domingo, 6 de marzo de 2016

La Ciudad de Dios

Tomado de la revista La hora de Cuba

 

Me trasladaron a esta gran ciudad sin otra explicación que curarme. Es un lugar extraño, porque todas las mañanas amanece lloviendo, sin excluir la estación de sequía. Llueve a cántaros, y me despierto con el tintineo de la lluvia hasta que amanece; en aquel momento todo brilla de luz: las calles quedan limpias otra vez y secas como por arte de magia. Y surge el sol, radiante.

Por la mañana, apenas me levanto, ya está tocando a la puerta el enfermero con su pastilla. Y allí mismo, frente a la entrada de mi casa –como luego en la vivienda de cada vecino– nos obliga, con sonrisa sarcástica, a tomar la pastilla. Así que abro la boca, me pone la pildorita en la lengua y espera a que me la trague. Él mismo se ocupa de brindarme el vaso con agua, que ya trae a propósito en su mochila. Luego guarda el vaso otra vez en aquel bolso y me hace sacar la lengua, no sea la haya ocultado, sin tragarla, y luego la escupa. Casi se mete dentro de mi boca el muy perverso, y rastrea con el dedo debajo de mi lengua. Al comprobar que, efectivamente, ya tomé el medicamento, vuelve a sonreírme sin pronunciar palabra, y toca en la casa siguiente con una rutina escalofriante. La pastilla, muy ácida, no hace más que caer en el estómago y es como si, en vez del estómago, fuera a dar hasta mis testículos, pues siento un estremecimiento que me los oprime.

Esta ciudad es muy rara. A mí hasta me cambiaron el nombre. Tampoco existe la radio, ni la televisión, ni el cine, ni la prensa escrita. Las noticias las conocemos solo por un oficiante que llama al santuario todas las tardes, casi al anochecer, para informarnos. Toca a rebato las campanas de su templo y acudimos en masa, sin dilación ni pretexto, a escuchar la homilía. Entonces un clérigo, que nunca vemos porque pone un biombo delante del púlpito, predica y nos explica y ordena lo que haremos al día siguiente.      

Apenas amanece, cada ciudadano saca su perro o su perra a defecar en la calle. Es maravilloso ver este ritual, cuando los perros y las perras se cagan en las aceras del pueblo: orinando en cada poste del tendido eléctrico los machos y agachándose en las esquinas de las cuadras todas las hembras. Un rato después, los transeúntes se detienen delante de las plastas y se deleitan contemplándolas, y hasta les dedican una ligera inclinación de cabeza. Luego las esquivan y siguen su camino.

En las escuelas, las maestras y los maestros sostienen la vista fija en un retrato oscuro que hay sobre la puerta de entrada al aula. Encima del buró, junto al borrador y las tizas, hay un martillo enorme, casi una mandarria. Los niños llegan de la calle, impecablemente uniformados y en fila india, también con la vista fija –como les enseñan los docentes– sobre los adoquines. A menudo, contra la costumbre y ética que se les orienta, algunos se atreven a llevar a la escuela sus bolitas de cristal. Sobre todo en la época de invierno, cuando el año está por finalizar, esos niños se aparecen al aula con sus bolitas de cristal transparente, que en otras ciudades se les llama "ensueños", y dentro de ellas se pueden leer los versos que sobre princesas y milagros escribió una vez un poeta nicaragüense ya olvidado, o escenas navideñas con villancicos del nacimiento del Niño Jesús, o preferiblemente la llegada de los tres reyes magos del Oriente. Los niños entran con sus bolitas de cristal entre sus manecitas sudadas, estrechándolas contra sus pechos vivarachos. Pero antes de sentarse en sus pupitres, la maestra toma la mandarria y se las hace añicos una por una, dejando un reguero de vidrios sobre el piso, que los obliga a limpiar, porque esas fantasías destruyen la visión objetiva que deben tener sobre el futuro.

Algo muy curioso es que la gente ni ríe, ni llora en público; prácticamente tampoco habla. No sé si lo hacen dentro de sus casas, porque en este lugar nadie se visita para intercambiar opiniones sobre si la cuestión es de risa o es de llanto. Los jóvenes apenas se encuentran por la calle con la característica euforia propia de su edad, sino caminan tiesos como estacas plantadas.

Mi nombre era Serguei, un nombre ruso muy popular antes de la caída del socialismo, pero se pronuncia de una manera que hizo reír mucho al alcalde del pueblo y me pusieron Ernesto, que es más españolizado y patriótico; pues decía el alcalde, luego de estar media hora doblándose de risa, que la pronunciación de ese nombre en inglés significa algo muy parecido a "señor maricón". Y el alcalde se sentaba y se paraba, riéndose él solo porque, como he dicho anteriormente, aquí nadie se ríe a no ser el alcalde y sus acólitos. Él me explicó que era necesario cambiarme el nombre porque nuestros enemigos –esa gente del Infierno– podrían aprovecharse de eso y llevar a cabo una propaganda mediática y acusarnos de que estamos sometidos a una potencia extranjera. No obstante aproveché la ocasión y me quejé sobre determinados programas de este pueblo que no acaban de gustarme, y le supliqué cambiara o modificara un poco algunas formalidades, no sea que muramos de rutina. Y así fue como el alcalde dejó de reír y me explicó, muy serio, que todas esas rutinas que él impone se las ordena el alcalde superior a él, que a la vez lo hace porque a aquel también le llegan órdenes precisas de otro alcalde mucho más superior, y así se pierde esta cadena de alcaldes por categorías hasta el infinito, y nadie conoce, a fin de cuentas, quién es el que determina el comportamiento obligatorio que debe mantener toda la ciudad.   

Cuando salgo de paseo, a pie por los arrabales de esta villa, de cada piedra caliza surge la voz del oficiante que se oculta tras ella, machacando en sus lemas y el cómo debemos comportarnos, a quiénes tenemos que amar y quiénes son dignos de nuestro odio; como si el muy bromista estuviera escondido detrás de cada piedra blanquecina, plana y gigantesca de aquellas, propias para el anuncio a hurtadillas, sin tener que darnos la cara.

Me asombro de vivir en una ciudad donde nadie trabaja ni nadie hace por trabajar, aunque el monje suelta en sus panegíricos la ardua tarea de oración que llevan a cabo diariamente los alcaldes y sus asistentes.

A la hora del desayuno nos llega el pan nuestro de cada día. Me siento a la mesa a consumir aquel pan, y me sucede parecido a como con la pastilla; pero mejor, porque el pan no llega para aplastarme los testículos, sino que se me sube a la cabeza y me pone eufórico. No sé qué arte tiene el dichoso pan, que, por cierto, nada tiene de agradable al masticarlo; pero no hago más que tragármelo y ya estoy contento. Luego me acomodo en el balcón de la casa a mirar pasar las horas de formas muy extrañas. Algunas de las horas que pasan vienen disfrazadas de muchachas y muchachos muy jóvenes que me dicen adiós; y pienso que no es burla de ellos, porque nunca más vuelven a pasar frente a mi casa los mismos.

En el zoológico los monos, los leones y los antílopes son sagrados y se les rinde culto. Los monos deambulan a sus anchas, fuera de sus jaulas; ejecutan maldades tan imaginativas y nos hurtan y nos embroman con mentiras tan ocurrentes y originales, que ponen de relieve la teoría evolutiva de Darwin. Practican sus maromas impunemente mientras las arpías vuelan a su alrededor sin causarles daños. A los leones se les enseña a vegetarianos. Dice el director del zoológico que desde que los leones no prueban la carne, duran mucho más en sus jaulas; parece ser que la proteína animal no es conveniente a los organismos carnívoros. Por eso a los antílopes solo se les puede tocar con la mirada. Hay quienes dicen que los leones y los monos, a escondidas, se dan banquete con ellos, pero en lo que respecta a nosotros, es un anatema y una aberración probar de sus carnes. Aquel que ose lastimar un antílope debe estar preparado a sufrir las peores condenas. Yo le escuché decir al director del zoológico que así tiene que ser en el Paraíso, donde toda criatura viva en paz con las otras de la Creación.

Al mediodía cae el maná del cielo. Pero este alimento extraño que nos baja para el almuerzo desde un lugar ignoto –que en hebreo antiguo se hizo llamar maná–, aseguran mis vecinos, que en español se pronuncia "casualidad". Porque la casualidad resuelve la manera de mantenernos vivos y no morir de astenia. Por las tardes, a la caída del sol, después del sermón, sentados a oscuras a nuestras mesas, hacemos la plegaria vespertina; y acto seguido ingerimos la casualidad que nos quedó del almuerzo.

Ante todo este cúmulo de irregularidades me como a pellizcos. Mis brazos están llenos de cardenales por los pellizcos que me doy, a ver si despierto; aparecen la sangre y los moretones, pero no me logro avivar de esta pesadilla, que asegura el oficiante en sus sermones y en sus piedras calizas, no es tal, sino un sueño convertido en algo real y maravilloso.  Así que vivo feliz, en una ciudad creada por Dios para sus elegidos, donde nadie tiene que esforzarse ni siquiera en pensar, porque todo lo mejor para nosotros nos llega del cielo ya pensado.

Debería lamentar que no podré tener descendencia por mis testículos castrados, pero en la vida hay que resignarse a prescindir de muchas cosas superfluas…

 

Pedro Armando Junco

 

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