jueves, 6 de septiembre de 2012

Especulaciones sobre el cambio



–Muy acertado estuvo Carlos Marx cuando aseguró que la evolución era constante e indetenible. Esta ley, vigente tanto en la física como en la sociedad, es el punto final para las ambiciones humanas. No obstante a ello, hay hombres que la ignoran y hasta parece no tenerla en cuenta a la hora de ejecutar acciones arbitrarias en su afanosa escalada y permanencia en la riqueza y el poder. Esa ley evolutiva está estrechamente ligada a la ley de la igualdad mortuoria, que a todos nos coloca en un mismo sitio cuando nos desintegra y nos lanza otra vez, en eterna evolución, a la inmensidad del universo.
Eso conversábamos entre amigos aquel febrero del año 2008 cuando el vitalicio presidente cubano abdicó su poder en su hermano menor.
–El tiempo no perdona… –comentó uno.
–Es una dinastía igual a la coreana –aseveró otro.
A mí solo me dio por especular sobre qué nos traería el cambio. Con los años he aprendido a ser meticuloso en los análisis, sobre todo en política –no sé por qué la política nos atrae a todos a pesar de la plena conciencia del poco peso de nuestras opiniones –, y expuse a mis amigos que pertenezco al grupo de cubanos que no les interesa tanto un cambio de gobierno, como que el gobierno cambie.
Dicho de manera más diáfana, gústele o no a los fundamentalistas de izquierda o de derecha, no nos interesa el nombre propio del principal gobernante del país, sino que ese hombre trabaje para el bien común de todos, no utilice el poder para sojuzgar a nadie y, sobre todo, escuche nuestras demandas, nos respete y nos tenga en cuenta a la hora de tomar importantes determinaciones.
A partir de aquel febrero de 2008 muchas cosas comenzaron a cambiar. En voz baja, es cierto; porque todavía quedaban –y quedan aún –pequeñas fuerzas radicales obstructoras del camino hacia el bien común y el desarrollo verdadero. Además de esto, el nuevo mandatario recibió en sus manos –como habría dicho mi madre en su léxico criollo –“…de sopetón, una olla de grillos”.
Una de las primeras sorpresas fue el reconocimiento pleno de los “gay” en la sociedad. Aquellos que miraban despectivamente a los homosexuales en seguimiento a lo orientado por la política gubernamental de los primeros años de una Revolución que pretendía el hombre irreprochablemente viril, les chocó muchísimo el efecto de rebote de la medida y hasta temieron ver convertida a su amada patria en un harem de maricones. Pero el pueblo lo asimiló y aquellos fundamentalistas que en los años sesenta llenaron los campos de las UMAP de estos infelices solo por sus preferencias sexuales y religiosas, han tenido que comerse las uñas. Ahora arguyen que “fueron otros tiempos”, como queriendo engañar a la historia, que siempre los señalará como opresores.
Del mismo modo han tenido que tragarse el cambio de la libertad religiosa de hoy aquellos que perseguían los asistentes a las iglesias, les obstaculizaban cargos importantes, matrículas y militancias y los marginaban del ámbito cultural sin tener en cuenta la capacidad y el talento sobresaliente.
Más que el Bosque de las banderas, la excarcelación de los 75 presos políticos acalló la voz de quienes la reclamaban y comenzó a surgir un ámbito de entendimiento y coexistencia entre las parte beligerantes. El derecho a expresar las ideas con entera libertad, sin el temor a recibir represalias emergentes, también debe ser señalado como un cambio, aunque es muy saludable recordar que todavía en este aspecto queda mucho camino por recorrer.
Hoy, a pesar de las cargas burocráticas que arrastramos como remanente de políticas erradas, somos dueños de nuestras viviendas y nuestros automóviles; podemos hacerlos efectivo y marcharnos del país si nos viene en ganas con el dinero en los bolsillos. ¡Pobres aquellos que al marcharse de Cuba en anteriores décadas tuvieron que dejar hasta los aretes de sus orejas y las sortijas de sus dedos!
Queda mucho por hacer, es cierto. Existen muchos burócratas que sustituir por hombres capaces, inteligentes y bien intencionados. Quedan muchas leyes por revocar, sobre todo aquellas que impiden al hombre disponer de lo que sus manos siembran, procrean y capturan sin el monopolio del Estado; sobre todo urge el beneplácito de la ley para el libre comercio y consumo de productos alimenticios, que todavía desacredita el derecho ciudadano de nuestra sociedad.
Nunca podrá hablarse de justicia social mientras exista una moneda para el cobro de los salarios y otra para la adquisición de los artículos de primera necesidad, mientras los artículos de manufactura nacional, creados por las manos laboriosas del pueblo que trabaja, se oferten a ese mismo pueblo a decenas de veces por encima de su costo de producción.
Tampoco podrá explayarse al mundo la libertad de expresión absoluta mientras la prensa, la radio y la televisión estén vedadas a quienes escriben criterios diferentes a los oficialistas. La información bloqueada durante medio siglo, como el agua retenida en la represa, gracias a otros medios alternativos de difusión ha sobrecargado las contenciones de los muros, que ahora, resquebrajados e impotentes, presentan las fisuras propias del tiempo en el desarrollo tecnológico, y comienzan a mostrar brechas cada vez mayores.
Sin embargo, los cambios se están originando pacíficamente. ¿De qué serviría violentar el método que el actual presidente utiliza en su intento por reestructurar el país, cuando cada paso que se da indica lo urgente de procedimientos opuestos a los que se han venido desarrollando durante medio siglo? Ante la convicción de que la evolución, tal y como la plantea Marx, se eleva en espiral, indetenible, siempre hacia una forma superior, burlando cualquier metodología impuesta por un solo hombre, pienso que “lo que ha de ser, será” a despecho de las intencionalidades humanas.

Pedro Armando Junco

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