lunes, 29 de diciembre de 2014

Una nueva realidad

El pueblo de Cuba recibió la noticia de las nuevas relaciones con Estados Unidos de la misma multitudinaria manera que dos generaciones atrás recibiera el triunfo de la Revolución y la caída de Fulgencio Batista. Una y otra vez se produjo un consenso casi general en la ciudadanía. En 1959 se lanzaron multitudes a la calle. Ahora lo habrían hecho si las organizaciones de masas estatales las hubiesen convocado. Aquella vez la explosión del entusiasmo no tuvo límites. En esta ocasión lo frenó la sorpresa y el temor a “meter la pata”. Los que pensamos un poquito estábamos seguros de que este momento llegaría, pero nunca lo esperamos tan pronto. Subestimamos la capacidad política de nuestro presidente.

Este pueblo eufórico de hoy es el mismo, con idéntica idiosincrasia, aunque con diferentes personajes. Los individuos vienen y se van, como muy bien puntea la canción de Julio Iglesias: “unos que vienen y otros que se van”. Una generación nace y muere, pero algunos de los rasgos distintivos permanecen en la siguiente. Así somos de entusiastas los cubanos. Tanto es así que a veces aplaudimos hasta lo que nos puede costar el futuro.

Debemos señalar que siempre existen individualidades y minorías en desacuerdo. Y es bueno recordarlas, porque también ellas tienen el derecho a la oposición y a refutar dialécticamente las fisuras que ven en la alegría de los otros. La verdad le pertenece solo al tiempo. Y el tiempo dirá de qué lado está la razón. Entre esas minorías que no ven como positivos los acuerdos se hallan muchos que 56 años atrás aplaudieron lo que muy pronto refutaron y tienen razón para dudar, fundamentalmente los de la otra orilla que lo dieron todo por una causa que luego no les pareció la esperada. En este juego de naipes nadie es capaz de conocer cuál es la carta premiada. Para ellos el respeto y la conmiseración de los hombres pensantes. En realidad no son “grupúsculos”, sino personas frustradas… Del lado de acá, aunque no se atreven a expresarlo, hay quienes miran vacilar sus privilegios. Sobre todo esos elementos parásitos que han vivido siempre expresando consignas que hoy han quedado en desuso.

Aquellos que, por haber perdido seres amados en esta guerra absurda de más de medio siglo han convertido su dolor en odio, tienen derecho al “rencor eterno” del que nos habla José Martí en Abdala. Pero nosotros tenemos el deber de hacerles concebir un cambio próspero en todas sus vertientes: económicas, políticas, sociales, etc., porque “el odio no construye”, dijo el Maestro; y no solo está en juego el bienestar paulatino a corto plazo, sino el urgente detenimiento de la desintegración que difumina por el mundo a la nación cubana.

¿Qué pretenden hallar los que se oponen? ¿Derrocamiento para vengarse de aquel que alguna vez le hizo daño terrible? A veces la justicia no está en la mano de los hombres y el mejor castigo es mostrarle al que nos hizo el daño que le fue inútil su empeño, porque al final estamos de pie y tan erguidos, que tienen que levantar la vista para mirarnos a la cara. Pienso que no hay mejor venganza sobre la tierra.

Por eso hoy debemos mostrar al mundo aquellos criterios que ayer pudieron tomarse como frases del enemigo. Al pasar frente a la casa de alguien que le escuché decir cosas terribles del presidente Obama, le manifesté desde la otra acera: “Primo, ¡ya Obama no es malo!”

Sé que falta un buen trecho por andar, pero ya partimos cuesta arriba. Ya emprendimos el camino donde hace medio siglo estábamos plantados al sol, en la línea de salida. Quizás haya que hay que modificar hasta la Constitución de la República, que urge desmantelar los monopolios de información e infraestructura nacional. Todo eso y mucho queda por hacer.

Tengo fe en el grupo de asesores que rodea al actual presidente de Cuba. Saludo la valentía del presidente Obama y de su equipo al aceptar el reto que ninguno de sus antecesores se atrevió a esgrimir. Si algo queda por esclarecer a los que predican modelos utópicos perpetuos, es que no hay en el campo que nos ocupa posiciones monolíticas ni legislaciones eternas según la dialéctica; todo está sujeto a cambios. Y es deber de todos llevar a feliz término esos cambios, pensando ante todo en el bienestar de la población.

Por eso yo sueño –y no se rían, por favor –con viajar por la carretera Habana-Cayo Hueso, que estuvo en proyecto y nunca se ha llevado a cabo. Sueño con la posibilidad de construir el Canal por la llanura Habana–Matanzas, que ingresaría al país una riqueza mayor que lo que se espera del Mariel debido a la viabilidad de todo el comercio de norte a sur y viceversa en el continente, porque agregaría, además de la compensación por el tráfico marítimo, una zona franca casi tan importante como la panameña. Sueño, ¿por qué no? –aunque a Maduro no le guste –con un tratado de libre comercio Cuba–Estados Unidos para que cada familia cubana en el exterior, sin pagar intereses aduaneros, les haga llegar el carrito viejo que desecharon, a todos los que hoy andan en bicicleta. (Es bueno acotar que cuando eso llegue, el dueño de la ciudad que eliminó los parqueos de automóviles porque piensa que los cubanos solo saben andar a pie, va a tener grandes tropiezos de ubicación automovilística).

Eso y mucho más podemos soñar, siempre que la paz, el amor y la concordia sean la premisa fundamental de todos.

Nos vemos el próximo año.

 

Pedro Armando Junco

 

 

 

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Feliz Navidad

Desde mi blog deseo enviar a todos aquellos que siguen mi blog las más cálidas felicitaciones navideñas. Ruego a Dios que el próximo año 2015 traiga a todos los cubanos por igual –a los de dentro y a los de afuera –el bienestar que tanto anhelamos. Que la paz y el amor legados por Jesús a la hora de partir, llene nuestros corazones y nuestras vidas.

Los quiero a todos, mucho. Un abrazo,

Pedro Armando  Junco

 

jueves, 18 de diciembre de 2014

Ábrete, Sésamo

Cuando supe que el nuevo papa era Argentino, que había nacido en Latinoamérica, tuve la corazonada de que cambios importantes se iban a originar en nuestro hemisferio. Y aquí tenemos al primero de los milagros: el papa Francisco es el Alí Babá del siglo XXI.

¿Quién se esperaba tamaña sorpresa? Pocos, claro; porque ha sido tanta la propaganda del odio, que millones de compatriotas estaban incapacitados para vislumbrar un arreglo político considerable entre Estados Unidos y Cuba sin necesidad de “tumbar” este Gobierno. Puedo afirmar que tantas objeciones morbosas por los medios oficialistas del país, obraron para que millones de cubanos hablaran mal, a diario, en cualquier sitio público, del presidente Obama; hasta ayer miércoles 17 de diciembre, antes del mediodía. Así también, decenios atrás se habló mal de los curas y de sus creencias. Solo quienes hemos echado al aire ideas de reconciliación a pesar de la crítica de muchos que se hacen llamar “amigos”, intuíamos el momento que cristalizó hace solo unas horas, para sembrar un hito histórico incuestionable.

Pienso que ha llegado el momento de la verdad, de la inteligencia, de la concordia. Se está logrando. Quedan heridas y cicatrices –yo las tengo –, pero dijo el Maestro que “amar es más útil que odiar”. Y ha tocado a la puerta la hora del perdón por el bien de un pueblo que se ha venido desintegrando paulatinamente y que ya no consigue resistir más, o desaparece como nación. Puede que todavía los papagayos cacareen de un lado y otro del Estrecho. Pero su escarceo será silenciado por la voluntad de dos pueblos y de dos presidentes que han evaluado con cordura el daño evitable y han cortado de cuajo la cadena del odio. 

El canje de espías estuvo equilibrado. Pero esto no solo implica la liberación de prisioneros que causaron daños materiales y humanos en ambas partes, sino el compromiso bilateral de eliminar métodos escabrosos o, al menos, llevarlos a cabo con mayor cautela. Si a esta toma de decisiones se puede agregar eximir a Cuba de la lista de países propiciadores de terrorismo, he aquí otro paso más en el entendimiento y un firme puntal que evitará cualquier propensión futura a malos hábitos.

Quedan, expresó el presidente cubano en su alocución, muchos otros asuntos que resolver. Faltan, del lado de allá, leyes que derogar; del lado de acá, cláusulas constitucionales que reformar. Pero, como escuché a un campesino amigo en el día de ayer cuando la noticia: “No cojamos a Zamora en una hora”.  El pueblo de Cuba está feliz, está esperanzado. Ya escuché decir a personas que preparaban las maletas para emigrar: “vale la pena esperar un poquito”. Y yo los aplaudo, porque el hombre en tierra extraña, escribió también el Maestro, “es un árbol plantado en el mar”.

Sé que los papagayos y los fanáticos estarán a grandes temperaturas. Ha de ser muy duro para ellos repetir ahora todo lo contrario de lo que vociferaban antes del mediodía de ayer. Carcomerán su odio y buscarán el sitio ideal donde esconder su pico. Porque la verdad, a la larga, siempre sale a flote. Y si, cuando se le otorga voz a los que critican, se escuchan verdades que han pasado por alto los más sordos, ¿por qué tildan de traidores a quienes soñamos un futuro de paz, de justicia y de entendimiento?

No tengo palabras para agradecer al papa Francisco lo que ha hecho por la nación cubana. Por eso, quiero terminar este pequeño enunciado con la oración representativa de quien él tomara su nombre, para decirle desde mi oscura cueva: ¡Qué bien lo ha hecho!

 

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:

donde haya odio, ponga yo amor,

donde haya ofensa, ponga yo perdón,

donde haya discordia, ponga yo unión,

donde haya error, ponga yo verdad,

donde haya duda, ponga yo la fe,

donde haya desesperación, ponga yo esperanza,

donde haya tinieblas, ponga yo luz,

donde haya tristeza, ponga yo alegría.

 

 

Pedro Armando Junco

 



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lunes, 8 de diciembre de 2014

La última hoja del cardo

Sobre la última hoja del cardo

 

A mi puesto de viandas y hortalizas llegó un hombre en bicicleta a comprar ajos. Tomó tres bulbos y luego preguntó el precio. Cuando le respondí que cada uno de ellos costaba 4 pesos, se deshizo del tercero inmediatamente y quedó con solo dos en la mano. Me miró muy serio y comentó: “Esto es un abuso. El precio de estas dos cabezas de ajos representa la mitad del salario de mi jornada laboral. Soy ingeniero y mi trabajo reporta muy buenos dividendos al país…”

No pude menos que preguntarle a quién llamaba abusador y, aunque no me precisó abiertamente, quiso dejar sobre el tapete que somos los vendedores por cuenta propia quienes explotamos al pueblo. Y no me extrañó en lo absoluto, porque esta es una política que se viene manejando desde hace tiempo hasta por los medios oficialistas que, luego de haber creado el “cuentapropismo” por la incapacidad estatal de resolver el abastecimiento de productos básicos a la población y llenar un vacío laboral que de otra manera habría colmado el desempleo, ahora ataca a los trabajadores particulares.

Sin embargo, con mucha paciencia desarrollé mi retórica, puesto que ni remotamente ese señor sospechaba con quien estaba conversando, y le expliqué que cuando un vendedor vende a 4 pesos una cabeza de ajo es porque la compró en el mercado libre a 3.50; que aquel que la vendió en ese mercado libre la compró a 3 pesos al que la comercializa al por mayor y este, seguramente a dos pesos al transportista que, por supuesto, no es quien lo cosecha. Y es de suponer que el productor lo liquida a un peso solamente. Le agregué que tanto el que lo cosecha, como el transportista, como el intermediario, como el vendedor del mercado y el que se lo pone en sus manos, tenemos que pagar altos impuestos al Estado por el derecho a efectuar el comercio. Pude señalarle, además, que cada una de esas cabezas de ajo han rendido al Estado una mayor ganancia en sus cinco imposiciones que la que haya alcanzado el más afortunado de sus manipuladores. Y le expliqué también que el valor real de cada bulbo es 16 centavos en CUC, la moneda con la que él seguramente adquiere en las shopping el aceite, el pollo, y cuantos productos de primera necesidad están fuera del marco liberador del cuentapropismo. Así que, si esas dos cabezas de ajo con un valor de 32 centavos representan la mitad de su jornada laboral como ingeniero de alta categoría, no era preciso utilizar una calculadora para enterarse que su salario es de 64 centavos por día de trabajo. Y terminé haciéndole entender que si el vehículo que lo transportaba desde su casa al taller y viceversa era una bicicleta, debía enterarse que quien lo estaba explotando no eran, precisamente, los trabajadores por cuenta propia. .  

Supe callar que es lamentable que un escritor reconocido tenga que vender por las tardes viandas y hortalizas en la cochera de su casa para no verse impelido a delinquir como medio de subsistencia. O que un médico ausculte primero la mano que trae una jaba con alimentos antes que el cuerpo del paciente. O que otros ingenieros o técnicos o especialistas en cualquier rama como él, según la oportunidad que ofrezca su centro laboral, atienda primero los “chivos” de la calle que a su función competitiva. O, lo que es peor: que los que sin producir un centavo se llenen la boca con la palabra revolucionarios o militantes del Partido para vivir casi como millonarios.

No sé si el hombre se marchó satisfecho con la explicación que le proporcioné gratis, junto a las dos cabezas de ajo a 4 pesos. Lo que sí sería muy beneficioso para todos que los medios difusivos del país publicaran crónicas como esta.

 

Pedro Armando Junco

 



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