miércoles, 11 de enero de 2012

Buscando un nombre para los maricas

En los días que corren se abren a menudo debates muy interesantes sobre la homosexualidad. Pienso que evadir la oportunidad de entrar en la palestra, no solo deja en cueros mi código de conducta, sino produciría una oquedad en mi arsenal de conceptos filosóficos.
Paradójicamente a la persecución desarrollada durante más de treinta años, la política gubernamental –que desde hace más de medio siglo todo lo rige y determina en Cuba –aprueba hoy, con letras mayúsculas, auspiciada por la hija del actual presidente, esa vertiente de la conducta humana que da preferencia al individuo por personas de su mismo sexo. Ser maricón hasta hace poco tiempo era algo deleznable y sucio, como peligroso lo fue durante las primeras décadas de la Revolución. Los maricones cubanos de los años sesenta y setenta tuvieron que compartir los campos de las UMAP junto a disidentes convencidos y religiosos obstinados. Para colmo, cuando el éxodo de Mariel, les hacían redadas, los recogían en sus barrios de origen, los citaban en sus casas, se los consideraba “escoria social” y los encaramaban en una barcaza cualquiera que viniera en busca de familiares, para que abandonasen la patria para siempre. Años más tarde los disidentes y religiosos mantuvieron en alto sus criterios y sus creencias, pero muchos de quienes hoy nos ocupan –excluyendo solo algunos como Reinaldo Arenas –reptaron a través de los años, escaparon de la exclusión ataviados de hombría, y hoy hasta son capaces de sobresalir en la dirigencia de significativas organizaciones.
Pero apartémonos por completo de las posiciones gubernamentales, convencidos fehacientemente de que han sido siempre una cuerda de nylon que se estira y se encoje ante las necesidades políticas del momento, aduciendo que tal conducta es llamada –según el marxismo –dialéctica moderna.
Preguntémonos, ¿qué es ser maricón? Bueno, según la Academia Española de la Lengua, es ser sodomita, palabra incorporada a nuestro idioma por antonomasia, en honor a los habitantes de la bíblica ciudad Palestina que fuera cuna de la “práctica del coito anal”. Pero a los maricones no les gusta ese apelativo. No sé por qué, puesto que es rigurosamente el que deben llevar. Preferentemente les gusta ser llamados “gay” u “homosexuales”. La primera, una acepción inglesa que nada tiene que ver con nuestra lengua, y la segunda aglutina a todos aquellos seres de un mismo sexo: homosexuales son también las lesbianas, y hasta cabe allí cualquier tipo de criatura –humana o no –que tenga preferencia sexual por seres de su mismo género. Si en algo puede valer el siguiente ejemplo quiero decir que cuando hablo de équidos, incluyo a todos los cuadrúpedos que tienen una sola pezuña al final de la pata: burros, mulos, acémilas, caballos y hasta las cebras africanas pertenecen al grupo de los équidos; sin embargo, al decir caballar solo me estoy refiriendo a los caballos. Por tanto, cuando necesito mencionar a hombres que gustan de otros hombres para el acto sexual, nada mejor que la palabra maricón, a despecho de quienes la rechazan. La terminación aguda con fortaleza en la última vocal quizás tenga algo que ver con la repulsión que sufre dicho término, hasta el punto de ser utilizado como apelativo de ofensa al más alto nivel. Mas no hay que olvidar que palabras como campeón, león y cerca de 2500 vocablos más de nuestra lengua, poseen idéntica terminación, suenan con la misma agudeza, y no por eso caen mal a quienes se las adjudican. La desabrida expresión –pienso yo –debe su infortunio porque, a lo largo de los siglos, se ha utilizado como la peor de las ofensas con que se vitupera a un hombre.
Nuestro rico idioma, al extremo de lo absurdo, se presta para las ambigüedades y los malos entendidos cuando no hay un conocimiento profundo del mismo. Así que a muchos les cuadra decir que aquel gran genio griego que fue Sócrates, era homosexual. Y nada tan lejano de la verdad. Porque no es lo mismo amar a otra persona de nuestro mismo sexo, que introducirse por el ano el pene de aquella persona y gozar con ello. Sócrates amaba a Alcibíades y lo declaraba sin ambages. Era común por esos años –y hablo de veinticuatro siglos atrás –tener un amante. Acaso cuestiones de época. Y Alcibíades tuvo el privilegio de ser amado –quizás por sus éxitos políticos o militares –por uno de los hombres más sabios que a parido la humanidad. No obstante a ello, el mismo Alcibíades confiesa en El Banquete que se acostó en cueros junto a Sócrates toda una noche y su amante no lo tocó ni con el dedo. Amar un hombre a otro hombre nada tiene que ver con la homosexualidad. El amor no tiene por qué estar perpetuamente –como cree la mayoría poblacional –ligado con el sexo.
Yo amo a mi hijo con ternura, y me ha gustado besar y sentir el calor de su cuerpo desde que era pequeño, hasta hoy. Yo amo la memoria de mi padre como amo a los hombres sabios que ayudaron a desarrollar el mundo a través de los siglos. Recuerdo, a propósito, una cuarteta que escribí a mi hijo cuando aún él era un adolescente:
Hombres he vivido amando
dos, igual que te amo a ti:
a tu abuelo Pedro Armando
y a nuestro José Martí.

Era la confesión más profunda de los sentimientos humanos –y perdonando el paréntesis –, ignoto misterio que nos hace pensar en que Dios existe; porque la materia, por sí misma acaso pueda evolucionar, pero no alcanza, por casualidad, grado tan sublime. Amar es una efusión que pocos somos capaces de alcanzar. Amar abarca desde el sencillo deseo de acariciar al otro, hasta la determinación abrupta e impensada de entregarse a morir por el amado, como sucede hasta en lo animales más feroces cuando una madre expone su vida por salvar a su crío. Solo el género humano ha sido capaz de parir criaturas como esas madres que practican abortos por cuestiones tan irrelevantes como el qué dirán o temor al futuro económico que las aguarda. Alguna, incluso, ahoga al nacer aquel organismo salido de su vientre, o cuando menos, lo abandona en la clínica materna donde lo dio a la luz solo unas horas antes. No hay que dudar entonces, que esa inclinación por realizar el coito con alguien de nuestro mismo género sea también otra aberración de nuestra especie.
Pienso, pues, que ese amor por mi hijo, por la memoria de mi padre y por la elegancia espiritual del Apóstol de Cuba, no puede interpretarse como homosexualidad. Nada hay de inicuo en eso. Sin embargo, es allí, en la falsa ambigüedad de amor con sexo, donde se confunde a una población poco analítica o escasamente instruida, y los maricones encuentran el refugio ideal para guarecer sus lucubraciones sodomitas. Pretenden hacernos creer que gustar del sexo anal con otro hombre, es amar a ese otro hombre; y no quieren aceptar la diferencia abismal que separa ambas actitudes.
Todavía a los maricones puede subdividírseles en varios grupos: los feminoides y los bugarrones, palabrita esta última muy cubana, hecha exclusivamente para los que penetran con el pene a los otros y que vulgarmente ahora, en esta época donde a las prostitutas se les trasmuta el nombre en “jineteras”, se dan a conocer como “pingueros”. Mucho se habla en el argot popular de que “el que apunta, banquea”, en clara referencia a que este tipo de homosexuales ejecuta las dos posturas por igual, según las circunstancias y las exigencias de su pareja. Y puede que sea cierto. Pero hay un tipo de bugarrón que es tan asiduo al trasero de los machos, como nosotros al encantador abultamiento nalgatorio de las féminas y lo distingue del pinguero en que este último cobra su servicio en moneda dura al turista maricón que nos visita.
En tercer grupo y aparte, se me ocurre situar a ese tipo de elemento soez y descarado que alardea de su travestismo y sale a la calle provocativamente a “lucir” su indecorosa imagen y hasta pretende crear su mafia e inclinar a toda la población hacia su conducta y a tomar partido por ellos. Este tipo disgregante echa estiércol encima de aquellos que por naturaleza presentan conductas femeninas.
A fin de cuentas, considero la mariconería, en cualquiera de sus propensiones, como un extravío de nuestra especie, pero admito como atenuante lo proclive del ser humano a ir en busca –gracias al privilegio de su inteligencia –de novedosos y desandados caminos. El homo sapiens ha llegado hasta donde hoy, gracias a ese atrevimiento que trae implícito en las neuronas de su cerebro. Errar, ante esta proyección tan suya, es aceptable. Criticar dichas posturas por quienes no las compartimos, es lícito. Atacarlas con el propósito de acabar con ellas, no solo es injusto y cruel, sino trasgresor de ese afán humano por buscar nuevas vertientes existenciales.
Si como dice el Apóstol, “libertad es el derecho que tiene todo hombre a ser honrado”, puedo conjeturar que es el derecho de cualquier individuo a hacer de su vida todo cuanto le venga en ganas, siempre que no perjudique a otra persona o a su conjunto como sociedad. Habla el Apóstol también en ese párrafo de la libertad “de pensar y de hablar sin hipocresía” como requisito indispensable para considerar a un “hombre honrado”. Castrar el derecho a que dicho hombre haga el sexo con otro hombre es, por lo tanto, faltar a la libertad individual de cada ser humano, aún cuando pueda aludirse al peligro de proliferación de enfermedades venéreas como el SIDA, que toma como medio de transporte preferencial el intestino grueso de nuestra especie. Si algún leguleyo consigue probar que la propagación del SIDA se debe a las penetraciones anales que ejecuta el infectado –y parece ser cierto –, entonces ser maricón es perjudicial para la sociedad y deben tomarse medidas profilácticas adecuadas. Pongamos un ejemplo: un infectado penetra a un hombre con esposa –esto, aunque parece extravagante, sucede, pues hay a quienes les gusta que le den por el trasero y andar enmascarado en matrimonio normal –. Esta esposa, luego de quedar infectada contagia a su amante –porque hoy es muy corriente que mujeres casadas mantengan amantes –y así se desarrolla una cadena de transmisión que perjudicará a no pocos inocentes –. A veces me da por pensar que estos límites apocalípticos los coloca Dios a nuestra especie para que no escapemos del alcance de sus manos.
Con todo esto sobre el tapete, aún me queda por decir en defensa de los homosexuales –y aquí incluyo también a las lesbianas –que muchas de estas personas prefieren la compañía de alguien de su mismo sexo no solo por la atracción erótica, sino por similitud de intereses, mejor entendimiento en sus gustos y rechazo al matrimonio heterosexual que trae consigo compromisos sociales muy embarazosos a largo plazo.
Tampoco puedo olvidar que existe un grupo de hombres afeminados que no son maricones, y en su mayoría, en cumplimiento cabal de su rol femenino, suelen ser hijos más cariñosos y dedicados, amigos más fieles y celestinos inigualables. Muchos amigos tengo así, con características extremadamente positivas, que van por el mundo con la frente en alto sin que nadie pueda tocarlos en su ética, que son acreedores de la admiración y el respeto de todo el que se le acerca a pesar de su afeminamiento y a despecho de quienes aseguran que “el maricón cuando no la hace a la entrada la hace a la salida”. Son personas finas y educadas que muchas veces se convierten en blanco de elementos mediocres y reciben de estos ese feo calificativo. Las capas más incultas de la sociedad –sobre todo en el campo –asocian la virilidad solo a la bravuconería, a la tosquedad y a la falta de delicadeza masculina.
No obstante a los pro y los contra, no tomo partido por los maricones, pero sí por la libertad de cada individuo para con su cuerpo, siempre que su conducta no tuerza o desfigure las nuevas generaciones que emergen a la sociedad. También quiero hacer hincapié, en que todo individuo honrado de ese grupo debe asumir su conducta sin tapujos y aceptar y congratularse cuando se le llame en la calle o cualquier sitio “maricón”, hasta tanto nuestros especialistas en lengua española no encuentren otro término menos fuerte para denominarlos.

Pedro Armando Junco

1 comentario:

  1. Junco,pruebo d nuevo a ver si se publican los comentarios,ya te dí mi opinión d este artículo.
    Luis.

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