sábado, 14 de mayo de 2011

Bebita, la nuera nieta de Ignacio Agramonte





Cuánta sería la emoción de tener frente a mí aquella dama de 94 años –senil pero lúcida –recubierta por el sortilegio de una vejez virtuosa. Me es difícil explicar lo que sentí cuando me invitaba a compartir una colada de café Bustelo, al abrigo de las anécdotas inexploradas que tanto busqué durante años.

En una esquina del amplio recibidor –casi a tamaño natural –hay una estatua de la Virgen. Es la Virgen que apareció a los tres niños portugueses: Lucía, Francisco y Jacinta en el año 1917 para anunciar las calamidades de la guerra rusa que se avecinaba y el misterio del atentado que sufriría Juan Pablo II muchas décadas más tarde. Esta imagen de María es conocida como La Virgen de Fátima.

Bebita es muy católica, como todos sus ancestros y su descendencia. Pero me habló también de Eduardo: El Mambisito a quien le cambiaron el nombre original la vez que murió su padre, para que no dijeran que Ignacio Agramonte había muerto. Amalia –la viuda del héroe –regresó a Camagüey posteriormente a la Independencia y trajo consigo a sus hijos. Para entonces Ignacio Agramonte Simoni ya era un hombre de treinta años. Así que contrató a unos especialistas españoles y construyó lo que es hoy El Palacio de los Matrimonios.Lo levantaron con cal viva”, me cuenta Bebita con su buena memoria, “y lo terminaron en 1903.

En esa casa nacieron Ignacio, Jorge y Osvaldo. Sonríe Bebita al recordar cómo las pequeñas travesuras de los nietos deleitaban a la ancianita Amalia Simoni en sus últimos años, y me refirió de aquella mujer –de quien dijo Martí “que supo ser esposa” –el día que develaron la estatua del Parque:

“Cuando miró frente a sí la visión de su hombre sobre Ballestilla, en semejante posición ecuestre y desbordado de virilidad y patriotismo a como lo veía en la manigua, no pudo sostenerse en pie y sufrió un desmayo”.

Supe por ella que Herminia, la hija de Ignacio y Amalia –nacida en Estados Unidos –se radicó en La Habana y casó con un cuñado de su hermano, por lo que los nietos de El Mayor unos fueron Agramonte Betancourt y otros Betancourt Agramonte.

Y me contó, emocionada, de su encuentro a los catorce años con su amado Osvaldo, el más joven de los tres hijos de El Mambisito: “Fue durante un “juego de prendas: Perdió en el juego y le impusieron el castigo de escoger esposa entre las jovencitas que allí estábamos, y me escogió a mí”.

Me habló de su caballerosidad y ternura para con ella; del amor que los unió durante toda la vida:

“Era todo un caballero, como lo fue su abuelo. Nunca me dio el disgusto de la infidelidad. Era delicado y amable al extremo que, cuando salíamos de paseo, se bajaba aprisa y me abría la puerta del carro. Yo lo amé con delirio y así también amé a mi suegra. La gente me preguntaba por qué mi afición por mi suegra era tanta, que parecía exagerada; y yo les respondía: ¿Cómo no he de amar a quien me ha dado todo lo mejor que poseo? Ella me dio a Osvaldo, pues ¡que bendita sea!”

De ese matrimonio nacieron dos hijas: Estela y Emma; y solo un varón, a quien llama Osvaldito:

“Osvaldito tuvo cuatro hembras consecutivas, y no paró hasta encontrar el varón, para que no se perdiera el apellido Agramonte. Mire la foto de ese nieto mío y es ver a Ignacio Agramonte cuando joven”.

Luego me llevó a la habitación donde atesora los retratos familiares, máximos exponentes del parecido de Osvaldo con su abuelo héroe; de la bizarría, modestia y elegancia que hoy alcanza una quinta generación y no se extingue, porque los tataranietos de El Mayor –y nietos suyos –“tienen tatuada en su cuerpo la frase histórica de Ignacio: ¡Con la vergüenza!”.

Pero de momento Bebita se opaca y se entristece: la soledad la embarga. Ella vive al cuidado de personas muy buenas, pero ajenas a su sangre, porque toda su descendencia radica en los Estados Unidos. Ella quedó sola por acompañar a Osvaldo: “Él nunca quiso marcharse de Cuba cuando confiscaron las haciendas: Osvaldo decía que abandonar la patria enferma y triste era traicionar la memoria de su abuelo”.

Entonces supe de las haciendas expropiadas por la Reforma Agraria allá por el poblado de Minas y del éxodo emprendido por toda la descendencia del “Héroe sin tacha y sin miedo”. Solo quedan en Cuba los restos de su esposo Osvaldo… y, con sonrisa sencilla, como si añorara el momento de reunirse con su esposo en la eterna morada, me habla de la bóveda familiar que aguarda por ella.

La sala de su casa es muy amplia y contiene piezas de incalculable valor. Pero hay muchas fotos recientes de su descendencia: “unos radican en Virginia, otros en Tampa…” Emma, su hija fallecida, le escribía poemas desde los Estados Unidos:



 Mi corazón mirando al sur



La geografía de mi barrio llevo en mí
será por eso que del todo no me fui.

Mi madre aún está allí:
dulce y buena, complaciente y triste a veces
y no nos tiene cuando más nos merece.”



Le hablé de mi inquietud sobre por qué no aparece en nuestros billetes monetarios la efigie del ídolo camagüeyano; de por qué no se estudia en nuestros centros educacionales y se discute su famoso discurso en la Universidad de La Habana[1]; de por qué no se les da a conocer a nuestros jóvenes su proyección hacia los Estados Unidos, donde hoy radica la totalidad de su familia.

A estas interrogantes Bebita me respondió que “hay ocasiones en que decir la verdad no resulta conveniente y es preferible callar las ideas propias”. Yo no estoy de acuerdo, pero asiento y callo, porque Bebita goza del apoyo atenuante de sus años. Sin embargo, me confesó que Osvaldo vivía orgulloso de la adhesión sentida por su abuelo hacia los Estados Unidos, así como de su odio acérrimo por los absolutistas.

Ignacio Agramonte y Loinaz fue héroe y mártir de nuestra Guerra Patria. No dio cabida al colmillo venenoso de los depredadores: intachable en su conducta y su valentía –tanto en su vida privada como militar –le otorgaron como sobrenombre El Bayardo camagüeyano, en remembranza al legendario héroe Sin tacha y sin miedo. La acción militar de mayor heroísmo en nuestra historia la ejecutó en pleno monte, en las sabanas de Consuegra: El Rescate de Sanguily. Su verbo preclaro y liberal antecedió con brillo propio el ideario martiano cuando –en la Asamblea Constituyente de Guáimaro –tomó partido frente al caudillismo, al culto a la personalidad y al falso derecho que se arrogan aquellos que, por sacrificios y méritos pasados, se creen insustituibles e irrevocables.

 

Bebita recibe la comunión los jueves, de manos de Teté, porque ya le es muy dificultoso visitar la capilla de Fátima para tomarla. Pero conserva su árbol genealógico, su fe católica, la elegancia burguesa de un hogar hermoso. Acaso teme algo, a pesar de haber escuchado a Juan Pablo II decirle a los cubanos: “No tengáis miedo”. Pero no por eso deja de ser el símbolo y secuencia de aquella sociedad por la que Ignacio Agramonte Loinaz entregara su preciosa vida en los potreros de Jimaguayú aquel once de mayo funesto del año 1873.



Pedro Armando Junco



[1] La centralización hace desaparecer ese individualismo, cuya conservación hemos sostenido como necesaria a la sociedad. De allí al comunismo no hay más que un paso; se comienza por declarar impotente al individuo y se concluye por justificar la intervención de la sociedad en su acción destruyendo su libertad, sujetando a reglamento sus deseos, sus pensamientos, sus más íntimas afecciones, sus necesidades, sus acciones todas.    (Fragmento del citado discurso) Nota del autor.


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