sociales y técnicos de la Salud, pero no puede bajar a las raíces del problema: ¿por qué la población cría cerdos hasta en las bañeras de sus casas?

De todas formas la crítica es válida. Inclusive desenmascara un tanto a los fumigadores, cuya tarea, según se dice, no es husmear cómo se vive dentro de las casas. Y si alguien faltó por amonestar es a la otra miríada de policías que invaden las calles mientras las indisciplinas sociales continúan en pleno desarrollo.

Ahora bien. Hay que ir a la raíz de la cuestión como aconseja Martí. La gente cría cerdos dentro de sus casas a pesar del mal olor que invade los recintos, a riesgo de contraer enfermedades infectocontagiosas, a despecho del decreto ley que lo prohíbe, porque la necesidad los obliga. Cuando no se tiene otra carne a la que acceder –pues ninguno de los engrudos que se ofertan tienen sus características –, cuando la que pudiera suplirla está totalmente prohibida y altamente penalizada, cuando el salario promedio de un trabajador es tan desproporcionado al enfrentarlo a una libra de bistec de cerdo, que puede llegar hasta a 3 jornadas de trabajo, el ciudadano de a pie no tiene otra opción que criar sus puerquitos dentro de las viviendas.

Permítase a los productores de carne de res comercializarla como la de cerdo o la de ovino, de la misma manera que en cualquier país de este hemisferio, incluyendo a los hermanos ideológicos; elévese el salario no solo a los trabajadores de la salud, sino a todo el que trabaja y se tendrá un resultado inmediato, porque el ser humano necesita un estímulo para crecer, para saberse y sentirse persona. Pero aún mejor, colóquese en las carnicerías estatales la carne de cerdo a precios aceptables para cualquier bolsillo y, sin necesidad de esa miríada de inspectores, supervisores, fumigadores, trabajadores sociales, técnicos de la Salud y policías, nadie cometerá la torpeza de criar un puerco dentro de su hogar.

Para nadie es un secreto que las epidemias que hoy afectan a Cuba son un producto de las indisciplinas sociales, muchas de estas provocadas por las limitaciones en que la sociedad se encuentra inmersa. Pero, como muy bien señala el periodista Eduardo Labrada, aunque todo está legislado, la falta de sentido de responsabilidad y pertenencia, coadyuvan a que el desastre de salubridad sea todavía mayor.

 

Pedro Armando Junco

 

Pueden responder y comentar a:

pjunco@pprincipe.cult.cu

 

 



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domingo, 13 de julio de 2014

Camagüey y su crisis de salubridad

             La Biblia es el libro de referencia más completo que ha tenido el hombre desde los primeros tiempos de la civilización. Y una vez más podemos tomar como reseña las crónicas del Pentateuco cuando narra en el Éxodo aquella crisis política sufrida por el Faraón en su empecinamiento por mantener esclavo al pueblo de Israel: las diez plagas de Egipto.

Actualmente puede tomarse como referencia, en el lenguaje más literal posible, lo que Camagüey sufre hoy de manera análoga al Egipto milenario –no se tiene información sobre el resto del país –: probablemente la más grande pandemia de que se tenga memoria en sus 500 años de fundada.

Acaso no sean diez las plagas que azotan, pero algunas de ellas se repiten en la empobrecida ciudad: la plaga de los Mosquitos y los piojos (3ra plaga) con su muy conocido dengue, que ahora se ramifica en diferentes sintomatologías: una de ellas termina en Salpullido (6ta plaga), El Cólera o La peste (5ta plaga), y la Muerte (10ma plaga) que, sin ser precisamente de primogénitos, se está llevando a muchas personas.

Si nos dejásemos conducir por el fatalismo, no estaría errado esperar que las aguas se conviertan en Sangre, (1ra plaga), porque ya muchos aseguran que es tanta la contaminación de las fuentes potables del mineral, que en algunos sitios el líquido vital se está convirtiendo en M…

La plaga de Animales silvestres (4ta plaga), tampoco queda al margen de esta alegoría, puesto que la ciudad padece el azote de roedores, felinos y perros callejeros como nunca antes se haya tenido noticia. Los perros callejeros, silvestres y sin dueños, que para sobrevivir corroen los desperdicios en los basureros urbanos y defecan en medio de las aceras y las calles, son portadores de garrapatas, pulgas, piojos y chinches, todos estos insectos transmisores de enfermedades arto conocidas; el perro, además, ha sido siempre el principal transmisor de la rabia, afección mortal casi en el ciento por ciento de sus víctimas. Las ratas, portadoras también de la rabia, cuando son picadas por un tipo de pulga, adquieren la enfermedad de Las Rocosas, que transmiten al hombre de igual manera que la Leptospirosis y la fiebre Cuartana.

La plaga de la Oscuridad (9na plaga), hoy 10 de julio de 2014, precisamente, cuando se escribe esta crónica, también se ha sufrido durante varias horas.

Solo la plaga de las Ranas no ha hecho acto de presencia en la ciudad, aunque quizás resultaría beneficiosa, ya que estos pequeños batracios son el látigo de los mosquitos, cuestión inversa por completo a las brigadas de uniformes grises. La plaga de Granizos tampoco cuenta en estas conjeturas, junto a la plaga de Langostas que, si esta última, en vez de análoga a la de Egipto fuera de la que empacan en el Combinado Pesquero de Santa Cruz del Sur para el turismo y no para el pueblo, ¡sí la esperaríamos con júbilo y se haría innecesario traer los paquetes escondidos entre los calzoncillos!

 

¡Hasta aquí la jarana! Porque la situación no está como para lanzar al ciberespacio chistes negros. La situación en la ciudad es de emergencia. Pero no se debe descartar que se lance una ofensiva gubernamental conminando a la población a que coopere, porque se deba suponer que es el pueblo el principal causante del problema debido a sus múltiples indisciplinas sociales. Tampoco se puede descartar la posición fundamentalista de alguien que eche la culpa a los yanquis, como tantas veces se ha hecho.

Sin embargo, la verdad hay que buscarla con un análisis imparcial y objetivo: sin aprensiones. Un análisis más allá de lo que le guste escuchar a los directivos de la provincia y del país.

Lo primero que salta a la vista ante estos problemas son dos factores básicos: la higiene y la nutrición poblacional. Una buena higiene es el paredón principal capaz de detener la proliferación de enfermedades infectocontagiosas; una adecuada alimentación es el anticuerpo ideal para luchar contra ellas cuando penetran y atacan el cuerpo humano.

Si se analiza el factor higiénico, aparece como primer causante de la proliferación pandémica la falta de agua potable. En estos últimos meses Camagüey ha venido padeciendo cortes de agua que han durado semanas completas. Se ha dicho que todos los pozos de la ciudad –y son miles de ellos –están contaminados. Si la población carece del abasto de agua por la red estatal, está obligada a recurrir al agua de pozo que, aunque en diferentes lugares de la ciudad se expende como agua bebible, al llevar una muestra al laboratorio puede resultar séptica; y esa agua es la que consume la población sin hervir, confiada en su patentización como saludable.

Para exacerbar más aún la incómoda situación, se llevaron a cabo los carnavales en secano. ¿Cómo se entiende que en una crisis de salubridad como la que se padece haya a quien se le ocurra efectuar festejos públicos?

Otro factor clave en la contaminación son los vertederos. Una ciudad con más de 300 mil habitantes no puede carecer de medios receptores de residuos públicos y hogareños. Cuando el ciudadano común no encuentra dónde botar la basura, la echa en cualquier sitio, menos dentro de su casa. Pero esta indisciplina social –que no deja de serlo –es producto de una necesidad básica de la comunidad cuando vive bajo un régimen social determinado. Y es a ese régimen social –entiéndase Gobierno –a quien corresponde cubrir esa importante necesidad comunitaria. ¿Por qué en Camagüey no se distribuyen de manera permanente en las esquinas, donde se cruzan las estrechas calles de la ciudad, latones plásticos con tapas, para que la población APRENDA a depositar allí los residuos hogareños?

Alguien dirá “porque no hay recursos económicos” y otro alguien “porque se los roban”. Al primero se le puede responder con otra interrogante: ¿Y la recaudación de la ONAT, tan cantaleteada que es para estas necesidades; y la moneda dura que deja el turismo; no serían suficientes para comprar un contenedor plástico con tapa para cada esquina de esta villa? Aún, si este dinero fuese poco, con cambiarle el Lada por una bicicleta a esa enorme cantidad de directivos improductivos que abarrotan las calles –incluso los domingos –, solo en ahorro de combustible sobraría el dinero. Como respuesta al segundo “alguien” se puede asegurar que tomando medidas severas contra aquel que se le compruebe haber sustraído un contenedor público de basura, no habría un segundo intento, pues en cualquier país del mundo, menos en Cuba, las leyes contra el bien público son extremadamente severas, y la población las acata y las defiende.  

Imaginando que ya el agua pública cubra las necesidades de la ciudad, que todos los tragantes del alcantarillado hayan sido reconstruidos y descongestionados, las jaurías sin dueño recogidas y los carretones de caballos, proveedores de estiércol y de orina fétida sustituidos por otro tipo de vehículo menos contaminante; imaginando que en toda esquina de la villa se encuentre un contenedor de basura en perfecto estado, entonces se podría pasar a la ofensiva contra la pandemia. Se pondría a la venta en todas las bodegas a precios razonables toda variedad de desinfectantes: Pinaroma, Creolina, Flit y otros insecticidas con sus respectivos equipos de aplicación; se expendería venenos para ratas, cucarachas, moscas y mosquitos. Con el salario y dotaciones que hoy se malgastan en las infuncionales brigadas de traje gris, si se las elimina, se podría hasta utilizar determinados recursos financieros para campañas mediáticas que promuevan y enseñen a la población el uso de estos productos insecticidas y antibacterianos, para que cada familia se haga cargo de combatir los vectores por su cuenta.

El segundo factor coadyuvante a la pandemia es la mala nutrición poblacional. En Cuba no hay hambre –de la gorda, que es cuando se muere de inanición –, pero el pueblo no come ni lo que quiere, ni lo que más saludable le puede convenir. Al margen de la venta liberada y los vendedores por cuenta propia, ya sea en carretillas, puntos cooperativos o agromercados particulares, el Estado entrega una cuota básica insuficiente una vez al mes, y fuera de “la libreta” ofrece al consumidor picadillo de soja, masa de croqueta, masa de hamburguesa, masa cárnica, masa de chorizo, mortadella, etc., mezclas de productos que ni el mago Merlín puede adivinar de qué materiales están confeccionados. Con mucha suerte los domingos, tras sofocantes colas acordonadas por la policía, la población puede adquirir costillas y huesos de res, cuyas masas ya han ido a parar no se sabe a dónde. ¿Puede alguien explicar de qué están hechos los subproductos arriba mencionados? Cierta vez, en una conversación con un obrero que trabajaba en la fábrica de esos embutidos, este confesó: “Yo trabajo allí, pero eso no lo como…”.

A lo largo de estas casi seis décadas, la mejor carne factible para la población de a pie ha sido la de cerdo. No es secreto para nadie que la carne de cerdo es una de las más sabrosas, pero también de las más dañinas. Hoy la población cubana tiene uno de los mayores índices en hipertensión arterial e infartos de miocardio. ¿Es solo el estrés?

Una parte de la población ha buscado escapar de las severas condiciones de vida mediante los vicios, encabezando la propensión a los hospitales, sobre todo al oncológico. A esos mendigos alcohólicos –que es a quien se hace referencia –incapaces de alcanzar el valor adquisitivo para beberse una botella de ron del más barato, se le oferta “chiva prieta”, bajo el eufemístico nombre del “cubalibre” de aguardiente con miel de abejas que bebían los mambises, pero que para nada tiene que ver el uno con el otro. Y cuando no aparece el “chiva prieta” cuelan alcohol de bodega –que contiene petróleo –y fabrican el casero “chispetrén”.

Los fumadores empedernidos tienen que acudir a cigarrillos “tupamaros”, también de fabricación casera e inescrupulosa, elaborados con el desperdicio de la hoja del tabaco y envueltos en un papel cualquiera.

Todos estos factores de peligro se han venido ramificando e incrementando durante años hasta conformar un árbol cuya genealogía tiene su génesis a mediados del siglo pasado. La crisis de valores fue tomando fuerza poco a poco y, sin haber querido ahondar hasta las raíces del problema, ahora ataca directamente a la salud y a la vida.

A un pueblo no se le puede manejar eternamente como a un niño pequeño. Porque hasta los niños, cuando crecen, buscan su independencia. A los pueblos, igual que a los hijos, se les educa, se les muestra el camino con el ejemplo, y raramente alguno se sale del trillado.

Si en el plato del hijo se acostumbra a poner bazofia, apenar él esté en condiciones, ofrecerá bazofia a su prójimo. Si no mira a diario limpiarse los dientes, a los veinte años tendrá la dentadura putrefacta. Si observa, a modo de supervivencia, llevar a cabo conductas ilícitas, porque de la única posibilidad de sobrevivir en un lugar donde todo lo bueno es delictivo o caro, desde la alimentación hasta los vicios, se convertirá en un mal alimentado o un vicioso degradante.

Es preciso decir que el cambio de mentalidad que hoy se propone debe estar basado no solo en combatir esta amplia gama de problemas que existen. Hay que retomar el camino de la razón, de la lógica, de la justa y equitativa manera de conducir al pueblo y abandonar el sendero tortuoso y equivocado que ha llevado a estas disfunciones que se evidencian en el país.

La falta de higiene en las calles, en los servicios públicos; el irrespeto a elementales normas de una sociedad civilizada como defecarse u orinarse en cualquier sitio, es otra de las indisciplinas sociales que hay que erradicar, porque también esos malos hábitos son caldo de cultivo de las múltiples enfermedades que hoy azotan a Camagüey y quizás a toda Cuba. A esos mendigos alcohólicos que, igual a perros callejeros deambulan por todas partes, se alimentan de desperdicios y duermen en los parques, hay que buscarles sitio para recluirlos.

Camagüey, cuna de la literatura cubana, ciudad de curiosas calles: estrechas y sinuosas; de plazas y plazuelas originales frente a cada iglesia; ciudad de arquitectura religiosa y vista aérea de barro escarlata que, entre otros muchos méritos valieron para que, hace seis años –el día 7 de julio de 2008 –una parte de su Centro Histórico fuera declarado por la UNESCO Patrimonio Cultural de la Humanidad, no tiene ni puede por qué fenecer ante las epidemias y el abandono. ¡Salvemos, pues, esta ciudad!

 

Pedro Armando Junco

 

 

 



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