miércoles, 18 de enero de 2012

Negocios de compraventa

A partir de las nuevas concesiones a los trabajos por cuenta propia, se ha hecho evidente la capacidad intuitiva del pueblo cubano. La población de a pie, lastrada por una miseria cada día mayor a causa de la escasez de lo más insignificante e imprescindible, se ha lanzado a exprimir su materia gris y ha obtenido como resultado un calidoscopio de iniciativas propias que ya resultan muy difíciles de frenar.
Ahora, gracias a la autorización para poder vender y comprar lo que es de uno –me refiero a las casas y los carros –, aparecerán las menos imaginables truculencias y modos de evadir el impuesto fiscal, a pesar de los nudos que los tanques pensantes del Gobierno han elaborado: cómo estafar de la manera más abyecta al comprador, como vender productos defectuosos –el Estado es maestro en eso, pues tiene tiendas especializadas para tales manufacturas –, como comprar con monedas falsas o devaluadas, etc., etc., etc.
Pero hoy quiero detenerme en el comercio de la carne; sobre todo en su oferta y su demanda. Y no hablo de la carne de cerdo, ni de ovino, ni de res –¡Dios me libre! –. Me refiero a la carne humana. A esa carne de mujer a la que Rubén Darío hacía referencia en su soneto Lo fatal:
“…y la carne que tienta con sus frescos racimos”.

Tampoco me estoy refiriendo al “jineterismo”, que es como se denomina la prostitución cubana, porque esas “chicas” deambulan alrededor de los hoteles y centros turísticos con características propias, sobre todo resguardadas por su proxeneta. Me estoy refiriendo a nuestras muchachas normales, dubitantes hoy de si merece la pena o no tomar el camino de las antes mencionadas y buscarse un viejo turista español, canadiense, o italiano que la saque de la inopia, o se la lleve consigo, o conseguirse un criollo de la nueva burguesía, que ya asoma, sobre todo en las clases dirigentes –gran parte de los viejos dirigentes del país gozan de la compañía de esposas que pueden ser sus nietas –, o de esos “trabajadores” y “administradores” que roban a brazo partido desde sus privilegiados almacenes.
Por eso no es extraño encontrarnos en la calle una jovencita haciendo gala de sus encantos privados: algunas sirven de vidriera ambulatoria al recorrer los bulevares más céntricos de la ciudad y exhiben, un poco más arriba, un poco más abajo, las masas de un torso juvenil dúctil y apetecible.

Otras salen en lycras o pitusas tan ajustados que, en estrecha combinación con su “bajaichupa”, no dejan nada más para mostrar a la hora del himeneo. Tampoco falta el short estrangulador de las regordetas, o el “calentito” que ofrece la visibilidad de un pequeño filete de carne de lo que en la res se denomina “palomilla”.


¡Ay, la moda! ¡Esa moda que sobrepasa a la juventud y prolifera hasta en las cuarentonas! Estas, a partir de un buen escote que muestre el viejo cauce de un río ya seco entre dos abultadas montañas moribundas, visten un “pescador” inteligentemente diseñado para que reseñe la tersura de la piel solo hasta donde no aparezcan las várices ni la celulitis, y andan también a la caza de algo que les falta, que no encuentran en el hogar apacible donde su marido tiene que soportarlas desaliñadas y en trapos viejos.

Es el síndrome de la libertad femenina, proclamado a voces en el siglo XXI al unísono junto al apogeo de la homosexualidad.

Es esa enfermedad que toca a diario miles y miles de matrimonios, en detrimento de lo más importante para cualquier sociedad en el mundo: la familia. Es el vuelco general que involucra costumbres, estabilidad, ética y amor verdadero. Es la rebeldía que una evolución social lanza a la cara al cristianismo que obedecieron nuestros ancestros y en el cual creyeron, vivieron y nos forjaron. Es la desfachatez, justificada como progreso.
¡Claro que no pretendo criticar el buen vestir, la elegancia y la compostura de una mujer que sepa salir a la calle ataviada de acuerdo con su edad! Que luego, en su hogar y junto a su familia sepa conducirse con el brillo y la compostura de una ama de casa. En otros países las mujeres visten de largo, o se tapan el rostro luego de casadas, pero no es eso lo que quisiéramos tampoco. Ni siquiera es lógico exigirle a la cubana actual que se atavíe con grandes cantidades de trapos por dos razones que se imponen: el calor de nuestro clima y los altos precios de las telas. Sin embargo –y quiero exponer gráficamente un bello ejemplo de ello –, nuestra dama cubana nunca debe perder su elegancia para caer en la chabacanería o la ridiculez. La manera en que nuestras mujeres salgan a la calle es una demostración más de nuestra cultura y nuestra cubanía. Estar a la moda no entra en contradicción con la mesura y el pudor.


No obstante, gracias a Dios, todavía quedan muchas jovencitas que buscan, desde la humildad de su honradez, conseguir el pan de cada día en trabajos honrados, sin que la falsa y fatua elegancia del último grito de la moda merme un ápice la belleza intrínseca que las envuelve.
Dejo muy claro que ni siquiera repruebo a las prostitutas que hacen con resignación y sacrificio su trabajo. Lo que censuro es la mezcolanza social que nos pone dubitativos a la hora de determinar cual de esas mujeres que nos cruzan por al lado es o no una más de aquellas que están locas por romper el celofán que separa la moralidad del libertinaje.



Pedro Armando Junco

1 comentario:

  1. Hola, mi nombre es Rachel Domínguez y estoy en quinto año de Periodismo... en medio de la tesis. Y ese es precisamente el motivo por el que intento contactarle. La tesis es sobre blogs cubanos, y de todos los que encontré (más de 300), el suyo es uno de los que me interesaría incluir en la muestra.
    Pero en la parte concerniente a los gestores de los blogs (a las personas), que es por donde ando en este momento, necesitaría un perfil profesiona/ocupacional que no es público en su caso.
    Le hablo de saber a qué se dedica, qué edad tiene, qué estudió y ese tipo de información... si está de acuerdo. Le garantizo, del modo en que prefiera, total discreción con sus datos. De hecho le brindo cualquier garantía que necesite para colaborar con la investigación.
    Estos son mis correos:
    rachel@lajiribilla.cu, rachel.drojas@gmail.com
    Espero atentamente una respuesta,
    saludos,
    Rachel.

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