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jueves, 3 de abril de 2014

Peripecias de un día cualquiera



Esta mañana salí de mi casa con un listado de cuestiones a resolver en mi agenda. Siempre es igual. Los asuntos pasan de un día para otro y se acumulan y nunca podemos decir: “mañana es un día sin problemas a resolver, así que podremos escribir tranquilos”.
Cuando subí a la editorial, mi cheque estaba listo, pero la muchacha que lo entrega, muy preocupada me aconsejó:
–Ve a cobrarlo ahora mismo, porque ha salido una nueva resolución que prohíbe que en el texto del documento donde se indica la cantidad a cobrar, aparezca la palabra “pesos”. Y estos cheques fueron emitidos con anterioridad a esa resolución.
Salí volando de allí hacia el banco indicado. Mas de poco me sirvió el apremio, pues al intentar pasar al local, un custodio colocó su mano en mi pecho y espetó:
–No puede pasar, compañero. No estamos trabajando. Se fue la “corriente”.
No había electricidad en la calle República, el nuevo bulevar que estrenamos en el 500 Aniversario. Pero la gente llegaba, recibía el desplante, viraba la espalda y se iba, sin protestar siquiera. Hubo quien hizo un mohíno con la boca, pero nadie protestó: ¿para qué? Todos conocen que habría sido inútil elevar una crítica al pobre custodio que tiene la obligación de atajar a la gente como los peones de ganado atajan a las reses que intentan saltar la talanquera.
¿Es culpa del custodio, del empleado de la caja, del administrador del banco? ¡Claro que no! Si hurgáramos hasta la raíz de la cuestión aparecería un solo culpable: el Dueño de la ciudad.
Regresé a la casa bastante molesto. Fui a ducharme, pero no había agua. Se me había olvidado que en el Casco Histórico de Camagüey, donde acaba de celebrarse con bombos y platillos su 500 Aniversario, hace cuatro días que no entra agua y que los habitantes de esta zona privilegiada por los cinco siglos de existencia tienen que “inventar”, hacer maravillas del ahorro, comprar botellones de 20 litros a 3 pesos cada uno, o conseguir un camión-pipa por la izquierda, clandestinamente, al precio exorbitante de 100 billetes, para luego callar su infortunio, porque no conocen el nombre del dirigente a quien pueden encauzar una queja, porque no conocemos el nombre del Dueño de la ciudad.
Salí otra vez a realizar otras gestiones pendientes más allá del puente de La Caridad. Cuando iba cruzando frente a lo que fuera la casa de la familia Agramonte, hoy palacio de los matrimonios, iba a realizarse una boda. La gente curioseaba. Y yo pertenezco a esa gente y me detuve. Lo único que me diferenció de los otros mirones es que pensaba para qué se casan y gastan tanto dinero en esa fatuidad social, si al cabo de un tiempo, muchas veces demasiado corto, tienen que volver por allí, sufrir una cola y sacar el certificado de matrimonio que suscribieron aquel día, para divorciarse.
Cuando echan sobre la escalera de la entrada la enorme alfombra roja que llega hasta la calle, es porque están esperando el carro Ford del año 1926 que, adornado con globos de colores y cintas de terciopelo, pasea primeramente a la “afortunada” para luego desmontarla allí y entregarla al impaciente novio de traje, cuello y corbata.
En mi curiosidad me fui introduciendo entre los invitados, porque me llamó mucho la atención el novio en espera. Era un hombre añoso, blanco en canas, alto y rubicundo en extremo, que apenas hablaba español. Por fin pude indagar con una señora del séquito, que el hombre era canadiense. Cuando el Ford llegaba salí hasta la acera para ver a la novia de cerca. Era una de nuestras lindas jovencitas trigueñas, orgullo de la cubanía. Una de esas criaturas de apenas poco más de veinte años que tropezamos diariamente, aunque cada vez menos, caminando por nuestra amada ciudad. Estaba sonriente. Sus padres estaban sonrientes. El pequeño mulatico de unos cuatro años que la acompañaba con traje, cuello y corbata, también estaba sonriente y orgulloso de que su joven “mamita” dejara a su padre mulato y sin solvencia económica aquí en Cuba y marchara a Canadá casada con un extranjero que apenas conocía, para que más tarde pudiera reclamarlo y sacarlo a él, y de ser posible a sus abuelos. ¡Todos estaban contentos, felices! Que el nuevo esposo fuera tan longevo como su abuelito no era problema suyo, sino de su mamá que, seguramente, sabrá cómo resolverlo.
Yo no pude esperar el evento. La falta de agua y de electricidad que tan estoicamente había soportado, vinieron a mi memoria como el último copo de nieve que rompió la ramita del cuento. La concienciación de la poca autoestima del pueblo cubano común, la falta de ética de la gran mayoría del ciudadano de a pie que, acostumbrado ya a no tener voz ni voto, ni aspiraciones propias, se deja llevar por la corriente como la medusa marina, golpeó mi corazón. Me fui a la esquina más próxima y frente a una tapia me viré de espaldas a la calle. Entonces escuché cuando una mujer que pasaba le decía a su compañera:
–Mira, Josefa, ese hombre está llorando.

Pedro Armando Junco

martes, 18 de febrero de 2014

El museo de la carne


            
Camagüey regresa a su tranquilidad habitual. Ya pasó la vorágine del aniversario 500. Muchos lugares quedan por visitar, pero la rutina se apodera de uno como pulpo abrazador. Recorremos el Casco Histórico, a pie, como lo han diseñado los dueños de la ciudad y percibimos innumerables obras sin concluir, casi todas; la suciedad, el olor a polvo seco  persisten, como persisten el dengue y otras epidemias que ni siquiera tienen nombre. Algunos obreros continúan, apáticos, las obras inconclusas, porque la fiebre ya ha pasado. Siempre sucede lo mismo. Lo advertí desde un año atrás: que en Cuba se trabaja en maratones de última hora. Ha sido una costumbre revolucionaria de siempre: la propuesta de una meta a cumplir, mucha cobertura propagandística, el alud entusiasta de dar por hecho lo que no se ha comenzado, la fachada cosmética del último día y… ya no importa, la fecha llegó.
Debo reconocer que algunos sitios volvieron a la vida. Como el ave Fénix, después de medio siglo de catarsis, lugares tan populares como el café El Chorrito, el teatro Avellaneda, el cine Encanto, el emblemático edificio La Popular alcanzaron una resurrección milagrosa a pesar de una culminación apurada y falta de detalles. Y yo pregunto ¿por qué murieron? ¿Quiénes los dejaron morir? ¿Qué hay de los otros sitios fallecidos que no han alcanzado la resurrección? ¿Por qué, si mi amada ciudad al triunfo revolucionario tenía una docena de cines funcionando, hemos de gritar hosannas a la recuperación de solo dos o tres de ellos?
Pero hubo creaciones. Muchas creaciones nuevas: todas en divisas. El pueblo estaba entusiasmado esperando el dos de febrero. La gala fue un éxito. Una gala para limpiar los ojos a los mediocres. La mejor de Camagüey y una de las más esplendorosas de toda Cuba. Fue televisada para todo el país y para el exterior. Fue un derroche de arte, de belleza… y de dinero. Al siguiente día todos salimos de nuestras casas para visitar los nuevos establecimientos, pero: ¡sorpresa! Ninguno brindaba servicios en nuestra moneda. Un niño haló por el pantalón a su papá cuando cruzaban frente a la recién creada Casa del chocolate. ¿A qué niño no le gusta un bombón de chocolate? Y el padre, zafando la manecita del pantalón, le respondió bajito al continuar bajando la calle: “No podemos entrar, Rolandito, es por divisas”.
En la Casa de los Beatles dicen que una cerveza cuesta tres y media  jornadas de labor de un hombre honrado. Del hombre honrado que nos habla Martí desde la Edad de Oro y del hombre humilde para el que se hizo esta Revolución. Y así, a lo largo de toda la calle República no encontré un nuevo establecimiento que ofertara productos de valor en moneda nacional. El colmo fue en la tienda La Palma, casi frente a la Iglesia de Nuestra Señora de la Soledad, a solo unos pasos de la Plaza del Gallo. Es la carnicería insigne de la ciudad: hay de todo. ¡Hasta la carne de res, vedada al pueblo de Cuba desde hace medio siglo, está allí libremente ofertada! Allí está a la venta el bacalao, que desde los remotos tiempos de Batista no lo veíamos; que era comida de pobres: arroz con bacalao. Están los pargos enormes, los ricos camarones y las colas de langostas que son la razón de ser de los registros bochornosos a que nos someten en el punto de control del kilómetro seis cuando viajamos desde Santa Cruz del Sur en un tosco camión de pasajeros. Allí vi, dentro de una nevera moderna, un pavo de once y medio kilogramos, que en la moneda que cargo en mi bolsillo, tiene un costo de 1760 unidades. Serían necesarios casi siete meses de trabajo de aquel hombre honrado –del mismo que nos habló Martí y del mismo para el que se hizo esta Revolución –para llevar a la mesa de su familia este suculento pavo.
Lo más triste fue la respuesta casi amenazante del administrador cuando le dije que iba a tomar una foto para sacar por Internet:
–Tenga en cuenta que esta es una tienda para turistas.
Sí; es verdad. Muchos que se han marchado ahora regresan como turistas y pueden pagar los exorbitantes precios de esas mercancías, porque el dinero que traen es el que vale, y las adquieren para ofrecerlas a los familiares que vienen a visitar, que no pueden alcanzarlas con sus salarios para agasajar al visitante.
Ese triste funcionario vestía el uniforme del establecimiento. Pero su cara no me pareció ser la de un extranjero. La razón por la que respalda este desfase social seguramente es la misma de aquellos que tienen otros medios para solventar las perentorias necesidades básicas de su hogar porque, de seguro, este ciudadano no es el común y corriente ciudadano de a pie que compone la mayoritaria sociedad cubana de hoy.   

Sin embargo, ya el pueblo mudo, el pueblo que no tiene posibilidad de gritarlo en los medios de difusión masivos, le ha colgado el nombre a la carnicería La Palma: con una sonrisa de dolor en el rostro, el pueblo de a pie ha dado en llamarla EL MUSEO DE LA CARNE.

Pedro Armando Junco

miércoles, 29 de enero de 2014

No matemos a Willy


Ansiedad, expectativa, diversidad de opiniones es el resultado de la remodelación del casco histórico en la ciudad de Camagüey.
Todos a la espera de positivos resultados, porque el día 2 de febrero de 2014, supuestamente, según los historiadores, nuestra ciudad cumplirá medio milenio.
No pienso sea el momento para discutir por qué Camagüey es más antiguo que Santiago de Cuba, ni tampoco el por qué la Oficina del Historiador se empecina en retrotraer como su nombre la media docena de palabras que los colonizadores endilgaron a mi ciudad, cuando nuestros mambises lo cortaron de un paraguayazo y lo sustituyeron por el actual, en homenaje a un cacique autóctono de estas tierras más allá de los 500 años que hoy pretendemos celebrar.
El asunto que hoy me ocupa y me preocupa es Willy, el joven arquitecto  –más que arquitecto, talentoso artista –que diseñó hace solo unos años la remodelación de la calle Maceo y que ha tenido a cargo ahora el rediseño de la Plaza de la Merced, conocida actualmente como Plaza de los Trabajadores.
Hace solo unos días, en la sala de navegación de la UNEAC, quisimos matar a Willy. Yo fui uno de los complotados. Pero no se asuste. No fue un intento de asesinato como el ocurrido recientemente con el boxeador de la Cruz, sino un asesinato verbal.
La Plaza de los Trabajadores estaba recién asfaltada antes de la orden de llevar a cabo este proyecto de Willy. Era el lugar idóneo de parqueo del centro financiero provincial, así como para muchos usuarios esporádicos que aparcaban allí sus vehículos. Era la sede de innumerables eventos culturales al aire libre, sobre todo cuando visitaban la ciudad artistas de renombre nacional. Y, sobre todo, vértice de partida radial hacia los lugares más concurridos por la población urbana local y punto de referencia para los turistas visitantes.
De pronto aparece el proyecto de Willy y desmantelan toda el área. Solo respetan el ceibo viejo y enfermo que milagrosamente ha sobrevivido. Todo el pueblo espera algo parecido a lo de la calle Maceo, a pesar de la dolorosa eliminación del asfalto nuevo y el parqueo en la Plaza. Ante mi crítica, Willy asegura que los carros dañan con vibraciones los edificios y contaminan el medioambiente con emanaciones de gas carbónico. Agrega, además, que las grandes ciudades del orbe solo permiten el tránsito a pie por sus lugares históricos.
Pero hoy, a solo unas horas del 500 cumpleaños de Santa María del Puerto del Príncipe, causa principal de esta remodelación, la Plaza de los Trabajadores presenta un piso de bloques rústicos y adoquines rescatados quién sabe de dónde, poco curiosamente acomodados, dejando mucho que desear a lo esperado. Ya poetas anónimos han bautizado a la nueva plaza, por su descuidada terminación, como “Plaza de los Tropezones” o "Las Líneas de Nazca" por la necesidad de observar la supuesta belleza de su construcción desde un elicóptero o un rascacielos.
La tarde en que quisimos matar a Willy por el pésimo aspecto de este sitio en el cual olvidaron construir urinarios para sustituir el callejoncito Mojarrieta, él se disculpó explicando que su proyecto original fue más artístico. Pero que luego llegaba un directivo de Patrimonio, o de Monumento, o de la Oficina del Historiador  y lo cambiaba todo “por esto o por lo otro”, desoyendo sus opiniones.
Y yo le creo. Porque, desdichadamente, algunos de nuestros dirigentes no tienen en cuenta para nada la opinión ajena, venga de un simple ciudadano o de un arquitecto estelar. Parece ser que su propósito solo fuera cambiarlo todo para que todo continúe igual… o peor. Mantener en movimiento la noria de la inercia para que la creatividad y el desarrollo no dañen el estatus quo del inmovilismo.
El ejemplo más expositivo de la poca importancia que los que todo lo deciden sienten por el pueblo, es el cierre, frente al parque Agramonte, de la calle Martí. Allí se ha instalado Café Ciudad para los extranjeros. En divisas. Moneda a la que no tiene acceso el bolsillo del cubano de a pie, el cubano obrero, el cubano para quien se hizo esta Revolución.
Por eso pensamos que es penoso el derroche de recursos llevado a cabo en muchos sitios, requiriendo reparación de urgencia tantas calles en pésimo estado. Derroche de materiales, mano de obra, tiempo vital.
Debo reconocer que las obras hidráulicas, telefónicas y eléctricas que se están llevando a término sí son dignas de mérito y encomio. Pero esa locura de acometer tantas remodelaciones a un mismo tiempo, muchas de ellas solo con la finalidad de atraer la atención turística y no el mejoramiento de confort y viabilidad para el pueblo de Camagüey, es un gran fiasco. Ignorar que al pueblo no lo constituyen solo las edificaciones, sino sus habitantes, es una muestra más de marginación al ciudadano común y corriente, tan necesitado de mejorías incuestionables en sus condiciones de vida.
Por todo esto pido la absolución de Willy. No lo matemos. Es uno más de nosotros: uno de los bueyes utilizados para romper el terreno donde otros, como Odiseo, sembrarán sal para evadir responsabilidades y nunca esperar la cosecha.

Pedro Armando Junco 

martes, 22 de enero de 2013

Ciudadanos de a pie II parte.

Aunque he recibido congratulaciones por el artículo Ciudadanos de a pie,  no he quedado conforme al referirme tan solo al gremio de la Salud Pública. Otros sectores centralizados por el Gobierno sufren iguales y hasta peores consecuencias económicas que los médicos y el personal de salud. A mi entender, los educadores están muchísimo por debajo de acuerdo a la labor que realizan, a pesar de ser la base fundamental de crecimiento como pueblo civilizado. Sin educadores, ni médicos tendríamos. Los dos pilares básicos de una sociedad moderna son educación y salud. No en balde los artículos 25 y 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos los proyecta categóricamente.
Pero hay otros sectores poblacionales que sufren las mismas consecuencias que la salud y la educación en Cuba, porque el mal está generalizado desde el momento en que la inflación de los artículos de primera necesidad, monopolizados por el Estado desde comienzos del Gobierno Revolucionario, no ha tenido una acorde evolución con respecto al salario de cada trabajador. Al encarecer los artículos y los sueldos continuar siendo los mismos o, para ser más exactos, al encarecer los artículos en un diez y aumentar los salarios en un dos, la equidad proporcional se fue a bolina, remachando el clavo la creación de la doble moneda. Así, de un solo tirón, se redujo el peso cubano a un valor adquisitivo de cuatro centavos.
Al margen de las buenas intenciones de nuestro Gobierno, la mayor pifia ha sido colocar en sitios directivos a personajes que rompen, enmascarados tras un excesivo celo revolucionario, con lo que sería desde el principio el objetivo principal de la Revolución: la unidad con el pueblo. Según los teóricos de la Revolución, esta se debe al pueblo, esta se sustenta en el pueblo. Y si Revolución y pueblo son una misma cosa, ¿cómo puede entenderse que dentro de la nomenclatura estatal echen raíces elementos que todo lo que hacen sea para fastidiar la ciudadanía? De tal manera, esto ha provocado una nueva división de clases: pueblo y dirigentes. Y ya el concepto de esta clase de pueblo pobre y limitado ha tomado nombre: ciudadanos de a pie.
El principal ejemplo de estos elementos que desprecian a la población de a pie lo tenemos en el Comité Estatal de Fianzas y Precios. ¿Puede hacérsele creer a un ciudadano común, por poca capacidad intelectual que posea, que un bloque de terracota que cuesta dos pesos se le venda a catorce y haya equidad en ello? Y, según un eufórico directivo nacional, ¿puede hacérsele pensar a ese mismo ciudadano que está intentando mejorar su vivienda, que un saco de cemento a 90 pesos es una ganga? ¡Claro que seguramente este funcionario vive como un millonario! Seguramente todas las necesidades de su familia están cubiertas con una serie de prebendas y “conexiones” interdireccionales agregadas, que nada tienen que envidiar a Bill Gates y al rey de Arabia.
Pero lo más irritante de estas disposiciones es el aferramiento por parte de quienes las disponen en hacerle creer al individuo ultrajado que lo hacen por su beneficio, como el cura que pide confesión y arrepentimiento al reo un momento antes de ser ejecutado.
La lista se haría interminable, tediosa y corrosiva si pretendiese en este pequeño espacio aglutinar todos los artículos de venta estatal con precios injustos e injustificados. Sería mortificante y explosivo detallar uno por otro el equivalente entre salario, costo de producción y precio de venta a la población de los artículos de primera necesidad. Si la inflación ha disparado los precios, ¿por qué no dispara los salarios de los hombres que trabajan y producen? ¿Por qué un funcionario ha de ganar más que un profesional? No necesitamos ser especialistas en economía para darnos cuenta de que el alto costo de los productos alimenticios los implanta el Estado, arbitrariamente, porque si una fruta bomba costara en una placita estatal solo el 20% por encima de a como se le pagó al productor, ningún revendedor podría venderla a cuatro pesos la libra. Y por demás, se pretende hacer creer al trabajador que los estafadores son los revendedores particulares –que a fin de cuentas son parte de ellos mismos –mientras se devoran unos a otros.
Si en vez de ofrecer mortadela, picadillo de soya, masa cárnica, masa de croquetas, masa de chorizos, etc., etc., etc. se vendiera la carne con que –supuestamente –se fabrican esos embutidos, habría un ahorro sustancial en mano de obra y el pueblo vería objetivamente lo que se come; si en las pescaderías se comerciaran los productos proteicos y sabrosos de la plataforma insular de nuestros mares, apetecidos y nunca vistos por el pueblo –no es noticia para nadie que Cuba es una isla tropical rica en inmejorables especies marinas –, en vez de despachar a precios elevadísimos clarias y tilapias de agua dulce de pésima calidad y poca aceptación en nuestras cocinas; si dejaran a un lado la prohibición del sacrificio y comercio de la carne de res, los mariscos y todo lo que hoy es prohibido como la marihuana; si no se persiguiera más al traficante de estos productos como si de mercader de estupefacientes se tratara, terminaría en Cuba el principal flagelo que la azota y la ridiculiza ante el mundo: el hambre.  
El día que esto se lleve a cabo nuestra población estará no solo mejor alimentada y altamente protegida ante enfermedades como el dengue, el cólera y el paludismo, sino que el pueblo vivirá más contento y menos impelido a las ilegalidades o a marcharse del país. De hecho –y esto ya lo he dicho en otras ocasiones –el día en que se deroguen estas prohibiciones absurdas y contraproducentes, en vez de disminuir, se acrecentará la masa ganadera del país y el trabajador acometerá sus deberes con mayor brío.
A pesar de la crisis que atravesamos, la nueva dirección que encabeza Jorge Luis Tapia ha realizado cambios muy acordes a los que se propone la actual administración del país. Hay quienes aseguran que este directivo casi no duerme, que sobrevuela la ciudad para descubrir el último recoveco por salvar, que escucha en medio de la calle a cualquier ciudadano que desee hacerle un planteamiento y ofrece consultas a cualquier hora y en cualquier sitio. Se han asfaltado muchas calles que hacía años no veían un mantenimiento. Se realizó una limpieza integral de basuras y escombros como nunca antes se recuerda. Sorprende directivos ineficientes y los sustituye. Y la población estaría satisfecha si todos los nuevos dirigentes actuaran de manera similar.
Pero hay cuestiones que escapan de sus manos, porque vienen desde un nivel superior donde también se esconden camadas de burócratas ansiosos porque nada cambie a despecho de que la Patria se hunda. Sé que habrá a quienes no les guste este tratado porque de llegar a realizarse lo que aquí solicito, esa masa de ineptos burócratas que desangra al Estado tendrá que buscarse el sustento con el sudor de su frente, como reza en el Antiguo Testamento y solo quedarán en la dirección del país, de las provincias y de los municipios, aquellos que verdaderamente se desvelen por servirle al pueblo como hoy hace el Secretario del Partido Provincial.
Nunca olvidemos que Einstein, quien rechazaba al capitalismo por injusto, dejó escrito:

La realización del socialismo exige resolver algunos problemas socio políticos de gran dificultad. Dada la centralización del poder político y económico, ¿cómo impedir que la burocracia se convierta en una entidad omnipotente y arrogante?

He allí el dilema.

Pedro Armando Junco





lunes, 14 de enero de 2013

Ciudadanos de a pie

               Desde comienzos de diciembre tengo sobre mi buró el folleto Vida Cristiana, volante semanal de la Iglesia católica. En él aparece un pequeño artículo firmado por María Eugenia Fernández de la Llera, administradora de la citada publicación. Así comienza:

Un médico cubano es alguien peculiar. Con su bata blanca hace la vida de cualquier “cubano de a pie”, sinónimo de limitaciones incontables.
Si está activo tiene el reconocimiento social, es respetado y recibe la gratitud de sus pacientes. El acto de curar genera mucha respuesta positiva, y aunque el salario sea irrisorio frente al servicio que presta, los riesgos que enfrenta y los conocimientos que posee, las personas alivian un poco esa injusticia con gestos agradecidos, según también sus menguadas posibilidades. Un jabón o un refresco no resuelven las carencias de un médico, pero al menos le alegran el corazón.
( )
¡Pero ay del médico que se jubile! Eso sí es caer en desgracia. Su consagración no le dio chance para “aprender a vivir”. No sabe poner una venta de pizzas o montar un negocio de bisuterías. No hubo tiempo para desarrollar las inclinaciones que tuvo para otros oficios y ahora lo que le queda es cobrar una pensión insuficiente.

¡Bravo por María Eugenia! Y por la Iglesia católica, que disfruta la licencia de emitir mensajes críticos que lleguen a la población “de a pie” sin determinadas restricciones. Porque nadie mejor que la Iglesia y sus acólitos para estar siempre al lado de los cubanos “de a pie”. –Recalco en la frase de a pie, porque estas tres palabras han echado raíces en el léxico criollo para señalar la segregación que separa a tres cuartas partes de los cubanos del grupo de los privilegiados.
Y, muy cierto es que el médico que se jubila cae al peldaño inferior de una escala social que de antemano ya lo subvaloró económicamente cuando se le compara con un menudo oficial del ejército o la policía, con algún directivo municipal y hasta –¿por qué no? –con un verdulero que pregona tomates por la calle.   
De allí la desbandada de galenos que se acogen a las misiones en el exterior, eufemísticamente llamadas “internacionalistas”. Al margen del altruismo de la mayoría de nuestros médicos, no nos engañemos al pensar que el objetivo de su gestión fuera de Cuba sea otro que el de mejorar un poco el nivel de vida familiar, de su cónyuge, a pesar de que muchos de ellos –o de ellas –, cuando regresan, ya no tienen cónyuge esperándolos, o las relaciones a partir de entonces se convierten en incongruentes y traumáticas.
Pero la articulista, utilizando el más llano y sencillo lenguaje para que todos la comprendan, hace hincapié en los médicos que han dedicado toda su vida útil al servicio del prójimo coterráneo; al médico que nunca cumplió misión; al que, acaso una vez allá por los primeros años de la Revolución, le asignaron un Lada o un Moskovic que hoy se le pudre en la cochera de su casa por no tener cómo solventar el mínimo de combustible necesario para asistir al consultorio. Si durante toda su vida de trabajo profesional el salario nunca rebasó los 30 CUC mensuales –equivalentes hoy a un peso por jornada –, ¿a cuánto ascenderá en estos momentos su pensión de retiro?
Y prosigue:

Muchos se retiran por agotarse en un bregar que los consume, pero en otras condiciones pudieran trabajar unos años más. Desearían ejercer su profesión, pero ya no pueden con la áspera realidad que enfrentan.
Tengo varios amigos médicos jubilados, excelentes profesionales. Uno vende las croquetas que hace su esposa, otra fabrica muñecos de tela, pero eso no da para vivir. Otros que encontraron la manera de emigrar brindan sus servicios en otras naciones, pero al final padecen la nostalgia y el desarraigo.
Pobres de ellos que están frustrados, pobres de nosotros que hemos perdido el acceso a sus manos sanadoras.

Así, con lamento conmovedor, termina María Eugenia la pequeña semblanza de un médico cubano cuando se jubila. Sin embargo, los médicos solo constituyen la cabeza del gigantesco organismo que es la Salud Pública nacional. Estos sin el apoyo indefectible de enfermeras y enfermeros, cuyas manos ejecutan a riesgo de su salud el duro bregar con el paciente de manera directa, acatando las órdenes impartidas por el profesional; sin la participación del laboratorista que manipula la sangre, la orina y el excremento de los enfermos; sin el auxilio del radiólogo que se expone a radiaciones esterilizantes y dañinas, estarían atados de manos en su búsqueda de salud para los aquejados.
Innumerable sería el listado de colaterales indispensables al médico que tanto como él, padecen el síndrome de ciudadano de a pie, de miserablemente jubilado, de peor pagado por la sociedad con relación a su obra cuando nuestro Apóstol dejó escrito que “No hay almas más puras, que las que, adórnenlas o no cultura o letras, buscan sedientas el alivio del dolor humano.”
Pero algo aún más triste y lamentable radica en el convencimiento de que las más altas esferas del Gobierno, al margen de estas realidades dantescas, conocen al dedillo estas situaciones y, ¡qué pena!, nada hacen para remediarlas.

Pedro Armando Junco


lunes, 25 de junio de 2012

Camagüey 500 y la nostalgia



Camagüey, por sus llanuras, puede catalogarse como la Pampa de Cuba. Aventajó, además, sobre ese término, la forestación boscosa precolombina, que fue desapareciendo por el cultivo de la caña de azúcar y la ganadería. Ricas haciendas albergarían la mayor masa de oro rojo del país y decenas de centrales azucareras producirían más de una cuarta parte del dulce tesoro nacional. Hoy las tierras de la provincia, convertidas nuevamente en grandes e impenetrables bosques –ahora de marabú –recesan de cultivos cañeros y de otros tipos, así como de vacunos de carne y leche en más de un 75 %.
Pero, ¿qué hay en específico sobre la ciudad capital de provincia?
Camagüey, casi a 500 años de fundada, es la tercera ciudad del país por habitantes, solo superada en masa poblacional por Ciudad de La Habana y Santiago de Cuba. Fue el sitio donde habría de nacer Ignacio Agramonte, uno de nuestros próceres más distinguidos –quizás el más inmaculado de todos –; fue cuna de la mayor poetisa cubana: Gertrudis Gómez de Avellaneda; y fue origen del Pasteur de América: Carlos Juan Finlay. Quizás por eso –aunque Epicteto afirma lo inconsistente de este juicio[1] –los camagüeyanos tenemos fama de inmodestos y altaneros al compararnos con otros provincianos. Acaso algo de eso es cierto, porque Camagüey también ha sido la comarca de mejor pronunciación idiomática de la nación. Todavía hoy, a pesar de las mezcolanzas interprovinciales, los habitantes de más exigua cultura no “hablan cantando” como muchos orientales, ni truecan o amputan letras del léxico, como otros muchos en occidente.  
Una carretera de 30 kilómetros de circunferencia bordea la ciudad que ya rebasa su límite y continúa creciendo debido a la marea in crescendo de los campesinos que emigran en desbandada desde sus predios evadiendo los nuevos boscajes de marabú que amenazan con cubrirlo todo. Y dentro de ese enorme círculo de asfalto vibra y suspira una ciudadanía con más de 320 mil habitantes.
¿Se ha preguntado usted cómo es Camagüey actualmente por dentro? ¿Ha leído en las bloguerías de mi coterráneo Juan Antonio García sus lamentaciones por la ausencia de los once cines de pantallas grandes que aglutinaban cada noche a miles de cinéfilos en sus cómodas butacas? ¿Ha encontrado por casualidad en mis afiladas críticas la nostalgia de una ciudadanía que conoció la abundancia de semáforos en sus estrechas calles?
Pero Camagüey no se da por vencida. Allí quedan sus iglesias, remodeladas gracias a la caridad de Juan Pablo II; allí están sus plazas, restauradas por la Oficina del Historiador de la Ciudad a despecho de medidas arbitrarias que incomodan al lugareño; aquí permanece parte de su pueblo –me refiero al que no ha emigrado –soportando los vientos huracanados del tiempo y las limitaciones, soslayando las carencias de una buena alimentación, el deterioro paulatino de sus casas y sus calles, la pérdida de valores humanos que se hunden en una marisma de estafadores y asaltantes.
Aquí su pueblo humilde, manso y bueno, receptivo a los actos por el Primero de Mayo y asistente asiduo a las asambleas de “Rendición de cuentas” sin recabar resultados, siempre con una sonrisa a flor de labios para saludar y dar la bienvenida a todo el turista que les llega. Por las calles de esta ciudad transitan todavía –al decir de Don Pancho –las mujeres más hermosas de Cuba, a pesar de algunas mutaciones al jineterismo con declarado empeño de encontrar en el extranjero que nos visita alguien que se las lleve aunque sea para Samoyedo.  
Camagüey sufrió por su parte oriental la amputación de Elias y el Francisco –hoy municipios Colombia y Amancio Rodríguez –; y por el oeste todo lo que constituye hoy la provincia Ciego de Ávila. Ambas disecciones –que luego de un análisis profundo solo dan como resultado el mayor empobrecimiento y ruptura idiosincrásica de los lugareños –solo han servido para fraccionar y destruir la infraestructura de la provincia que fue la más rica en ganadería y macizos cañeros del país. Por suerte, los habitantes de esas regiones seccionadas, con sumo orgullo, aun se consideran camagüeyanos.
A pesar de todo, en espera del 500 aniversario de la fundación de su capital, por todos los medios difusivos regionales y en cada asamblea que se convoca, se habla eufóricamente y con optimismo de un Camagüey Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Repito, ardua faena es la que espera a quienes pretenden, en tan poco tiempo –restan solo 20 meses –destupir alcantarillados obstruidos y asfaltar vías públicas dificultosas de transitar –todavía el hueco de la calle San Martín continúa siendo una amenaza mortal para los vehículos –; preservar del derrumbe casi inminente a centenares de viviendas en pleno deterioro y embellecer a miles de fachadas descascaradas y ausentes de pintura; alcanzar el esplendor de una ciudad que en sus anales históricos aparece como una de las más limpias del país, hoy inundaba de bosta y orina de caballos carretoneros; higienizar  sus calles de mendigos alcohólicos que deambulan sucios y harapientos por doquier; colocar alumbrado a decenas de callejones oscuros.   .
Todavía quedan por resolver la calidad del “pan nuestro de cada día”, la equidad de precios entre artículos de primera necesidad y salarios obreros, la erradicación de los verdaderos burócratas, que pululan por millares disfrazados de inspectores, directivos o agentes del orden. Todo eso y más se torna necesario para que el pueblo camagüeyano reciba verdaderamente feliz el 500 aniversario de su fundación.
A propósito, se ajusta muy bien a este comentario el fragmento que en misiva privada me escribió un viejo amigo al respecto:
 No debe olvidarse que disponemos de una infraestructura que hay que renovar porque está gastada por el uso, que no siempre ha sido el mejor. Además, las estrategias perfiladas en los 60 del pasado siglo, si bien favorecieron el camino para la formación de un pueblo instruido, hoy en día hay que buscar otras más avanzadas que respondan  a la Cuba y el mundo del siglo XXI. No podemos ni debemos quedarnos atrás. Eso nunca. Hay que poner orden en todo pensando que los gustos y las ideas evolucionan y que la realidad es otra y hay que saber afrontarla. Debe tenerse presente que ciencia, educación y cultura son pilares fundamentales en estrecho diálogo formativo. Como el artista, el albañil se sentirá orgulloso de la obra bien construida, y el maestro, el verdadero, el que sí educa e instruye, se reconocerá en los logros de los hombres y mujeres que formó para el futuro de la patria.
No se debe seguir confiando en los caminos trillados, hay que buscar otros nuevos más amplios y atender lo urgente, pero sin abandonar la mirada soñadora y reflexiva, imantada por anchos horizontes de futuridad.

No obstante esos compromisos a resolver, esta meta pudiera ser de fácil acceso cuando se le compare al intento de recuperar algo más importante que la infraestructura física de la ciudad, que se ha ido perdiendo paulatinamente y escapa al sentido de la vista: el carácter honrado, la empatía que nos confraternizaba y nos hacía más seguros y felices. En mi libro inédito “Medio siglo más tarde” dejo escrito:

Recuerdo que, cuando niño, las puertas de nuestra casa en la ciudad no se cerraban. Era un portón enorme, estilo colonial, que por la noche solo se entornaba para permitirle al lechero dejar sus litros de leche dentro del inmueble sin necesidad de llamar a sus moradores en la madrugada. Por cierto, la leche venía en litros sellados con auténtica garantía de salubridad y pureza, no como hoy que la depositan en un tanque cualquiera en los puntos de venta, ya descremada por la administración estatal, y sin la garantía de que sea más adulterada aún por los “carreros” o por los expedidores del mismo punto. Los automóviles dormían seguros en las calles y las bicicletas se apareaban en las afueras de las tiendas cuando su dueño pasaba dentro del establecimiento para hacer compras sin el recelo de que fueran hurtados.

Roguemos a Dios se logre, para el esperado 4 de febrero de 2014, superar tantos valores éticos ausentes de la ciudadanía junto a la reestructuración física de una ciudad que desfallece día a día en espera de cambios positivos.

Pedro Armando Junco



[1] En el Enquiridión o Máximas de Epicteto, este hace referencia a un caballo que gana una carrera y su dueño se enorgullece de ello. Señala Epicteto que no es precisamente el dueño quien debe sentir orgullo por el triunfo, sino el caballo.

miércoles, 6 de junio de 2012

Camagüey 500 y los mendigos callejeros…




Recuerdo la vez que, tomado de manos de mi madre, salíamos de la peletería “La Principal”. Este establecimiento existe todavía en el paseo peatonal de la calle Maceo, centro comercial insignia de nuestra amada ciudad. La peletería “La Principal” conserva el mismo esplendor de antaño, aunque ahora sus mercancías se venden en moneda convertible, 25 veces de mayor equivalencia al peso salarial de los trabajadores cubanos.
Eran los años del batistato. Pertenecíamos a la clase media más humilde, pero dicho estatus nos permitía comprar los calzados en esa tienda de lujo aunque fuera una vez al año. Yo tendría apenas cinco o seis años, pero lo recuerdo perfectamente: al salir del local, en el mismo portalón del establecimiento, algunas personas echadas en el piso pedían limosnas. Nunca he podido olvidar aquel señor lisiado, con las piernas quebradas y sonrisa idiota, que no acertaba siquiera a emitir palabras, con una cajita en el regazo y algunas monedas dentro. Ahora me pregunto: ¿Quién lo llevaba y lo situaba en ese lugar para ejercer lo que, para ellos, era su trabajo? Recuerdo también, aunque con menos nitidez, la mujer con la niña impedida entre sus brazos, echada también en el piso, repitiendo a todo transeúnte la consabida frase de los limosneros. Para los lugareños aquel cuadro resultaba indiferente por su cotidianidad; pero mi madre, campesina de cepa, que solo visitaba la ciudad dos o tres veces al año, se sintió impactada. Sacó de su bolso una moneda de plata –en los tiempos del batistato, menos las monedas de cinco centavos, nuestro menudo era de plata –y me la entregó para que se la alcanzara al pobre hombre.
Yo, curioso desde entonces, al acercarme a la cajita del miserable, vi como brillaba entre un grupo de monedas plateadas un medio de cobre –moneda de cinco centavos –. Así que, llamado por la curiosidad, deposité la peseta y tomé el medio. Todo esto sucedía ante la imborrable sonrisa del pobre idiota que nada dijo ni nada hizo por impedirlo. Cuando regresé al lado de mi madre esta se horrorizó, me regañó quedito –cosa inusual en ella, pues siempre que me regañaba lo hacía con voz sonora –y me ordenó de inmediato devolver al pobre mendigo lo que le había robado. Por eso es que nunca más he olvidado la escena: porque al regresar y echarle otra vez su medio amarillo en la cajita, continuó mirándome con la misma sonrisa tonta y descentralizada.
La mendicidad callejera será por siempre el bochorno de los que gobiernan. El gran sueño del Apóstol fue una república que garantizara a cada hijo suyo, como sucede en las ejemplares familias, el pleno decoro de la existencia, la vigilancia paternal desde el primero hasta el último de sus hijos. De igual manera que un excelente padre toma mayor interés en el cuidado del hijo enfermo, torpe o discapacitado, la república que nos señaló el Maestro sería “con todos y para el bien de todos”. Las riquezas materiales de Cuba en la época del batistato habrían valido un comino a la hora de alcanzar el encomio martiano a la vista de aquella pléyade de mendigos y limosneros.
Al triunfar la Revolución se acabaron los mendigos de la calle Maceo. Mejor: se acabaron todos los mendigos. Y debo decirlo y proclamarlo como una de las actuaciones más hermosas del Gobierno Revolucionario. Nunca he sabido qué hicieron con ellos, pero es de suponer que internaron en asilos a los más necesitados, y se les ofreció ayuda a quienes todavía pudieron desarrollar alguna labor que le proporcionara el sustento.
¡Eso es historia!
Sin embargo, actualmente están surgiendo nuevas variedades de mendigos callejeros tan deplorables como aquellos de cuando fui niño. Hace muy poco los descubrí en La Habana y nada tienen que ver con “El Caballero de París”. Son los llamados “buzos y tanqueros”. Anda por ahí un documental muy deprimente que presenta a estos elementos marginales buscándose la vida, metidos de cabeza revolviendo en los tanques de basura –de allí el nombre de buzos –para extraer los desechos que puedan servir todavía a las personas en extrema pobreza.
Y su ola gigantesca está invadiendo a nuestra bella ciudad. Como en Camagüey carecemos de contenedores de basura –entre otra miríada de cosas –y la ciudadanía tiene que colocar los desechos hogareños en una bolsita de polietileno –en cubano llamadas Cubalse –a orillas de la acera, alrededor de un poste eléctrico o, no importa el ornato público, colgada en la verja de la ventana que da a la calle, para que luego el basurero municipal las recoja, surge a la media noche un grupo de noctámbulos que destrozan los embalajes y, luego de hurgar en ellos en busca de algo que les pueda servir, dejan aquel reguero en medio de la calle. 
Pero hay otra clase de mendigos mucho más preocupante y urgente a la sociedad: los alcohólicos empedernidos. Cada día son más y se les encuentra en cualquier sitio, casi siempre acompañados por uno, dos, o más compañeros. Visten harapos, carecen totalmente de limpieza, muchos desdentados, cojos y depauperados. Al parecer son rechazados en sus hogares o carecen de ellos y pernoctan en los parques y los portales de establecimientos públicos. Nada se sabe de qué y cómo se alimentan.
–Afortunadamente –manifestó un amigo hace algunos días con irónico humor negro –los entierros todavía son gratuitos.
Si, como nos enseñó el Maestro, “hombre es aquel que estudia las raíces de las cosas…”, ¿qué estamos esperando para examinar objetivamente y con total honestidad el por qué tantos hombres útiles en nuestro país se autodestruyen en el alcoholismo y la rapiña? 
Me atrevo a proponer un referéndum donde los ciudadanos pensantes de la ciudad, fuera del alcance burocrático de las organizaciones, expresen sus opiniones al respecto y propongan las soluciones a tomar en casos como el que hoy me ocupa y cuyos resultados sean difundidos por todos los medios, como corresponde a un Gobierno democrático como es el nuestro. 
A falta de esta posibilidad, teniendo en cuenta que el triunfo revolucionario dio prioridad a la eliminación de esta clase social que constituye el último eslabón de la cadena, ¿qué piensa hacer con ellos el Gobierno de nuestra provincia, enfrascado de lleno en embellecer al máximo la ciudad, para recibir por todo lo alto el aniversario 500 de su fundación?

Pedro Armando Junco

miércoles, 4 de abril de 2012

¿Nunca segundos Papas fueron buenos?


Esta frase que parodia la célebre enseñanza cervantina, es muy aplicable a la visita papal de la semana pasada. ¡Claro que con signos de interrogación! Es un cuestionamiento que todavía determinados ciudadanos se hacen, aunque ya gran parte de la población ha lanzado su veredicto. Unos dicen que sí y otros dicen que no.
Lo cierto es que –a mi modo de ver –, cuando un país es visitado por la máxima personalidad del Vaticano, la población católica de ese lugar se reconforta, se alegra, se siente halagada. Es más, los cristianos que militan en diferentes sectas, lejos de sentir envidia por el suceso, ven en ello una tonificación del cristianismo que, a pesar de sus diferencias, reafirma la fe evangélica que todos impulsan. También es de reconocer que, casi siempre, cuando un país es visitado por la máxima personalidad del Vaticano, se debe a que ese país necesita ayuda espiritual, paz interior, reconciliación nacional y, sobre todo, mucho consuelo. 
A México le urge detener esa cadena de asesinatos que roba la vida ya a miles de personas. Necesita llevar los asesinos a la cordura y a los familiares de las víctimas al perdón. La visita papal seguramente les habrá traído algún paliativo humanista, y no serán pocas las almas sanadas. Puede que los asesinatos y el odio continúen, pero estoy seguro de que algunas almas enfermas han revivido su fe.
Y, ¿por qué a Cuba? ¿Por qué a una nación que hace apenas tres lustros visitara un Sumo Pontífice?
La visita anterior sirvió de mucho. Juan Pablo II nos dejó una frase inolvidable: “No tengáis miedo”. Con dicha expresión nos enseñó a no temer a lo que no hay por qué temer: a decir nuestra verdad; y desde entonces muchos hemos aprendido a desterrar la autocensura y la doble moral que tanto ha venido dañando a la ciudadanía cubana desde hace más de medio siglo. Nada es tan denigrante y devastador para un pueblo como expresar lo contrario de lo que siente y pedir lo antagónico de lo que desea.
Dicen que el Papa declaró antes de llegar a Cuba, que el comunismo había fracasado en el mundo. Dicen también que el gobierno cubano puso el parche antes de que saliera el tumor y comentó que la visita papal nada tenía que aconsejar a los lineamientos comunistas de la nación. Dicen por ahí que ambas partes dejaron caer al descuido, con palabras más distinguidas que estas mías, eso que en argot popular se conoce como “puyitas”.
La misa en Santiago de Cuba se recordará más por el “camillazo” que le dieron al disidente que burló el cerco de protección y gritó frases denigrantes contra el Gobierno, que por la homilía del Vicario de Cristo. Las conversaciones de ahora salvaron el Viernes Santo como las de antaño salvaron el Día de Navidad.
Existen expectativas de muchos con respecto a los cambios políticos y sociales que probablemente veremos en un futuro cercano, aunque debemos reconocer que el reino del cristianismo no es de este mundo; que la misión de la Iglesia de hoy es ofrecer ayuda –sobre todo espiritual –a todo el que la necesita, sin inmiscuirse en el gobierno de las naciones, porque en siglos anteriores, cuando la Iglesia se situó por encima de los reyes, se cometieron barbaries abominables que no es bueno siquiera recordar. Debe quedar muy claro que los problemas espirituales son de ella y los políticos y sociales pertenecen a la sociedad cubana. Reitero: a la sociedad cubana, no a una pequeña parte de la sociedad cubana. La iglesia ofrece el equilibrio y la paz al espíritu; queda al Gobierno ofrecerle al pueblo la oportunidad de participar –a todos por igual –en la restauración de un país desequilibrado social y económicamente.
Esta visita no tuvo el auge, ni la elegancia espiritual de aquella que conmovió a todo el pueblo cubano hace quince años. La personalidad, inteligencia y carisma del Papa anterior demorará siglos en ser igualada por otro Pontífice. Y si a esto sumamos que el Gobierno cubano aprendió a recibir visitantes de esta índole, podemos estar de acuerdo con el célebre axioma de Miguel de Cervantes.

Pedro Armando Junco

miércoles, 21 de marzo de 2012

Una mirada al XVIII Taller Nacional de Crítica Cinematográfica




Camagüey estuvo otra vez de fiesta. Esta vez la celebración fue para los cinéfilos que siguen de cerca el SEPTIMO ARTE, pues se desarrolló a todo tren el XVIII TALLER DE LA CRÍTICA CINEMATOGRÁFICA. El cine Guerrero, acaso último guerrero sobreviviente de la familia que adornaba nuestra bella ciudad hace medio siglo, recibió en diferentes tandas un público selecto, que disfrutó de películas inteligentes, entre las cuales algunas cubanas nada tienen que envidiar a las de lejanos patios.
El cine, a partir de su nacimiento mudo y sin efectos especiales, ha cautivado al público más heterogéneo: desde el más conocedor y amigo del arte, hasta el menos interesado; desde el que asiste a ver un filme para sacar de él la riqueza espiritual e intelectual que ofrece, hasta quien solo lo mira para distraerse en las escenas de “patadas y piñazos” o actos de sexo que encierra.
Y el Guerrero se llenó por completo. ¿Es acaso el ansia de una población por disfrutar de un espectáculo cultural de elevada importancia, que hoy se limita a dos o tres locales solamente?
Los tres héroes de este festival, catalogados públicamente por el actor Carlos Ruiz de la Tejera como “Los tres mosqueteros” son Juan Antonio García Borrero –quien me facilitó esta invitación que he colocado al comienzo –, Luciano Castillo y Armando Pérez Padrón. Fue Juani, por cierto, el que me recomendó no omitir JUAN DE LOS MUERTOS, filme cubano que está causando revuelo por su temática, por la excelente actuación de sus protagonistas y por la crítica social que encierra, pero que dejaré para comentar en el próximo trabajo.
El cine cubano ha sido bueno siempre; y de no estar catalogado entre los mejores de fama mundial, diré de él lo mismo que de nuestro vino: ¡es el nuestro! Me gusta porque cada película trae el sello de la idiosincrasia criolla: las “malas palabras”, herencia de la madre patria; ardor erótico, legado de la fusión de las tres razas fundamentales presentes en el país; y esa facilidad para burlarnos hasta de las desventuras propias, que todavía no sé de dónde diablos la sacamos. También la facilidad de amar, de perdonar, de olvidar los agravios, acaso tenga sus raíces en las neuronas sincréticas que fundieron la sangre española con la sangre africana y la sangre asiática y ha resultado fundamento esencial de la cubanía.
Algo que me ha impactado profundamente en este evento es la sencillez de los actores, guionistas y directores de diferentes filmes que se ofrecen al público. Me resultó conmovedor, cuando salía de la sala de proyección, encontrarme en el lobby con el protagonista que acababa de ver en la pantalla, esperando porque el público se le acercara a darle la mano; a un director que, terminada la proyección de su película, se reunía con el público para solicitar la opinión de cualquier individuo, sin inmutarse por los criterios desaprobatorios. ¿Eso también se practica en Hollywood?
“Los tres mosqueteros” durante dieciocho años consecutivos han venido reuniendo lo mejor de la cinematografía cubana en Camagüey para discutir críticamente todo lo concerniente al séptimo arte. En estos talleres puede participar cualquier cinéfilo, no importa sea o no un especialista en la materia. Y paralelo a esto se exhiben los estrenos que todavía no han salido a la pantalla. De hecho es un privilegio que ellos tres hayan trasladado desde La Habana un evento de categoría nacional, hasta una ciudad de provincia. Desde lejanos tiempos la población local ha gustado de la buena cinematografía, porque Camagüey contaba con más una decena de instalaciones de grandes pantallas.
Ahora se habla de un proyecto promovido por la Oficina del Historiador para remodelar y construir un complejo cinematográfico en la calle Estrada Palma –hoy Ignacio Agramonte. Este objetivo abarcará, según imagino, los antiguos cines Encanto, Casa Blanca y Guerrero. Dichos locales, unidos a la sala Nuevo Mundo, conformarán un complejo estructural de cuatro centros culturales más. Ya terminado el opulento plan, éste propiciará mayor cobertura a una población que por las noches carece de opciones para un entretenimiento saludable y a precio de moneda nacional, puesto que algunos de los sitios más atrayentes se pagan en divisas –moneda que no manejamos –o han encarecido sus ofertas para equipararlas a las anteriores, y no son muy asequibles al bolsillo de la comunidad.
Este propósito es muy encomiable –me gusta utilizar el calificativo de mi amigo halagador –; pero no está de más señalar a quienes manejan dicho programa, que la ciudad de Camagüey ha crecido y está creciendo vertiginosamente; y si hace medio siglo, cuando era más constreñida, contaba con varios cines en la periferia del Casco Histórico y algunos repartos, sería discriminatorio poner en uso solamente las que se hallan en la pequeña área metropolitana.
¿Qué se hará con el remodelado cine Avellaneda? ¿Qué con el viejo cine Camagüey, frente al parque de El Cristo, aledaño al cementerio, todavía dentro del Casco Histórico de la ciudad? Este lugar ofrecería servicio a una población que hoy, privada de la ruta de ómnibus #4, le resultará muy incómodo trasladarse al nuevo proyecto de La calle de los cines. ¿Qué se hará con el cine Alkázar, el de mayor capacidad y lujo de todos, situado en la Avenida de la Caridad –hoy Avenida de la Libertad? ¿Qué proyectos se tienen para con el cine Social, único para los importantes repartos al norte de la ciudad? ¿Qué se ha pensado para el Amalia Simoni, al oeste…? ¿Y qué se piensa hacer con el cine América, aledaño a mi casa, en el cual disfrutábamos en matinée dominical, allá por la década de los años cincuenta, las maravillosas películas que aglutinaban a todos los niños de la zona por el solo precio de veinte centavos? Del otro, del extinto Apolo, tan céntrico como el primero, hoy descuartizado y convertido en más de una vivienda y locales de diferentes usos, es inútil aconsejar recuperarlo.
Pero algo bueno tendrá que suceder. Por lo que a mí respecta, no aspiro a convertirme en el caballero D’Artagnan. Con el impulso de los tres mosqueteros del cine camagüeyano pienso que el Gobierno, el Partido y, sobre todo, la Oficina del Historiador de la Ciudad lleven a feliz término el rescate total de las instalaciones cinematográficas de la ciudad y el incremento de las mismas.

Pedro Armando Junco

martes, 13 de marzo de 2012

Feria del libro en Camagüey



El día cuatro del presente mes concluyó la XXI Feria internacional del libro Camagüey 2012. Debo decir, en sincero encomio, que la implementación de estas ferias ha sido una idea brillante de la dirección del país, en particular del Ministerio de cultura y, sobre todo, de ese apoyo que Abelito –así llamamos, cariñosamente, a nuestro ex ministro de cultura –tributó a las mismas. Es una idea digna de encomio y debo decirlo, no simplemente por complacer al amigo que me sugirió ser en ocasiones vocero de lo bien hecho, sino porque en realidad no solo de pan ha de vivir el hombre, como reza en la Biblia, sino también de la palabra de personas inteligentes que han dejado una herencia intelectual para el hombre del futuro a lo largo de la civilización humana.
Puedo asegurar que hay ideas positivas en creaciones gubernamentales muy dignas de elogio que debemos preservar. Ayer ocho de marzo, Día internacional de la mujer pasé por un lugar donde se reunían personas de la tercera edad y celebraban la fecha con pasteles y bebidas no alcohólicas. –¿Quiénes son? –pregunté, y me respondieron, entre versos y canciones, pertenecer a un Círculo de abuelos. Bella idea, loable razón de ser para esas personas que, a los ojos materialistas de muchos, ya nada tienen que hacer en la sociedad. A estos ancianos se les ofrece, de forma gratuita, un profesor de gimnasia que los ejercita corporalmente todos los días de la semana a determinada hora matutina. Es hermoso mirar aquellos rostros surcados por el tiempo pero con sonrisas de saludable complacencia, repetir ejercicios preservadores de su salud. De manera similar, la instauración de las Ferias de libros es altamente plausible y aquí lo reitero por enésima vez.
La dirección de la UNEAC en Camagüey ofreció su sede para conferencias, presentaciones y ventas de libros, actividades culturales relacionadas con el evento y, sobre todo, nos aseguró a cada escritor no menos de dos apariciones en público para promocionar nuestra obra y recibir una pequeña, pero oportuna remuneración económica que siempre viene bien a la hora de adquirir el plato fuerte.
La dirección de Cultura y el Instituto del libro se volcaron con todos los recursos disponibles y, con el auxilio de otras instituciones, garantizaron locales, transporte, personal de apoyo y convirtieron al centro del casco histórico de la ciudad en una vorágine de lectores deseosos de adquirir textos culturales. La calle Independencia permaneció cerrada al tránsito de vehículos para evitar eventuales accidentes en un área repleta de niños que o participaban en los juegos dirigidos del Parque Agramonte, o eran estudiantes rastreadores de El principito, Había una vez y El capitán tormenta, entre otros.
Sin embargo, ha quedado un vacío laudatorio en la población después del evento. Esta vez hasta los medios masivos, proclives siempre a resaltar el éxito cuando este no ha estado presente, resultaron críticos a la Feria, pues hubo directivos que declararon por la radio el déficit de libros: unos porque nunca iban a llegar y otros que se esperaban y nunca llegaron; algunos “desenchufes” de coordinación y otras cuestiones más de las que no tuve referencia. El pueblo opina –y para mí esa opinión callejera cuando se generaliza es la más válida –que la Feria fue un aborto cultural anémico, por faltar los más importantes volúmenes que el pueblo esperaba y porque el Programa teórico literario no tuvo la calidad de años anteriores. ¿Quién no compra, a pesar de los altos costos, un diccionario de la lengua española o un cuaderno de ortografía, no importa lo elemental que estos sean? ¿Dónde quedaron los manuales de cocina de otros eventos anteriores? ¿Qué se han hecho aquellos clásicos de la literatura universal que pululaban en los estanquillos y las librerías en los años sesenta y setenta? Y retomando la frase evangélica de que no solo de pan vive el hombre, ¿dónde hallar una Biblia en la Feria, ahora que estamos en la cercana espera de Benedicto XVI?
A mí en particular, la dirección de Ácana me asignó una presentación al menos. No he podido saber cuál equipo de dirección se encargó de proponerme para la presentación de la “Guía de béisbol 2012” en la sede del Instituto Superior de Cultura Física “Manuel Fajardo”: ¡Bien alejado de la ciudad y de lo literario! Pero no me di ni por aludido. Cuando llegó la hora de la presentación me informaron que el camión que venía desde La Habana cargado de libros, entre los que se encontraba el que yo debía presentar, no había arribado a la provincia. Un directivo amigo me pidió que no dejara caer la actividad porque en El Fajardo nos estaban esperando. Así que tuve la feliz idea de ir en busca de Miguel Cuevas a su casa y llevármelo en el carro que me asignaron para esa gestión.

Miguel Cuevas, emblemático jonronero de los años sesenta, ya retirado pero con una fortaleza física que nada tiene que ver con sus setenta y siete años, salvó la tarea. Nos esperaban con micrófonos y público reunido, aún sin almorzar ya pasada la una del mediodía. Expliqué a los allí reunidos la pifia sufrida y el carril “B” que hubo que tomar para no dejarlos plantados, y dejé al veterano campeón hacer de las suyas con el micrófono en la mano. Salvamos la operación y pude demostrar a los fariseos que, más que mala voluntad, lo que nos hace mejores son las ideas positivas capaces de soslayar zancadillas y desmembrar las cortinas de humo que nos intentan oscurecer.
No sé hasta qué punto he complacido al amigo partidario de los elogios en mi blog. Mirar las cosas desde la imparcialidad rara vez nos permite una cosecha pura de cuestiones buenas que celebrar. Pero pienso que sí, que lo encomiable es la copa. Si la copa es valiosa, solo nos falta eliminar el vino agrio que la rebosa, fregarla bien luego de haber echado el jugo amargo en la letrina y escanciar en ella el elixir que permanece olvidado en los barriles viejos, añejado en el roble del orden, la diligencia y la buena voluntad.

Pedro Armando Junco

miércoles, 8 de febrero de 2012

Semana de la cultura camagüeyana

Del 2 al 7 de febrero Camagüey celebra su cumpleaños. A estos festejos se les denomina “Semana de la cultura camagüeyana”. Según las crónicas de aquella época, allá por la costa norte de la parte centro-oriental de la Isla se fomentó un asentamiento de colonos el 2 de febrero de 1514. Si no estoy muy errado en matemática, solo restan dos años para que la hermosa villa, ahora convertida en tercera ciudad poblacional de Cuba, cumpla el medio milenio de fundada.
Santa María del Puerto del Príncipe –nombre originario de la mencionada fundación, que luego sería sustituido por el de un destacado cacique aborigen –se engalana, invita artistas que festejan en plazas abiertas, y reúne, dentro de sus posibilidades, a los más destacados intelectuales camagüeyanos esparcidos por todo el país. En otras palabras, el gobierno se gasta sus pesos; o mejor, gasta los pesos recaudados impositivamente a los trabajadores por cuenta propia.
Pero la fiesta se hace. La Biblioteca Provincial programa tres días de resonancia literaria: un “Encuentro de Escritores” al que asistimos para lanzarnos loas y aplausos los unos a los otros –esto me hace recordar las dos mulas viejas que teníamos en la finca cuando yo era niño y todas las mañanas me deleitaba viéndolas rascarse con los dientes la una a la otra –; se nos proporciona el espacio a leer algún poema que nos gusta mucho a nosotros por haberlo creado uno mismo y al margen de los bostezos ajenos se presenta algún libro que nadie ha procurado leer.
Sin embargo, yo amo y rindo culto de respeto a la Biblioteca Provincial, a sus diligentes y cultas y amables bibliotecarias y bibliotecarios, cuyo esmero y dedicación me facilitaron haber alcanzado la poca cultura que tengo, cuando la universidad me cerró sus puertas.
Mas dejemos a un lado las viejas heridas. La Semana de la cultura camagüeyana tuvo momentos originales e interesantes. El que más me gustó fue la presentación, en pleno bulevar de la calle Maceo, de los hombres y mujeres de terracota. A primer golpe de vista se hacía muy difícil descubrir que aquellas estatuas de tamaño natural, como el milenario Ejército de terracota del emperador Qin Shi Huangdi, eran jóvenes vivos revestidos de cerámica. Su lento caminar ante la fausta admiración de los transeúntes –sobre todo turistas, pues no olvidemos que nuestra ciudad es una vitrina de época pasada –, y el parpadear incondicionado, solo permitirían descubrir que no estábamos en presencia de una estatua de barro carente de vida. Varias figuras revestidas, hombres y mujeres, similares también a las que Martha Jiménez ha hecho famosas en la Plaza del Carmen, caminaron esa tarde rodeadas de público y cámaras fotográficas profesionales y de la televisión.
Es oportuno señalar que en la galería Alejo Carpentier se montó una exposición de órganos sexuales masculinos y femeninos,no como hicieron los antiguos renacentistas, sino en francas funciones eróticas, para no quedar rezagados en lo referente a la promoción homosexual, o quizás por carecer de algo más interesante que mostrar al público camagüeyano en esta semana de cultura.
El domingo por la noche, después de un copioso aguacero, nos reunimos en la Plaza de los trabajadores para disfrutar del espectáculo de una de las mejores voces que acrisola el país: Waldo Mendoza. Nos acercamos a pocos metros del micrófono que el artista debía ocupar y pasadas las diez de la noche, cuando ya la niña prefería irse a la cama, apareció el cantante. Estaba allí, a dos pasos de nosotros, con su sonrisa de oreja a oreja, su figura regordeta y corta, su abdomen de dirigente y su piel canela. Capturé hasta la expresión de un inconforme: “De tan feo que es, luce bonito”. Pero Waldo es un tipo carismático, capaz de cautivar hasta la admiración de quienes pretenden detractarlo. No solo es la gracia lo atractivo suyo, sino también su voz llena de suave melodía, sus canciones románticas y sentimentales que emergen como volcán submarino y rompen las corrompidas aguas de esos reguetoneros vulgares que hoy infectan nuestra cultura nacional. Quizás no sea un nuevo Polo Montañés, porque los genios no caen como en cascadas; pero Waldo es la genuina expresión de lo que el pueblo culto y sencillo quiere, no solo en nuestro amado Camagüey, sino en toda la isla de Cuba.
En fin, pasado el cumpleaños, siempre habrá panegiristas y detractores. En mi opinión, siempre apruebo todo lo que proporcione alegría al prójimo, a despecho de la vieja teoría de los emperadores romanos de ofrecer espectáculos cuando no se tiene con qué solventar las más perentorias necesidades. Esperemos aún dos años más y roguemos a Dios, cuando celebremos los cinco siglos de su fundación, que mi amada ciudad haya cubierto todas las expectativas de cada uno de sus más de trescientos mil lugareños.


Pedro Armando Junco