miércoles, 31 de agosto de 2011

La Odisea de King Cañete

La furia de los vientos fue el libro que me sacó de la oscuridad. Para no dejar un vacío temporal en aquellos que siguen mi blog, voy a colocar hoy un capítulo de este libro. Como es un poco extenso lo dividiré en dos partes. Ahora colgaré la primera y la próxima semana –o antes –la conclusión. Espero que les guste.

Pedro Armando Junco
LA ODISEA DE KING CAÑETE

A Onelio Jorge Cardoso (I.M.)

“Con fecha veinte de noviembre el señor Maldonado nos informa que un cayo conocido por El Contrapunteo había desaparecido:

“—A todos los cayos parece que les han dado candela. Los manglares desaparecieron por completo... —Nos informó este amigo, excelente marino”.

Memorias del huracán de Camagüey 1932, por José Carlos Millás, director del Observatorio Nacional. (Archivo del Instituto Nacional de la Academia de Ciencias de Camagüey.)

Antes de conocer a King lo imaginaba diferente. Un hombre que tenía veintinueve años cuando sucedieron los hechos que ahora nos va a narrar, debería ser un anciano si se toma en cuenta que nos separan casi cincuenta y tres años de esos hechos. Y en busca de algo así como un patriarca venerable, de largas y canosas barbas, achantado en una poltrona antigua, casi inválido, ciego por los años y por una aventura increíble, fui a su casita humilde de la calle Línea, no lejana del mar, pintada de un color rosado intenso que la hace resaltar fácilmente de las otras viviendas que la circundan.
De antemano conocía algo de su historia porque en las entrevistas realizadas a otros “cicloneros” frecuentemente salía a relucir el nombre de este individuo del cual se cuentan muchas cosas. Ya sabía que era manco debido a un accidente automovilístico; protagonista de una de las historias más relevantes del desastre de Santa Cruz del Sur.
Aquella tarde que llegué a visitarlo llamé a su puerta y un hombre salió a saludarme. Entiéndase bien. Hombre: erecto, de mirada de águila, con la camisa a medio abotonar, colorado hasta no más. Nadie habría de pensar que se trataba de King Cañete.
Al conocer la admiración que me inspiró su estado juvenil, levantó su antebrazo mutilado y con él se pegó fuertemente sobre las costillas —parecido a como hacen los gallos— que retumbaron igual a bongoes. Acto seguido y con su “mocho”, también soltó un par de golpes en la dura madera de la puerta para aseverar que “aún queda hombre en este cuerpo”. Luego lo he visto haciendo mandados en bicicleta o recorriendo el pueblo, con una sola mano en el manubrio y disfrazándose de sol bajo un sombrero de yarey de alas muy grandes.
Así es King a los 82 años: un “pepillo audaz”, que ayuda a su nieto Joseíto a disecar mariscos; siempre intranquilo y risueño, listo para las respuestas y de “pico fino”para las narraciones como el Juan Candela de Onelio Jorge Cardoso.

El veintiseis de octubre de 1932 —trece días antes del nueve de noviembre— partí de Santa Cruz del Sur con mis amigos Julio Lai, Jorge Naranjo y Ramón Izquierdo.
La pesca del carey era el objeto de aquel viaje que —abruptamente convertido en odisea— sólo a mí me otorgaría salvoconducto de regreso.
“El Gustavo” era una lancha con cubierta —de mi propiedad y de mi orgullo— que en sus despensas llevaba dos pipas que contenían agua dulce. Esta medida la tomábamos por cualquier imprevisto en alta mar, ya que en los cayos contábamos con casimbas naturales, de más de un centenar de metros lineales de agua fresca y potable, mejor incluso que la que cargábamos desde Santa Cruz, porque este pueblo no tenía acueducto ni manantiales y se nutría en la primavera del precioso líquido almacenándolo en unas pipas gigantescas conocidas por curvatos.
Pero en Santa Cruz cargábamos también el resto de la vitualla: digamos, un quintal de arroz, varios sacos de viandas, una vasija de manteca, media caja de latas de puré de tomate y otra caja completa con veinticuatro latas de buena salchicha que usábamos contra el aburrimiento de comer mariscos.
Ese mismo día 26 de octubre hicimos noche en cayo Bergantines.

Cayo Bergantines era la escala de aquellos pescadores intrépidos. Largo y estrecho, como muchos otros, estaba recubierto por hermosas playas de arena blanca y fina, pero era inaccesible al curioso que intentase adentrarse o atravesarlo diametralmente debido a la superficie rocosa y enmarañada de espinos.
Sin embargo, cayo Bergantines también poseía su casimba de agua dulce, sus almendros, frondosos y frescos, sus cocoteros empinados y ricos en frutos.
Era un cayo de paso.

Abundaba la pesca, pero cayo Largo era más apetecible por su playa rocosa atrayente para los quelonios.
Bajo las yuraguanas y los almendros hacíamos noche, para luego, al amanecer, continuar viaje hasta cayo Largo.
Ramón era el más conversador de todos. Julio el más viejo, que nos hacía el café por la mañana.
—¡Levántense, cabrones! —gritaba—. ¿No ven que ya es de día?
Y era cierto. Como dormíamos bajo cubierta no alcanzábamos a percibir los albores de la mañana.
Aquello era una fiesta.
Hoy se estila ir a pescar por esos cayos, pero yo estimo que la gente de hoy va muy acomodada: neveras con cerveza, cajas de ron y, en fin, no pescan nada. Claro que me refiero a los dirigentes y a los turistas.
Para nosotros no. Era nuestro trabajo; y los riesgos y aventuras, el contacto del mar, el barco, las cornúas, que son frecuentes a orilla de esos cayos, constituían en cierto modo nuestra diversión. Pero la diversión mayor era el trabajo.
No se puede dar de lado al paisaje, los animales, la vegetación. Se ven hermosos los cayos; saturados de llanales, mangle prieto y colorado, patabán, uva caleta. Y el té de costa, que hervido con huevos de carey se llama “chamamá” y es un buen cocimiento, alimenticio, que se toma con galletas de agua.
Teníamos ranchos de yuraguana por esos cayos, con soleras de veinte o treinta pies de largo, horcones de mangle y piso de lajas. El techo era de guano campeche, que no tiene espinas y lo clavábamos a los cujes.
En Boca Grande existía un cocal de más de ochenta matas. Pero allí no había pejes.
La salvia marina echa ramos de flores ovalados de color gris y sirve para la picazón. El tebenque es como la verdolaga y también es medicinal. Los hicacos son parecidos a la guanábana por su forma.
De la fauna marina, el hipocampo o caballito de mar es el más bello e interesante, porque se le diseca y se perfora y se le cruza un cañamito y cura el asma si lo llevamos al cuello. De entre los quelonios, el carey tiene exquisita carne, pero la de tortuga es la mejor de todas porque la caguama tiene mucho marisco.
Pájaros hay muchos. Digamos, la corúa, que es como un pato, que margulle y va a buscar al fondo, su pescado; la marbella, que es prieta, con las guías de las alas blancas y con el pico curvo como el águila.
Los flamencos rosados, con canillas de un metro de alto. Debido a sus canillas tan largas fabrica un nido de fango en forma de torre y cuando se seca el fango el flamenco se sienta y pone sus huevos: es un pájaro hermoso que parte las almejas con su pico para alimentarse. Las sevillas, color rosa, que son como gallinas de pico acucharado y carne amarga; las garzas, que pescan en las lagunas, y el guanabá, parecido a la garza pero que es gris.
Hay caimanes de diez pies y más de largo que hacen cuevas bajo las raíces de los grandes árboles, atacan en el agua de las lagunas y en ocasiones también se meten al mar. Hay iguanas de hasta un metro de longitud; durante el celo se desguazan unas a otras y los machos se matan con su espinazo erizado. Las hembras ponen en la arena como las tortugas, pero sus huevos son de dos filos y alargados.
Jutías hay muchas en cayo Chocolate. Lagartos. Majáes de dos metros, tornasolados, de piel bonísíma para hacer zapatos.
Cayos hay miles. Cayo Mariflores tiene una casimba que surte su agua mediante el pito de una cañabrava. Este cayo tiene la originalidad que todo niño que llevan a vivir allí se enferma y se muere. No se sabe cuántos pescadores que allí se radicaron perdieron a sus niños. Por allí está cayo Mosquito, Alcatráz, Alcatracito, Cinco Balas, cayo Bretón, que tiene un faro de cien pies, cayo Peralta, Cachiboca, que tenía una caseta de Martínez Milanés con otro faro. Bártulo, Las Auras, con sus playas de arenas finas y blancas, cayo Largo del Sur, rico en quelonios.
El día veintisiete bien temprano dejamos cayo Bergantines y nos establecimos en cayo Largo a tres o cuatro leguas de allí, con carácter definitivo para nuestra faena. Cayo Largo es idóneo para la pesca del carey; sus bancos de piedra tienen una profundidad de tres a cinco brazas de agua que al terminar presentan un abismo de hasta quinientas brazas. Nosotros calábamos las redes en el límite de ambas profundidades. El porqué hacíamos aquello es fácil de comprender: a los quelonios les resulta menos difícil alimentarse en las zonas bajas y a los bancos de piedra acuden siempre a comer. A la salida, nuestras redes, de tres o cuatro brazas de calado, les cerraban el paso. Usábamos boyas de madera pintadas de blanco, parodiando careyes, y que eran bien visibles en la superficie; al otro extremo las potalas estiraban el orinque hacia abajo. Desengancharlas cuando se enredaban en las piedras era tarea mía, por ser el mejor nadador de los cuatro, y a esa característica hoy le debo la vida.
Al otro día de calada la red, fuimos a ver los paños. Nueve pejes cayeron esa noche: tres tortugas, tres careyes y tres caguamas Ocho días después teníamos diecinueve quelonios a bordo. Una cornúa sucumbió también en nuestras redes. Se ahogó en el batallar con el orinque, porque, no es cosa que se conozca mucho, pero también los peces se ahogan. La desenredamos y la echamos al agua.
Se hacía absolutamente necesario en aquellos viajes de varios días llevar una radio a bordo. La conectábamos a la batería de la lancha para estar al tanto de cualquier noticia importante, como ocurrió esta vez.
El cuatro de noviembre supimos que un ciclón amenazaba la costa sur de Cuba. El ocho se puso turbio el mar. Veloces, bajo el cielo, se desplazaban los celajes.
En cayo Largo hay una pequeña ensenada que conforma un lagunazo en el interior del cayo. Allí metimos nuestra lancha para protegerla de la tormenta que se avecinaba. Clavamos un muerto de mangle prieto y amarramos satisfechos a nuestra compañera de viaje. El día nueve hacia el amanecer no eran muy fuertes los vientos que se percibían. El ciclón, aparentemente, nos soslayaba y continuaba viaje rumbo a Júcaro.

Ni King Cañete ni algún sobreviviente del huracán de 1932 ha reconstruido sus memorias sentado frente a un mapa donde aparezca trazada la trayectoria del meteoro. El término recurva se presenta también muy adulterado en la concepción popular y alejado del sentido con que lo utilizaban los redactores de los partes meteorológicos.
En primer lugar, es cierto que el huracán soslayó ligeramente a Santa Cruz del Sur; de haberlo centrado no hubiera dejado piedra sobre piedra, ya que en su lento movimiento de traslación y su intensidad descomunal habría barrido el litoral y el pueblo como barrió los manglares de la cayería. Su entrada a tierra se produjo, en efecto, en las inmediaciones de punta Macurijes, en algún sitio equidistante entre Júcaro y Santa Cruz del Sur, próximo a la desembocadura del río San Pedro. Desde que azotó las costas del sur de Camagüey hasta que penetró al Canal Viejo de Bahamas transcurrieron doce apocalípticas horas.
Los meteorólogos de la época aguardaban constantemente la llamada recurva, del huracán; las características de la zona en que éste se movía, sembrada de cayos y de islas que obstaculizaban cualquier trayectoria normal, las contradictorias corrientes marinas del archipiélago, así como la impredecible presencia de otros fenómenos como las bajas barométricas, no podían definir la trayectoria del ciclón en un rumbo determinado. Pese a esto, la lentitud con que se desplazaba por el mar, su casi total discontinuidad de traslación, hacía predecir un cambio brusco en su trayectoria; es a este fenómeno al que los partes aludían como recurva La misma se inició el seis de noviembre, entre las seis de la mañana y la media noche, frente a las costas de Nicaragua (señaladamente entre el cabo Gracias a Dios y las islas Swan), se verificó como un rumbo de inminente peligro para Camagüey el día ocho de noviembre a las siete de la tarde.

Noviembre seis. Casablanca, 12 m.

El ciclón del mar Caribe se hallaba esta mañana a unas setenta millas casi al sur del Bajo Rosalinda, Ha aumentado en intensidad y en diámetro y aparentemente se mueve entre el oeste y noroeste. Considerando la época puede recurvar en cualquier momento, en este caso con graves peligros para Cuba.

Noviembre siete. Medianoche.

Se avisa que el huracán se encontraba esta noche a las siete a unas setenta millas al estesudeste de la isla Swan moviéndose muy lentamente, lo que puede explicarse, por la preparación para la recurva. No se puede precisar el área de más peligro para Cuba pues esto depende de la futura dirección del meteoro.

Noviembre nueve. 2 : 00 am. (Por telégrafo).

URGENTE. Centro huracán. 7:00 pm. (día ocho). A ciento cincuenta millas al oeste de Jamaica. Moviéndose al norte nordeste. Mayor peligro para zona de Camagüey.

Memorias del huracán de Camagüey 1932 de Juan Carlos Millás.

El oído popular, domesticado ya por la utilización del término recurva, estaba preparado para un fenómeno atmosférico que entraría por un punto determinado y saldría unas horas después por el mismo lugar. Lo que ocurrió fue lo siguiente: el borde anterior de aquel gigantesco aro de vientos tocó las bajas costas del litoral sur de Camagüey, soplando de este a oeste y con mayor actividad en su parte derecha, como es característico de los huracanes que se forman en este hemisferio; al avanzar, el mismo aire, accionando siempre de forma circular en sentido inverso al de las manecillas de un reloj, soplaría entonces de sur a norte y no de este a oeste, ya que el vórtice, el centro del huracán, no interesó nunca a Santa Cruz del Sur.

Pero arreció.
Bien sabíamos que si con el batuqueo se nos desbarataba la lancha estábamos perdidos. Por eso tomé diez mecates, así de este gordo cada uno y comencé a ponerle cabos a “El Gustavo”. Amarré nueve cabos con el huracán batiendo.
Antes de asegurar el último, grité a mis compañeros para que saltaran a un árbol vecino. Y así lo hicieron. Pero las ráfagas eran terribles. Algunos cocoteros se doblaban y besaban con las pencas la playa, como agachándose para soportar el empuje del viento. Pero les era inútil. Esta fugada lo ablandaba algo, la otra más, la otra más, hasta que eran arrancados de cuajo y lanzados lejos. Los manglares y demás árboles frondosos eran descuajados poco a poco también; un gajo y otro y otro hasta que sólo les quedaba el tronco si no había ido a hacerle compañía a las ramas.
Los animales no escaparon con vida. Ni los peces siquiera. La furia del huracán los destrozaba como juguetes frágiles. Y mis amigos eran tres monos espantados que con ojos atónitos estaban contemplando el final del mundo encima de aquel árbol.
Apenas me dio tiempo de terminar el último amarre. Una ráfaga enorme sacudió todo aquello, partió los nueve cabos de un tirón, y, con estos ojos —que ya no volverán a asombrarse— pude ver cómo el ciclón nos arrebataba nuestro barco, a brincos y cabriolas como si fuera de papel, soltando los pedazos y el avituallamiento hacia el espacio abierto, sobre un mar incontenible.
Todo fue en un segundo. Me hallé salvado de milagro, aferrado del extremo del último cabo, reventado también, pero que había permanecido prendido al muerto. Mis compañeros se asombraron al verme subir al árbol, porque pensaron que yo me había perdido con mi lancha.

Contunuará…

Pedro Armando Junco

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