domingo, 10 de marzo de 2024

VALORES

Ayer, uno de los equipos electrónicos de mi casa presentó problemas y tuve necesidad de buscar a un especialista para que lo arreglara. Cuando di con el hombre se quedó mirándome unos segundos, pero no dijo nada. Dejé el equipo en su oficina y cuando fui a buscarlo hoy, ya compuesto, se negó rotundamente a cobrar su trabajo. 

—Al menos permítame una propina—, le dije.
—No amigo mío —me respondió. Usted me ha pagado, y mucho, al tomar mi voz y decir en público lo que yo no he tenido valor de expresar. 

Unas horas después, cuando fui a la bodega a buscar el pan —que por fortuna, vino hoy— con este asunto de la libreta nueva, el joven dependiente se equivocó y me echó una bolita de más. Al devolverla, como es natural en cualquier lugar del mundo, el muchacho expedidor quedó pasmado ante mi actitud y al reaccionar sonrió como el que mira un bicho raro. 

Hace solo minutos, escuché el pregonar de un vendedor de papas en bicicleta. Salí a su encuentro con una jabita de nylon y mi pequeña pesa electrónica en las manos. 

—¿A cómo es la libra?
—A 200.
—Dame una, pero yo rectifico con mi pesa, porque ayer otro vendedor callejero nos estafó con su pesa adulterada. 

El carretillero no me puso objeción y hasta me permitió escoger las papas. Al ver que estaban sanas y grandes, eché en la jabita hasta pesar dos libras. Le di un billete de 200 y subí a mi casa, que fue allí cuando me percaté de haberle pagado sólo una libra. Acto seguido, corro a mi cartera y logro alcanzarlo cuando ya se marchaba: 

—Mira, yo te pagué una libra pero tomé dos —le dije alcanzándole el resto del dinero que faltaba. 

El carretillero quedó estático ante mí, mirándome desde la cabeza hasta los pies, con el embobamiento de quien acaba de avistar un marciano. 

Actitudes como estas, que encajan dentro de la normalidad de una sociedad civilizada y culta, resultan extrañas en la nuestra. Y así es Cuba hoy: en la que un acto de honradez sorprende más que un acto delictivo. Esa no es la nación que soñamos dejar establecida a nuestros hijos, porque los valores humanos serán mucho más difíciles de recuperar que la economía y la justicia.

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