El pueblo de Cuba recibió la noticia de las nuevas relaciones con Estados Unidos de la misma multitudinaria manera que dos generaciones atrás recibiera el triunfo de la Revolución y la caída de Fulgencio Batista. Una y otra vez se produjo un consenso casi general en la ciudadanía. En 1959 se lanzaron multitudes a la calle. Ahora lo habrían hecho si las organizaciones de masas estatales las hubiesen convocado. Aquella vez la explosión del entusiasmo no tuvo límites. En esta ocasión lo frenó la sorpresa y el temor a “meter la pata”. Los que pensamos un poquito estábamos seguros de que este momento llegaría, pero nunca lo esperamos tan pronto. Subestimamos la capacidad política de nuestro presidente.
Este pueblo eufórico de hoy es el mismo, con idéntica idiosincrasia, aunque con diferentes personajes. Los individuos vienen y se van, como muy bien puntea la canción de Julio Iglesias: “unos que vienen y otros que se van”. Una generación nace y muere, pero algunos de los rasgos distintivos permanecen en la siguiente. Así somos de entusiastas los cubanos. Tanto es así que a veces aplaudimos hasta lo que nos puede costar el futuro.
Debemos señalar que siempre existen individualidades y minorías en desacuerdo. Y es bueno recordarlas, porque también ellas tienen el derecho a la oposición y a refutar dialécticamente las fisuras que ven en la alegría de los otros. La verdad le pertenece solo al tiempo. Y el tiempo dirá de qué lado está la razón. Entre esas minorías que no ven como positivos los acuerdos se hallan muchos que 56 años atrás aplaudieron lo que muy pronto refutaron y tienen razón para dudar, fundamentalmente los de la otra orilla que lo dieron todo por una causa que luego no les pareció la esperada. En este juego de naipes nadie es capaz de conocer cuál es la carta premiada. Para ellos el respeto y la conmiseración de los hombres pensantes. En realidad no son “grupúsculos”, sino personas frustradas… Del lado de acá, aunque no se atreven a expresarlo, hay quienes miran vacilar sus privilegios. Sobre todo esos elementos parásitos que han vivido siempre expresando consignas que hoy han quedado en desuso.
Aquellos que, por haber perdido seres amados en esta guerra absurda de más de medio siglo han convertido su dolor en odio, tienen derecho al “rencor eterno” del que nos habla José Martí en Abdala. Pero nosotros tenemos el deber de hacerles concebir un cambio próspero en todas sus vertientes: económicas, políticas, sociales, etc., porque “el odio no construye”, dijo el Maestro; y no solo está en juego el bienestar paulatino a corto plazo, sino el urgente detenimiento de la desintegración que difumina por el mundo a la nación cubana.
¿Qué pretenden hallar los que se oponen? ¿Derrocamiento para vengarse de aquel que alguna vez le hizo daño terrible? A veces la justicia no está en la mano de los hombres y el mejor castigo es mostrarle al que nos hizo el daño que le fue inútil su empeño, porque al final estamos de pie y tan erguidos, que tienen que levantar la vista para mirarnos a la cara. Pienso que no hay mejor venganza sobre la tierra.
Por eso hoy debemos mostrar al mundo aquellos criterios que ayer pudieron tomarse como frases del enemigo. Al pasar frente a la casa de alguien que le escuché decir cosas terribles del presidente Obama, le manifesté desde la otra acera: “Primo, ¡ya Obama no es malo!”
Sé que falta un buen trecho por andar, pero ya partimos cuesta arriba. Ya emprendimos el camino donde hace medio siglo estábamos plantados al sol, en la línea de salida. Quizás haya que hay que modificar hasta la Constitución de la República, que urge desmantelar los monopolios de información e infraestructura nacional. Todo eso y mucho queda por hacer.
Tengo fe en el grupo de asesores que rodea al actual presidente de Cuba. Saludo la valentía del presidente Obama y de su equipo al aceptar el reto que ninguno de sus antecesores se atrevió a esgrimir. Si algo queda por esclarecer a los que predican modelos utópicos perpetuos, es que no hay en el campo que nos ocupa posiciones monolíticas ni legislaciones eternas según la dialéctica; todo está sujeto a cambios. Y es deber de todos llevar a feliz término esos cambios, pensando ante todo en el bienestar de la población.
Por eso yo sueño –y no se rían, por favor –con viajar por la carretera Habana-Cayo Hueso, que estuvo en proyecto y nunca se ha llevado a cabo. Sueño con la posibilidad de construir el Canal por la llanura Habana–Matanzas, que ingresaría al país una riqueza mayor que lo que se espera del Mariel debido a la viabilidad de todo el comercio de norte a sur y viceversa en el continente, porque agregaría, además de la compensación por el tráfico marítimo, una zona franca casi tan importante como la panameña. Sueño, ¿por qué no? –aunque a Maduro no le guste –con un tratado de libre comercio Cuba–Estados Unidos para que cada familia cubana en el exterior, sin pagar intereses aduaneros, les haga llegar el carrito viejo que desecharon, a todos los que hoy andan en bicicleta. (Es bueno acotar que cuando eso llegue, el dueño de la ciudad que eliminó los parqueos de automóviles porque piensa que los cubanos solo saben andar a pie, va a tener grandes tropiezos de ubicación automovilística).
Eso y mucho más podemos soñar, siempre que la paz, el amor y la concordia sean la premisa fundamental de todos.
Nos vemos el próximo año.
Pedro Armando Junco
